En bikini en mi casa

En un grupo de Whatsapp dejaron un mensaje esta mañana:

Que tengas un excelente día.

Mmmm… a ver cómo le hago porque …

ya no tengo señora de servicio!!

… y ya hay que limpiar porque ya no puedo seguir caminando por la casa tapándome los ojos para no ver, porque un día de estos me tropiezo y me caigo. Y la técnica de apagar la luz de la cocina para que desaparezca mágicamente el desastre, así como la de cerrar los cuartos de los niñitos para imaginarme que adentro todo está ordenado, ya no está sirviendo tampoco.

Hay que limpiar y además tengo que tener un excelente día. He aquí el problema.

Así que me puse un bikini, le eché agua a esos baños como una loca, me puse oír un libro que me recomendó una amiga mientras limpiaba, y les dejé un mensaje sorpresa a los niñitos para cuando entraran al baño.

Misión lograda! Porque sí tuve un excelente día, ya que después estuve de buen humor hasta la noche, recordándome de la loquera de limpiar en bikini.

Ahora a ver qué hago con el dolor de espalda y de rodillas que me quedó. Menos mal que tengo ibuprofen.

Hasta el próximo post!

Anuncios

Échaselo al león

En algún libro de psicología que leí, decían que cuando uno se ve acosado por un pensamiento negativo, uno debía imaginarse que lo botaba en la basura.

Así que yo, muy diligentemente, he hecho eso muchas veces. Meto al pensamiento negativo en una bolsa de la cocina, la anudo, abro la puerta de mi apartamento y la saco al bote de basura del edificio. Me sacudo las manos, y vuelvo a mi casa imaginaria.

Hoy sin embargo, me enteré de una técnica más eficiente. Según me dicen, en algunas partes del norte de México, si uno empieza a hablar sobre algo negativo, por ejemplo, algo que alguien comentó o hizo, que nos causó rabia, y uno se pone a quejarse, te dicen: “Ay ya! Échaselo al león”.

Mira pues, y yo tan oficiosa, metiendo al pensamiento en la basura y sacándola … de haber sabido que podía habérselo echado al león … y ya!

Misterios divertidos

Preguntas (para extranjeros en México, principalmente):

1- Qué es “Guadalupe -Reyes” en México?

2- Por qué en el terreno baldío frente a mi departamento, justo después de que pusieron un anuncio de “se vende” comenzaron a traer basura y escombros?

3- Por qué la botella de agua de metal de aluminio de mi hijo de ocho años parece la Torre de Pisa?

4- Por qué se le dice “sopear” cuando se mete una galleta o pan en el café?

Piensa tus respuestas.

Ya?

Ahora compara tus resultados:

1- “Guadalupe – Reyes” de refiere a la tomadera de licor en fiestas, que se acostumbra entre el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, y el 6 de enero, día de la llegada de los Reyes Magos.

2- Porque están recibiendo escombros y basura para usarlos de relleno y nivelar el terreno después.

3- Porque él tira la lonchera hacia arriba para que de una vuelta en el aire, por diversión. Me di cuenta hace poco, un día que la lanzó, pensando que no lo estaba viendo.

4- NO SÉ. No debería ser cafear?

Hasta la próxima!

Como en la mesa del Sombrerero Loco

El de 8: “Aaah! Se me borraron todas las construcciones de Minecraft! Por qué hacen juegos tan estúpidos! Por qué la gente es tan estúpida! Me quiero ir a vivir solo a otro planeta y que me dejen hacer mis cosas!”

Yo: “Ya hay gente que va a viajar a Marte, a lo mejor podrías ir cuando seas grande”.

La de 13: “Sí, pero no vas a poder regresar a la Tierra …”

El de 8: “Mejor! Perfecto!”

La de 13: Pero tú sabes que en Marte no hay internet … ”

Y yo pensando: “Feliz, feliz no-cumpleaños …”

¿Qué es eso de voz que “solo se usa afuera”?

Hace poco vi un video que me hizo reír tanto, que le di replay varias veces. En el mismo se muestra primero a una mamá americana, calmada, pidiéndole a su hijo que por favor ordenara la habitación. Inmediatamente sale la mamá “latina” pegando gritos, haciendo más desorden. Me reí mucho porque me sentí identificada (los miles de comentarios del video demuestran que no soy la única, por cierto). Sin embargo, no son todas las latinas así; las venezolanas y colombianas sí (con excepciones) pero definitivamente no las chilenas. Hoy por fin encontré una imagen/ infográfico que me puede ayudar a explicar este situación. Digamos que hay niveles de voz, como a continuación:

aVoice

Hace un par de años, cuando mi hija regresó de su primer día de clases en Panamá (nos habíamos mudado de Chile) su primer comentario fue “¡Esos niños son muy ruidosos!”. Mi teoría es que había pasado del nivel 0 (silencio total, nadie estás hablando, el silencio es oro) y 1 (conversación de espía, solo una persona puede oírte) de sus compañeros de clases en Santiago,  al nivel 4 (alto, como para presentarse ante un gentío, todos pueden oírte) de sus compañeros en Panamá. Yo jamás oí los niveles 4  ni 5 (fuera de control, voz de recreo, “nunca” usada adentro) en Chile… mentira, cómo no, cada vez que dos venezolanos se unían, subían a 5, y cualquier chileno a 1 km a la redonda se volteaba a mirar qué estaba pasando. Estoy hablando que minutos después del terremoto del 2010 de 8.8 grados, mis vecinos continuaban hablando en el nivel 2 (fluidez lenta, pequeño grupo de trabajo, solo el grupo puede escucharte), como que “aquí no ha pasado nada” (eso de voz  “fuera de control,” no existe para los chilenos en circunstancias normales, aunque puede que haya excepciones en alguna que otra marcha). Es parecido a como es la gente en París en ese respecto. Recuerdo una vez que se me ocurrió hablar en un nivel 4 a la señora que me hospedaba (porque ella estaba en la parte de abajo de una escalera y yo en la parte de arriba), y  se ofendió terriblemente porque yo no había bajado a hablarle de cerca (mientras que yo, por supuesto, no entendía por qué se había molestado). Después de una semana en la ciudad, más o menos, entendí que nadie hablaba en un tono de voz 4 o 5.

Por otro lado, los venezolanos y panameños saben que existe el nivel 0 por algunas misas y ocasiones esporádicas similares. Pero no hay nada que le estrese más a un venezolano que el nivel 0 en una conversación(el silencio no es oro, definitivamente): inmediatamente lo remedian, no lo soportan, así sea para decir “parece que pasó un ángel” para hacer que la gente sonría. Hablé en tercera persona porque ya, después de años viviendo afuera, se me ha quitado un poco esa costumbre (aunque está volviendo ahora que vivo en Panamá); pero todavía tengo que resistir el impulso primario de rellenar los vacíos de silencio.

¿Quiénes hablan con un tono de voz más alto? Solo puedo decir, de mi propia experiencia, que venezolanos, panameños e italianos del sur (aparentemente los colombianos también) están empatados. Eso de que exista un tono de voz “que no se use adentro” nos deja perplejos… ¿Pero cómo? Si hasta nuestras mamás lo usan, jeje. Aquí les dejo el link a la página  de Facebook del humorista Matthew Windey   para que se rían bastante.

 

@chicadelpanda

 

Las personas normales

 

– Cuando tu tía M tenía dos años, yo tenía diez – le digo a S, mi hijo de cinco años.

– ¡Jajaja! – se ríe, divertidísimo. Luego me pregunta, – ¿Y cuándo nacieron Ito y Ita?

– Hace mucho tiempo… hace sesenta y cuatro años.

– ¿Y por qué son tan old?

-¿Por qué son tan… vie… mayores? -, cuando uno no sabe qué contestar, repite la pregunta para ganar tiempo. ¿Por qué son tan… ? ¿Por qué?

-Bueno, ellos son mi mamá y mi papá… así que cuando yo nací, cuando yo era niña, ellos ya eran adultos. Tenían que ser adultos para cuidarme a mí y a tus tías -. Me sonríe y comienza a decir, más para él mismo que como parte de la conversación, mientras mira el techo, acostado en su cama:

-Las personas normales, las personas chiquitas, que van al colegio, tienen abuelos y nonnas.

¿”Las personas normales”? No dijo “niños”, sino las “personas normales chiquitas que van al colegio”. Aparentemente, para él, todos los demás no somos normales. Por cierto, el otro día le pregunté “¿Cuál es tu color favorito?” y me respondió (como persona normal que es): “azul, pero cuando tenía cuatro años era rojo. Y cuando tenga seis, será naranja”. Y como yo quiero ser un poco más  normal, decidí que cuando tenga un año más, mi color favorito no será verde, como es ahora, sino blanco. He dicho.

@chicadelpanda

La escena del crimen futuro

Lo que voy a relatar puede hacerte entender por qué  esa señora con niñitos a la que le hablaste una vez, no te escuchó (razón: es posible que se parezca a mí).

Cuando estoy fuera de mi casa y mis hijos están presentes (mientras más pequeños, peor), aunque parezca que estoy teniendo una entretenida conversación con alguien,  en realidad, estoy trabajando. A menos que me encuentre en mi casa, o de visita en casa de alguien con hijos de la misma edad que los míos, en donde la casa sea segura para ellos (o child proof, como dicen en Estados Unidos), no me puedo relajar completamente.  ¿Qué sucede en mi mente cuando acabo de llegar a un sitio  (ya sea la casa de alguien, un restaurant, o donde sea) y estoy con niños? Como si alguien me acabara de dar una orden que debo atacar, me transformo en una especie de Sherlock Holmes o agente de CSI , pero a la inversa: en vez de revisar y escanear la escena “después” del crimen, reviso y escaneo la escena “antes” del crimen.  ¿Qué crimen? El que pueda cometer alguno de mis hijos en daños a bienes materiales. También me convierto en inspectora de seguridad, para verificar el nivel de probabilidad de que pueda ocurrir algún accidente en que ellos estén involucrados.

La inspección comienza por el piso: busco  alfombras caras o antiguas a las que les pueda caer un jugo encima (si los niñitos están aprendiendo a caminar, también veo si el piso es demasiado duro), si hay escaleras de las que se puedan caer (el nivel de peligrosidad va acorde a la edad del niño, evidentemente) y si éstas tienen baranda o una puertita que las bloquee. Luego voy subiendo la vista para verificar si hay enchufes sin tapar, y si estos tienen cables conectados a alguna lámpara bellísima de piso que pueda caerse estrepitosamente si alguien las tropieza, o si esos cables están conectados a equipos electrónicos caros, como computadoras o televisiones de pantalla plana que puedan caerse fácilmente. Continúo detallando las mesitas de sala, si son de vidrio y si tienen puntas; idem con la del comedor. Chequeo si hay alguna otra mesa llena de portarretratos enmarcados en vidrio, y si hay adornos de porcelana o similares a la altura del niño (si mi hijo tuviera aun de uno a tres años, lo más probable es que, si tuviera confianza, le pidiera a la dueña de la casa que los quitara, y si no la tuviera, que ya estuviera decidiendo que la visita iba a ser muy breve, pues preferiría pasar la vergüenza de irme antes, a la vergüenza de que mi hijo rompiera algún adorno irremplazable). También me fijo si hay algún perro y qué tan inofensivo puede ser. En caso de que haya jardín, veo dónde podría esconderse algún animal (como una culebra, por ejemplo); si hay líquidos tóxicos para mantenimiento de jardín, o de limpieza, o si hay herramientas peligrosas al alcance de los niños. Me fijo  si hay una piscina sin cerca, y si hay balcones o ventanas sin rejas ni redes de seguridad, así como si hay alguna posibilidad de que los niños abran la puerta y salgan a la calle sin ser vistos. También si hay algún bebé solo en alguna habitación (aún recuerdo el cuento de una amiga, cuyo hijo de cuatro años estuvo a milímetros de darle un caramelo en la boca a un bebé que estaba en una cuna).  También me fijo si hay puertas de vidrio demasiado limpias  y sin calcomanías de advertencia,  que pasen desapercibidas por algún niño que pueda estrellarse contra ellas corriendo, rompiendo el vidrio. Cuando mis hijos eran menores de tres años, también estaba atenta a cosas pequeñas que se pudieran llevar a la boca y atragantarse (como piedritas de decoración o piezas pequeñas de juguetes de algún niño mayor). Atención, todo esto pasa en mi mente mientras estoy sentada “conversando” con alguien, no es que estoy como Sherlock literalmente buscando con una lupa.

De todo lo que veo, nada dispara tanto las señales de alarma respecto al incremento de probabilidades de que ocurra un crimen hacia la propiedad, como un sofá blanco, inmaculado. Cuando esto sucede, me provoca fingir que me siento mal y decir que me tengo que ir, mientras me convenzo que esa medida es mejor que poner una cinta amarilla que diga “escena de crimen  futuro, no traspase “. El nivel de paranoia crece cuando me dicen “es que es de diseñador, lo trajimos desde Italia mandado a hacer exclusivamente” o aun peor, “este sofá era de mi bisabuelo, toda una antigüedad”. En ese momento veo una película mental con la serie de sofás que hemos tenido en los diferentes sitios en que hemos vivido, con todo lo que les ha caído encima, desde compotas, pasando por Cheerios, leche y otras sustancias que no refiero aquí, por no causar demasiada repugnancia,  pero que quienes son padres saben perfectamente cuáles son. Pero la resignación vence, y entonces decido que yo misma me voy a convertir en cinta amarilla de advertencia, y así termino pasando el resto de la estadía haciendo de vigilante ad honorem del sofá (y de los niñitos, claro).

El trabajo de niñera /guardaespaldas llegó a su punto máximo cuando mis hijos tenían entre uno y tres años, y desde allí ha bajado de intensidad de manera continua, gracias a Dios. En aquellas épocas, era probable que, si estaba acompañada de mi esposo,  no hubiera hecho ninguna inspección ocular del sitio, sino que simplemente nos hubiéramos turnado a perseguir a la criatura (mientras el otro socializaba). Pero si estaba sola, las probabilidades de tener una conversación coherente conmigo, eran bastantes pocas, sobre todo en la  era pre Ipad o pre Iphone. Es por eso que bendigo a los fulanos aparaticos, porque mientras mi hijo menor S se concentraba jugando con alguno de ellos, por ese ratito, así fuera por diez minutos, yo podía dejar de trabajar, y así darme el lujo de intercambiar varias  frases con otro ser un humano.

@chicadelpanda