Tres momentos, tres apartamentos

Es sábado 14 de septiembre de 2013 en la mañana, y la escritora se encuentra en algún apartamento de las grandes torres que bordean la Bahía de Panamá. Su hijo menor ya la ha interrumpido varias veces para que lo ayude a arreglar una pista de carritos. Pero a la hora en que ella escribe, ya él  se ha dado cuenta que su mamá no es la más indicada para ello.

La Avenida Israel tiene casi tantos alumnos como apartamentos tienen los edificios que la rodean. Ya la escritora se ha acostumbrado a las prácticas de tambores de las bandas marciales para las fiestas patrias. Incluso el otro día se dio cuenta que ya no le molestaban. ¡Hice crossover, como dirían los gringos!, pensó. Ya soy local.

Hoy, aparte de los tambores, hay mucha bulla y cornetas de esas que suenan en los estadios. Mientras preparaba el desayuno, decidió averiguar cuál era la fuente del zaperoco, y fue a la habitación de los niños para ver por la ventana: dos partidos de futbol, más un evento familiar de unas doscientas personas. Toma los binoculares que desde hace unos meses cuelgan de la ventana para ver los buques que atraviesan el canal, y los usa para  entrometerse en las actividades de ambos colegios. Los estoy vigilando, piensa, the big brother is watching you. Tiene esa sensación de estar haciendo algo malo, de estar espiando… pero sabe que fueron ellos los que se entrometieron en su casa primero, con  el ruido que ahora invade cada rincón.  Sin embargo, ellos no saben que se están entrometiendo, mientras ella sí. Se siente un poco más la villana de la película, y se le vienen imágenes de militares en el techo de un edificio. No son de una película, ni son recuerdos de su experiencia propia tampoco. Son dos relatos, uno de su marido, y otro de su mamá, cada uno de fechas y lugares muy diferentes.

El de su esposo  es del 27 de febrero de 1989, cuando el  Caracazo. Carlos Andrés Pérez, presidente de Venezuela, como parte de su paquete económico (que disque iba a salvar las finanzas venezolanas), subió el precio de la gasolina, y consecuentemente se desataron todas las furias que habían estado contenidas hasta ese momento. Aumentaron los pasajes, la gente protestó, bajaron los cerros (ya que la mayoría de la gente humilde en Caracas vive en las laderas de la ciudad),  disturbios, quemas, saqueos, muchos saqueos, militares en la calle, toque de queda de muchos días, desabastecimento de los insumos más básicos por muchas semanas. Su esposo, quien entonces tenía once años, vivía en una avenida central de la capital. Su recuerdo más vivo es de los militares que entraron en su edificio, armados con fusiles, para instalarse en el techo y vigilar la calle desde ahí. ¿Dispararon alguna vez? No  se lo he preguntado. Él no está cerca para preguntarle, pero la escritora sí puede preguntarle a su mamá más detalles sobre la otra imagen que se le vino a la cabeza de militares en el techo.

La escritora se conecta a Skype y llama a su mamá en Caracas. No está, pero su papá sí. Él comenta que alguien le acaba de llamar para informarle que había llegado la leche al supermercado tal. Le dice a su hija: así están las cosas en Caracas. Chacao ha estado prácticamente sin leche durante la última semana. Su nieto se  da cuenta que su abuelo está en la computadora, así que trae su recién diseñada pista para mostrársela. La escritora – que ante todo es mamá-  le cede encantada la pantalla a su hijo. Cuando ellos terminan, ella retoma.

1960_Francos_Rodríguez¿Cuál era el relato de su mamá? Ella había  emigrado de Venezuela con su familia cuando cayó Pérez Jiménez a finales de los cincuenta (su papá era perezjimenista  y tuvieron que exiliarse). Primero vivieron en Italia y luego en España. Es de este último país, el recuerdo de los militares, cuando ella tenía diez años (1960): vivíamos en un pent house del Paseo de la Castellana, y cada vez que iba a pasar el generalísimo  por nuestra calle, venían primero dos guardias nacionales armados, subían a la terraza de nuestro apartamento,  y desde allí resguardaban al presidente. A mi papá le encantaba eso, tan militarista que era. Esperaban a que Franco y su séquito pasaran, y luego se iban.

Su mamá acaba de llamar por Skype, y  le aclara a su hija que para ella eran tiempos de paz, tiempos maravillosos. Que a ella, con diez años, la dejaban estar afuera en la calle hasta las diez de la noche, y que se iba caminando al colegio por muchas cuadras (su papá le daba dinero para el autobús, pero ella y su hermano preferían ahorrárselo) y que era genial, porque en el camino se le iban uniendo otros niños que también iba a la misma escuela. Recuerda que los sábados la dejaban con una amiga en el Plaza Mayor desde las diez de la mañana hasta las 12 del mediodía, solas, para intercambiar sellos postales. Era un gentío – continúa- como trescientos personas, y gozábamos, intercambiábamos estampillas con la gente grande. Tanta era la seguridad, que una vez los scouts se olvidaron de nosotros y nos dejaron en la estación de tren de un pueblito cerca de Madrid, y mi papá y mi mamá nunca se preocuparon. Nosotros le dijimos a un guardia nacional lo que nos había pasado, y éste consiguió llamar a mi papá, quien nos fue a buscar. Llegamos a casa como a las tres de la mañana. Por cierto, cuando llegabas  a tu edificio después de las diez de la noche, no tenías llave del mismo. Uno tenía que empezar a aplaudir, a dar palmadas, para que viniera uno de los serenos (que eran unos guardias que vigilaban la calle) a abrirte la entrada.

Acaba de llegar el esposo de la escritora, y mientras ella  lava los platos, le pregunta sobre caracazo1am1aquella vez, cuando el Caracazo, en que los militares se subieron al techo de su edificio.

Sí, eso fue un viernes, el primer día de los disturbios. Subieron como 12 militares con fusiles al pent house del edificio, en donde vivían unos españoles retirados. Desde la terraza tenían vista 360 de toda la Avenida Victoria y lo que estaba alrededor. Como  había un muro pequeño de cemento que bordeaba la terraza, era perfecto.

-¿Y llegaron a disparar?

– Claro. El gordito que era el hijo del dueño del abasto (minisuper) de enfrente, se le ocurrió que mejor se quedaba dentro del abasto, así que salió en su pick- up como a las once de las noche (el toque de queda empezaba a las 6 de la tarde). Así que los tipos acribillaron a la pick up.

-¿Y lo mataron?

– No, le pegaron como siete tiros, pero sobrevivió. No vimos cuando dispararon, pero sí lo oímos, y corrimos (eran tres hermanos  y una hermana) a asomarnos a la ventana, agachados detrás de la pared de cemento que está debajo de ésta . Recuerdo a G (su hermano, doce años mayor que él) diciendo “¡Mataron al gordito del abasto!  temblando, pero se dio cuenta que yo era chiquito (once años) y empezó a decir “no, seguro, fue un disparo de advertencia, no lo deben haber matado”, pero igual yo no entendía muy bien (la muerte). 

– ¿Y dispararon más?

– Sí, oímos unos tiros  en la madrugada, pero no nos asomamos, no sabíamos si era de ellos hacia abajo, o de alguien hacia arriba.


La escritora se sienta inmediatamente a escribir, para aprovechar la breve ventana de tiempo que se le abre. Una vez plasmado el relato en la pantalla, sonríe. Este relato no salió como previsto, salió mejor. Me siento afortunada por estar viviendo en tiempos de paz en este país. Aquí se celebra la vida, aunque no sepan que lo estén haciendo. Por ejemplo, una vez cada dos semanas, o a veces más, incluso se ven fuegos artificiales desde mi apartamento. ¿Santos patronos? ¿Fechas patrias? ¿Fútbol? ¿Matrimonios? Son tantos que aquí parece que  llega un año nuevo a cada rato. Se lo comentaba ayer a unos amigos panameños, y les preguntaba si por donde ellos vivían era lo mismo. Se reían. No me respondieron con palabras, sino con risas, reafirmando lo que sospechaba. Aquí no hace falta tener una gran ocasión para celebrar. Pero ¿qué estoy diciendo? ¿No es la vida misma, la mejor ocasión para celebrar?

@chicadelpanda

chicadelpanda.com

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