¿Nunca se ha metido un extraño en tu conversación?

Entonces nunca has vivido en Caracas.

Hace un poco más de tres meses regresé a mi ciudad natal, Caracas, después de haber vivido doce años en otros cinco países. He tenido muchos shocks culturales, pues Venezuela ha cambiado mucho en todo este tiempo. Muchos venezolanos me han dicho “tranquila, que este es tu país”, pero la verdad es que no lo siento así. Siento que el proceso de adaptación ha sido más duro que en cualquiera de los otros países en donde he vivido en el pasado.

Entre los grandes cambios que he tenido que hacer, ha sido el estar en alerta máxima cada vez que salgo de mi casa, pues aquí no se puede bajar la guardia. Vivir en Caracas, es como vivir en Pandora, el planeta de la película Avatar: su naturaleza te abruma por lo abundante y por lo hermosa; pero no puedes olvidar que es un sitio muy peligroso. Es por eso que ahora oigo y veo más que cuando vivía afuera.

Por ejemplo, en el Centro Médico Docente  de la Trinidad (un hospital de alto nivel) oí a una persona mayor, diciéndole a otra: “es que vamos a terminar comiéndonos los unos a los otros”. Otro día, oí a una muchacha en la farmacia Locatel, mientras hablaba por el celular: “es que esos Guardias Nacionales son unos hijos de putas, coños de su madre. Cada vez que llego sola al aeropuerto, me caen a gritos”. Pero yo no soy la única que está hiper alerta a sus alrededores, es prácticamente todo el mundo. Toda la gente está pendiente de lo que habla el de al lado. Muchas veces he estado comentando algo a mi esposo o a alguien más, y la persona que está más cerca se mete en la conversación. Por ejemplo, estoy comentando que qué caro el atún, y el muchacho que está colocando mercancía en el supermercado, se voltea para decirme dónde lo puedo encontrar más barato. Si le digo a la cajera que “qué horror que hasta para comprar galletas de soda hay que comprar el día que te toca por número de cédula”, la persona que está en la caja de al lado se voltea para decirme en qué supermercado aún no están pidiendo cédula, y que entiende mi frustración porque él y su hijo comen muchas galletas de soda. Si estoy comentando que no sé dónde se pesan las frutas, alguna señora se voltea para decirme que no hace falta, que en la caja lo hacen. Incluso sin que uno hable, la gente te busca conversación: “aquí está mejor el precio los tomates enlatados; en el Mercado de Chacao cuestan el doble, se ha puesto carísimo”, o “¡Claro! Pura pasta importada carísima ¿Quién va a comprar eso?”

Cuando posteé estas anécdotas en Facebook, varias personas me comentaron “es que así es la naturaleza del venezolano”, refiriéndose a la disposición de ayudar sin pedir nada a cambio. Sin embargo, este hábito puede ser sorprendente para el que venga de afuera, incluso puede parecer mala educación. Pero una vez que pasas el shock, y te das cuenta que meterse en la conversación de un extraño no es una falta de cortesía, sino todo lo contrario, hasta empiezas tú mismo a meterte en la conversación de otros. Eso sí, sin bajar la guardia: nunca des información sobre tu vida personal a un extraño; recuerda que ahora estás en Pandora.

@chicadelpanda

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