Pan aquí y allá

Me he divertido mucho viendo la cara de asombro de varias personas aquí en Querétaro, cuando saco pan artesanal del congelador y lo meto en el hornito. “Metes el pan en el congelador?!”

“Sí, lo pones en una bolsa plástica (no he conseguido alternativa aun; reúso dichas bolsas, por cierto) y cuando te lo quieres comer, lo pones en el hornito, bien bajito, por unos cinco minutos, y ya lo tienes como si lo acabaras de comprar”.

A mí me encanta el pan baguette (canilla, en Venezuela) y el bolillo (en México es un pancito como para un sandwich o “torta”), por lo que casi siempre tengo en casa. “Hay de estos panes en Venezuela?” me han preguntado, y como siempre, depende del cuándo. Antes sí había, parecido, en todas las panaderías, ahora es difícil conseguirlo.

Cuando viví en Caracas de mediados de 2015 a mediados de 2016, había que estar pendientes en dónde había, para salir a comprar antes de que se acabara. Yo nunca hice cola para comprar pan (no me parecía que valía la pena, y podía comprar alternativas más caras) pero sí lo compré racionado: “no, señora, solo puede llevarse dos”, me dijeron varias veces.

Una de las personas que se asombró porque yo congelaba el pan me dijo, “qué curioso, aquí nadie sabe eso, se nos echa a perder”. El otro día, cuando fui a un mini supermercado, el cual es la versión baratona, más feíta y más chiquita de Walmart (Bodegas Aurrera Express), vi con tristeza que un empleado sacaba una bolsa enorme y transparente, arrastrándola de tanto que pesaba, llena de bolillos, fruta y vegetales. Se imaginan para dónde iba. Casi me parece una grosería decirlo aquí.

Ayer, de nuevo, me dijo un mexicano, “qué mal por lo que está pasando tu país, igual que México”.

Es como si uno tratara de convencer a un ciego de que existe el color rojo (pun intended, como diría mi hija).

“No, México está un millón de veces mejor que Venezuela, aunque la situación está cambiando con AMLO”, respondí.

Es muy difícil imaginar algo si no se ha vivido. En México, donde hay tortillas en cada esquina, en donde hay tanto pan que se bota, es inimaginable un país en donde no se ve pan, ni arepas (el equivalente de las tortillas) por días, incluso meses. En México, que cada año se pelea con Estados Unidos por el puesto uno y dos de los países con más obesidad en el mundo, es inimaginable que alguien muera por inanición.

Sin embargo aquí estoy, tratando de hacer que la gente lo imagine. Nadie puede sentir empatía hacia lo que no ve.

Anuncios

The invisible job

My job as a mom of a nine-year-old boy and a fourteen-year-old teenager in a small city if Mexico, involves the following, daily:

– 1 1/2 hrs after waking up, preparing breakfast and a snack for school.

– 20 minutes in each meal washing dishes, pots, etc, equal to 1 hr.

– 1/2 hr doing laundry (washing, hanging to dry, folding and putting away clothes and other items).

– 1 1/2 hrs driving my kids to and from school.

– 1 hr of miscellaneous activities, such as taking the kids to the doctor, dentist, orthodontist, barber, parties, invitations, school activities, buying groceries, supplies for school, etc.

– 1/2 hr preparing lunch, and another half hour preparing dinner, equal to 1 hr.

– 1/2 hr “taking them to bed” (making them take a shower, brush their teeth, turn off electronics, etc).

Total of hours of daily invisible work: 7 hrs

As you can see, I still haven’t added anything related to cleaning up the house, or the car, but it usually takes me 3 hrs cleaning up our apartment, and an hour to wash my car, weekly.

Weekly hours of invisible job: 39 hrs.

Well, I just wanted to put this in the open. Being a stay-at-home mom is a job, an unpaid and invisible one, but a job, nonetheless (most of all when you don’t have absolutely any help, paid or unpaid).

Oh! I almost forget. I also work on weekends, taking care of the kids and making meals, except, sometimes, when I have two whole free weekend-days every two weeks. Which makes another 4 1/2 hours on each Saturday and Sunday, but since I have a weekend off every two weeks, the total amount of weekly invisible job as a mom is actually 43 1/2 hrs.

Why the need to clarify this issue all of a sudden? Because yesterday, the insurance agent told me that since I did not have any income, they might turn down my request to get insured (even if I intend to pay a whole year at once; she says I might need somebody else, who has an income, to explain where that money came from, and I explained my situation, that the alimony is still not oficial because the court is taking longer than expected, that I can’t “work” because of my immigrant status doesn’t allow me to, etc) and she said that it didn’t matter, and that insurance companies could be that strict. That it was not her fault.

“How do all stay-at-home moms who are divorced get insured, then?” I asked. “Oh”, she said, like if I was asking an obvious question. “They don’t get insured. It’s too expensive” (she is divorced, and is not insured, for example; she’s a working – grandmother, that has been working in the field for forty years).

Interesting.

Sin guerra y sin paz

Via Stendhal, Milan, junio de 2006, en una plaza como cualquier otra de Italia, yo vigilaba a mi hija de año y medio jugar en el parque, entre una pandilla de niños y niñas rubios de pelo largo (me costaba distinguir quien era varón y quien hembra, se veían todos muy parecidos). Había mamás y niñeras, papás y abuelos también. Algunos perros corrían, llegaban más niñitos en bicicleta. Recuerdo un chipilín de unos dos años que daba vueltas en su bici como si fuera un mini pro.

Era una escena de tarde de verano hermosa, que solo existe en el recuerdo de mi mente, y quizás, en el de otra persona que, como yo, estaba absorbiendo con extrañeza ese caleidoscopio de colores que en los países que viven en paz se llama normalidad.

En un banco de la plaza estaba sentada una persona, viendo todo, con una media sonrisa y los ojos muy abiertos. Era joven, veinticuatro años, quizás, y tenía una piel negra como el betún.

Nunca hablé con él, pero inmediatamente mi imaginación me llevó a algún país de África, en guerra, quizás, sin paz, seguramente. Me lo imaginé tomando unas pocas posesiones en su casa, huyendo, tomando un barco y llegando a cualquier país que lo recibiera.

O quizás fui presa de mis prejuicios y el individuo había llegado, como yo, en avión, y a lo mejor tenía un buen trabajo, o estudiaba. De hecho, semanas después, en el mismo parque, entablé conversación con una señora de Etiopía que me contaba cómo mucha gente en su país iba a Dubai a comprar oro, pues era muy conveniente, en comparación con su país.

La cuestión es que, no importa si vienes de un estrato social alto, medio, o bajo, muchos de los que salimos de países problemáticos, en los que no hay guerra, pero tampoco hay paz, sentimos un shock cultural cuando llegamos a un país normal. Qué es normal? Precisamente, un sitio en que la gente puede estar tranquila al aire libre, con niños, sin una paranoia constante de que va a pasar algo malo.

Hoy, como a las 5 pm, salí a dar un paseo en bicicleta por el suburbio de Querétaro, México, en donde vivo, y me acordé de aquel día en Italia. Niñitas vestidas de rosado corrían sobre jardines pulcros, niños jugaban futbol, gente paseaba perros hermosos, bebés pedaleaban triciclos, señoras caminaban conversando… y me sentí de nuevo como aquel joven, sentado en aquella plaza de Milán, hace ya más de doce años. Aun me maravillo con lo que veo, aun siento que estoy metida en una fantasía, y que la realidad está allá, pegada al mar Caribe, entre montañas, llanos, tepuyes y ciudades caóticas. Aun sin cerrar los ojos, como si alucinara, veo a la gente protestando y gritando en las calles. Veo banderas alzadas, alegría, pero también rabia y tristeza. Veo muchachos que en vez de estar en la universidad, están hurgando en un bote de basura en la calle, para ver si así burlan el hambre por un día. Veo esperanza mezclada con angustia, heroísmo mezclado con desesperación. Es el caos de donde no hay paz pero tampoco hay guerra.

En estos días en que en Venezuela por fin se empieza a ver la luz al final del túnel, me “disocio” (así se llama en psicología cuando te distancias de la realidad que te rodea) más a menudo. Me pregunto si alguna vez dejaré de hacerlo, e inmediatamente sé la respuesta: no. Lo haré menos, o más, dependiendo de la situación en que me encuentre. Pero siempre habrá una parte de mí que se siente maravillada de poder sentir en carne propia lo que es la paz, pero que no podrá olvidar jamás lo que significa no tenerla.

El Supremo Autor

“Por qué lloras?” Me pregunta mi hija. “No sé… bueno, sí sé, pero no lo sé explicar”.

Durante los últimos meses he estado estudiando mucho para presentar el examen de la nacionalización mexicana. Fue una tarea difícil, por dos razones.

Primero, porque mi mente estuvo por mucho tiempo abrumada por mi separación y divorcio en ciernes. Tenía el material a estudiar allí, en mi mesa de noche, pero cada vez que lo tomaba en mis manos me bloqueaba, y no entendía nada de lo que leía. Afortunadamente, hace varios meses pude volver a concentrarme, y pude empezar a leer varias páginas a la vez. La maquinaria intelectual estaba empezando a funcionar de nuevo.

Segundo, fue una tarea difícil a nivel emocional. Quiero a México con todo mi corazón y todos los días agradezco el hecho de vivir aquí, gritando para mis adentros “viva México!” varias veces al día. Por ejemplo, todavía me maravillo por toda la variedad y abundancia de productos que hay. Llego a un Oxxo, y en mis adentros pienso, “viva México!”; cuando piso un mall estilo americano, o cuando paseo por un pueblo mágico, pienso “viva México!”; o cuando veo el frío en los países nórdicos mientras aquí hay un solazo, o cuando veo el caos en que se ha convertido mi país… siempre pienso “viva México!” Cuando la gente siente empatía hacia mí, o me entiende, lo mismo. México es mi país adoptivo y lo amo.

Sin embargo, es el país donde uno creció, en donde uno aprendió a vivir, a ser, a sentir, el que le da a uno forma. El sitio donde uno crece es el que esculpe esa estatua, esa obra de arte, que somos cada uno. Es el país en que creciste, el que te esculpió, el que te creó, el que te hizo. Todo lo que absorbemos en el lugar donde nacimos, pasa a formar parte de nuestra esencia, de nuestra alma. Es una huella indeleble que está allí, para siempre.

Emocionalmente hablando, también fue una tarea difícil estudiar para el examen, porque no podía hacerlo sin interrupciones. Por ejemplo, el escudo de México. Está simbolizado por un águila sobre un nopal, la cual sostiene una víbora, en actitud de devorarla… interrupción… “el escudo de Venezuela tenía un caballo blanco que miraba hacia atrás, pero ahora no, porque los “revolucionarios” cambiaron todo, hasta nuestros símbolos, hasta nuestra bandera, hasta nuestra identidad… y si cambian el escudo de México, que es tan bonito? Y cataplum plum, no hay manera de detener el tren de pensamiento, hasta que de alguna parte de mi ser, otra parte de mí me grita en silencio: “Ya! Que tienes que estudiar!”

Cuando me puse a aprender el himno de México, después de un rato, me pregunté, espantada, “será que se me olvidó el himno de Venezuela?” (Emigré hace 15 años y medio) “Mejor lo busco en YouTube, a ver si me acuerdo”.

Me di cuenta de que es irrelevante que me acuerde o no de la letra del himno. Estoy segura de que aunque me de Alzheimer, y no recuerde la letra, mi corazón se va a conmover siempre que lo oiga, aunque no entienda por qué, como en la película de 50 First Dates (Como si fuera la primera vez, en español).

Total que ni pude cantarlo, porque apenas empecé a escucharlo, me puse a llorar. En ese momento fue cuando mi hija me preguntó que por qué lloraba. Era una pregunta legítima. En sus catorce años, nunca se ha aprendido ningún himno, porque ha vivido en seis países; ella no tiene ese sentido de pertenencia, pues su ciudadanía es global.

Oyendo el himno de Venezuela, me di cuenta de que no soy nada original al imaginarme a Dios como “La Gran Escritora”, pues todos los venezolanos, desde chiquitos, aprendemos que Dios es el Supremo Autor. Es el que escribe nuestras vidas, el que dice que Venezuela es un bravo pueblo y que debe romper cadenas.

El Supremo Autor está cambiando la trama últimamente. Parece que por fin vamos a pasar la página, y dejaremos atrás un capítulo demasiado largo de oscuridad.

Aquí en México, durante este último mes de enero de 2019, en que hemos vivido escasez de gasolina (entre otros acontecimientos), aparte de gritar en silencio “viva México”, también le pido a Dios “que no le pase a México”. Que no le pase que un mal gobierno se apodere de todo el país, que no le pase que se dañe hasta su identidad.

Ojalá este país que siento mío me adopte (ya pasé el examen!) y ojalá que el país que me crió comience a sanar. Confío en que el Supremo Autor, junto con todos sus personajes, encontraremos la manera de que así sea.

Un pequeño ciudadano global

De nuevo mi hijo tiene un acto de fin de curso en su colegio.

De nuevo, una situación incómoda.

Sé que a la mayoría de la gente le gustan estos actos, pero no son mis favoritos, ni para mí, ni para S, mi hijo de ocho años.

Esto tiene que ver con dos cosas: primero, S, odia disfrazarse. Solo logré hacer que lo hiciera sin problemas hasta los tres años, pero después, cada vez que hay un evento en que hay que ponerse así sea un sombrero, es un drama. No lo disfruta nada, sino todo lo contrario. Pasa un mal momento y hace que los que estén alrededor tampoco la pasen bien. Si disfrazarse ayuda al niño a socializar y a divertirse le veo el sentido, pero si no, no.

Por otro lado está el asunto de la identidad. Como él mismo dijo (dado que el acto es folclórico), “yo ni siquiera soy mexicano”.

No es que no le guste México, a él le encanta estar aquí, sobretodo después de haber pasado un año en Caracas, en que casi no salíamos a ninguna parte por la inseguridad. Pero él está bien claro de que este tipo de actos no fueron planeados con él en mente.

Él también recuerda sus actos patrióticos en Panamá, disfrazado de panameño, y de paso, sabe que oficialmente es chileno (pues nació en Chile), que es venezolano por sus padres, y que además es italiano por su familia paterna. El niño tiene oficialmente tres nacionalidades, ninguna de las cuales es mexicana. Y, por si fuera poco, sus primeras memorias no son de ninguna de ellas sino de Panamá, donde vivió desde los dos hasta los cinco años.

Yo no le veo ningún sentido a obligarlo a presentarse al acto de fin de curso. Si le sirviera de algo lo haría, pero no veo cómo puede ayudarle el acto de fin de curso a convivir en comunidad. Obligarlo a sentirse parte de algo de lo cual no se siente parte, no logra nada.

Es posible que él en el futuro se entusiasme por participar en actos culturales por su propia iniciativa. Pero uno no se identifica con un país porque se lo imponen. Es un proceso que a veces lleva años y que quizás nunca se complete.

Es posible que S siempre se sienta ciudadano global, o puede ser que se identifique con algún sitio o varios. Pero no es algo que sucede rápidamente. Ser paciente con él y darle el tiempo que necesita es lo mejor que puedo hacer ahora.

Foto: mural en frente del restaurant venezolano Guayoyo en Querétaro.

Échaselo al león

En algún libro de psicología que leí, decían que cuando uno se ve acosado por un pensamiento negativo, uno debía imaginarse que lo botaba en la basura.

Así que yo, muy diligentemente, he hecho eso muchas veces. Meto al pensamiento negativo en una bolsa de la cocina, la anudo, abro la puerta de mi apartamento y la saco al bote de basura del edificio. Me sacudo las manos, y vuelvo a mi casa imaginaria.

Hoy sin embargo, me enteré de una técnica más eficiente. Según me dicen, en algunas partes del norte de México, si uno empieza a hablar sobre algo negativo, por ejemplo, algo que alguien comentó o hizo, que nos causó rabia, y uno se pone a quejarse, te dicen: “Ay ya! Échaselo al león”.

Mira pues, y yo tan oficiosa, metiendo al pensamiento en la basura y sacándola … de haber sabido que podía habérselo echado al león … y ya!

Misterios divertidos

Preguntas (para extranjeros en México, principalmente):

1- Qué es “Guadalupe -Reyes” en México?

2- Por qué en el terreno baldío frente a mi departamento, justo después de que pusieron un anuncio de “se vende” comenzaron a traer basura y escombros?

3- Por qué la botella de agua de metal de aluminio de mi hijo de ocho años parece la Torre de Pisa?

4- Por qué se le dice “sopear” cuando se mete una galleta o pan en el café?

Piensa tus respuestas.

Ya?

Ahora compara tus resultados:

1- “Guadalupe – Reyes” de refiere a la tomadera de licor en fiestas, que se acostumbra entre el 12 de diciembre, día de la Virgen de Guadalupe, y el 6 de enero, día de la llegada de los Reyes Magos.

2- Porque están recibiendo escombros y basura para usarlos de relleno y nivelar el terreno después.

3- Porque él tira la lonchera hacia arriba para que de una vuelta en el aire, por diversión. Me di cuenta hace poco, un día que la lanzó, pensando que no lo estaba viendo.

4- NO SÉ. No debería ser cafear?

Hasta la próxima!