Por qué la gente te quiere

Gaby Vargas en TedX Df … a lo mejor ya sabes quién es. ¿Pero sabías que en el colegio fue malísima en los estudios, malísima en los deportes, malísima hasta en los mantelitos que había que entregar el día de las madres? (Si así lo prefieren, vayan directo al link de la charla al final del post y vean la charla de 15 minutos).

Ella cuenta que cuando fue a decirle a su papá que había sido reprobada y que tenía que repetir quinto grado de primaria, él le dijo: ¿Por qué Gaby? Si tú puedes con esto y más. Y además quiero decirte, que en la vida, las calificaciones no importan. Lo que importa es que pongas todo tu corazón en todo lo que hagas. Luego la tomó de los brazos y le dijo: Oye bien lo que te voy a decir y quiero que nunca se te olvide: tú naciste con estrella. Ella dice que se quedó con el enorme compromiso de querer regresarle ese voto de confianza a su papá.

Luego, en su primer día de clases en que iba a repetir, hizo fila con los de quinto, mientras estaba todo su salón  en la fila de sexto que estaba justo al lado. En ese momento me sentí morir… y me acordé de la estrella de palabras que mi papá me había puesto en la frente. A partir de ahí empecé a nacer, empecé a crecer , empecé a sentirme segura de mí misma, a sacar mejores calificaciones y a ganar competencias de natación. Y me di cuenta que con cada logro obtenía la mirada de aprobación de mi papá. Lograr cosas es el camino, pensaba Gaby.

Más tarde en la vida, en sus veintes, casada y con tres hijos, se convierte en una voraz autodidacta, y convierte su carrera en un logro, para así sentirse bien consigo misma, pero sobre todo, para seguir abonando en esa cuenta de débito que tenía con su papá. El éxito parecía ser la respuesta y la solución.

Durante sus veintes, treintas y gran  parte de los cuarentas, se dedicó a tener éxito, por lo que no tenía tiempo ni para voltear a verse a sí misma. Tener la agenda llena servía como un valium para las emociones y la hacía sentirse importante; la adrenalina la hacía sentir viva. Decía: “valgo por lo que hago”. Ese agotamiento que yo tenía lo veía como una forma de sentirme bien, y de corresponder de alguna manera a esa estrella que mi papá me había pronosticado. Qué equivocada estaba. La vida no se tardó en tomarme de los hombros y darme una fuerte sacudida. En poco tiempo, una de sus mejores amigas, y su hermano menor, murieron.

Me di cuenta de por qué la gente te quiere, al ver la cantidad de gente que fue a los funerales y misas de los dos. La gente te quiere, no por lo que hagas, lo que tengas, por lo que logres, por el puesto que tienes, por la importancia que tengas o la cuenta bancaria que tengas. La gente te quiere por cómo la haces sentir. Y yo me preguntaba ¿Cómo he hecho sentir a la gente? El éxito cobró un enorme signo de interrogación. Frente a la muerte ¿De qué sirve esto? 

Yo había descuidado a mis amigas, había descuidado tiempo con mi familia, había descuidado tiempo con mi esposo, con mis hijos, en aras del “éxito”. Y éso ahora de qué servía.

Por último me enfrenté con que el dolor te lleva al sótano 3 de la oscuridad, en donde ahí, en donde más solo y oscuro está, encuentras que hay una puerta de luz. Que al momento de abrirla, encontraba una inexplicable paz y una inexplicable serenidad, y me di cuenta que esa puerta nunca la hubiera encontrado allá arriba. Y ahí me di cuenta que era la primera vez que ME visitaba.

En ese momento me acordé de una metáfora sobre el buda de Tailandia. Hace 50 años un grupo de monjes budistas deciden mover un buda de terracota, porque estaba albergado dentro de un templo de 800 años de antigüedad que amenazaba derruirse y destruir su buda. Cuando fueron a moverlo, vieron que se agrietaba, y lo dejaron allí para que los expertos les dijeran cómo hacerlo bien. Pero uno de los monjes tomó una linterna y a medianoche fue a inspeccionar las grietas, y se dio cuenta que un gran brillo cegador le daba de regreso al alumbrarlo. Se dio cuenta que tenía ante sí un buda de casi dos metros de oro macizo. Pasaron 800 años y nadie se había dado cuenta que dentro de ese buda de terracota había un tesoro de oro macizo. ¿Y cuentas veces no nos puede pasar lo mismo? Nacer, vivir y morir sin darnos cuenta que tenemos ese tesoro por dentro.

Cuando veo las estadísticas de la OMS que nos dicen que 121 millones de personas viven en depresión, pienso que quizás esas personas nunca tuvieron, de niños, alguien que los viera a los ojos, les pusiera una estrella en la frente y les dijera: creo en ti. Porque cuando eso sucede, la estrella empieza a hacer su magia.

Si cada uno de los adultos el día de hoy pusiéramos una estrella en un niño, les aseguro que las estadísticas en el futuro serían completamente diferentes. Te invito a preguntarte: ¿A quién le voy a poner una estrella? Para que la magia comience. Yo me llevo el compromiso de ponerle una estrella a Valentina mi nieta. Y les pregunto, ¿Tú a quién se las vas a poner? Muchas gracias.

 

 

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