Día de las Madres

Mi hijo de ocho años me dio una carta de Feliz Día de las Madres ayer (en México es el 10 de Mayo) que dice:

Te quiero porque:

Eres la mejor.

Me ayudas con cosas.

Me cuidas.

Eres la mejor mamá.

Me enseñas cosas.

También me regaló una taza en la que imprimieron un dibujo suyo, y mi hija mayor, quien ya está en secundaria, me regaló un llavero hecho por ella. En el colegio no hubo celebración, pues hacen una sola en junio, familiar.

Así que ayer no hice nada más que estar en pijama todo el día, viendo Netflix (y preparando comida, etc, el “no hacer nada de las mamás” nunca es literal). Me relajé y compartí con mis hijos.

Hoy, todavía estoy con la sonrisa que apareció en mi cara ayer, después de leer que soy la mejor mamá. Sí soy la mejor mamá! (En que parte del curriculum se pone eso?)

Que tengas un lindo día!

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Nosotros los introvertidos

Mis hijos me enseñan todo el tiempo. No solo siendo ellos, sino explicándome los temas que les gustan. Ellos mismos investigan  y luego me comentan.

Por ejemplo, S de ocho años, me mostró un video que consiguió sobre la profundidad del océano. También, por supuesto, me cuenta sobre todos los pormenores de Splatoon 2, el juego de Nintendo Switch que le encanta.

R, de trece, me ha mostrado videos sobre animación, por ejemplo, y también me cuenta sobre los libros que lee, como recientemente, que estaba leyendo Percy Jackson.

Uno de los descubrimientos de R en internet que más me ha llamado la atención, ha sido en el ámbito emocional. Ella se autoproclamó introvertida y me pasa los artículos que consigue. Qué maravilla. Yo creo que ni sabía que existía esa palabra hasta que llegué a mis veinte.

Yo también soy introvertida, y así mismo lo es mi hijo. Ser introvertido en una cultura latinoamericana puede ser visto como algo malo y sospechoso. Es más, diciéndolo ahora me siento como saliendo del clóset.

Una persona introvertida no es antisocial necesariamente. Lo que sucede es que tenemos mundos internos muy grandes, por un lado, y por otro, nos agotamos fácilmente cuando socializamos con mucha gente a la vez (al contrario de los extrovertidos, que mas bien se recargan de energía). Los introvertidos nos recargamos cuando estamos solos.

Por eso yo les dejo a mis hijos que estén solos haciendo lo que les provoque gran parte de la tarde, e incluso gran parte de los fines de semana. Lo hago porque yo sé lo que se siente después de estar  con demasiada gente por demasiado tiempo (en el caso de ellos, están siete horas en el colegio). Se siente un agotamiento total y hace falta recargarse de energía. Ellos necesitan su soledad, igual que yo.

Charge Up Your Introvert Voice

Mucha gente piensa que a los introvertidos hay que convertirlos en extrovertidos. Eso es así tan loco como tratar de convertir a un homosexual en heterosexual. No se puede. Lo que sí podemos es actuar “fuera de carácter” (como dice Brian Little, en su charla Who are you really? The puzzle of personality) porque tenemos un proyecto un mente. Por ejemplo, él dice que aunque es introvertido, actúa extrovertidamente cuando da clases, por necesidad. Pero eso es de a ratos. No podemos actuar como extrovertidos todo el tiempo.

Los introvertidos sí somos seres sociales, si nos gusta una fiesta (ok, no siempre). Lo que sucede es que necesitamos mucho más tiempo solos que la gente extrovertida. Después de una fiesta, un extrovertido va a otra, o al día siguiente continúa con todos sus compromisos sociales. Si yo hago eso, sin descanso de por medio, me agoto y hasta me pongo de mal humor.

A mí me gusta como soy, y me gusta como son mis hijos. El mundo necesita extrovertidos e introvertidos, y toda la variedad de gente que somos los millones de personas que vivimos en este planeta. Seamos comprensivos con los demás, que en la diferencia nos nutrimos unos con otros. La clave es  aceptarmos como somos.

Y como dice Brian Little al final de su charla: si ves que voy al baño y me tardo un poco más, no me persigas! Que lo único que necesito es estar sola un ratico.

Libertad es riesgo

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Esa atractiva mujer con un tatuaje en el tobillo izquierdo, con tres pulseras de cordón en el derecho y otras tantas en las muñecas, de traje de baño negro, lentes de natación  y una gorra blanca, soy yo. Ya dejé de ser La Chica del Panda Tattoo (así se llamaba este blog en sus inicios) para ser La Nadadora del Tatuaje del Infinito (no, mentira no le voy a cambiar el nombre al blog). Ya es hora de enfrentar la realidad de que ya no soy más una chica, a pesar de que literalmente hablando siempre lo seré (mido 1.53 m, casi del tamaño de Lady Gaga). También es hora de enfrentar la realidad de que no tengo a nadie que me diga que soy bonita, o que me diga cualquier otro piropo, así que me toca a mí.

Una vez leí que podíamos entender la necesidad de poner límites a nuestros hijos, si considerábamos el siguiente experimento. En la primera parte, unos niños jugaban en un parque infantil, dentro de una cerca que rodeaba los juegos. En ese caso, muchos de los niños llegaban hasta la cerca y jugaban allí, o corrían desprecupadamente por todas partes, siempre dentro de la cerca. En la segunda parte del experimento, quitaron la cerca. Lo que hacían los niños entonces eran quedarse en los juegos, sin aventurarse a ir a más lejos.

Ahora que estoy separada, me siento como esos niños que siempre habían jugado dentro de la cerca, pero que de repente se la quitaron. Excelente, ahora tengo toda libertad, y hay un infinito de posibilidades. Pero al mismo tiempo no sé qué hay allá afuera, y mi instinto es quedarme cerca de los juegos. Poco a poco estoy haciendo expediciones para ver qué es lo que hay más allá. Me acerco a un árbol, lo analizo, le tomo fotos, ¿Será seguro encaramarse en él? Me regreso a los juegos. Salgo otra vez, me meto en unos arbustos ¿Tendrán espinas? Y  me devuelvo otra vez. Salgo a correr y de repente pienso, “mejor voy más lento, no vaya a ser que aparezca un precipicio que no haya visto y me caiga”.

Justo hoy leí, en un comentario que me dejaron, esta frase: “riesgo es libertad” a lo que yo le contesté, “y viceversa,  libertad es riesgo”. Sé que para muchos que ya han estado jugando allá afuera por mucho tiempo,  no entienden por qué no aprovecho mi recién adquirida libertad para salir a volar o correr. Se les olvida que hubo una época, hace mucho tiempo, cuando tampoco sabían qué había allá afuera, y que les tomó tiempo explorar y saber por dónde era conveniente meterse y por dónde no.

En esas estoy yo ahora, aprendiendo por dónde y hasta dónde puedo llegar. Así como me tengo que inventar nuevos sueños para suplantar los que se me cayeron, también tengo que hacer el papel de ser mis propios padres y averiguar dónde están mis nuevos límites, para así poder aprovechar mi nueva libertad, sin ansiedad.

Estoy afuera

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Del otro lado de la muerte,

sabré si he sido una palabra o alguien.

Jorge Luis Borges

“Del otro lado de la muerte, ya no sabremos nada! No será necesario,” me responde rápidamente la persona a quien le leí esos versos. Yo le repliqué:

-No sabes, ¿O es que ya estuviste ahí?

-Me he asomado tantito.

-¿Cómo es eso?

-En los momentos malos.

-?

-Sí, cuando te sientes mal, cuando te sientes en crisis, cuando sientes que te mueres, es un poco como si te asomaras a un más allá en el que no hay vida física. ¿No?

-No se, creo que nunca me he sentido “como si me muero”.

-Nunca la has pasado tan mal, que podrías usar la expresión “como que me muero”.

-Como que me quiero morir, o como que me muero, no.

Esa conversación me hizo sentir extraña. Por un lado, me sentí culpable por no haber pasado nunca por un momento tan extremo. Pero por otro lado, me sentí muy afortunada. A lo mejor soy de las pocas personas que nunca se ha sentido así. No lo sé.

Sin  embargo, sí he pasado muchas veces por momentos en que he estado convencida de que me iba a morir. El primero fue en 1986, cuando tenía doce años (aclaratoria: no teníamos computadoras, ni internet, ni celulares… pero sí teníamos electricidad, no crean. Es que el otro día se fue la luz, y mi hijo de ocho años dijo, pensando en voz alta, mirando hacia la ventana, con cara de seriedad: “así es que tenía que vivir la gente en los ochentas …).

Sigamos con el cuento. Yo estaba en un grupo scout, y nos fuimos como treinta chamos con sus guías a una cueva llamada Alfredo Jahn. La idea era explorarla en dos horas y quedarnos a pasar la noche afuera, en carpas.

Entramos a la cueva al mediodía, como si estuviéramos en una de esas cavernas de cuentos y epopeyas. Era una entrada de varios metros de alto, grande. Poco después nos adentramos a un túnel que tenía un río en el medio, también de varios metros de alto y ancho. Nosotros íbamos bordeándolo, siguiendo los  pasos de los que teníamos en frente.

Llegamos a una zona de pequeñas cascadas con vegetación, en donde había un gran hueco por donde pasaba luz. Todos nos metimos al agua, vestidos por supuesto, a pasar por detrás de ellas, disfrutando del pequeño paraíso. Más adelante llegamos a una estancia llena de murciélagos dormidos, que se despertaron volando por todas parte cuando nos vieron llegar. Un poco después llegamos al arrastradero.

El arrastradero era un túnel bajísimo de varios metros de largo, por el que teníamos que pasar arrastrándonos, ya que ni gateando pasábamos. Por allí nos metimos y llegamos a un laberinto de túneles en donde podíamos estar parados, pero que no eran más anchos que un metro y medio. Por allí llegamos a salas de estalactitas y estalagmitas que parecían sacadas de una película de Indiana Jones, y luego tuvimos que adentrarnos a una parte en donde el túnel se ensanchaba, y por donde pasaba un río tan profundo que a mí me llegaba por el hombro (en esa época mediría 1.50 m). Así llegamos a lo que supuestamente iba a ser la salida, para encontrarnos con la sorpresa de que había tanta agua que ésta estaba bloqueada.

Así que nos dispusimos a devolvernos, para salir por donde habíamos entrado.

Pues nos perdimos regresando. Primero en los laberintos de túneles estrechos y cuando por fin encontramos el arrastradero, seguimos perdidos en los túneles grandes. Recuerdo un agotamiento gigante, que probablemente tenía fiebre y que tenía mucha hambre. Después de mucho tiempo, por fin llegamos a un claro, en la cueva, desde donde podíamos ver el cielo (pero no podíamos salir). Allí nos sentamos a descansar y algunos designados fueron a buscar una salida.

Recuerdo ese momento como una pintura. La luz de la luna entrando por el gran hueco de varios metros, todos agotados, callados. Yo pensando en la ironía de ver el cielo, pero no poder salir. ¿Sería que no íbamos a salir jamás? Ya llevábamos muchas horas caminando. Más adelante supe que estuvimos doce horas perdidos dentro de la cueva.

Al rato llegaron los que estaban explorando diciendo que habían encontrado una salida, diferente a por donde habíamos entrado. Así que nos dirigimos hacia allá: era un pequeño hueco de no más de medio metro de alto.

Por allí me metí, y cuando salí de ese hueco, sentí lo que era la libertad por primera vez en mi vida. Era medianoche y lo primero que hice fue alzar los ojos para ver el cielo infinito y estrellado, que se apreciaba a través del denso foliage tropical.

Estábamos vivos y afuera. Qué felicidad.

A veces, cuando comienzo a angustiarme en un día cualquiera, cierro los ojos, y me imagino saliendo por aquel hueco de nuevo, y vuelvo a sentir esa felicidad infinita de saber que estoy viva. Vuelvo a ver el cielo estrellado entre los árboles. Sonrío y me acuerdo que estoy afuera … y viva.

Foto de: https://www.tripadvisor.com.ve/LocationPhotoDirectLink-g1050304-d6731709-i100972741-Alfredo_Jahn_Cave-Higuerote_Capital_Region.html

Un día o un año sabático, tú escoges

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Tomarse un año sabático para hacer lo que uno quiera cada siete años ¡Suena increíble!

El diseñador Stefan Sagmeister cuenta su experiencia (ya se ha tomado tres) y dice que el primero empezó bastante mal, hasta que se dio cuenta que tenía que organizarse un poco. ¿Cuál ha sido el resultado de tomárselos? Un renovado entusiasmo por su trabajo, así como haber encontrado las semillas que luego  dieron origen a su trabajo creativo en los siguientes siete años.

En su breve charla, Sagmeister nombra a diversas personalidades que se toman su tiempo libre (cerrando por meses sus compañías), así como a empresas famosas (Google y 3M, por ejemplo) que le permiten a sus ingenieros dedicar un porcentaje de su actividades a sus propios proyectos. Así que no parece tan descabellado. ¿Qué tal meter un año sabático en la lista de cosas por hacer? O, para empezar con las expectativas un poco más bajas, ¿Qué tal un día completamente sabático, cada siete días?

 

@chicadelpanda

chicadelpanda.com

(Charla con subtítulos en español aquí)

Cree

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Llego a la caja justo a tiempo para oír al señor mayor que está delante de mí, decir triunfante: ¡Feliz de estar vivo!  La cajera me dice que el señor va todos los días al supermercado, y que todos los días está con el mismo buen humor.

En el Parque Omar un señor muy, pero muy mayor está hablando con una de las guardias. Está paseando un perrito. La guardia me cuenta que el señor tiene más de noventa años y que todos los días va al parque a pasear su perro que está ciego.

Hoy estoy feliz de estar viva también. Y quería contarles una cosa: anteayer me sorprendí oyéndome decir que este asunto de vivir de manera ecológica era algo en lo que creía y que era muy chévere vivir según lo que creía. Es decir, usé la palabra creer, una palabra que se usa en las religiones. ¿Estoy en peligro de caer en una secta ecológica? ¡Tanta caminadera  y servilleticas de tela! Esto se está poniendo sospechoso. ¡Cuidado! Mmmm. Sí. Ya me mandaron un email alertándome de las sectas, no crean.

El asunto de desenchufarse de lo que se espera de mí, de los comerciales, etc, libera. Es dejar de buscar la vida que me venden todos los días, de tener más, estar más cómoda y tener más dinero, por la vida que me provoca vivir. Esta vida tiene más que ver con conectarse con los demás seres vivos – empezando con los seres humanos que quiero – e incluso con los no vivos (o que se me han adelantado en este viaje). Tiene que ver con conectarse con los otros seres que apoyan mi propia existencia, sin los cuales mi propia vida sería imposible. Tiene que ver con conectarse con todo lo que una máquina no puede hacer por mí. ¿Y saben qué? ¡Me gusta!

 

Por Michelle Lorena Hardy – Chicadelpanda.com

Deseo que te vaya aun mejor

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Cómo ser un optimista

A continuación voy a dar los tips de David Mezzapelle en Huffington Post  (original en inglés) junto a  unas palabras añadidas por mí.

1- Sé agradecido

Gracias A. F.  por enviarme este link … y por todos los otros motivos de agradecimiento  número 2, 3, 4 , 5 , 6 …1.000.000.000 …

2- Comparte tus historias

Ayer me encontré dos chocolatitos de una marca que no me fascina en mi carro. Se los regalé al vigilante de una tienda. Como respuesta, me dio las gracias, e inmediatamente llamó al otro vigilante, para darle uno de los chocolates.

3- Perdona

Esas personas causantes de xxxxx… los perdono.

4- Sé un mejor oyente

Entendido. Seré mejor oyente.

5- Convierte la envidia y los celos en energía

Una vez un amigo de la universidad – quien tenía problemas graves de drogadicción -me dijo: así estés tirado en el piso, cuando un amigo tuyo pase por al lado de ti con un Ferrari o un Porsche, tienes que desearle que le vaya aun mejor. Siempre he sospechado que no fue sólo una reflexión, sino que le sucedió en la vida real.

6- Sonríe más, arruga la cara menos

… incluso si los que te rodean no te sonríen.

7- Ejercita, toma una dieta sana y toma vitamina D

Me ha servido considerar el auto como segunda opción cuando me transporto sola. Así camino más.

8- Piensa en positivo

 ¿Dónde está el pony que hizo toda esta caca? Es el final de un cuentito que leí hace mucho. Dos niñas entran en una habitación llena de caca: una de ellas se espanta y sale asqueada; la otra dice esa frase.

9- Deja de culpar a los demás

Ok.

10- Entiende que el pasado no determina el futuro

Mejor enfocarse en ahora.

¿Puse una sonrisa en tu cara? Entonces sirvió este post. Si es así, déjamelo saber.

Por Michelle Lorena Hardy – Chicadelpanda.com