Mis vecinas imaginarias

Tengo tres vecinas que se han convertido en personajes fantásticos de mi vida queretana:

1 – La muñeca María que venden las indígenas, la cual es también un símbolo de la ciudad y de sus celebraciones. Aunque sean de gran tamaño, estas muñecas son siempre niñas, alegres, amadas y tiernas. Incluso cuando las visten de revolucionarias, fusil al hombro, parece que están disfrazadas para hacer una obra en el colegio. Me hacen sentir igual a que si estuviera viendo un osito de peluche, o un conejito blanco moviendo su nariz.

2- La Catrina, un esqueleto disfrazado de dama antigua, el cual me encuentro en todas las tiendas de souvenirs, en forma de imanes, playeras o adornos. También me da la bienvenida en algunos restaurantes, en tamaño real. ¡Susto!

Así como muchos mexicanos no entienden cómo es que me puede parecer picantísimo un plato de comida, mientras que para ellos no pica nada, tampoco entienden, (o les parece divertido) que las Catrinas, o las calaveras en general, que para ellos son una decoración normal, a mí me causen horror (mis vecinos tienen una maceta enorme con forma de calavera, por ejemplo, como única decoración en su balcón).

Tengo una mezcla de fascinación con repulsión respecto a  todo lo macabro que hay en Querétaro. Es admirable que tengan símbolos de muerte en su rutina diaria, ya que me recuerda lo intrascendentes que somos, y que al final, todos terminamos de la misma manera. Por ello no debo tomar nada demasiado en serio, ya que ante la muerte, nada lo es. Sin embargo, mi corazón hace una mueca cada vez que veo la calavera del vecino, y se encoge otro poquito cuando veo Catrinas en cualquier negocio del centro.

3- Last but not least: Frida Kahlo. A cada rato me encuentro con una versión de su imagen en la ciudad. Ella hizo que su sufrimiento e imperfección fueran considerados obras de arte, o mejor dicho, ella los convirtió en obras de arte. Conmovió con sus cuadros y  su vida, pasando a ser una mujer trascendental. Aun hoy sigue guiando a muchos artistas, artesanos o cualquier persona con impulso creativo, tanto dentro como fuera de México.

Con Frida me pasa algo similar a lo que me sucede con la Catrina. Ella hace que sienta que mis concepciones de belleza son demasiado simples. Me gustaría que no fuera tan sincera en su expresión artística (ella te incomoda a propósito) pero al mismo tiempo le agradezco haber existido, haberme enseñado que el sufrimiento es real y que hay personas increíbles, que pueden transformarlo en belleza.

Estas son mis tres vecinas: una tierna, otra macabra y la otra, indefinible. ¿Por qué me identifico con ellas? ¿Será porque yo también soy tierna, macabra e indefinible?

 

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Mi Credo

Av. universidad

Creo en el amor, el pegamento que lo une todo, lo que conocemos y lo que no sabemos que existe.

Creo en Dios, o la Diosa, quien me creó, me cuida, y no tiene sexo.

Creo en la tolerancia, el asidero del respeto.

Creo en la amabilidad, fuente de alegría rutinaria.

Creo que el valor de un ser humano, reside en simplemente serlo.

Creo que lo que define a una persona, son sus principios.

Creo que todos tenemos el derecho de vivir en dónde, y cómo, más nos guste.

Creo que ser mamá, es una vocación.

Creo en el poder infinito de las palabras.

Creo en la simplicidad voluntaria, como la ruta para domar la complejidad de mi mente.

Creo que los humanos somos al mismo tiempo, importantes e insignificantes.

Creo que mientras esté respirando, sigo ganando este gran juego que se llama vida.

Creo que cuando mi cuerpo muera, mi alma seguirá viviendo,

y que cuando eso pase, me enteraré del sentido, de todo lo que hoy no entiendo.

Minimalismo versus escasez

Cuando vivía en Chile, hace siete años, comencé a bloguear. También empecé a  tener una vida más sencilla. Años más tarde, cuando nos mudamos de Panamá a Venezuela en el 2015, corroboré que la simplicidad voluntaria es solo válida, cuando es, pues… voluntaria. Si la sencillez es obligada, se llama socialismo, y si los que te la imponen son corruptos (ejm, el gobierno de Venezuela) terminas siendo pobre, o actuando como pobre.

Cuando viví en Caracas, (emigré en el 2003, pero volví a mi ciudad natal en junio de 2015, quedándome por un año) un día me di cuenta que se me iba a acabar el champú. Afortunadamente, alguien que vive en otro país, me lo consiguió. Una sola vez, en un año, encontré jabón en una farmacia. Hilo dental, jaja. Toallas sanitarias, una vez, con contactos (el famoso mercado negro, el cual no es una red de criminales, sino  un puñado de conocidos que te ayudan con datos, es decir, la amiga de una amiga, por ejemplo, que te dice dónde y quien te puede vender algo, o individuos que venden en la calle o en mercados no regulados). ¿Antimosquitos? (Zika o dengue, anyone?) ¿Antiparasitarios? Jaja. ¿Papel higiénico? Un par de veces conseguí pacas por debajo de cuerda. Y así un largo etcétera de productos alimenticios, de limpieza, medicinas y hasta ropa. Escasez de todo, incluso agua y electricidad. ¡Hasta gasolina! Los venezolanos nos habíamos convertido en  pingüinos con escasez de hielo.

Venezuela, debido al estilo de vida de su gente, es un país ecológico ¿No? (Ya que ha reducido el consumo de absolutamente todo).

No. Porque el objetivo final de ser ecológico es el bienestar de toda la naturaleza, de la cual  los humanos somos parte fundamental . Lo que está sucediendo es diametralmente opuesto. Se supone que en el socialismo la riqueza de una nación está mejor distribuida. ¿Qué riqueza, perdón? Para eso debe existir riqueza primero. La única que queda es la que tienen los enchufados que están en el poder.

Una cosa es que yo decida disminuir el consumo de agua y electricidad en mi casa. Otra bien distinta es que corten el agua sin aviso, o que solo la tenga disponible tres horas al día.

Una cosa es donar plata a quien lo necesita. Otra cosa es que te roben.

Una cosa es ser sencillo. Otra cosa es ser pobre.

Una cosa es ser minimalista. Otra cosa es sufrir escasez.

En los primeros casos uno decide. En los segundos casos, no. Una cosa es que decida comprar solo la ropa que necesita mi familia. Otra cosa es necesitar comprarle ropa a mis hijos y que no pueda porque, o está ridículamente cara, o no hay talla, o no ha llegado ropa aun (prácticamente todo es importado en Venezuela), o cerraron el negocio porque quebró o lo expropiaron… o, mi favorita, tengo la ropa en frente de mí, pero la vendedora no quiere que se la compre, porque está esperando a que suba el dólar, y así venderla más cara.

Ese ejemplo de la ropa es superficial. Pero imagínate que en vez de ropa, es insulina porque tu hijo tiene diábetes. O leche, o pañales, y tienes un bebé. O sencillamente, que pasaste horas de cola y que cuando llegaste no había comida, así que no tienes nada que darle a tus hijos. O que no llega la famosa bolsa CLAP a tu casa (la cual usa el gobierno para dominar a la gente por medio del hambre). Esos no fueron mis casos, ya que yo era parte del pequeño porcentaje de la población “privilegiada” que no estaba pasando hambre. Pero sí son los casos de la mayoría de las personas que viven en Venezuela.

A los pocos meses de regresar, ya me había dado cuenta que la sencillez voluntaria/ ecología no tenía sentido en Caracas 2015. No me quedó otra que cambiar el chip anterior y reemplazarlo por el de sálvese quien pueda. ¿Conseguía harina? No compraba un kilo, sino veinte. ¿Leche? Dame todo lo que puedas venderme. El socialismo obligado, en vez de hacerme tener una vida sencilla, me la complicó. En vez de despreocuparme por las necesidades básicas, lo único que hizo fue tenerme angustiada permanentemente.

Cuando el año pasado nos mudamos a Querétaro, me recordé a mí misma que ya no hacía falta estar almacenando grandes cantidades de productos. Que ya podía volver a mi antiguo estilo de vida.

Mentiras totales.  Era como si, luego de haber pasado un año de hambre, pretendiera hacer dieta en un banquete. Yeah, right. Me cayó el veinte, como dicen en México, cuando un día me puse a contar la cantidad de champús que había en la casa: que si el de niños, el de hombres, el enorme de Costco, el de la oferta buenísima, el del práctico envase, el anticaspa, el caro pero maravilloso, el natural, el de todos los días, el clásico, el de restauración, el que olía a frutas del bosque… en fin. La escasez que viví en Venezuela había cambiado mi inconsciente.

El minimalismo es un estilo de vida que trae bienestar y mantiene mis necesidades básicas satisfechas. La escasez, por el contrario, no trae bienestar y nunca satisface totalmente las necesidades básicas de nadie.

Estoy feliz de tener la libertad de ser minimalista de nuevo.  Yo puedo escoger ser minimalista. Nadie escoge sufrir por escasez.

 

Michelle L. Hardy

 

Mi Querétaro

 

Qro letras

Querétaro tiene un centro histórico, bien cuidado, al cual me gusta ir … pero ¿qué estoy diciendo? Tengo la suerte de vivir en el borde del mismo. Lo que sucede es que aunque la puerta peatonal da a la calle Cinco de Mayo, el portón del estacionamiento del edificio (el cual uso  la mayor parte de las veces) da hacia una calle que es más moderna, en que las casas fueron construidas a finales del siglo XX (más o menos), por lo que en un día normal de semana, no paso por la parte histórica.

La ciudad se extiende, irradiándose de diversas maneras: mediante vecindarios humildes, que recuerdan a los pueblitos de cualquier país latinoamericano  (solo que unidos a la ciudad, y más grandes), hasta las comunidades tipo americanas, cerradas, y con portones de seguridad en la entrada (con niveles de confort y lujo muy variados).

Una señora me dijo una vez, que había ido a Caracas hacía como veinte años, y que lo que le había llamado la atención era que no había espacios abiertos. Yo le entendí,  porque  lo opuesto es lo que me sucede a mí. En Querétaro casi todo es plano o con colinas bajas, hay muchas casas, pocos edificios y todavía hay cantidades terrenos baldíos. El otro día que fuimos a Ciudad de México, me sentí feliz porque de nuevo vi torres altas, unas al lado de otras. Extraño los edificios, no solo de Caracas, sino los de Ciudad de Panamá y Santiago también. Cosa más rara; yo, que tanto amo la naturaleza, jamás pensé que me iban a hacer falta.

Sin embargo, eso no quiere decir que no disfrute del paisaje y la estética de la ciudad. Cada vez que tengo que tomar la autopista para llevar a los niñitos al colegio, paso por una parte que es semidesierto por un lado y semidesierto por el otro, nopales, tierra, arbustos y la inmensidad del “mexican sky” (Are you with me?), que hace que todos los días sienta que me esté yendo de viaje. Poco después aparecen las casas de nuevo, salgo de la autopista y dejo a los niñitos.

Esa misma autopista (Libramiento Sur-Poniente) va por la periferia de una una zona enorme de casas suburbanas, relativamente nuevas, en donde no se ve mucha vegetación, sino solo aridez, cielo y sol. La primera vez que me metí por allí, me pegué tremendo susto. Pensé que estaba saliendo de la ciudad, y comencé a imaginarme que si me quedaba sin gasolina y sin celular, iba a terminar como los hijos de Brad Pitt en la película de Babel, insolada y con hambre en medio del desierto. Lo que sucede es que para alguien acostumbrado a tener siempre un punto de referencia (edificios, o montañas) esos espacios abiertos dan como miedito. Ya no, ya tomo esa vía a cada rato, aunque aun, cada vez que tomo alguna autopista que se aleja de la ciudad, y empiezo a ver tierra por un lado y tierra por el otro, me vuelvo a sentir ansiosa, y termino respirando aliviada cuando entro en la civilización otra vez.

Plaza de Armas , Querétaro

El centro, incluso en la parte que no es histórica, no es así. Hay árboles por todos los lados, y eso me hace sentir en casa. A pie puedo ir a cafés, restaurantes o tienditas, muchas veces atendidas por sus propios dueños. Es un centro histórico “vivo”, no solo de fachada, pues no solo la gente trabaja aquí, sino que también duerme.

Siempre está pasando algo en el centro: un concierto,  una feria, un maratón, una exposición, o quinceañeras paseando con sus amigos asomados del techo de las limosinas Hummer.  Sin embargo, también se ve pobreza, sobre todo los fines de semana en la tarde:  ancianos, niños  o discapacitados pidiendo limosna, el ocasional loco que grita en el medio de la plaza, o las mamás indígenas en sus vestidos típicos, vendiendo artesanías con sus niños cargados en la espalda.

También hay muchos turistas, que recorren caminando el centro, solos, o en tours, o que lo exploran en autobuses disfrazados de tranvía, o en los típicos rojos que hay en las principales ciudades del mundo. Me dicen que Querétaro es el sitio turístico, sin playa, más visitado del país, lo cual tiene sentido para mí. Aquí puedes ver al México de verdad (no Cancún), mientras que también puedes disfrutar de la arquitectura colonial, del confort de un buen hotel y de la gastronomía mexicana.

Calle Cinco de Mayo, Querétaro , diciembre 2016

Uno de los instantes más bonitos que he tenido fue un día en diciembre, en que abrí la puerta de nuestro condominio para salir por la  avenida Cinco de Mayo. Me dieron los buenos días unas hileras de globitos y papeles de colores que ondulaban desde lo alto de los muros, atravesando la calle a lo ancho. Entonces retrocedí, y cerré la puerta. S, quien entonces tenía seis años, venía unos metros más atrás, siguiéndome. Lo esperé, y abrí la puerta de nuevo para que se llevara la misma sorpresa que me había llevado yo, unos segundos antes. Puso una sonrisa de oreja a oreja, mientras yo le decía “¡Miiiiira!”, él se rió de lo lindo. Pura magia.

Michelle L. Hardy

La Noria

 

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Noria en Puebla, México, Enero 2017.

¡Más de un año sin escribir este blog! Es una resurrección desde la cenizas, como el ave de Fénix de Harry Pot… quiero decir, de la mitología griega. No tenía ni la menor si iba a volver a activarlo, así de convulsionado estaba mi mundo mental después de mi (nuestra) experiencia en Venezuela. Pero, he decidido, después de mucho cavilar, que tengo derecho a ser todo lo feliz que quiera, y que tengo derecho a compartirlo. El que muchas otras personas la estén pasando mal, no quiere decir que tenga que estar mal  yo también, pues el sacrificio de mi felicidad no se traduce en ganancia para la felicidad de otros. Así que hoy he decidido salir otra vez a la luz pública: sí, estoy feliz, muy feliz, mi esposo y mis hijos están felices (la mayor parte del tiempo), a pesar de que muchas personas y seres queridos que viven en Venezuela no lo están. Es atrevido decir esto:  parece que estar triste, o simular estar triste, es un deber venezolano.

Hablando de infelicidad, pues sí que hemos pasado, mi familia y yo, muchos momentos infelices en el pasado reciente. Muchas desilusiones y malestares, de los cuales no quiero hablar ahora. Como dicen por ahí (en Pinterest, fuente de sabiduría), cada persona que consigues en tu día a día, está librando una lucha por dentro de la que no tienes ni idea. Así que, aunque por fin me he dado permiso de ser feliz de nuevo, sin disimulos, sin disfraz, también sé que hay una parte de mí que sí se disfraza para salir a la calle, que sufre, no siempre, pero sí de a ratos, por diversos temas que son partes de mi vida personal. Esa parte la llevo en secreto, pero mi felicidad, la quiero llevar en público. No es para hacer un show de algo que no es, sino lo contrario: quiero que todo el mundo vea mi parte feliz, y no quiero ocultarla más. Mi lado triste y oscuro se queda conmigo, y con mis seres queridos más cercanos. Lo que yo muestro aquí, no es mi 100%, sino el 50% de mí. Es solo esa parte  soleada y bella. El otro 50% no lo conocen, y así quiero que se quede. Lo que no quiero es seguir escondiendo ese 50% de felicidad auténtica, por miedo a ser juzgada de insensible.  No ayudo a nadie escondiendo la mitad que brilla.

Ayer encontré en Pinterest una frase que me inspiró a volver a escribir este blog: “Let your weird light shine bright, so the other weirdos know where to find you” (deja que tu luz rara brille, para que los otros raros sepan dónde encontrarte). Perfecto, eso es lo que quiero: encontrar por aquí otra gente rara con ganas de compartir  su visión de las cosas.  Cada quien está montado en su propia noria, y aunque compartamos muchas realidades, siempre vemos paisajes que los demás no ven, o que ven desde otro ángulo. Es emocionante cuando alguien te dice “¡Yo también ví la cometa en el cielo!” o cuando alguien que estaba ocupado viendo algo diferente, te dice “¿Qué cometa?”

Por cierto, desde julio del año pasado, ya no vivimos en Caracas, Venezuela, sino en Querétaro, México, nuestra octava ciudad (oficialmente hablando) pero nuestra novena ciudad en términos de shock cultural y adaptación, ya que la Caracas capitalista que dejamos en el 2003, es muy diferente a la Caracas socialista que dejamos en el 2016. De más está decir (para los venezolanos) que la prueba de fuego, la ciudad más C de M, y la más brutal como experiencia de vida, de todas esas nueve ciudades, fue Caracas 2015-2016. Pero no me voy a extender (hoy) en eso. Probablemente luego.

Querétaro es tan amigable que a veces me siento en Disney. Una venezolana que vive aquí me dijo: “Querétaro es un secreto, no hay que decirlo mucho para que no se eche a perder”. Pero ya mucha gente sabe que nuestra ciudad es una joya (ya la siento mía, como son mías las otras ocho, para bien o para mal)  y está aumentando mucho su población. Se nota, según me dicen, sobre todo en el aumento del tráfico “infernal” (no lo es para mí). Es un excelente lugar para vivir, porque se vive en paz. Vivir en paz es un privilegio, el cual aprecio cada día.

 Sin embargo, ya he sido víctima de la viveza o del jugar vivo, lo cual es lo mismo que decir que me robaron, o me intentaron robar. Una vez pedí que me revisaran el aire de las llantas en una estación de servicio, pero los tipos aprovecharon para desinflar una totalmente. El objetivo era “recomendarme” un sitio cercano en donde me la podían reparar. No caí en el engaño, pero igual me habían echado a perder el caucho y tuve que gastar en uno nuevo (al menos no lo hice con los “recomendados”).

En otra ocasión, saliendo en reversa del estacionamiento de una farmacia, se me atravesó repentinamente una camioneta pick-up llena de niñitos con máscarillas de enfermos, y los “choqué” levemente. Salieron todos “asustados”, y el papá me enseñó una abolladura que obviamente no había hecho yo, pero que, por la angustia de ver a todos los hijos del señor (eran como cuatro, desde un bebé, hasta uno como de ocho años, más la mamá), terminé dándole dinero para que la “arreglara”. Cuando llegué a la casa, hice la venezolanada de decirle a mi esposo que por lo menos había ayudado a la pobre familia, y  que, al fin y al cabo, yo había hecho una buena acción al darle la plata, y que por lo menos no eran malandros con armas que me iban a secuestrar para comprar droga y armas. Por lo menos el individuo (ese es el cuento que me estaba echando a mí misma) iba a gastar la plata en los hijos “enfermos”.

Así nuestra vida sigue en este “oasis de civilización en el medio de México” (así he oído decir…y para alguien expuesto a los cuentos post-apocalípticos de Caracas, es verdad; ser robado de manera cordial es algo muy civilizado).  El mundo de S, mi hijo de siete años,  es aun mágico, por lo que aun puedo hacer demostraciones de mi gran preparación como madre. El otro día me dijo, por ejemplo:  “mi amigo B , dice que él es mitad perro y mitad humano. Yo no le creo, pero O, sí”. Entonces salgo yo a asegurarle, que en verdad no creía que O, su amigo, le creyera … pero entonces, veo en sus ojitos que lo que estaba buscando era que le asegurara que su amiguito B no era mitad perro y mitad humano. Así que aclaré, con la cara más seria que me era posible poner: “S, es imposible que alguien sea mitad humano y mitad perro”. Él afirma con la cabeza, con una cara de “uuf, menos mal”, y mientras tanto, yo siento una pequeña victoria como mamá.  De R no hablo en este blog, porque desde que cumplió nueve años (más o menos)  decidí que ella era la responsable de comunicar lo que ella decidiera sobre su vida. Peeeero, aprovecho para decir aquí que estoy muy orgullosa de ella (y ya).

Como siempre (como todos), aunque vivo en el presente todo lo que puedo, el pasado viene de repente y me salpica sin querer. A veces lo hace de manera chévere, como agua fría en un día de mucho calor, mientras que otras veces me salpica como algo desagrable, que me ensucia la ropa. Hoy el pasado me salpicó de una manera muy agradable: recordé que hoy, hace 27 años, cuando tenía 16, comencé una relación muy bonita, que duró por dos años y nueve meses. Ese día fui yo quien “pidió el empate”, como se decía en aquella época. Ya anteriormente C me lo había pedido, pero yo había dicho que no, porque no quería adelantar las cosas. Luego vi en el cine la película La Sociedad de los Poetas Muertos, y después de haber reflexionado sobre su famoso Carpe Diem, me atreví a dar el gran paso. Había decidido que quería ser  feliz en ese momento y que no quería seguir aplazando mi felicidad para después.

Igual que ahora pues… igual que ahora.

Michelle L. Hardy

Dos terceras partes del sueldo mínimo de un día en dos productos

A precio REGULADO (solo los dos días de la semana que te tocan, y la cantidad que te toca, y si tienes suerte, como yo ayer, que el supermercado tenga estos productos, es decir, que por casualidad los tenga porque hayan llegado ese mismo día y hora al super, ya que usualmente después de pocas horas se acaban) un paquete de galletas de soda de 300 gr. cuesta 300 Bs. y un litro de leche descremada 290 Bs. El sueldo mínimo es 9648 (aunque al final cobran 16000 es decir, Bs. 800 al día, sumando los cestatickets, q es un bono de alimentación, el dólar a 859 Bs, es menos de 1 dólar al día). Saquen sus propias cuentas y conclusiones.

La mayoría de los productos q yo compro son no regulados o bachaqueados (a.k.a., mercado negro, léase, incomprables por alguien con sueldo mínimo) y ayer compré esos productos por la vía “normal” porq por pura suerte no había cola para comprarlos y era el día de mi número de cédula. Pero el caso del 73% por ciento del país (q es considerado estadísticamente pobre y puede ganar más del sueldo mínimo) es q dependen de estos productos regulados por el gobierno para comer. A una mamá con cinco hijos le toca lo mismo a que si no tuviera hijos (a los menores de edad no les toca nada) y a los enfermos, discapacitados o viejitos q no se pueden mover de su casa u hospital tampoco, porq tienes q poner tu huella digital cuando compras. Qué desgracia.

Twitter: @otramaleta (anteriormente @chicadelpanda)

Michelle L. Hardy es venezolana y vive con su esposo, sus dos hijos y una gata, en Caracas desde junio 2015. Desde junio 2003, hasta junio 2015 vivió en New Jersey, Miami, Milán, Guadalajara (México), Santiago de Chile y Ciudad de Panamá. Cuando se fue de su país hace doce años, éste era aun capitalista (aunque ya estaba activa la “revolución bolivariana” o chavista). Cuando llegó, después de doce años, se encontró con un país socialista. Caracas es ahora otra ciudad: como si se hubiera ido en otoño y hubiera llegado en pleno invierno. Volver es como regresar al punto de partida, pero al mismo tiempo es como haber llegado a una octava ciudad.

“Cada quien debería comprar lo que quiera y ya”

Desde que nos mudamos a Caracas, mis hijos me han repetido varias veces que no les gustan los carteles publicitarios gigantescos (muy capitalistas) que hay por toda la ciudad (dizque socialista). Ayer S, de 5 años, me pregunta que para qué los ponen, y yo le digo que es porque hay mucha gente que quiere que compres cosas, como en la tele cuando te dicen que vayas a comprar un juguete. Entonces me responde: “pues no deberían ponerlos, cada quien debería comprar lo que quiera y ya”. Él no sabe que su afirmación, tan inocente y sencilla tiene una gran profundidad.

El capitalismo quiere que compres cada vez más y el socialismo quiere que compres cada vez menos. El socialismo quiere hacerte creer que serás feliz siendo pobre, mientras que el capitalismo quiere hacerte creer que serás feliz siendo rico. Ambos paradigmas son falacias, pero el socialismo es peor porque te obliga a ser pobre o a tener mentalidad de pobre (que es la manera de pensar cuando hay escasez de algo esencial, como dinero, comida o medicinas). Es por eso que la escasez es un arma de control: porque le quita poder al individuo sobre su propia vida. Todo el poder sobre su bienestar lo tiene el Estado.

El 6 de diciembre voy a votar. Pero si me pusieran una pistola en la cabeza, votaría por el gobierno, pues mi sobrevivencia, y sobre todo la de mis hijos, están primero. Esa realidad  duele, da rabia, pero es la situación de muchos venezolanos, quienes  votan por el chavismo porque de no hacerlo, su sobrevivencia, o la de sus seres queridos, estaría comprometida. Muchos venezolanos, aunque quieran votar por la oposición, sencillamente, no pueden. Es por eso que, como dicen los americanos, “el juego no está ganado hasta que termina” y no debería darse por sentado que la oposición vaya a ganar  las próximas elecciones legislativas. El miedo y la necesidad podrían cambiar el final del juego.