Anestesia, agua y cobija

Do you want to go to Green Hospital or St. Marigold’s Hospital for ...

Estoy consciente de que en Venezuela tener champú es un privilegio. Sin embargo, eso no me parece normal. Me parece una humillación, al igual que sucede con todos los demás productos que escasean. Según estándares venezolanos, yo debo dar gracias por tener champú en mi casa. Pero bajo estándares del resto del mundo, eso lo que da es lástima.

Sin embargo, tener la perspectiva de tener que andar por ahí con el pelo grasiento es el menor de los males. Hace unos días un cirujano muy reconocido declaró que en su hospital PRIVADO ¡Habían tenido que suspender las cirugías cardíacas! ( Suspendidas operaciones cardiovasculares )  y poco antes, niños con cáncer y sus mamás tuvieron que protestar por la falta de medicamentos para tratar a sus hijos ( Dolorosa protesta de los niños con cáncer en Venezuela ).

Así que, como ven, yo, que pude tener el privilegio de ser atendida y operada en el Centro Médico Docente de la Trinidad, no debería quejarme sino dar gracias (así como debería dar gracias por el hecho de que tengo champú en mi casa). El CMD de la Trinidad, según me han informado, atiende a muchos personajes del gobierno y por eso está muy bien surtido y no le falta nada. Sin embargo, aunque la atención médica fue relamente excelente, ustedes llegaran a sus conclusiones respecto a todo lo demás que les voy a contar. No es aquí mi intención “echarle la culpa al CMD de la Trinidad”; mi intención es solo informar de mi experiencia allí, para que ustedes se imaginen, si ésa fue mi experiencia en la mejor de las clínicas del país, cómo será en las demás.

Fui varias veces al Centro Médico Docente de la Trinidad. En tres de esas ocasiones se fue la luz, y se encendió la planta eléctrica, la cual solo proporcionaba electricidad a las áreas esenciales, como computadoras y algunas luces (nos dicen que los quirófanos, y otras áreas esenciales también se surten de la planta). Sin embargo, el sistema de números por el cual atienden no es considerado esencial, así que los papelitos con numeritos se hacen inútiles y cada persona que llega tiene que preguntar en voz alta “¿Quién es el último?”,  y a los demás no nos queda sino rezar para que la cuestión no termine en despelote. Las luces de los consultorios tampoco son esenciales, así que una vez me atendió una doctora a oscuras en su consultorio (iluminados solo con la luz del pasillo; afortunadamente solo tenía que darme unas instrucciones preoperatorias), y unos días después me atendió otra doctora,  evidentemente molesta por el apagón, quien se disculpó conmigo por algo que no había podido hacer bien en la computadora , porque, según sus palabras “había tenido que escribir con una linterna, como si estuvieran en la edad media”.

Otro día llovió muchísimo y cuando salí del ascensor, regresando de Locatel, me encontré con un  charco de más o menos un metro de diámetro, a unos pasos más adelante (por suerte pude pasarle por al lado sin problemas). Pero una hora más tarde (había seguido lloviendo) al salir del área de consultorios, me encuentro con el siguiente espectáculo en el área de espera: un charco que parecía una pequeña piscina, de unos cinco metros de diámetro, con todas las sillas de la sala alrededor (habían tenido que moverlas para que no se mojaran) junto con unas doce personas con tobos, mopas y escobas, tratando de solventar la situación. Me quedé atrapada del otro lado del charco, junto con el resto de la gente que esperaba, como por veinte minutos, pues era imposible pasar sin empaparse los zapatos. Por cierto, unos días antes, se había abierto también otra gotera repentinamente en esa misma área de espera, que más que gotera era un chorro de agua.

En mi preparación preoperatoria, sufrí de un frío horrible pues según me dijeron “no había cobijas” (cuando luego me enteré que en mi habitación sí había) y después de la operación sufrí muchísimo pues la enfermera de anestesiología se tardó 4 horas en llegar para ponerme el catéter de morfina que se pone a nivel peridural. Según me dijeron eso se debía a “que solo había una enfermera en todo el hospital que pudiera hacerlo y había que esperar”.

Luego, cuando por fin me pasaron a la habitación,  no había agua de beber. Se la pedimos a las enfermeras y me informaron “que no había agua”, como si fuera lo más normal del mundo. Afortunadamente un familiar mío había traído una botellita de agua consigo y me dio un poco. Cuando se acabó tuve que tomar refresco para aplacar la sed, pues tampoco había agua en los restaurantes de planta baja. La doctora, cuando me vio tomando refresco, me dio el dato de que aunque no había agua, sí había hielo en ese piso. Así que mi esposo me buscó hielo y tuve que esperar a que se derritiera. Luego, como a las 9:00 pm (la intervención quirúrgica había terminado aproximadamente a la 1 pm)  llegó el agua.

De nuevo quiero hacer énfasis en que la atención médica fue excelente. Sé que debo dar gracias de que lo que me faltó fue agua, cobijas y unas horas de anestesia, y no antibióticos, insumos quirúrgicos, ni medicamentos. Pero para mí es un shock. Yo me esperaba una cobija si tenía que esperar sin ropa antes de la operación (a una temperatura como de 15 grados en que los mismos cirujanos y enfermeras usaban chaquetas); me esperaba anestesia después de la operación, no 4 horas de sufrimiento; y me esperaba agua potable en la habitación para calmar la sed. No creo que esperar abrigo, agua, y anestesia para calmar un dolor intenso, sea snobismo ni sifrinismo,  sino expectativas normales de cualquier ser humano.

@chicadelpanda

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3 pensamientos en “Anestesia, agua y cobija

  1. El Churun-meru en bicicleta … Mi papa es cirujano cardiovascular y me lleva narrando esa historia desde hace mas de 5 años. Que viva la revolucion

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