¿Gritar? Los adultos no, los niños sí

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“You are not obligated to respect adults

if they do not respect you”

(Encontrado en Pinterest; guardado en 1.1 K boards.

“No estás obligado a respetar a los adultos si ellos no te respetan”)

Imagina a una niña que está a punto de ser víctima de abuso sexual. Tomemos en cuenta que el abuso sexual en niños, o incluso en adolescentes, usualmente no incluye violencia, ya  que en la mayoría de los casos, el crimen es perpetrado por un adulto de confianza (familiar, maestro, cuidador, sacerdote, etc) que sabe que tiene control sobre el menor, y que lo puede manipular, ya sea con amenazas, o peor, convenciéndolo de que lo que van a hacer está bien.

Dicha niña sabe que tiene que respetar a los adultos, a como de lugar. Ha sido enseñada a ser una niña buena. Cuando en su casa algo le disgusta, y se le ocurre reclamar a sus padres, es inmediatamente callada. Lo mismo en la escuela. ¿Gritar a sus padres porque piensa que le están haciendo una injusticia? Si ella hiciera eso, la castigarían. Ella sabe que jamás una niña decente le grita a un adulto, ya sea un familiar, maestro, cuidador, sacerdote, etc.

Sus padres le han educado en prevención de abuso sexual. Le han puesto videos muy apropiados al tema, en donde le explican que si alguien le hace algo que no le gusta, o le pide hacer algo que no le gusta, debe “GRITAR, decir no, y pedir ayuda”.

Pero esa niña una vez, hace tiempo, le gritó a un adulto. Como respuesta, tuvo más gritos, regaños, reprimendas y castigos. El adulto le gritó de vuelta, culpándola por exactamente lo mismo que ella reclamaba con sus gritos. Ella aprendió que los adultos siempre saben más que los niños, pues ya están crecidos; que los niños no saben, pues apenas están aprendiendo.

Si mis hijos piensan que estoy siendo injusta con ellos, o que les estoy faltando el respeto de alguna forma, tienen todo el derecho de gritarme. Yo no soy infalible por el hecho de ser adulto. También es posible que si me gritan, no tengan la razón. O que se deba simplemente a que tuvieron un mal día, y que estén gritando inapropiadamente. Igual los dejo, porque tienen el derecho de cometer errores. Lo que sí estoy segura es que quiero que ellos sepan que tienen que exigir respeto siempre, no importa que sea de su mismísima mamá.

Pero, si mis hijos me gritan, me estarían faltando el respeto, ¿no?

Así es. Pero ¿es que sí me van a respetar, si yo no les permito gritar, gritándoles castigos y amenazas como respuesta?

No. Lo que van a hacer es tenerme miedo, no me van a respetar.

Sin embargo, si me controlo, y les hablo de manera firme, puede que si lo hagan.

(Me viene a la mente una imagen de Trump y otra de Obama ¿Quién quiero ser?)

Para mí es importante que mis hijos sepan, que si para protegerse, ellos deben faltarme el respeto a mí, o a cualquier otro adulto, que tienen todo el derecho de hacerlo. En otras palabras, que pueden gritarme. El adulto siempre estará en una posición de ventaja, simplemente por ser adulto, y los niños tienen derecho a defenderse con las únicas armas que tienen: gritar, decir no, y pedir ayuda.

Si hay personas que no debemos gritar, ni en el hogar, ni en ninguna otra parte (a menos que estemos en una marcha, un concierto, o a punto de ser víctimas de agresión sexual o física) somos los adultos. Nosotros somos los crecidos, los que debemos saber controlar nuestras emociones.

Por otro lado, pienso que muchos problemas de depresión, ansiedad, transtornos alimenticios y adicciones, se hubieran podido evitar si a esas personas les hubieran permitido expresarse en su casa libremente, cuando eran niños o adolescentes. Si hubieran podido hablar, sin temor a ser juzgados, burlados, callados, o castigados. Los niños y adolescentes sienten una gran impotencia cuando no se toman en cuenta sus opiniones o sus sentimientos, y a veces el grito es lo primero que se les ocurre para llamar nuestra atención. A lo mejor, si hubieran podido gritarles a sus padres, no habrían tenido que callar sus gritos con adicciones, reorientar su agresividad hacia ellos mismos (o hacia los demás), o llamar la atención por medio de mal comportamiento.

Los adultos de la casa, son los padres. Los que tenemos infinidad de recursos y libertades para lidiar con nuestras rabias, somos los adultos. Nosotros somos los que debemos controlarnos, los que no debemos gritar. Nuestros hijos no tienen nuestros recursos: no tienen la madurez para evaluar una situación que causa stress, no pueden ir a un psicólogo por cuenta propia, no pueden ponerse a hacer un curso de yoga o meditación si así lo desean, no pueden o no saben cómo expresarse apropiadamente, no tienen dinero a su disposición, sus vidas dependen casi completamente de las decisiones de sus padres, en fin, el control que tienen sobre su vida es muy limitado, y a veces lo único que pueden hacer, o que se les ocurre hacer, es gritar. Nosotros, los adultos, tenemos muchas otras opciones.

Así que en mi casa, mis hijos pueden gritarme. La que no puede, o no debe gritar, soy yo. Esta afirmación no es un reflejo de mi vida, pues lamentablemente, he gritado mucho. Sin embargo, sí es mi propósito: cero gritos de mi parte, y cuando ellos griten, infinita paciencia, zen mode, y averiguar qué es lo que está pasando, sin gritar de vuelta. Si hay alguien que debe comportarse de manera madura, soy yo.

Video de prevención de abuso sexual: El libro de Tere  https://www.youtube.com/watch?v=d6jlo2OFKXQ

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Mis vecinas imaginarias

Tengo tres vecinas que se han convertido en personajes fantásticos de mi vida queretana:

1 – La muñeca María que venden las indígenas, la cual es también un símbolo de la ciudad y de sus celebraciones. Aunque sean de gran tamaño, estas muñecas son siempre niñas, alegres, amadas y tiernas. Incluso cuando las visten de revolucionarias, fusil al hombro, parece que están disfrazadas para hacer una obra en el colegio. Me hacen sentir igual a que si estuviera viendo un osito de peluche, o un conejito blanco moviendo su nariz.

2- La Catrina, un esqueleto disfrazado de dama antigua, el cual me encuentro en todas las tiendas de souvenirs, en forma de imanes, playeras o adornos. También me da la bienvenida en algunos restaurantes, en tamaño real. ¡Susto!

Así como muchos mexicanos no entienden cómo es que me puede parecer picantísimo un plato de comida, mientras que para ellos no pica nada, tampoco entienden, (o les parece divertido) que las Catrinas, o las calaveras en general, que para ellos son una decoración normal, a mí me causen horror (mis vecinos tienen una maceta enorme con forma de calavera, por ejemplo, como única decoración en su balcón).

Tengo una mezcla de fascinación con repulsión respecto a  todo lo macabro que hay en Querétaro. Es admirable que tengan símbolos de muerte en su rutina diaria, ya que me recuerda lo intrascendentes que somos, y que al final, todos terminamos de la misma manera. Por ello no debo tomar nada demasiado en serio, ya que ante la muerte, nada lo es. Sin embargo, mi corazón hace una mueca cada vez que veo la calavera del vecino, y se encoge otro poquito cuando veo Catrinas en cualquier negocio del centro.

3- Last but not least: Frida Kahlo. A cada rato me encuentro con una versión de su imagen en la ciudad. Ella hizo que su sufrimiento e imperfección fueran considerados obras de arte, o mejor dicho, ella los convirtió en obras de arte. Conmovió con sus cuadros y  su vida, pasando a ser una mujer trascendental. Aun hoy sigue guiando a muchos artistas, artesanos o cualquier persona con impulso creativo, tanto dentro como fuera de México.

Con Frida me pasa algo similar a lo que me sucede con la Catrina. Ella hace que sienta que mis concepciones de belleza son demasiado simples. Me gustaría que no fuera tan sincera en su expresión artística (ella te incomoda a propósito) pero al mismo tiempo le agradezco haber existido, haberme enseñado que el sufrimiento es real y que hay personas increíbles, que pueden transformarlo en belleza.

Estas son mis tres vecinas: una tierna, otra macabra y la otra, indefinible. ¿Por qué me identifico con ellas? ¿Será porque yo también soy tierna, macabra e indefinible?

 

Mi Credo

Av. universidad

Creo en el amor, el pegamento que lo une todo, lo que conocemos y lo que no sabemos que existe.

Creo en Dios, o la Diosa, quien me creó, me cuida, y no tiene sexo.

Creo en la tolerancia, el asidero del respeto.

Creo en la amabilidad, fuente de alegría rutinaria.

Creo que el valor de un ser humano, reside en simplemente serlo.

Creo que lo que define a una persona, son sus principios.

Creo que todos tenemos el derecho de vivir en dónde, y cómo, más nos guste.

Creo que ser mamá, es una vocación.

Creo en el poder infinito de las palabras.

Creo en la simplicidad voluntaria, como la ruta para domar la complejidad de mi mente.

Creo que los humanos somos al mismo tiempo, importantes e insignificantes.

Creo que mientras esté respirando, sigo ganando este gran juego que se llama vida.

Creo que cuando mi cuerpo muera, mi alma seguirá viviendo,

y que cuando eso pase, me enteraré del sentido, de todo lo que hoy no entiendo.

Minimalismo versus escasez

Cuando vivía en Chile, hace siete años, comencé a bloguear. También empecé a  tener una vida más sencilla. Años más tarde, cuando nos mudamos de Panamá a Venezuela en el 2015, corroboré que la simplicidad voluntaria es solo válida, cuando es, pues… voluntaria. Si la sencillez es obligada, se llama socialismo, y si los que te la imponen son corruptos (ejm, el gobierno de Venezuela) terminas siendo pobre, o actuando como pobre.

Cuando viví en Caracas, (emigré en el 2003, pero volví a mi ciudad natal en junio de 2015, quedándome por un año) un día me di cuenta que se me iba a acabar el champú. Afortunadamente, alguien que vive en otro país, me lo consiguió. Una sola vez, en un año, encontré jabón en una farmacia. Hilo dental, jaja. Toallas sanitarias, una vez, con contactos (el famoso mercado negro, el cual no es una red de criminales, sino  un puñado de conocidos que te ayudan con datos, es decir, la amiga de una amiga, por ejemplo, que te dice dónde y quien te puede vender algo, o individuos que venden en la calle o en mercados no regulados). ¿Antimosquitos? (Zika o dengue, anyone?) ¿Antiparasitarios? Jaja. ¿Papel higiénico? Un par de veces conseguí pacas por debajo de cuerda. Y así un largo etcétera de productos alimenticios, de limpieza, medicinas y hasta ropa. Escasez de todo, incluso agua y electricidad. ¡Hasta gasolina! Los venezolanos nos habíamos convertido en  pingüinos con escasez de hielo.

Venezuela, debido al estilo de vida de su gente, es un país ecológico ¿No? (Ya que ha reducido el consumo de absolutamente todo).

No. Porque el objetivo final de ser ecológico es el bienestar de toda la naturaleza, de la cual  los humanos somos parte fundamental . Lo que está sucediendo es diametralmente opuesto. Se supone que en el socialismo la riqueza de una nación está mejor distribuida. ¿Qué riqueza, perdón? Para eso debe existir riqueza primero. La única que queda es la que tienen los enchufados que están en el poder.

Una cosa es que yo decida disminuir el consumo de agua y electricidad en mi casa. Otra bien distinta es que corten el agua sin aviso, o que solo la tenga disponible tres horas al día.

Una cosa es donar plata a quien lo necesita. Otra cosa es que te roben.

Una cosa es ser sencillo. Otra cosa es ser pobre.

Una cosa es ser minimalista. Otra cosa es sufrir escasez.

En los primeros casos uno decide. En los segundos casos, no. Una cosa es que decida comprar solo la ropa que necesita mi familia. Otra cosa es necesitar comprarle ropa a mis hijos y que no pueda porque, o está ridículamente cara, o no hay talla, o no ha llegado ropa aun (prácticamente todo es importado en Venezuela), o cerraron el negocio porque quebró o lo expropiaron… o, mi favorita, tengo la ropa en frente de mí, pero la vendedora no quiere que se la compre, porque está esperando a que suba el dólar, y así venderla más cara.

Ese ejemplo de la ropa es superficial. Pero imagínate que en vez de ropa, es insulina porque tu hijo tiene diábetes. O leche, o pañales, y tienes un bebé. O sencillamente, que pasaste horas de cola y que cuando llegaste no había comida, así que no tienes nada que darle a tus hijos. O que no llega la famosa bolsa CLAP a tu casa (la cual usa el gobierno para dominar a la gente por medio del hambre). Esos no fueron mis casos, ya que yo era parte del pequeño porcentaje de la población “privilegiada” que no estaba pasando hambre. Pero sí son los casos de la mayoría de las personas que viven en Venezuela.

A los pocos meses de regresar, ya me había dado cuenta que la sencillez voluntaria/ ecología no tenía sentido en Caracas 2015. No me quedó otra que cambiar el chip anterior y reemplazarlo por el de sálvese quien pueda. ¿Conseguía harina? No compraba un kilo, sino veinte. ¿Leche? Dame todo lo que puedas venderme. El socialismo obligado, en vez de hacerme tener una vida sencilla, me la complicó. En vez de despreocuparme por las necesidades básicas, lo único que hizo fue tenerme angustiada permanentemente.

Cuando el año pasado nos mudamos a Querétaro, me recordé a mí misma que ya no hacía falta estar almacenando grandes cantidades de productos. Que ya podía volver a mi antiguo estilo de vida.

Mentiras totales.  Era como si, luego de haber pasado un año de hambre, pretendiera hacer dieta en un banquete. Yeah, right. Me cayó el veinte, como dicen en México, cuando un día me puse a contar la cantidad de champús que había en la casa: que si el de niños, el de hombres, el enorme de Costco, el de la oferta buenísima, el del práctico envase, el anticaspa, el caro pero maravilloso, el natural, el de todos los días, el clásico, el de restauración, el que olía a frutas del bosque… en fin. La escasez que viví en Venezuela había cambiado mi inconsciente.

El minimalismo es un estilo de vida que trae bienestar y mantiene mis necesidades básicas satisfechas. La escasez, por el contrario, no trae bienestar y nunca satisface totalmente las necesidades básicas de nadie.

Estoy feliz de tener la libertad de ser minimalista de nuevo.  Yo puedo escoger ser minimalista. Nadie escoge sufrir por escasez.

 

Michelle L. Hardy

 

La Noria

 

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Noria en Puebla, México, Enero 2017.

¡Más de un año sin escribir este blog! Es una resurrección desde la cenizas, como el ave de Fénix de Harry Pot… quiero decir, de la mitología griega. No tenía ni la menor si iba a volver a activarlo, así de convulsionado estaba mi mundo mental después de mi (nuestra) experiencia en Venezuela. Pero, he decidido, después de mucho cavilar, que tengo derecho a ser todo lo feliz que quiera, y que tengo derecho a compartirlo. El que muchas otras personas la estén pasando mal, no quiere decir que tenga que estar mal  yo también, pues el sacrificio de mi felicidad no se traduce en ganancia para la felicidad de otros. Así que hoy he decidido salir otra vez a la luz pública: sí, estoy feliz, muy feliz, mi esposo y mis hijos están felices (la mayor parte del tiempo), a pesar de que muchas personas y seres queridos que viven en Venezuela no lo están. Es atrevido decir esto:  parece que estar triste, o simular estar triste, es un deber venezolano.

Hablando de infelicidad, pues sí que hemos pasado, mi familia y yo, muchos momentos infelices en el pasado reciente. Muchas desilusiones y malestares, de los cuales no quiero hablar ahora. Como dicen por ahí (en Pinterest, fuente de sabiduría), cada persona que consigues en tu día a día, está librando una lucha por dentro de la que no tienes ni idea. Así que, aunque por fin me he dado permiso de ser feliz de nuevo, sin disimulos, sin disfraz, también sé que hay una parte de mí que sí se disfraza para salir a la calle, que sufre, no siempre, pero sí de a ratos, por diversos temas que son partes de mi vida personal. Esa parte la llevo en secreto, pero mi felicidad, la quiero llevar en público. No es para hacer un show de algo que no es, sino lo contrario: quiero que todo el mundo vea mi parte feliz, y no quiero ocultarla más. Mi lado triste y oscuro se queda conmigo, y con mis seres queridos más cercanos. Lo que yo muestro aquí, no es mi 100%, sino el 50% de mí. Es solo esa parte  soleada y bella. El otro 50% no lo conocen, y así quiero que se quede. Lo que no quiero es seguir escondiendo ese 50% de felicidad auténtica, por miedo a ser juzgada de insensible.  No ayudo a nadie escondiendo la mitad que brilla.

Ayer encontré en Pinterest una frase que me inspiró a volver a escribir este blog: “Let your weird light shine bright, so the other weirdos know where to find you” (deja que tu luz rara brille, para que los otros raros sepan dónde encontrarte). Perfecto, eso es lo que quiero: encontrar por aquí otra gente rara con ganas de compartir  su visión de las cosas.  Cada quien está montado en su propia noria, y aunque compartamos muchas realidades, siempre vemos paisajes que los demás no ven, o que ven desde otro ángulo. Es emocionante cuando alguien te dice “¡Yo también ví la cometa en el cielo!” o cuando alguien que estaba ocupado viendo algo diferente, te dice “¿Qué cometa?”

Por cierto, desde julio del año pasado, ya no vivimos en Caracas, Venezuela, sino en Querétaro, México, nuestra octava ciudad (oficialmente hablando) pero nuestra novena ciudad en términos de shock cultural y adaptación, ya que la Caracas capitalista que dejamos en el 2003, es muy diferente a la Caracas socialista que dejamos en el 2016. De más está decir (para los venezolanos) que la prueba de fuego, la ciudad más C de M, y la más brutal como experiencia de vida, de todas esas nueve ciudades, fue Caracas 2015-2016. Pero no me voy a extender (hoy) en eso. Probablemente luego.

Querétaro es tan amigable que a veces me siento en Disney. Una venezolana que vive aquí me dijo: “Querétaro es un secreto, no hay que decirlo mucho para que no se eche a perder”. Pero ya mucha gente sabe que nuestra ciudad es una joya (ya la siento mía, como son mías las otras ocho, para bien o para mal)  y está aumentando mucho su población. Se nota, según me dicen, sobre todo en el aumento del tráfico “infernal” (no lo es para mí). Es un excelente lugar para vivir, porque se vive en paz. Vivir en paz es un privilegio, el cual aprecio cada día.

 Sin embargo, ya he sido víctima de la viveza o del jugar vivo, lo cual es lo mismo que decir que me robaron, o me intentaron robar. Una vez pedí que me revisaran el aire de las llantas en una estación de servicio, pero los tipos aprovecharon para desinflar una totalmente. El objetivo era “recomendarme” un sitio cercano en donde me la podían reparar. No caí en el engaño, pero igual me habían echado a perder el caucho y tuve que gastar en uno nuevo (al menos no lo hice con los “recomendados”).

En otra ocasión, saliendo en reversa del estacionamiento de una farmacia, se me atravesó repentinamente una camioneta pick-up llena de niñitos con máscarillas de enfermos, y los “choqué” levemente. Salieron todos “asustados”, y el papá me enseñó una abolladura que obviamente no había hecho yo, pero que, por la angustia de ver a todos los hijos del señor (eran como cuatro, desde un bebé, hasta uno como de ocho años, más la mamá), terminé dándole dinero para que la “arreglara”. Cuando llegué a la casa, hice la venezolanada de decirle a mi esposo que por lo menos había ayudado a la pobre familia, y  que, al fin y al cabo, yo había hecho una buena acción al darle la plata, y que por lo menos no eran malandros con armas que me iban a secuestrar para comprar droga y armas. Por lo menos el individuo (ese es el cuento que me estaba echando a mí misma) iba a gastar la plata en los hijos “enfermos”.

Así nuestra vida sigue en este “oasis de civilización en el medio de México” (así he oído decir…y para alguien expuesto a los cuentos post-apocalípticos de Caracas, es verdad; ser robado de manera cordial es algo muy civilizado).  El mundo de S, mi hijo de siete años,  es aun mágico, por lo que aun puedo hacer demostraciones de mi gran preparación como madre. El otro día me dijo, por ejemplo:  “mi amigo B , dice que él es mitad perro y mitad humano. Yo no le creo, pero O, sí”. Entonces salgo yo a asegurarle, que en verdad no creía que O, su amigo, le creyera … pero entonces, veo en sus ojitos que lo que estaba buscando era que le asegurara que su amiguito B no era mitad perro y mitad humano. Así que aclaré, con la cara más seria que me era posible poner: “S, es imposible que alguien sea mitad humano y mitad perro”. Él afirma con la cabeza, con una cara de “uuf, menos mal”, y mientras tanto, yo siento una pequeña victoria como mamá.  De R no hablo en este blog, porque desde que cumplió nueve años (más o menos)  decidí que ella era la responsable de comunicar lo que ella decidiera sobre su vida. Peeeero, aprovecho para decir aquí que estoy muy orgullosa de ella (y ya).

Como siempre (como todos), aunque vivo en el presente todo lo que puedo, el pasado viene de repente y me salpica sin querer. A veces lo hace de manera chévere, como agua fría en un día de mucho calor, mientras que otras veces me salpica como algo desagrable, que me ensucia la ropa. Hoy el pasado me salpicó de una manera muy agradable: recordé que hoy, hace 27 años, cuando tenía 16, comencé una relación muy bonita, que duró por dos años y nueve meses. Ese día fui yo quien “pidió el empate”, como se decía en aquella época. Ya anteriormente C me lo había pedido, pero yo había dicho que no, porque no quería adelantar las cosas. Luego vi en el cine la película La Sociedad de los Poetas Muertos, y después de haber reflexionado sobre su famoso Carpe Diem, me atreví a dar el gran paso. Había decidido que quería ser  feliz en ese momento y que no quería seguir aplazando mi felicidad para después.

Igual que ahora pues… igual que ahora.

Michelle L. Hardy

Living over a crevasse

A Climber Steps over a Crevasse in Root Glacier Lámina fotográfica

Can you get used to have your heart broken? That’s what I would like to say when people assume that, since I’ve moved so much, it’s easy for me to move from one country to another. When I live in a place, I have a love relationship with that place. Having lived in six different countries is like having had six different partners that I loved, with whom I had experiences together and had lots of dreams together. When that relationship is broken, that is, when I move, there’s always a period of mourning and adaptation to my new reality. I wish there was a name for that period, when you don’t feel you actually live anywhere, when you are suspended between two worlds, with nothing beneath you. I wish I could say that I live there, in that emptiness.

Every time I move it feels a little bit like dying, because the life that I used to have is over. A little friend of my daughter, five years old at the time, expressed her  sadness in her own words (she had just moved from France to Chile): “Mom, where is my life in Paris?”  Well, it’s nowhere, it doesn’t exist anymore. What do you call something that has ceased to exist? Even when we try to hide it, moving from one city to another, or moving from one country to another, there always comes a time of mourning. I’ve healed many times in the past, so I know I will heal this time too. But it’s a process that I cannot speed up (believe me, I’ve tried, and I’ve failed miserably). So, can you get used to have your heart broken? No. You just know, that “this, too, will pass” and that one day (probably in a year or so) you’ll wake up and realize, amazed, that you’d made the crossover without realizing it.

That emptiness is actually filled with flammable gases: sounds, sights or smells that don’t have any meaning for other people, can cause an explosion inside me. The other day, watching a soccer game of Copa América, tears came out of my eyes, not because of the Venezuelan team, but because of the sight of the Andes mountains covered in snow; that mariachi song that suddenly played when I turned on my parents’ car; or the Facebook message of my friend and neighbor in Panama City; or the many places that I’ve visited here in Caracas, that make me nostalgic, but at the same time inadequate (I mean, old) that  are telling me that I should be  a fifteen, or a twenty-year-old  to belong to them.

Living over a crevasse is not comfortable (you’d think!) so the first instinct is to try to cross over as fast as you can. On top of it, a lot of the people that are already on the other side (or that have never left that other side) don’t  get what´s the matter with you, why don’t you jump once and for all. This is why: because if you don’t do it right, you might fall. So please, if you are around our family, or any other family that has just moved from another city or country, be patient. It takes time. And … go watch that awesome Pixar movie, Inside Out to get a glimpse of what goes on inside our heads.

Until the next post…

Michelle

@chicadelpanda

¿Cómo guardas tus bolsas reutilizables?

Con el objetivo de simplificar mi vida, me ha tocado tener un poco más de orden en la casa. Para hacerlo de la mejor manera, busco inspiración en otras personas que son fanáticas de la organización,  y me las copio. Así conseguí el siguiente blog, en donde dan unos tips magníficos para guardar las bolsas reusables ( Modern Parents Messy Kids ):

great tips for neatly storing all my re-usable bags

Por cierto, hay que lavar las bolsas reutilizables para evitar que se llenen de gérmenes. Yo las meto en la lavadora con el resto de la ropa, a menos que hayan sido utilizadas para transportar productos secos (por ejemplo, tengo unas bolsas solo para comprar ropa). En este link puedes encontrar unas buenas recomendaciones para usar las bolsas reutilizables de manera segura, encontrados en el blog Naturalmente mamá .

Para saber más, o para inspirarte, puedes seguir mi board Pinterest, o unirte al grupo  Chao Bolsas Plásticas en  Facebook o Google +.

@chicadelpanda