“Yo nunca podría vivir en un sitio así”

El otro día la maestra de mi hijo menor se acercó a preguntarme si éramos de Venezuela y si teníamos familia allá. Le dije que sí y me preguntó si “las cosas estaban muy mal por allá”. De nuevo le dije que sí, y me dijo que lo sentía mucho. Le di las gracias.

Estoy consciente del desastre que existe en mi país. Que no haya hablado de eso en el blog, no quiere decir que no me importe.

Lo que pasa es que hasta ahora no sabía qué escribir. Hablar de lo que todos ya sabemos? De las mujeres, hombres y niños que huyen del hambre? O de los que se quedan, sabiendo que cualquier día puede ser el último debido a la inseguridad, o a la falta de medicinas? De la gente del sector salud que trabaja por convicción aunque casi no les paguen y que a veces ni siquiera pueden curar nada por falta de insumos? De los niños que no van a clase porque no comen? De la escasez de agua? O de la de billetes? De la asquerosidad que es ver, encima de todo esto, a esos cerdos que tienen el poder, riéndose y engordando? De que lograron lo imposible, destrozar a PDVSA? De los presos políticos, sufriendo por decir lo que piensan? De la hiperinflación? De que a cada rato recuerdo a un conferencista que hace unos dieciséis años dijo “Venezuela sin petróleo es Haití” (económicamente hablando) y que hoy ni Haití tiene tantas personas emigrando en desesperación?

Ok, perdón, no quería llenar este post de todo esto, pero se me salió. Qué podía decir yo que fuera diferente a lo que todos los venezolanos ya sabemos? En especial a todas esas personas que se están yendo del país, no porque quieren, sino porque no tienen otra alternativa.

Cuando salí de Venezuela, no fue totalmente obligado, ni tampoco totalmente querido. Había perdido mi trabajo dando clases de inglés y no quería empezar de nuevo otra vez en Caracas. Acababa de terminar la huelga general de diciembre 2002 – enero 2003, y como yo, mucha gente se había quedado sin trabajo por esa gracia (o acto heróico, depende de quién esté echando el cuento). Fue en ese entonces cuando más de 20 mil trabajadores petroleros fueron despedidos (si la memoria no me falla con los números) y la razón por la cual hay trabajadores venezolanos de la industria petrolera desde Arabia Saudita hasta Canadá.

La emigración de aquella época, aunque desilusionada, tenía más recursos que la del presente. Yo soy parte de esa ola.

Jamás imaginé, cuando salí del país en 2003, que iba a vivir en siete ciudades en cinco países distintos. No digo esto para asustar a los nuevos emigrantes, sino para decirles que no hay manera de predecir futuro, y que las circunstancias presentes, son solo eso, presentes. Cuando uno emigra, le da entrada a todo tipo de situaciones inesperadas, tanto buenas como malas.

He escuchado muchísimas veces decir, cuando alguien habla sobre una situación difícil en el exterior, que el oyente dice: “yo nunca podría vivir en un sitio así” o “yo jamás podría pasar por eso”.

Eso es un mitote, como dirían los mexicanos. Una mentira, una falacia. La realidad es que cuando no tienes ninguna otra alternativa te adaptas, y vives en cualquier sitio.

Que no seas completamente feliz en cualquier parte es otra cosa totalmente diferente. Hay lugares que se adaptan más a nuestra personalidad y podemos ser más felices en un sitio que en otro. Eso sí es verdad. Pero de que podrías vivir en circunstancias difíciles, podrías.

Mi mensaje a la nueva ola de emigrantes es que sí se puede. Sí puedes vivir en un sitio difícil aunque creas lo contrario, porque ahora es que vas a ver cuán fuerte puedes llegar a ser.

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