Lo que nos hace humanos

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He estado escuchando los videos de la autora Lisa Romano, quien dice que lo que nos hace humanos es la empatía que tenemos hacia las demás personas. La empatía  es esa capacidad de ponernos en los zapatos del otro, y sin ella, no hay conexión posible.

La empatía varía de una persona a otra y hay quienes somos más empáticos que otros. Curiosamente, a muchos de los que somos más empáticos, se nos olvida hacer un chequeo de los sentimientos propios, y se nos hace difícil verlos, o sentirlos. En mi caso, tengo que hacer un esfuerzo extra para saber qué estoy sintiendo. Muchas veces tengo tensión muscular, o el corazón acelerado, por ejemplo, antes de darme cuenta de lo qué me está pasando. Incluso he llegado a tener ataques de pánico, en los que vengo a descubrir qué fue lo que los disparó, mucho después. A veces pasan días sin que sepa ponerle un nombre a un sentimiento. Se me hace difícil ser empática conmigo misma, pero insisto en ello.

Las personas como yo tenemos que repetirnos una y otra vez, que nuestros propios sentimientos son importantes, y que el hecho de que uno no entienda el por qué de ellos, no los hace inválidos. Debemos recordar que el hecho de que uno tenga una voz inconsciente que dice: “pero no puedes estar triste; dada la evidencia mostrada, debes estar feliz”, hay que dejarse sentir.

Los sentimientos no tienen un origen racional. Están allí por alguna razón y hay que dejarlos ser. No dejar florecer un sentimiento es como matarlo, y cuando lo hacemos demasiadas veces, nos vamos matando por dentro.

Cuando sentimos empatía, vemos al otro, o a uno mismo, tal cual es. Si no hay empatía, solo vemos lo que nos conviene ver, y escondemos lo demás. Hay que tener coraje para ser humano, para ser empático hacia el otro, y sobretodo, hacia uno mismo, porque eso quiere decir que vamos a tener sentimientos incómodos, fuertes, con los cuales probablemente no sepamos qué hacer. Sin embargo, no hace falta saber qué hacer con ellos, solo darles validez y darles derecho a existir.

Cuando una persona se percata de que sus sentimientos son vistos, reconocidos, aun cuando el oyente no sepa qué hacer con ellos, la persona que habla se siente viva, vista. Si sus sentimientos son rechazados, se invalida esa parte que nos hace humanos y nos sentimos invisibles.

Cuando mi hija tenía unos dos años más o menos, y no  sabía hablar todavía, se desconsolaba y lloraba como si hubiera pasado la tragedia más terrible sobre la Tierra cuando otro niño le quitaba un juguete. Era suyo, por qué se lo quitaban? Cómo podía ser la vida tan injusta? Para mí era fácil imaginarme qué pasaba por su cabeza, y la consolaba, haciéndole ver que iba a poder seguir viviendo, aunque en ese momento no supiera cómo. Yo estaba allí, y la iba a seguir queriendo.

Es irrelevante el hecho de que yo, como adulta, nunca hubiera reaccionado así, si me hubieran quitado un juguete. A mí no me importan los juguetes y obviamente tenía muchos años más que ella. Pero el hecho que para mí no tuviera sentido esa reacción, no tenía nada que ver con que sí tuviera para ella. Mi empatía, esa capacidad de imaginarme cómo una niña de dos años podía sentirse en esa situación, fue lo que me permitió ser compasiva con ella.

El hecho de que yo jamás hubiera reaccionado con ansiedad, rabia, miedo o tristeza ante un evento X,  o un comentario X, no invalida el hecho de que otra persona sí lo haga. Una persona tiene derecho a su sentimiento negativo, así sea la única persona en un salón de 100 personas que reacciona de esa manera.  Su vida es diferente y sus sentimientos también lo son.

Muchas veces me he sentido como mi hija cuando le quitaban su juguete, cada vez que me he mudado de ciudad o país, por ejemplo, y ahora con el divorcio. Es mi ciudad, mis amigos, o mi matrimonio -por ejemplo- por qué me los quitan? Cómo puede la vida ser tan injusta? Entonces me imagino que Dios, o la Diosa, me está viendo, igual que yo cuando veía a mi hija de chiquita, con compasión, y amor. Así como mi hija no podía entender en ese momento por qué le quitaban el juguete, yo a veces tampoco entiendo el por qué de lo que sucede. Pero confío que voy a seguir viviendo de alguna manera, y que hay un sentido detrás de todo esto, aun cuando no lo pueda comprender en este momento.

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La escaladora

Entre las cosas nuevas que he hecho este año ha sido ir a escalar.

En una de esas ocasiones había cuatro grupos de escaladores: el mío, y tres más. Dos de ellos eran de papás con sus niñas.

Uno de los padres estaba con sus tres hijas de 9, 11 y 13 años. Todas escalaban (por turnos) y tenían camaradería, aunque también peleaban un poco. Había una que ya se había fastidiado y estaba con cara de aburrida, sentada en el suelo.

En la pared justo del lado izquierdo de donde escalaba una de ellas, escalé yo. Era la primera vez que lo hacía de verdad-verdad, pues antes había escalado en otro sitio, pero me entró miedo a los pocos metros, y descendí inmediatamente.

El muro que subí esta vez tenía otra pared a la derecha, medio perpendicular, por lo que me sentí más segura. Cuando iba como por la mitad, de repente tuve un recuerdo de cuando tenía 16 años, e iba con mis amigos a la Quebrada Quintero en el cerro Ávila en Caracas (en donde hay un hueco en la roca para seguir subiendo). ‘Pero si yo sé hacer esto!’ pensé (luego me enteré que cuando hay una roca al lado de la que estás subiendo, eso hace que sea considerado un nivel muy fácil, jaja). Seguí subiendo, pero ya casi al final no supe por donde seguir.

En la pared de la derecha (la que sí era difícil), un poquito más arriba que yo, estaba la niña de 13 años del grupo que les comenté antes. Como ella estaba subiendo una ruta de un nivel relativamente fuerte, llevaba en el mismo sitio como media hora, pensando cómo seguir. Sin embargo, al ver que yo estaba medio confundida, se volteó y me dio recomendaciones: “te puedes agarrar de allí, fíjate”, y yo sorprendida, le di las gracias. Funcionó.

Llegué arriba, descendí, y ella todavía seguía allí, suspendida en las alturas. Sus hermanas, otros escaladores, así como su papá, le gritaban de vez en cuando “muy bien! Tú puedes!” Yo no podía creer lo que veía. La niña llevaba allá arriba muchísimo tiempo, con la misma paciencia y la concentración de Yoda.

Luego me enteré que recientemente había llegado a uno de los primeros lugares de competencia nacional en su rango de edad. Decidí que tenía una nueva heroína. Pure girl power! “Literal”, como diría mi hija.

Hasta el próximo post!

En la parte de abajo de la foto pueden ver un sombrero, que es el papá que estaba haciendo de soporte de seguridad a la niña escaladora.

La búsqueda de sentido en la vida de pareja

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Cuando alguien decide hacer pareja con otro ser humano, usualmente están enamorados, aunque no siempre.

Tarde o temprano va a ser retador ser pareja de esa otra persona, pues la vida es así, nunca es una permanente felicidad.

Si no hay amor, la pareja se disuelve al llegar un momento difícil, ya que esas situaciones se hacen demasiado pesadas. Para qué pasar por ellas? No tiene sentido.

Sin embargo, si hay amor, se puede vivir casi cualquier cosa. Como dijo F. Nietzsche, citado por Viktor Frankl, en su libro Man’s search for meaning:

He who has a why to live can bear almost any how.

(Aquél que tiene un por qué para vivir puede soportar casi cualquier cómo).

Ese porqué, en el caso de las relaciones de pareja, es el amor. Si no hay amor, entonces no hay un por qué, y cualquier situación incómoda se hace insoportable.

No creo que all you need is love, como decía John Lennon. Pero sí creo que, sin amor, la vida de pareja no tiene ningún sentido.

Mi primer viaje sola en diecinueve años (cuarta y última parte)

Es un hecho sabido que muchos tenemos parte de nuestras vidas sociales en Facebook (así como en otras redes virtuales). Lo que a veces no sabemos es que para muchos de nosotros (especialmente para los venezolanos, que estamos regados por el mundo), las redes sociales nos conectan a un universo que ya no existe, pero que queremos imaginar que sí es real. Me refiero a la relación con nuestros amigos que viven lejos, muy lejos de nosotros, y que no sabemos si algún día vamos a volver a ver.

A veces me pregunto si ellos piensan igual que yo, es decir,  que nuestros amigos virtuales que viven lejos se asemejan más a personajes de ficción que a personas reales. A veces me pongo muy oscura y pienso que es como si hubiéramos muerto para los demás (yo, incluida). No nos vamos a ver de nuevo en la vida  real, o por lo menos, es muy poco probable. Qué tan real soy yo para ellos?  Qué tan real son ellos para mí?

En mi viaje a California en julio de este año 2018, traje a dos de esos amigos virtuales- no-sé-qué -tan-reales-sean-en-mi-vida- real (IRL “In Real Life” como les gusta decir a la generación internáutica). Fue así como sacarlos de mi computadora, WOW, carne y hueso, sí señor, se materializaron y yo me maravillé en constatar que aun eran reales, así fuera, para “mi” vida, solo por un rato. Fue una experiencia inolvidable.

En Los Angeles vi a mi amiga L, caraqueña, quien me pasó a buscar a mi Airbnb y nos fuimos a cenar sushi. Hablamos un poco de todo, nos actualizamos en aquellas cosas que Facebook calla, es decir, en lo que editamos para que no salga a la luz pública. Fue hermoso ver a mi amiga, charlar, hablar caraqueño, así como encontrar tantos puntos en común. Ella se veía muy linda con su vestido muy fashion, y yo muy loca, como quien acaba de venir de las montañas de Yosemite, jaja.

Al día siguiente mi amigo E me dio un tour maravilloso por Los Angeles. Es su ciudad, en todo el sentido de las palabras: allí creció, e hizo su vida. Lo conozco porque él, su esposa, y uno de sus hijos, se fueron a vivir a Querétaro por un  año, y el destino hizo que fuéramos vecinos. Su esposa e hijos no estaban en la ciudad, y me hizo falta verlos, pero siempre estaban en las palabras de E, quien le dio un toque muy personal al tour: “aquí fue la primera cita con mi esposa D, aquí mi hijo hizo casting”, etc. Una ciudad es siempre más bonita cuando la ves como la casa grande de alguien.

Yo quiero ver a mis amigos y familia virtual otra vez. Me resisto a pensar que somos fantasmas flotando en nuestras pantallas. Cómo? Ni idea, porque tengo amigos, familiares y conocidos en todos los continentes. Aun así, como yo creo que el planeta entero es mi casa, tengo la esperanza de volverlos a ver.

Mi primer viaje sola en diecinueve años (tercera parte)

Los días siguientes que pasé en Oakhurst, California, fueron de aventura y retiro espiritual. Hice un tour en cuatrimoto (Off Road Vehicle) por Sierra Nevada, a través de unos paisajes de ensueño, caminé bastante, y me dediqué a leer y escribir en el trailer estilo vintage, el cual se convirtió en una especie de cocoon para mí.

Sin embargo, lo más peculiar del viaje fue la historia que me contaron los dueños del trailer donde me hospedaba.

Era una pareja en sus setentas, retirada, que había instalado un trailer en su jardín para convertirlo en Airbnb. Yo pensé que llevaban toda la vida juntos, pero no era así. Ella había quedado viuda hacía unos diez años y él se había divorciado en la misma época. Se conocieron por amigos en común que hacían velerismo, y así comenzó su historia de amor, con paseos románticos en velero, que incluyeron un avistamiento del rayo verde y todo.

Sin embargo, luego pasaron por problemas económicos y tuvieron que ir a vivir a una residencia para personas de tercera edad. No la pasaron bien allí, pues “no los dejaban hacer nada”, ni siquiera tocar música, y él toca guitarra.

Así que se dedicaron a buscar una casa a la que pudieran mudarse, que estuviera en su presupuesto. Por fin encontraron una que había sido una casa modelo hacía muchos años (que es en la que viven ahora). Al mismo tiempo comenzaron a buscar trailers en venta por internet a lo largo de todo Estados Unidos, para convertirlo en Airbnb. Varios de sus amigos estaban alquilando sus recámaras bajo ese esquema, y les había ido muy bien.

Después de mucho buscar, por fin encontraron uno a buen precio en una subasta en Ohio, y él se fue manejando hasta allá para devolverse con el trailer hasta su casa en California. El trailer era nuevo, muy bonito, pero le faltaba un toque personal.

Así que ella, que había sido decoradora de interiores, lo arregló coordinando detalles de colores rojos, negros y beige. El resultado de todo este esfuerzo fue el acogedor trailer en donde me quedé.

Ellos brillaban cuando me contaron su historia, y yo me sentí inspirada, imaginándome un futuro que brille también.

Por cierto, este no era mi primer viaje a esa área de California. Cuando era bebé, me enteré hace poco, también fui a Yosemite con mis papás! Así que que en realidad, fue un viaje de regreso. Sería The Call of the Wild?

Mi primer viaje sola en diecinueve años (Segunda parte)

Llegamos al Airbnb y me despedí de la conductora de Lyft. Los dueños me habían estado esperando y me invitaron a pasar.

Era una pareja de unos setenta años, con un espíritu muy jovial. Su casa, muy acogedora, no se veía abarrotada, ni tampoco vacía. Tenían un perro y un gato, que también me dieron la bienvenida (el perro, en realidad). Les conté lo que me había pasado con el carro y se mostraron muy empáticos, prometiendo ayudarme con el asunto.

Me ofrecieron algo de tomar, decliné (porque estaba agotada) y me llevaron a mis aposentos por los próximos cinco días: un trailer vintage, que tenían estacionado en el jardín de su casa. Como estábamos en las afueras de Oakhurst, lo que rodeaba el trailer eran árboles y arbustos. Perfecto.

Aunque el trailer era estilo retro, no era viejo. Todo era nuevecito, y decorado con muy buen gusto. Me sentí niña, como si estuviera a punto de entrar a jugar en una casa de juguete, y en cierta manera, así lo fue. Todos los detallitos prácticos, como por ejemplo, una puerta que servía a la vez como puerta del cuarto y del baño (los marcos estaban uno al lado del otro, de forma perpendicular), o la bañera miniatura, me encantaron. Un cartel estilo años setenta que decía: “Roots retro retreat welcomes Michelle”, me hizo sonreír y sentirme en casa.

A la mañana siguiente los dueños me invitaron a pasar a su sala para saludarme. Cuando entré, la señora me presentó a un amigo de ellos que los estaba visitando y quien estaba tocando guitarra con su esposo. Estuvimos hablando de mi situación sin carro, y el amigo de ellos se ofreció para ser mi guía turístico ese día. Acepté, y así fue cómo mi viaje se salvó, ya que mi objetivo principal era ir a ver los milenarios secuoyas, y sin auto no iba a poder llegar.

Primero fuimos a desayunar a Bass Lake, el cual tenía un restaurante a la orilla del lago. Luego comenzamos nuestra aventura a Yosemite.

Las carreteras bordeadas de pinos Redwoods, eran sencillamente, mágicas. Fuimos a ver los puntos turísticos más importantes, como el gran monolito de El Capitán y Glacier Point, y por supuesto, fuimos a ver los secuoyas milenarios, para lo que tuvimos que hacer una corta caminata de aproximadamente una hora. Nos detuvimos en muchos sitios a tomar fotos, y dado el buen humor de mi guía, tuve también muy buena conversación. Me encantó tener la oportunidad de hablar tanto en inglés con un adulto, lo extrañaba.

Sin embargo, no todo fue paisajes de postal. Cerca de Yosemite había un incendio enorme que incluso había hecho que cerraran la carretera a Mariposa, que es el principal sitio turístico para visitar los secuoyas (nosotros fuimos a Tuolumne). También había un espeso humo que cubría casi todo Yosemite, y que impidió que viéramos el paisaje de Glacier Point en su máximo esplendor, por ejemplo. De vez en cuando la capa de humo se levantaba y allí aprovechaba a tomar fotos.

Por otro lado, muchas zonas del parque se habían visto afectadas por incendios en años recientes. Áreas de esplendor verde, que me transmitían una alegría infinita, eran sucedidas por áreas desoladas, totalmente devastadas.

‘Es curioso’, pensé. ‘Si pudiera pintar mi alma en este período de separación y divorcio, plasmaría estos paisajes, uno detrás de otro’. Yosemite se parecía a mí.

La naturaleza tiene peculiaridades muy interesantes. Los árboles milenarios, los gigantescos al secuoyas, necesitan de los incendios para reproducirse, pues solo el fuego es capaz de romper la dura cáscara de sus semillas. Como desafiando la destrucción, no solo le ganan, sino que sacan ventaja de ella.

Yo solo visité Yosemite ese día, pues al día siguiente el humo estaba igual o peor. Poco después cerraron la entrada al parque nacional por veinte días, pues el incendio de Ferguson estaba llegando demasiado cerca.

Continuará…

Mi primer viaje sola en diecinueve años (Primera parte)

‘Pasajes Querétaro – Monterrey – Los Angeles – Fresno, listo’.

‘Airbnb en Fresno y Los Angeles, listo’.

‘Ansiedad y alegría ante la perspectiva de mi primer viaje sola en diecinueve años (que no sea a visitar un familiar), listo’.

Me separé el año pasado y planeé un viaje de pasaje ritual a California. Al principio la idea era ir con mis hijos, pero hubo un problema con el pasaporte de mi hija mayor (el italiano, no el venezolano; la cita para renovarlo se la dieron seis meses después de solicitarla). Así que dadas las circunstancias, decidí transformar el sentido del viaje. No podría ser Elizabeth Gilbert en ‘Come, reza, ama’ y pasarme un año viajando para reencontrarme espiritualmente, pero podía hacerlo por una semana; y no a la India, sino a California, en fin, entienden la idea.

Debo decir que viajar sola, sin niños, es maravilloso. De lo único que tenía que precuparme era de mí y ya, qué felicidad. También me di el lujo de hacer check – in de algunos de mis pasajes de avión de manera virtual (con niños no te dejan, por lo menos así había sido mi caso en el pasado), y me sentí la persona más cool del universo al no tener que imprimir el pasaje de abordaje, sino solo tener que mostrar la pantalla de mi celular.

En los aeropuertos que estuve vi cosas curiosas que me hicieron el viaje más placentero, como la escalera en el aeropuerto de Monterrey, la cual suena y se enciende de colores, cuando pisas los escalones, o las réplicas de sequoias en el aeropuerto de Fresno. A pesar de ser temporada alta, en julio, mi viaje de ida no tuvo contratiempos, aunque en el de regreso, sí. El aeropuerto de Los Angeles estaba atestado de gente, y en Monterrey nos atrasaron el vuelo tres horas (nos dieron unos vales para comer en el aeropuerto, y yo feliz, la verdad; no tenía niños encima quejándose de cansancio y aun me quedaban varios capítulos por leer de mi novela).

Pero volvamos al comienzo del viaje. Estaba bien ansiosa por llegar al aeropuerto de Los Angeles. Me imaginaba al agente de inmigración, con cara de nazi al ver mi pasaporte venezolano. Me imaginaba que me llevaban a un cuarto aparte, haciéndome preguntas de por qué iba a Estados Unidos, o por qué solo llevaba una maleta de mano. Pues nada de eso pasó, sino todo lo contrario. En vez del agente odioso de inmigración, me encontré con una computadora muy amistosa, que me hizo el ingreso al país, y luego emitió un lindo papelito que llevé, ahora sí, al agente de inmigración. El individuo estaba de muy buen humor, me preguntó a qué venía, le dije que a turistear, me sonrió y dijo “enjoy your stay”. Qué maravilla.

En Fresno tuve un evento inesperado. Yo había reservado un carro de alquiler, pero no pude rentarlo porque la tarjeta de crédito tenía que tener mi nombre impreso, y la mía no lo tenía. Lo que sucede es que en México te las dan sin tu nombre. Si quieres que lo pongan en la tarjeta, tienes que hacer una solicitud expresa, pagar extra, o explicar que te vas de viaje (para que no te cobren). Yo sí sabía que necesitaba hacer ese trámite, pero como las semanas anteriores al viaje fueron de locura, buscando apartamento nuevo, vendiendo mi carro y vendiendo mis muebles (que no iban a caber en el nuevo), se me olvidó. Total que no pude alquilar el carro.

Así que le pregunto al muchacho de la agencia de autos si le parecía una buena idea que pidiera un Uber y me dice que no, porque no permiten que vayan al aeropuerto, pero que puedo pedir un lift (aventón, o cola en venezolano).

‘Un lift?’, pienso yo. No creo que me esté diciendo que pida un aventón. “Disculpe, qué quiere decir con un lift?” El señor me miró con cara de ‘de qué planeta viene esta mujer?’, pero me respondió, “es como un Uber, es un app”. Ah, ok. Descargué el Lyft en mi celular, y me vino a buscar una señora mexicana – americana, quien me llevó hasta Oakhurst, el pueblo en las afueras de Yosemite en donde me iba a quedar.

Continuará….