Sueños lúcidos y otras experiencias

Una tarde como muchas otras me acosté a dormir  una siesta. Como en muchas otras ocasiones, me di cuenta que estaba dormida y me entraron unas ganas desesperadas de levantarme.

En otras ocasiones, cuando esto me había sucedido, ordenaba a mis ojos abrirse y a mi cuerpo, a moverse. Aunque ponía todo de mi parte, la mayoría de las veces era en vano, y yo desesperada, queriendo despertarme sin poder hacerlo. A veces  me despertaba en otro sueño, pero pensando que realmente estaba despierta, por lo cual la ansiedad por despertarme cesaba por un rato, hasta que volvía a darme cuenta que estaba soñando  y empezaba la agonía de tener que despertarme otra vez.

En una sola oportunidad logré despertarme sin esfuerzo, solo cerrando los ojos en mi sueño, para luego abrirlos en la vida real. Fue algo bellísimo e inolvidable; como cuando Dorothy  movió sus talones para que se tocaran entre sí para regresar del mundo de Oz. Fue idéntico. En un momento estaba en un mundo, y al abrir los ojos, estaba en otro.

En otras ocasiones, cuando me daba cuenta que estaba soñando, lograba controlarme y no hacía ningún esfuerzo por levantarme. Me acordaba que eso ya me había pasado antes, y que me iba a despertar de todos modos (la angustia era, por supuesto, que no me fuera a despertar más nunca). Sin embargo, si acaso lograba tal control mental, usualmente lo perdía después de un rato, para volver a mi desesperación de querer despertarme, porque – pensaba yo- ¿Qué tal si no me despierto por inercia? ¿Qué tal  si la única forma de despertarme es  tratando de hacerlo?

Estos episodios se repitieron tantas veces en mis ocasionales siestas de las tardes, que empecé a poner el despertador para estar segura de que me iba a poder despertar sin la angustia de tener que hacerlo a voluntad. Sin embargo, en una ocasión en que se me olvidó poner el despertador, me pegué tal susto,- y me dio tanto miedo el proceso de levantarme, o de no poder hacerlo- que decidí prohibirme absolutamente darme ninguna siesta, por más cansada que estuviese.

Pero llegó una tarde en que el cansancio pudo más que ninguna prohibición y me dormí. Lo que sucedió fue lo siguiente: me di cuenta de que estaba dentro de mi cuerpo, pero que éste no me respondía. No sabía si tenía los ojos abiertos o no, pero lo cierto es que podía ver mi cuarto, como si realmente los tuviera abiertos. Mi mente estaba funcionando perfectamente. Para mí estaba totalmente claro que si mi cuerpo no se movía nunca más, esa mente iba a seguir existiendo.

Esta vez, a diferencia de lo que me había sucedido en otras ocasiones, no me podía mover absolutamente nada,  como si el  cable que unía mi mente con mi cuerpo hubiera sido cortado. En mis experiencias anteriores, la situación era más bien similar a que el cable hubiera sido desconectado y que hubiera que volver a conectarlo. En dichas ocasiones, aunque mis ojos o mi cuerpo no me respondieran,  yo sentía que estaba moviendo algo, aunque fuera mínimo. Pero esta vez, la impotencia era total. Nada de nada. Yo no tenía ningún control sobre mi cuerpo.

De repente me entró una angustia y una rabia infinita: ¡Qué me importaba  a mí el universo invisible! ¡Qué me importaba Dios, qué me importaba el mundo sobrenatural! Allí estaba yo, presente quizá sólo en espíritu y mente…¡Y de qué me servía  seguir existiendo si no podía tocar, si no podía hablar! Necesitaba que me oyeran y que me tocaran, para saber que de verdad existía. ¡Qué me importaba poder ver! ¡Yo lo que quería era tocar, que me tocaran, que me oyeran y que  me respondieran!

No me podía rendir, ese cuerpo que supuestamente era mío, tenía que seguir siendo mío, me tenía que responder. Y finalmente así lo hizo. No sé bien cómo fue, pero desperté y salí corriendo a abrazar a mi hija, a la nevera, a mi esposo, a tocar paredes. No recuerdo otra ocasión en que haya sido más feliz. No podía dejar de pensar que ése era el sentido de la vida, por lo menos de ésta que vivimos en este planeta. Había que tocar, ser tocados, abrazar, hablar, oír. Amar por medio de los sentidos. Porque para amar solo espiritual o mentalmente teníamos ese otro mundo invisible en donde siempre existiremos.

Luego de pasada mi euforia, y luego de asimilada la gran epifanía, me metí en Internet para ver qué decía la ciencia de lo que me pasaba. Según lo que leí en Wikipedia, no tuve ninguna experiencia sobrenatural, ni mucho menos experimenté el más allá o la muerte.  Lo que me sucedió tiene nombre y apellido, y se llama “parálisis al despertar”. Lo que ocurre es que a algunas personas se le despierta primero el cerebro y luego el cuerpo. Usualmente, después de unos segundos o minutos, el cuerpo se levanta también. Es decir, según esto yo ni siquiera estaba soñando. Realmente estaba despierta, realmente estaba viendo con mis ojos, y realmente estaba paralizada.

Esta información, lejos de tranquilizarme, me aterró aún más: ¿Era eso lo que sentía una persona cuyo cuerpo se paralizaba? Yo pasé un infierno indescriptible y éste probablemente solo duró unos minutos. Que una persona viviera días, meses o años así era inconcebible para mí. Las lágrimas me vivieron a los ojos y me invadió una necesidad  de salir a abrazar a todas esas personas.

Todavía no lo he hecho.

@chicadelpanda

chicadelpanda.com

Este texto que acaban de leer lo escribí en  2007,  y decidí publicarlo hoy porque ayer vi una charla en Ted.com que me recordó este episodio (por cierto, ya no me da esa ansiedad por despertarme; si me doy cuenta que estoy soñando, me pongo muy feliz y lo aprovecho al máximo). Me sentí muy aliviada al oír a esta neurocientífica, Jill Bolte Taylor, ya que su experiencia mientras le ocurría un derrame cerebral fue de euforia. Vale la pena tomarse unos minutos para escuchar su testimonio, aquí les dejo el link (subtítulos disponibles en español).

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3 pensamientos en “Sueños lúcidos y otras experiencias

  1. A mi me pasa eso mismo cuando duermo siesta despues de haberme tomado unos cuantos vinos jaja. Una sensacion rarisima, pero rica. Muy interesante tu articulo, tu experiencia y tu curiosidad cientifica. Las siestas son algo muy magico. Me encantan tus escritos, porque tienen honestidad. Besoe desde Canada

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