Sin guerra y sin paz

Via Stendhal, Milan, junio de 2006, en una plaza como cualquier otra de Italia, yo vigilaba a mi hija de año y medio jugar en el parque, entre una pandilla de niños y niñas rubios de pelo largo (me costaba distinguir quien era varón y quien hembra, se veían todos muy parecidos). Había mamás y niñeras, papás y abuelos también. Algunos perros corrían, llegaban más niñitos en bicicleta. Recuerdo un chipilín de unos dos años que daba vueltas en su bici como si fuera un mini pro.

Era una escena de tarde de verano hermosa, que solo existe en el recuerdo de mi mente, y quizás, en el de otra persona que, como yo, estaba absorbiendo con extrañeza ese caleidoscopio de colores que en los países que viven en paz se llama normalidad.

En un banco de la plaza estaba sentada una persona, viendo todo, con una media sonrisa y los ojos muy abiertos. Era joven, veinticuatro años, quizás, y tenía una piel negra como el betún.

Nunca hablé con él, pero inmediatamente mi imaginación me llevó a algún país de África, en guerra, quizás, sin paz, seguramente. Me lo imaginé tomando unas pocas posesiones en su casa, huyendo, tomando un barco y llegando a cualquier país que lo recibiera.

O quizás fui presa de mis prejuicios y el individuo había llegado, como yo, en avión, y a lo mejor tenía un buen trabajo, o estudiaba. De hecho, semanas después, en el mismo parque, entablé conversación con una señora de Etiopía que me contaba cómo mucha gente en su país iba a Dubai a comprar oro, pues era muy conveniente, en comparación con su país.

La cuestión es que, no importa si vienes de un estrato social alto, medio, o bajo, muchos de los que salimos de países problemáticos, en los que no hay guerra, pero tampoco hay paz, sentimos un shock cultural cuando llegamos a un país normal. Qué es normal? Precisamente, un sitio en que la gente puede estar tranquila al aire libre, con niños, sin una paranoia constante de que va a pasar algo malo.

Hoy, como a las 5 pm, salí a dar un paseo en bicicleta por el suburbio de Querétaro, México, en donde vivo, y me acordé de aquel día en Italia. Niñitas vestidas de rosado corrían sobre jardines pulcros, niños jugaban futbol, gente paseaba perros hermosos, bebés pedaleaban triciclos, señoras caminaban conversando… y me sentí de nuevo como aquel joven, sentado en aquella plaza de Milán, hace ya más de doce años. Aun me maravillo con lo que veo, aun siento que estoy metida en una fantasía, y que la realidad está allá, pegada al mar Caribe, entre montañas, llanos, tepuyes y ciudades caóticas. Aun sin cerrar los ojos, como si alucinara, veo a la gente protestando y gritando en las calles. Veo banderas alzadas, alegría, pero también rabia y tristeza. Veo muchachos que en vez de estar en la universidad, están hurgando en un bote de basura en la calle, para ver si así burlan el hambre por un día. Veo esperanza mezclada con angustia, heroísmo mezclado con desesperación. Es el caos de donde no hay paz pero tampoco hay guerra.

En estos días en que en Venezuela por fin se empieza a ver la luz al final del túnel, me “disocio” (así se llama en psicología cuando te distancias de la realidad que te rodea) más a menudo. Me pregunto si alguna vez dejaré de hacerlo, e inmediatamente sé la respuesta: no. Lo haré menos, o más, dependiendo de la situación en que me encuentre. Pero siempre habrá una parte de mí que se siente maravillada de poder sentir en carne propia lo que es la paz, pero que no podrá olvidar jamás lo que significa no tenerla.

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El Supremo Autor

“Por qué lloras?” Me pregunta mi hija. “No sé… bueno, sí sé, pero no lo sé explicar”.

Durante los últimos meses he estado estudiando mucho para presentar el examen de la nacionalización mexicana. Fue una tarea difícil, por dos razones.

Primero, porque mi mente estuvo por mucho tiempo abrumada por mi separación y divorcio en ciernes. Tenía el material a estudiar allí, en mi mesa de noche, pero cada vez que lo tomaba en mis manos me bloqueaba, y no entendía nada de lo que leía. Afortunadamente, hace varios meses pude volver a concentrarme, y pude empezar a leer varias páginas a la vez. La maquinaria intelectual estaba empezando a funcionar de nuevo.

Segundo, fue una tarea difícil a nivel emocional. Quiero a México con todo mi corazón y todos los días agradezco el hecho de vivir aquí, gritando para mis adentros “viva México!” varias veces al día. Por ejemplo, todavía me maravillo por toda la variedad y abundancia de productos que hay. Llego a un Oxxo, y en mis adentros pienso, “viva México!”; cuando piso un mall estilo americano, o cuando paseo por un pueblo mágico, pienso “viva México!”; o cuando veo el frío en los países nórdicos mientras aquí hay un solazo, o cuando veo el caos en que se ha convertido mi país… siempre pienso “viva México!” Cuando la gente siente empatía hacia mí, o me entiende, lo mismo. México es mi país adoptivo y lo amo.

Sin embargo, es el país donde uno creció, en donde uno aprendió a vivir, a ser, a sentir, el que le da a uno forma. El sitio donde uno crece es el que esculpe esa estatua, esa obra de arte, que somos cada uno. Es el país en que creciste, el que te esculpió, el que te creó, el que te hizo. Todo lo que absorbemos en el lugar donde nacimos, pasa a formar parte de nuestra esencia, de nuestra alma. Es una huella indeleble que está allí, para siempre.

Emocionalmente hablando, también fue una tarea difícil estudiar para el examen, porque no podía hacerlo sin interrupciones. Por ejemplo, el escudo de México. Está simbolizado por un águila sobre un nopal, la cual sostiene una víbora, en actitud de devorarla… interrupción… “el escudo de Venezuela tenía un caballo blanco que miraba hacia atrás, pero ahora no, porque los “revolucionarios” cambiaron todo, hasta nuestros símbolos, hasta nuestra bandera, hasta nuestra identidad… y si cambian el escudo de México, que es tan bonito? Y cataplum plum, no hay manera de detener el tren de pensamiento, hasta que de alguna parte de mi ser, otra parte de mí me grita en silencio: “Ya! Que tienes que estudiar!”

Cuando me puse a aprender el himno de México, después de un rato, me pregunté, espantada, “será que se me olvidó el himno de Venezuela?” (Emigré hace 15 años y medio) “Mejor lo busco en YouTube, a ver si me acuerdo”.

Me di cuenta de que es irrelevante que me acuerde o no de la letra del himno. Estoy segura de que aunque me de Alzheimer, y no recuerde la letra, mi corazón se va a conmover siempre que lo oiga, aunque no entienda por qué, como en la película de 50 First Dates (Como si fuera la primera vez, en español).

Total que ni pude cantarlo, porque apenas empecé a escucharlo, me puse a llorar. En ese momento fue cuando mi hija me preguntó que por qué lloraba. Era una pregunta legítima. En sus catorce años, nunca se ha aprendido ningún himno, porque ha vivido en seis países; ella no tiene ese sentido de pertenencia, pues su ciudadanía es global.

Oyendo el himno de Venezuela, me di cuenta de que no soy nada original al imaginarme a Dios como “La Gran Escritora”, pues todos los venezolanos, desde chiquitos, aprendemos que Dios es el Supremo Autor. Es el que escribe nuestras vidas, el que dice que Venezuela es un bravo pueblo y que debe romper cadenas.

El Supremo Autor está cambiando la trama últimamente. Parece que por fin vamos a pasar la página, y dejaremos atrás un capítulo demasiado largo de oscuridad.

Aquí en México, durante este último mes de enero de 2019, en que hemos vivido escasez de gasolina (entre otros acontecimientos), aparte de gritar en silencio “viva México”, también le pido a Dios “que no le pase a México”. Que no le pase que un mal gobierno se apodere de todo el país, que no le pase que se dañe hasta su identidad.

Ojalá este país que siento mío me adopte (ya pasé el examen!) y ojalá que el país que me crió comience a sanar. Confío en que el Supremo Autor, junto con todos sus personajes, encontraremos la manera de que así sea.

Un pequeño ciudadano global

De nuevo mi hijo tiene un acto de fin de curso en su colegio.

De nuevo, una situación incómoda.

Sé que a la mayoría de la gente le gustan estos actos, pero no son mis favoritos, ni para mí, ni para S, mi hijo de ocho años.

Esto tiene que ver con dos cosas: primero, S, odia disfrazarse. Solo logré hacer que lo hiciera sin problemas hasta los tres años, pero después, cada vez que hay un evento en que hay que ponerse así sea un sombrero, es un drama. No lo disfruta nada, sino todo lo contrario. Pasa un mal momento y hace que los que estén alrededor tampoco la pasen bien. Si disfrazarse ayuda al niño a socializar y a divertirse le veo el sentido, pero si no, no.

Por otro lado está el asunto de la identidad. Como él mismo dijo (dado que el acto es folclórico), “yo ni siquiera soy mexicano”.

No es que no le guste México, a él le encanta estar aquí, sobretodo después de haber pasado un año en Caracas, en que casi no salíamos a ninguna parte por la inseguridad. Pero él está bien claro de que este tipo de actos no fueron planeados con él en mente.

Él también recuerda sus actos patrióticos en Panamá, disfrazado de panameño, y de paso, sabe que oficialmente es chileno (pues nació en Chile), que es venezolano por sus padres, y que además es italiano por su familia paterna. El niño tiene oficialmente tres nacionalidades, ninguna de las cuales es mexicana. Y, por si fuera poco, sus primeras memorias no son de ninguna de ellas sino de Panamá, donde vivió desde los dos hasta los cinco años.

Yo no le veo ningún sentido a obligarlo a presentarse al acto de fin de curso. Si le sirviera de algo lo haría, pero no veo cómo puede ayudarle el acto de fin de curso a convivir en comunidad. Obligarlo a sentirse parte de algo de lo cual no se siente parte, no logra nada.

Es posible que él en el futuro se entusiasme por participar en actos culturales por su propia iniciativa. Pero uno no se identifica con un país porque se lo imponen. Es un proceso que a veces lleva años y que quizás nunca se complete.

Es posible que S siempre se sienta ciudadano global, o puede ser que se identifique con algún sitio o varios. Pero no es algo que sucede rápidamente. Ser paciente con él y darle el tiempo que necesita es lo mejor que puedo hacer ahora.

Foto: mural en frente del restaurant venezolano Guayoyo en Querétaro.

Échaselo al león

En algún libro de psicología que leí, decían que cuando uno se ve acosado por un pensamiento negativo, uno debía imaginarse que lo botaba en la basura.

Así que yo, muy diligentemente, he hecho eso muchas veces. Meto al pensamiento negativo en una bolsa de la cocina, la anudo, abro la puerta de mi apartamento y la saco al bote de basura del edificio. Me sacudo las manos, y vuelvo a mi casa imaginaria.

Hoy sin embargo, me enteré de una técnica más eficiente. Según me dicen, en algunas partes del norte de México, si uno empieza a hablar sobre algo negativo, por ejemplo, algo que alguien comentó o hizo, que nos causó rabia, y uno se pone a quejarse, te dicen: “Ay ya! Échaselo al león”.

Mira pues, y yo tan oficiosa, metiendo al pensamiento en la basura y sacándola … de haber sabido que podía habérselo echado al león … y ya!

Misterios divertidos

Preguntas (para extranjeros en México, principalmente):

1- Qué es “Guadalupe -Reyes” en México?

2- Por qué en el terreno baldío frente a mi departamento, justo después de que pusieron un anuncio de “se vende” comenzaron a traer basura y escombros?

3- Por qué la botella de agua de metal de aluminio de mi hijo de ocho años parece la Torre de Pisa?

4- Por qué se le dice “sopear” cuando se mete una galleta o pan en el café?

Piensa tus respuestas.

Ya?

Ahora compara tus resultados:

1- “Guadalupe – Reyes” de refiere a la tomadera de licor en fiestas, que se acostumbra entre el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, y el 6 de enero, día de la llegada de los Reyes Magos.

2- Porque están recibiendo escombros y basura para usarlos de relleno y nivelar el terreno después.

3- Porque él tira la lonchera hacia arriba para que de una vuelta en el aire, por diversión. Me di cuenta hace poco, un día que la lanzó, pensando que no lo estaba viendo.

4- NO SÉ. No debería ser cafear?

Hasta la próxima!

Un poquito más de leña al fuego de la solidaridad

‘Qué lindo el color verde manzana de este jabón líquido…’ pienso, mientras relleno el frasco que tengo en el baño… ‘qué maravilla es agarrarlo del gabinete y ya, sin preocuparme en dónde voy a conseguir jabón la próxima vez, si estuviera en Venezuela…’ y comienza sin permiso una cascada de recuerdos y pensamientos, uno tras otro, uno recordando el otro, como una película con imágenes de milisegundos.

Stop. Por eso es que hay que compartamentalizar los pensamientos. No se puede absorber toda la tragedia de un país y seguir viviendo funcionalmente. Así que solo voy tocar el tema de las medicinas. No se vayan, no me voy a poner trágica sino práctica.

Hace unos días llevé a mis hijos al médico aquí en Querétaro, México, y la doctora me regaló unas medicinas de muestra que estaban en la lista que me había dado para comprar. Eso me hizo recordar que tenía varias medicinas en la casa que habían quedado a medio consumir, que alguien podía usar (dado que hay una escasez de más de 90% de medicinas en Venezuela, uno se hace más consciente de lo que tiene). Esas medicinas a medio consumir podían ser el tesoro de alguien. Así que posteé en el grupo de Venezolanos en Querétaro que tenía unas medicinas para donar, con foto, y detalles generales. No sabía si iban a llegar a Venezuela, pero si le llegaban a algún venezolano viviendo aquí, también servía el propósito.

A las pocas horas una señora le avisa a otra, y la segunda señora me dice que las va a recoger (como venía a buscarlas todas, me imaginé que eran para enviar a Venezuela). Así que vino a recogerlas y me dijo que ella y otras personas siempre están recolectando medicinas para enviar a Venezuela, que hacen eventos para reunir dinero para enviarlas y que me iba  avisar.

Estoy consciente de que eso que hice es solo una gota en el mar, pero confío en que va a tener alguna consecuencia positiva. En contraste con mi minúsculo aporte, hay gente como estas señoras, que están activamente haciendo esfuerzos mucho mayores, no solo aquí, sino en todos los países en donde hay venezolanos. Recuerdo especialmente el caso de los venezolanos en Chile que recolectaron un container entero de medicinas, las enviaron a Venezuela, y en el puerto las decomisaron. Igual la gente sigue intentando.

Es muy difícil ser solidario en un mundo de todos contra todos, que es en lo que se ha convertido mi país de origen, pero aun así hay muchas personas persisten, tanto dentro como afuera. Hay que seguir manteniendo viva esa llama de solidaridad, que no se apague, así sea que le estemos poniendo solo unas pequeñas ramitas.

A lo mejor tienes unas medicinas en tu casa sin usar y a lo mejor estás en un grupo de venezolanos en el extranjero. A lo mejor tú también puedes ayudar a que no se apague la llama.

O a lo mejor eres de esas personas que ya traen troncos de leña enormes, en cuyo caso me gustaría decirte que eres increíble y que te doy las gracias infinitas.

Que tengas un excelente día.

El otro lado de todos y cada uno de nosotros

 

 

 

 

La vida y la muerte nunca están en dos bordes de una cuerda mágica,

sino que hacen un palimpsesto infinito.

Life and death are never at two ends of a magical rope.

 They make an endless palimpsest.

Lidia Yuknavitch

The Misfit Manifesto

Palimpsesto: Manuscrito en el que se ha borrado, mediante raspado u otro procedimiento, el texto primitivo para volver a escribir un texto nuevo.

¿La autora quería decir que puede ser que esté escrito que voy a morir tal día, pero que la que escribe mi vida decidió que mejor no? ¿O que lo bueno, lo que hace disfrutemos la vida, puede ser borrado de repente, quedando un sentimiento de sufrimiento y muerte? ¿O que la vida y la muerte no están divididas, no son blanco y negro, sino que son como un manuscrito borroso, en donde a veces no se lee claramente, ni lo que hubo antes, ni lo que quedó después? O…

Lidia Yuknavitch ha tenido una vida muy dura. Pero cuando su bebé recién nacida murió, el dolor fue tan grande que no se pudo recuperar por mucho tiempo, y se convertió en homeless, una persona que duerme en las calles. Ella escribe en su libro:

Sospecho que hay escritores que no acudieron a la escritura como un método de sobrevivencia, para tallar un espacio en el mundo en donde pudieran encajar bien, pero yo no conozco ningún escritor así.

Yo pienso que la práctica artística es sobrevivencia.

Si pudiéramos aprender cómo escuchar a las personas de la calle, y si solo pudiéramos admitir que ellos son el otro lado de todos y cada uno de nosotros…

 

En su experiencia como persona de la calle, ella encontró muchos drogadictos, alcohólicos  y enfermos mentales, lo cual no sorprende a nadie. Lo interesante es que también consiguió que muchos de ellos habían tenido un pasado muy normal, con profesiones respetables, como médicos, abogados y profesores. Gente con familia y amigos, pero con un historial de sufrimiento inmesurable.

En otras ocasiones las personas que viven en la calle no han caido en un desasosiego espiritual, sino más bien económico. Las situación es tan fuerte que no les has quedado más remedio que vivir en la calle, pero siguen luchando. Personas que ayer se ganaban el pan de cada día trabajando, pero que en el presente no les ha quedado  más remedio que vivir en la calle. Las veo aquí en México en todas partes, siendo un caso especial para mí, el de los hondureños que pasan por esta ciudad en su camino a Estados Unidos. Los veo cuando piden ayuda en los semáforos: algunos llevan mantas enrolladas sobre sus mochilas, otros llevan una gran bandera de su país, la abren y sonríen. Yo les sonrío y a veces los ayudo. Me veo yo agarrando mi propia bandera y les deseo suerte. Les digo que son valientes y que sí pueden conseguir lo que sea por lo que estén luchando.

Cuando llevaba poco tiempo de haber llegado aquí, uno de ellos me dijo, mientras yo iba en el carro con la ventana abierta, estacionada, esperando el cambio de la luz roja:

-Yo tenía una gorra como ésa. – A lo que le contesté,

-¿Y qué pasó?

-Iba en el tren y se me cayó. Por eso me hice esto.- Señala el brazo izquierdo que tiene un yeso.

-¿Y dónde ibas en el tren? – Yo había visto un documental sobre La Bestia, la línea de tren de carga que lleva indocumentados a Estados Unidos en el techo.

-Arriba, claro.

El semáforo cambió y yo seguí mi trayecto. Probablemente él no iba a dormir en la calle esa noche, ya que aquí en Querétaro hay un albergue para personas sin casa (eso me lo contó otro de ellos con los que me había puesto a hablar antes).

Hace unos días unos muchachos que trabajan con la Agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR, se acercaron a mí  para hablarme sobre su trabajo ayudando a los refugiados de Siria. Yo les respondí que les deseaba mucho éxito y que recogieran muchos donativos, pero que yo quería preguntarles si sabían si México estaba dándole a los venezolanos el estatus de refugiados. El muchacho, muy empático, de repente se puso serio y me dijo: “tienes que ir a la COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) antes de que se cumplan los tres meses de haber llegado aquí. Ya nos han preguntado lo mismo varias veces”. A lo que yo les respondí: “muchas gracias, yo estoy bien, es por saber, porque hay muchos venezolanos llegando aquí”.

En alguna realidad de un universo paralelo o futuro, yo sí podría estar pidiendo esa información para mí. Todo lo que sube baja, y no sabemos hasta dónde puede llegar esa bajada, o cuán fuerte sería, o será. Como dice Lidia Yuknavich, esas personas de la calle, (o incluso, esos refugiados, añado yo) que nos parece que están en un mundo muy lejano, en realidad, son simplemente el otro lado de todos y cada uno de nosotros.