Siete chamos

Tomado de @juanpelando

Tomado de @juanpelando

En 2002, cuando había marchas multitudinarias por toda Caracas, fui a muchas de ellas. Íbamos con banderas (la de antes, la de siete estrellas), pancartas, pitos,  gritábamos consignas. Una vez, cuando estaba apoyando a los militares que se habían sublevado y estaban acampando en Plaza Altamira, cayó un chaparrón y me empapé toda (como nadie se movió, yo, mucho menos). De repente vi el reloj y me di que tenía que ir a dar clases. Como quedaba cerca, me fui corriendo hasta el instituto. Entré al salón, y los adolescentes a los que les daba inglés, se quedaron con la boca abierta. Recuerdo en particular un muchacho, súper rebelde, que siempre me saboteaba la clase: no dijo ni pío. A partir de allí, se comportó como un estudiante excelente. Siempre me ha dado curiosidad saber qué fue lo que pasó allí, si es que habrá pensado, si esta profesora es tan loca que se va a una marcha, se empapa, y viene a dar clases así, con ropa y pelo chorreando, como que me mejor no me meto más con ella.

En aquella época salíamos todos a marchar. Mi mamá era la que más marchaba, y recuerdo que mucha gente decía “ahora todas esas señoras tienen algo que hacer” y a mí me indignaba porque “esas señoras” habían decidido estar allí, en vez de hacer cualquier otra cosa. También iban padres, madres, niños, bebés, ancianos. Recuerdo las pancartas divertidas en los coches y los niñitos todos disfrazados de bandera de Venezuela de arriba a abajo.

Pero ya han pasado 13 años y la mayoría de los que marchaban en aquella época, o se han ido (como yo), o se han cansado, como mi mamá. La mayoría de los que tienen la valentía y las energías de salir a protestar son los jóvenes, quienes no se acuerdan de otra Venezuela que no sea la de la “República Bolivariana”. No vivieron en la “República de Venezuela”, ni aprendieron que la bandera tenía siete estrellas. Pero ellos saben que hay algo que está muy mal, aún cuando no tengan punto de comparación.

En estos momentos,  un país que está acostumbrado a la violencia, en que un herido de bala es una raya más para un tigre, la indignación crece ante la muerte de 7 jóvenes que han sido asesinados por el gobierno, quienes se han dado licencia para matar a quien sea.

Vuelvo con las mismas pregunta de hace dos artículos: ¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud? Como  ves, en ese momento no me refería a ir manifestaciones de protesta, sino a subir montañas peligrosas. Casualmente (el más joven de los muchachos asesinados era scout)  comenté un poco sobre mi experiencia como Guía Scout en Venezuela, y sobre el ajuste de metas que había hecho en mi vida: había cambiado las excursiones a altas montañas por cortos paseos con mi familia en cerros más pequeños.

Ser joven es insistir en las altas montañas. Yo sé, que por más peligro que haya al salir a protestar, muchos jóvenes van a seguir haciéndolo. También sé que habrá muchos padres y madres angustiados. Me conmovió este párrafo que leí ayer, en el artículo Con el morral lleno de miedo de Fedosy Santaela:

Yo soy yo y mis hijos. Yo soy y el abrazo que le quiero dar a mi chamo de nueve años sin que él se entere de que tengo miedo, de que no lo quiero soltar, de que no quiero que crezca y que salga a protestar. Te quiero siempre a mi lado, vivo a mi lado, no salgas, no te me vayas.

Miedo, no puedo tener otra cosa que miedo. Lo que se quiere es que tengamos miedo. Pero no un miedo que nace porque alguien levanta polvo a la distancia, haciendo ruidos amenazantes de fondo. No, acá hemos llegado al miedo de verdad. Miedo con asesinato al lado. Miedo con impunidad al lado. Miedo de protestar, porque la protesta ahora es criminal.

NTN24 Siete jóvenes venezolanos asesinados en tan solo ocho días: las coincidencias de los “hechos aislados”

@chicadelpanda

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