Venezolanos casados y sin anillo

 

Estábamos conversando en casa de unos amigos venezolanos que llevan poco tiempo viviendo en Panamá, cuando me doy cuenta que el que está hablando no tiene anillo. “¡Ajá! No tienes anillo” le digo, como quien acaba de descubrir a un niño haciendo una travesura. En el acto su esposa sale a defenderlo, y yo no entiendo nada. Entonces interviene otro de mis amigos venezolanos y dice: “mi esposa por fin entendió por qué yo no quería usar el anillo de matrimonio, cuando a ella misma se lo robaron”. Lo dijo sonriendo, pero serio. No estábamos hablando de una travesura.

Pocos días después, conozco a otra venezolana que también lleva poco tiempo aquí, y me dice que está casada. Habiendo olvidado lo que me habían dicho mis amigos, le digo confundida: “pero no tienes anillo”. “¡Ah!” me responde, “Es que un día saliendo al trabajo en la mañana, me asaltaron y me lo robaron. A mi esposo se lo robaron dos veces. La primera vez, se lo volvió a mandar a hacer. Pero cuando se lo robaron por segunda vez, lo dejó así”. De repente me doy cuenta que el asunto de que las personas casadas en Venezuela (o venezolanos recién emigrados) estén sin anillo no es un asunto aislado, es un patrón. Esto no es normal, pienso tontamente. Mi recién conocida venezolana continúa: “todo esto de los robos ha hecho que sienta menos apego a las cosas. Ya no me complico,  y me lo tomo con calma”. Me quedo impresionada, aun cuando ese pensamiento ya lo hubiera oído muchas veces de parte de  otros venezolanos. Fue como si de repente entendiera la profundidad de lo que ella estaba diciendo.

En el 2010, pasamos la experiencia  del gran terremoto de ese año en Chile. A raíz de eso, me hice más consciente de que la vida se  podía acabar en cualquier momento, pero también caí en cuenta que no era yo sola la que había tenido esa experiencia. Todo un país, millones de personas al mismo tiempo, habían pasado por lo mismo, habían descubierto, o recordado, lo mismo. Ese sentimiento de que se ha pasado por una experiencia similar, ese identificarse en el otro, contribuye a la identidad de un país. Con el asunto de los anillos, me di cuenta de que en Venezuela la gente ha vivido, y sigue viviendo, una experiencia común, que es una combinación de inseguridad física y escasez material, de la cual yo no he sido parte  (pues hace once años, cuando emigramos, ni la inseguridad, ni la escasez, habían llegado a los niveles en que se encuentran ahora).

La venezolana con la que estaba hablando me dijo: “ahora soy mucho más consciente de lo que consumo, no solo porque no sé si luego lo voy a conseguir, sino porque no sé si otra persona lo va a necesitar. Por ejemplo, con las bolsas plásticas desechables. Yo había disminuido mucho su consumo, no por conciencia ecológica, sino porque estaban escasas y no quería dejar sin bolsa a alguien que las necesitara”. Yo estaba tan impresionada con lo que me decía, que casi no me lo creía. Le dije “no era conciencia ecológica, pero sí era otro tipo de conciencia”,  mucho más profunda, me faltó agregar.

Es diferente que uno decida prescindir de algo por voluntad propia, a hacerlo por imposición externa. En el primer caso uno está en control, en el segundo, no. En el primer caso uno se siente con poder sobre la propia vida, en el segundo caso uno se siente vulnerable. Pienso que es en el segundo caso, cuando uno tiene que prescindir de algo por imposición externa, en donde la transformación es más profunda. Jamás pensé que el estar “casada y con anillo” sería algo que marcara la diferencia.

 

@chicadelpanda

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