La añoranza de los caraqueños

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El día de mi cumpleaños me di cuenta de un patrón que tenemos los caraqueños que vivimos en el exterior.

Como me felicitó mucha gente, me propuse entrar en el muro de cada una de las personas que me habían dejado un ‘me gusta’, o un mensaje.

Entré en los muros de muchos amigos y conocidos, no solo de caraqueños, obviamente. También visité los de oriundos de los países en que he vivido, así como de otros países (a quienes conocí en algún tercer rincón del mundo). Fue un día muy hermoso, en el que me regalaron muchas palabras.

Pero de lo que les quiero hablar no es de palabras sino de una imagen que se repitió muchísimas veces ese día.

¿Eres caraqueño? ¿Ya sabes de qué hablo? ¿Cuál es la imagen principal que tienes en tu muro? ¿Es una imagen … del Ávila?

Yo diría que como un 60% de los caraqueños que me felicitaron el día de mi cumpleaños tenían imágenes fijas del cerro Ávila en su Facebook. Del resto, como yo, muchos tenían fotos de la montaña en sus posts, (inclusos tomas de 360 grados).

Por mucho tiempo, cuando vivía en Caracas en mis veintes, me imaginaba que el gran cerro era mi novio. Cuando iba a Sabasnieves, pensaba que iba visitarlo, y si lo veía de lejos, me hacía feliz, como quien ve la foto de una persona amada.

Es que el Ávila es un ser querido para nosotros. Somos tantos los que lo añoramos. Los que cerramos los ojos y nos imaginamos entrando por el distribuidor Altamira de la autopista Francisco Fajardo y volvemos a respirar hondo, maravillados, sin creer que algo tan perfecto se encuentre al lado de algo tan caótico como lo es la ciudad de Caracas.

Muchos citadinos amaban al cerro de lejos, como un ser platónico. Pero otros, como yo, entramos adentro, y lo exploramos de arriba abajo. Muchos, como yo, todavía piensan haberse quedado cortos por no haber llegado al Pico Oriental, la cumbre que siempre me veía cuando salía de casa de mis padres, como recordándome: “aun no has venido. ¿Qué te pasó?”

El Parque Nacional El Avila o Waraira Repano en Caracas Venezuela

El Ávila, tan verde, tan majestuoso y tan misterioso. El Ávila que me vio crecer, desde que subí por primera vez a Sabasnieves cuando era niña, o que fue escenario de la inolvidable ocasión en que acampé por primera vez, en el parque Los Venados. Tenía solo ocho años y ya había llegado a pie. ¡Qué orgullo! En la noche,  bajo las estrellas, cuando hice mi promesa scout y me dieron la pañoleta, yo ya no tenía ocho años, sino que era una aventurera de la vida. ¿Qué podía haber mejor que acampar bajo las estrellas?

El Ávila siempre me hacía feliz: ya fuera por la subida de la Julia, por San Bernardino, por Sebucán,  por el Hotel Humboldt y el teleférico… hasta del otro lado de la montaña, cuando una vez dormimos a la interperie, sin carpas, al lado de las ruinas del doctor Knoche (la casa del misterioso hombre que momificaba personas en el siglo XIX). Esa vez llegamos a la Guaira caminando (por la zona del cerro que da hacia el Mar Caribe). No podía creer que realmente habíamos llegado a pie tan lejos.

De todas las acampadas y excursiones que hice, la más increíble fue al Pico Naiguata. Dormimos una noche en el camino, y luego continuamos subiendo al día siguiente. Cuando llegamos a la cima, lo más interesante estaba todavía delante de nosotros: fuimos bordeando el tope de la montaña, a través de un camino de vegetación baja (llamado Fila Maestra), mientras nos maravillábamos con la gran ciudad a nuestra derecha y el mar Caribe a la izquierda. Luego, cuando llegamos al anfiteatro, acampamos, y pasé una de las noche más aterradoras, pero a la vez emocionantes, de mi vida. Dentro de la carpa, el ruido y la fuerza del viento eran tan intensos, que prácticamente no pude dormir, ya que el techo de la misma me llegaba a apenas unos centímetros de la naríz y el ruido era ensordecedor.

Allá arriba, les puedo jurar que nunca me quedó duda de la existencia de seres extraterrestres. Sencillamente había demasiadas estrellas. Era imposible que estuviéramos solos (y probablemente estaban acampando por ahí cerquita, acechándonos, además).

Subiendo al Pico NaiguatLa experiencia del Ávila usualmente no es tan intensa, sino que es una actividad casi cotidiana para los deportistas que suben derrochando físico por Sabas Nieves (lo cual era una media hora para alguien más o menos joven y saludable, pero que podía ser mucho menos para los dedicados, o más para los poco entrenados).

También había (no sé si aun hay) unos dos o tres restaurantes de muy alta calidad, a los que necesitabas reservar con mucho tiempo de antelación (a los que llegabas en autos de doble tracción). En uno de ellos comí el mejor fondue de chocolate de mi vida, cerca del pueblo de Galipán, admirando el Mar Caribe desde más de 2000 metros de altura. Así mismo, los sandwiches de pernil de ese pueblo eran mundialmente famosos (jaja, ok, no mundialmente, famosos en Caracas, quise decir). Otra de la experiencias era subir en teléferico hasta donde se encontraba el Hotel Humboldt (actualmente en remodelación, después de años de abandono).

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Cuando viví en Caracas desde 2015 hasta 2016, lamentablemente no fui a visitar el Ávila. Los cuentos de robos y asesinatos tocaron muy fuertemente a esta mamá protectora y no pudieron convencer a mi parte aventurera.

Unos años antes había llevado a mis hijos un par de veces a Quebrada Quintero, una hermosa cascada inmersa en bosque tropical, a apenas unos veinte minutos a pie de la ciudad. Por los momentos, tendría que conformarme con eso. Por lo menos algo del Ávila conocieron.

Panoramio - Photo of Quebrada Quintero

Ojalá algún día vuelva a ver a la gran pared de verde intenso que me vio nacer. Ojalá algún día pueda llevar a mis hijos, sin miedo, a explorar sus entrañas.

Ojalá.

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Nosotros los introvertidos

Mis hijos me enseñan todo el tiempo. No solo siendo ellos, sino explicándome los temas que les gustan. Ellos mismos investigan  y luego me comentan.

Por ejemplo, S de ocho años, me mostró un video que consiguió sobre la profundidad del océano. También, por supuesto, me cuenta sobre todos los pormenores de Splatoon 2, el juego de Nintendo Switch que le encanta.

R, de trece, me ha mostrado videos sobre animación, por ejemplo, y también me cuenta sobre los libros que lee, como recientemente, que estaba leyendo Percy Jackson.

Uno de los descubrimientos de R en internet que más me ha llamado la atención, ha sido en el ámbito emocional. Ella se autoproclamó introvertida y me pasa los artículos que consigue. Qué maravilla. Yo creo que ni sabía que existía esa palabra hasta que llegué a mis veinte.

Yo también soy introvertida, y así mismo lo es mi hijo. Ser introvertido en una cultura latinoamericana puede ser visto como algo malo y sospechoso. Es más, diciéndolo ahora me siento como saliendo del clóset.

Una persona introvertida no es antisocial necesariamente. Lo que sucede es que tenemos mundos internos muy grandes, por un lado, y por otro, nos agotamos fácilmente cuando socializamos con mucha gente a la vez (al contrario de los extrovertidos, que mas bien se recargan de energía). Los introvertidos nos recargamos cuando estamos solos.

Por eso yo les dejo a mis hijos que estén solos haciendo lo que les provoque gran parte de la tarde, e incluso gran parte de los fines de semana. Lo hago porque yo sé lo que se siente después de estar  con demasiada gente por demasiado tiempo (en el caso de ellos, están siete horas en el colegio). Se siente un agotamiento total y hace falta recargarse de energía. Ellos necesitan su soledad, igual que yo.

Charge Up Your Introvert Voice

Mucha gente piensa que a los introvertidos hay que convertirlos en extrovertidos. Eso es así tan loco como tratar de convertir a un homosexual en heterosexual. No se puede. Lo que sí podemos es actuar “fuera de carácter” (como dice Brian Little, en su charla Who are you really? The puzzle of personality) porque tenemos un proyecto un mente. Por ejemplo, él dice que aunque es introvertido, actúa extrovertidamente cuando da clases, por necesidad. Pero eso es de a ratos. No podemos actuar como extrovertidos todo el tiempo.

Los introvertidos sí somos seres sociales, si nos gusta una fiesta (ok, no siempre). Lo que sucede es que necesitamos mucho más tiempo solos que la gente extrovertida. Después de una fiesta, un extrovertido va a otra, o al día siguiente continúa con todos sus compromisos sociales. Si yo hago eso, sin descanso de por medio, me agoto y hasta me pongo de mal humor.

A mí me gusta como soy, y me gusta como son mis hijos. El mundo necesita extrovertidos e introvertidos, y toda la variedad de gente que somos los millones de personas que vivimos en este planeta. Seamos comprensivos con los demás, que en la diferencia nos nutrimos unos con otros. La clave es  aceptarmos como somos.

Y como dice Brian Little al final de su charla: si ves que voy al baño y me tardo un poco más, no me persigas! Que lo único que necesito es estar sola un ratico.

Libertad es riesgo

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Esa atractiva mujer con un tatuaje en el tobillo izquierdo, con tres pulseras de cordón en el derecho y otras tantas en las muñecas, de traje de baño negro, lentes de natación  y una gorra blanca, soy yo. Ya dejé de ser La Chica del Panda Tattoo (así se llamaba este blog en sus inicios) para ser La Nadadora del Tatuaje del Infinito (no, mentira no le voy a cambiar el nombre al blog). Ya es hora de enfrentar la realidad de que ya no soy más una chica, a pesar de que literalmente hablando siempre lo seré (mido 1.53 m, casi del tamaño de Lady Gaga). También es hora de enfrentar la realidad de que no tengo a nadie que me diga que soy bonita, o que me diga cualquier otro piropo, así que me toca a mí.

Una vez leí que podíamos entender la necesidad de poner límites a nuestros hijos, si considerábamos el siguiente experimento. En la primera parte, unos niños jugaban en un parque infantil, dentro de una cerca que rodeaba los juegos. En ese caso, muchos de los niños llegaban hasta la cerca y jugaban allí, o corrían desprecupadamente por todas partes, siempre dentro de la cerca. En la segunda parte del experimento, quitaron la cerca. Lo que hacían los niños entonces eran quedarse en los juegos, sin aventurarse a ir a más lejos.

Ahora que estoy separada, me siento como esos niños que siempre habían jugado dentro de la cerca, pero que de repente se la quitaron. Excelente, ahora tengo toda libertad, y hay un infinito de posibilidades. Pero al mismo tiempo no sé qué hay allá afuera, y mi instinto es quedarme cerca de los juegos. Poco a poco estoy haciendo expediciones para ver qué es lo que hay más allá. Me acerco a un árbol, lo analizo, le tomo fotos, ¿Será seguro encaramarse en él? Me regreso a los juegos. Salgo otra vez, me meto en unos arbustos ¿Tendrán espinas? Y  me devuelvo otra vez. Salgo a correr y de repente pienso, “mejor voy más lento, no vaya a ser que aparezca un precipicio que no haya visto y me caiga”.

Justo hoy leí, en un comentario que me dejaron, esta frase: “riesgo es libertad” a lo que yo le contesté, “y viceversa,  libertad es riesgo”. Sé que para muchos que ya han estado jugando allá afuera por mucho tiempo,  no entienden por qué no aprovecho mi recién adquirida libertad para salir a volar o correr. Se les olvida que hubo una época, hace mucho tiempo, cuando tampoco sabían qué había allá afuera, y que les tomó tiempo explorar y saber por dónde era conveniente meterse y por dónde no.

En esas estoy yo ahora, aprendiendo por dónde y hasta dónde puedo llegar. Así como me tengo que inventar nuevos sueños para suplantar los que se me cayeron, también tengo que hacer el papel de ser mis propios padres y averiguar dónde están mis nuevos límites, para así poder aprovechar mi nueva libertad, sin ansiedad.

Balanceando mi caminar

Goal for Today: Keep the Tiny Humans ALIVE Funny Coffee Mug for Mothers Day

Aquí voy, atravesando un precipicio, caminando sobre una cuerda floja (eso se debe a que estoy separada… mejor digamos que es un cable fijo, para no hacerlo tan dramático) y voy aquilibrándome con una gran barra horizontal, en donde de un lado tengo a la Gran Escritora (así le llamo a Dios) y del otro tengo a un niño de ocho años y a una adolescente de trece.

Cuando era niña (y no tan niña) a cado rato me decían que vivía en las nubes. Así que decidí sincerarme conmigo misma y con el universo: sí, me descubrieron, vivo en las nubes, tengo una casa allí y vengo acá al planeta Tierra a pasear de vez en cuando (no es cierto, tampoco es para tanto). La cuestión es que mi casa en las nubes es muy linda, si supieran! Sin embargo, tomando el cliché utilizado por muchas mamás que pasan por tiempos difíciles, lo que me hace poner pies en tierra, la roca que me sujeta a este mundo y me da fuerza, son mis hijos. Por eso me ven funcionando como un ser humano más o menos normal: por ellos.

Ayer, cuando hablé de la Gran Escritora, les di un vistazo de cómo es mi casa en las nubes. Hoy quiero hablarles de mi casa en la Tierra en Querétaro, México. Lo más importante de ella son los dos habitantes que viven comigo allí, y de quienes me encargo de proveer parte de lo que necesitan (a nivel económico, no, sin embargo). ¿Qué necesitamos los seres humanos?

Pirámide de Maslow – Wikipedia

Según la pirámide de Maslow, tenemos que tener las necesidades básicas satisfechas primero, antes de tener las que siguen, en orden ascendente. Las básicas son fisiológicas (alimentación, descanso…), y de seguridad (recursos económicos, seguridad física…). Luego vienen de afiliación (amistad, afecto…), reconocimiento (autoestima y respeto hacia los demás) y al final, autorrealización (creatividad, motivación de crecimiento).

Las necesidades que tenemos son muy variadas y no son solo las básicas, aunque si alguien no tiene sus necesidades básicas satisfechas, no puede satisfacer las demás. Estar consciente de que estas necesidades básicas, aunque estén satisfechas en un momento dado,  pueden dejar de estarlo (dado que la situación puede cambiar y hay que planear para el futuro) es lo que hace que toquemos tierra y bajemos de las nubes (sobre todo cuando tenemos niños a cargo).

Para mí no es fácil tocar tierra. Me gusta mucho mi casa en las nubes. Pero tengo dos hijos que hacen que el esfuerzo de hacerlo tenga sentido. Así como cuando no confío en mí misma, confío en la Gran Escritora, cuando me invade la desmotivación, me recargo de energía pensando en ellos. Así, me balanceo, y me atrevo a caminar un poco más sobre este cable misterioso que no sé a dónde va a llegar.

Abriendo un nuevo capítulo de vida

Me separé de mi esposo y por eso no me habían visto por aquí desde hace bastante tiempo. Se me destrozaron 18 años de esperanzas y sueños, y no tenía ganas de escribir.

Ya hoy, 17 de abril de 2018, he decidido regresar al blog. Voy a continuar hablando sobre creatividad, optimismo, ser padres, minimalismo, sencillez, estilo de vida responsable hacia nuestro planeta y sobre la aventura de ser una nómada terrícola.
 Hasta ahora no he hablado de mi esposo, y voy a continuar sin hacerlo. Lo que sí quisiera dejar claro es que esta separación es para siempre, no hay vuelta atrás. De hecho, recomenzar este blog es la apertura oficial de un nuevo capítulo de mi vida.

Quisiera dar las gracias a mi amiga y artista Luli Trujillo por enviarme este maravilloso video sobre creatividad que quiero compartir con ustedes (al final del post). Según este, solo el 2 – 3 % de los adultos somos creativos. Somos unas privilegiadas Luli!

Mis hijos están bien. Una separación nunca es fácil, pero cuento con los niños más resilientes de la Tierra. Yo me he tenido que inyectar coraje a fuerzas para reemplazar todas las energías que se me han ido de tanto llorar. Pero aquí sigo, vivita y escribiendo!

La vida en esta Tierra es un privilegio y quiero seguir compartiendo en este blog los apuntes que voy tomando de ella. Sin embargo,
 todos necesitamos un empujoncito. Motívenme un poquito dejándome “me gustas” , compartiendo este post y tipeando sus comentarios. Les estaré eternamente agradecida.

Les deseo que tengan un maravilloso día, y si, como yo, ven que sus sueños se desbaratan, tómense un tiempo para recomponerse y comiencen a inventarse otros. La esperanza de un futuro mejor es lo que nos mueve a seguir caminando. Si no la tenemos, hay que inventarla!