La victoria del optimismo

Usualmente me desagradan los números de la vida real: los que cuentan dinero, tallas, pesos, fechas, horas… pero hoy es diferente.

Hace poco me di cuenta que el mundo sin números (o casi sin números) sí existe. Es el mundo de mi hijo S de cuatro años, quien por un lado me pregunta si su papá tiene tres mil años, y por otro me afirma que en Panamá hay muchísima gente, como cien personas. Hay varias excepciones a su mundo sin números por supuesto: sabe cuántos años tiene, por ejemplo (aunque no sepa qué quiere decir “años”) y también sabe que hoy es el último número de la última página del calendario que tenemos en su habitación.

Ayer, mientras compraba en el minisúper (abasto) de la esquina, oí a una señora venezolana, muy simpática, desearle feliz año a la señora china que la atendía, quien le respondió “gracias”. Instantáneamente recordé un artículo que leí hace poco en que decían que los trabajadores chinos que producían la mayor parte de la mercadería navideña en el mundo, no sabían qué era la navidad: “a lo mejor es como el Año Nuevo Chino”, decía una entrevistada. Me pregunté si la vendedora  sabría qué significaba el Año Nuevo para nosotros, de dónde había salido ese invento de contar los años de la manera en que lo hacemos, o por qué terminan nuestros calendarios ahora y no en unas semanas, como en China. Mmm… en realidad yo tampoco sé por qué en China celebran el año nuevo cuando lo hacen, ni por qué llevan la cuenta de esa manera.

Los números (como los del calendario) gobiernan nuestras vidas, nuestro inconsciente; pero también nos dan la excusa para imaginarnos en un futuro cercano más acorde a nuestros anhelos, a nuestras ilusiones, a nuestras esperanzas. Hasta el más pesimista se ve arrastrado por la esperanza colectiva de que en el año nuevo las cosas mejorarán, así sea por alguna parte, así sea solo un poco. Creo que la celebración del año nuevo es un invento de los optimistas para que los pesimistas se rindan y bajen sus armas, al menos por una noche. Así, con sus manos libres, se ven obligados a tomar una copa de champaña,  mientras hacen equilibrios para abrazar a la persona que esté al lado. En esos segundos el pesimismo muere súbitamente y la esperanza se declara victoriosa, pone sus brazos en alto y sostiene su trofeo para que el público lo vea; se oyen los fuegos artificiales, y el mundo entero se pone de pie, aplaudiendo en ovación.

@chicadelpanda

 

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