Norte en la brújula

En este momento, marzo de 2019, Venezuela y los venezolanos, tanto dentro como fuera de ella, tenemos la esperanza puesta en el Presidente Juan Guaidó, su equipo, en los venezolanos mismos, y en la comunidad internacional.

Es curioso cómo, cuando se sabe hacia a dónde se va, y qué se quiere, se empiezan a ver resultados diferentes.

El discurso del Presidente no es nada del otro mundo. Lo que tiene de diferente es la claridad de sus objetivos: 1- Cese de usurpación 2-Gobierno de transición 3- Elecciones libres. Las ganas de sacar a Maduro son las mismas que antes, la crisis humanitaria es la misma, hasta se podría decir que son los mismos protagonistas, porque aunque a Juan Guaidó no lo conocíamos, sí conocíamos a Leopoldo López, y la oposición venezolana ha tenido vida prácticamente desde que Chávez entró al poder. La diferencia es la claridad de los objetivos, lo cual ha motivado a su vez, el gran apoyo internacional con el que se cuenta ahora.

Algo así me ha pasado a mí últimamente. Estuve sin norte en mi brújula por mucho tiempo, pero hace poco vi con claridad lo que quería. Ya me puedo imaginar un futuro en el que mis hijos y yo estemos felices, así como los venezolanos ya nos estamos imaginando el futuro de una Venezuela feliz.

Hoy me siento como Venezuela, con un norte y objetivos claros. Vamos bien.

Anuncios

The invisible job

My job as a mom of a nine-year-old boy and a fourteen-year-old teenager in a small city if Mexico, involves the following, daily:

– 1 1/2 hrs after waking up, preparing breakfast and a snack for school.

– 20 minutes in each meal washing dishes, pots, etc, equal to 1 hr.

– 1/2 hr doing laundry (washing, hanging to dry, folding and putting away clothes and other items).

– 1 1/2 hrs driving my kids to and from school.

– 1 hr of miscellaneous activities, such as taking the kids to the doctor, dentist, orthodontist, barber, parties, invitations, school activities, buying groceries, supplies for school, etc.

– 1/2 hr preparing lunch, and another half hour preparing dinner, equal to 1 hr.

– 1/2 hr “taking them to bed” (making them take a shower, brush their teeth, turn off electronics, etc).

Total of hours of daily invisible work: 7 hrs

As you can see, I still haven’t added anything related to cleaning up the house, or the car, but it usually takes me 3 hrs cleaning up our apartment, and an hour to wash my car, weekly.

Weekly hours of invisible job: 39 hrs.

Well, I just wanted to put this in the open. Being a stay-at-home mom is a job, an unpaid and invisible one, but a job, nonetheless (most of all when you don’t have absolutely any help, paid or unpaid).

Oh! I almost forget. I also work on weekends, taking care of the kids and making meals, except, sometimes, when I have two whole free weekend-days every two weeks. Which makes another 4 1/2 hours on each Saturday and Sunday, but since I have a weekend off every two weeks, the total amount of weekly invisible job as a mom is actually 43 1/2 hrs.

Why the need to clarify this issue all of a sudden? Because yesterday, the insurance agent told me that since I did not have any income, they might turn down my request to get insured (even if I intend to pay a whole year at once; she says I might need somebody else, who has an income, to explain where that money came from, and I explained my situation, that the alimony is still not oficial because the court is taking longer than expected, that I can’t “work” because of my immigrant status doesn’t allow me to, etc) and she said that it didn’t matter, and that insurance companies could be that strict. That it was not her fault.

“How do all stay-at-home moms who are divorced get insured, then?” I asked. “Oh”, she said, like if I was asking an obvious question. “They don’t get insured. It’s too expensive” (she is divorced, and is not insured, for example; she’s a working – grandmother, that has been working in the field for forty years).

Interesting.

Las Personas Altamente Sensibles

Hace poco compartí un post en Facebook que dio mucha risa. Así decía:

Hay gente q no soporta cierta ropa, zapatos, etc. Debo admitir q sabía q me estaba mintiendo, pero es que… yo soy igualita 🙈😬😅

Yo, esta mañana: “S. hoy tienes q ir de gala, ponte el chaleco”

Él: « No mami, yo le pregunté a la profesora y me aseguró q no hacía falta ».

Sucesivamente puse una foto en donde se veían todos los alumnos de tercer y segundo grado, con sus chalecos azules, y en el medio, como un lunar, se veía un niño de blanco, sin chaleco (se imaginan quién era).

A todo el mundo le dio risa, menos a una persona, quien me dijo que ella también tenía un hijo así y me pidió que le diera tips.

Ese día me reí con la foto en cuestión, pero la realidad es que la mayoría de las veces no ha sido así. Mi hijo S y yo somos Personas Altamente Sensibles, lo cual no es un nombre que me acabo de inventar para justificar una malcriadez. Ser una Persona Altamente Sensible es real.

Conseguí un artículo muy bueno que explica qué es ser una PAS (link al final). Quisiera citar de allí lo siguiente:

Quizás lo más importante es saber que, como se trata de un rasgo, no se puede hablar de una cura. La alta sensibildad por lo tanto, no es algo que se puede curar. 

Se puede encauzar, pero no se puede curar, repito, no es que a fuerzas, obligando al niño, lo vas a curar.

Les cuento mi experiencia. Hasta el sol de hoy, mis padres cuentan de aquella vez cuando yo tenía cuatro años, en la que me quedé sin ir a un paseo a los bomberos porque no soportaba unas medias. La opción era “o te pones la medias o no vas”.

Lo que recuerdan mis papás es que me dieron una lección, mientras lo que yo recuerdo fue haber evitado toda una mañana de tortura, así como un alivio inmenso, cuando me dejaron en la casa.

Volviendo al caso de mi hijo. Yo sabía que me estaba mintiendo, pero si lo obligaba a ponerse el chaleco se iba a sentir mal de repente, lo cual usualmente es que le duele la barriga o le empieza a picar la garganta, se angustia, y empieza a decir que no puede respirar bien.

Yo sé que él ya estaba haciendo un esfuerzo enorme en ir al evento en cuestión, pues tampoco los soporta, imagino que por lo alto que suenan los micrófonos cuando la gente habla, o cuando tocan el himno. En otras ocasiones, en que en el colegio hay celebraciones especiales, a las que él no ha querido ir, pero a las que yo lo he obligado asistir, terminan llamándome del colegio porque S se siente mal. Es posible que haya habido algo de actuación en el asunto, pero sé, porque lo he visto en otros sitios en que hay demasiado desorden de gente, que su angustia y sufrimiento es real.

Cuando lo busqué al colegio el día del acto cívico, le dije que tenía una foto que demostraba que sí necesitaba el chaleco. Él empezó a mentir de nuevo (esta vez cambió el cuento, y en vez de decir que era la profesora, dijo que había hablado con la directora) y lo corté en seco. “S, yo no te voy a obligar a que te pongas nada. Tú escoge lo que te vayas a poner, si te regañan o te castigan, tú enfrentas las consecuencias; pero no me vuelvas a mentir”. Se quedó tranquilo.

Ser una PAS quiere decir que oyes cosas que más nadie oye, hueles cosas que más nadie huele, etc. Por ejemplo, si yo entro a un Starbucks sin música, tengo que hacer un esfuerzo para calmarme hasta que compro el café y huyo a la parte de afuera, o hasta que le pido gentilmente al personal que por favor (por piedad, en realidad) enciendan la música. Por qué? Porque oigo TODO: las licuadoras encendidas, las bebidas que sirven, el vapor de la máquina de café, las conversaciones de cada una de las personas, las puertas que abren y cierran, la gente abriendo los sobrecitos de azúcar y Splenda …

En realidad eso sucede cuando estoy acompañada. Cuando estoy sola, y no hay música, me pongo mis audífonos, y solo me los quito para pedir mi bebida. Así me evito la ansiedad que me causa tener que oír todo.

Otra cosa que oigo es a la gente comer, así sea que estén con la boca cerrada. Por mucho tiempo me decía a mí misma: “Es una tontería, no le hagas caso y ya”. Resultado? El “no le hagas caso y ya” se transformaba en un mal humor terrible que no sabía de dónde venía. Ahora que ya sé que no soy la única y que hay gente como yo, lo que hago es que SIEMPRE pongo música de fondo en cada comida que se hace en mi casa y ya. Yo feliz, y todos felices.

Una de las desventajas de tener un sentido de la audición tan agudo es que me despierto por cualquier cosa. Sin embargo, en raras ocasiones esto puede ser una ventaja. En el terremoto de Chile de 2010, el cual fue en la madrugada, yo me desperté al comienzo del mismo porque oí un juguete en la habitación de mi hija que se había encendido repentinamente al caerse. Fue por eso que nos dio tiempo de buscar a nuestros hijos antes de la peor parte del terremoto, la cual pasamos mi ex y yo, con nuestros hijos en brazos (si nos hubiéramos levantado unos segundos más tarde, no hubiéramos podido llegar a ellos, pues no se podía caminar, dada la intensidad del terremoto que iba en incremento).

Mis sentidos del gusto y del olfato son más agudos de lo normal, pero los de mi hijo son increíbles. Si le preparas algo ligeramente diferente, él se da cuenta (es por eso que tratar de engañarlo para que coma, diciéndole que X cosa es otra, jamás ha servido). Él come una variedad muy pequeña de alimentos y eso no me hace la vida fácil. Pero el lado bueno es que se da cuenta cuando algo está en mal estado, evitándonos posteriores dolores gástricos por comer algo dañado, por ejemplo (más de una vez me ha señalado que tal cosa no está buena, y cuando leo la fecha de expiración, me doy cuenta que el producto ya se había vencido).

El hecho de que uno no pueda sentir (tanto en tacto como en gusto) oír, oler o ver algo, no quiere decir que no exista. Yo lo que le puedo decir a los padres de niños altamente sensibles es que les crean. No están inventando.

Uno siente el mundo de manera intensa, para bien, o para mal, y si ellos les dicen que tal estímulo hace que se sientan mal, ansiosos, o incómodos, créanles. Mi hijo se puso a inventar “que la profesora dijo” porque sabía que era más probable que yo creyera eso, a la verdad, que era que él iba a sufrir si tenía que ponerse ese chaleco por la hora entera que duraba el acto.

Como con cualquier otro aspecto de la vida, la aceptación de las diferencias de los otros, nos hace mejores seres humanos. En realidad nosotros, las Personas Altamente Sensibles, aceptamos las diferencias de los demás todos los días. Solo esperamos que hagan lo mismo con nosotros.

—-

Link de la cita:

https://www.personasaltamentesensibles.com/alta-sensibilidad/

Hablando de trastornos alimenticios

Esta mañana fui a una charla en el colegio de mis hijos sobre trastornos alimenticios, en donde una mamá narró la experiencia que tuvo con su hija, quien sufrió de anorexia.

La niña, quien había sido excelente alumna, y quien no había presentado ningún problema importante en particular, a los dieciséis años cambió de hábitos alimenticios repentinamente. Primero pensaron que era porque estaba adoptando hábitos más saludables, pero pronto se dieron cuanta que no era así. Mentía respecto a lo que comía y lo botaba a la basura, lo poco que comía lo vomitaba y hacía muchísimo ejercicio. Ese tipo de anorexia es el más grave, pues aparte de dejar de comer, las personas se purgan y vomitan también.

Cuando la mamá se dio cuenta de lo que pasaba, y que no había manera de que su hija cambiara, decidió trabajar solo medio tiempo para así poder vigilarla, pues ni siquiera podía dejarla duchar sola, ya que allí vomitaba también. Guardaba bolsas ziplock con el vómito en sus carteras o bolsas, e incluso aprendió a vomitar al revés, para que así, cuando la mamá viera sus pies desde afuera en un baño público, pensara que estaba haciendo sus necesidades, y no que estaba vomitando. Se ponía de a tres pantalones a la vez, para que nadie se diera cuenta de su delgadez. Le decía a su mamá que la odiaba y que era por culpa de ella que se quería morir. La mamá le insistía en que no iba a morirse de eso, que no iba a morirse antes que ella.

Por un tiempo no funcionaron doctores, nutricionistas ni psicólogos. Su pediatra le dijo, “si ella no quiere curarse, no lo va a hacer”. Después de un tiempo de seguirla a todos lados (hasta pasó la cama de la niña a su habitación), un día la hija se puso a llorar y le dijo que no quería seguir así y que quería vivir. La madre contactó al pediatra inmediatamente y le dio el nombre de un hospital especializado para la que la internara. Con el dolor de su vida, la dejó allí, para que se recuperara, un sitio en donde solo podía visitarla una vez a la semana. Así poco a poco, comenzó a sanar.

La anorexia puede pasar en cualquier nivel social, en cualquier familia. Sin embargo, sí se ha notado (nos comenta la oradora) que la ocurrencia es mayor entre personas con tendencias perfeccionistas, y si los padres también lo son, pues se incrementa la posibilidad.

“Hay otros trastornos alimenticios, como la bulimia o el caso de los comedores compulsivos. Alguien quisiera compartir o comentar algo?”.

‘Habla Michelle, habla’ pensé inmediatamente. El salón de usos múltiples estaba lleno. ‘Me choca hablar el público. Se me dispara el corazón, no me gusta’. Pero luego, la misma voz del principio me dijo: ‘sé valiente. Lo que digas le puede ayudar a alguno de estos chamos. Tu hija esta aquí’.

“Sí, yo”, levanté la mano y me presenté. Esto fue lo que les conté:

“Yo fui comedora compulsiva cuando era adolescente. Yo era una muchacha normal, como su hija, pero también como ella, aproximadamente a los dieciséis años todo cambió y de pesar 45 kg a los quince años, en un poco más de dos años, subí 20 kg. A los 18 años pesaba 65 kg, como cuando, años más tarde, me embaracé. Comía a escondidas (nunca me hubieran visto comiendo demasiado delante de nadie), y a veces, como su hija (aunque mi caso no fue ni remotamente tan grave) tampoco podía dormir, llorando, pensando en la comida.

Como su hija, también era de las mejores alumnas, también era perfeccionista. Cuando tenía un sentimiento negativo, ya fuera de tristeza, soledad o rabia, no lo toleraba y tenía que sentirme bien inmediatamente. Por eso me comía un pedazo de pastel de chocolate, por ejemplo, que me hacía sentir bien en el momento. Pensaba que hacer eso una vez no importaba, pero luego lo volví a hacer varias veces, hasta que se convirtió en un hábito. Hacer dietas también me hizo daño, pues después de varios días en supuesto control, no aguantaba más, y estallaba comiendo más que antes.

Mi mensaje para ustedes (los alumnos de secundaria) es el siguiente: está bien sentirse triste, está bien sentirse solo, está bien tener rabia. Hay que aceptarlo, porque aceptar esos sentimientos, es aceptarse a uno mismo. No hay que sentirse bien inmediatamente, hay que desarrollar una cierta tolerancia a sentirse mal, y luego buscar una vía para expresar ese sentimiento, ya sea hablando con alguien, o de otra manera, como por ejemplo, artísticamente. A mí me sirve escribir, pero también puede servir hacer ejercicio.

Cuando mi abuela murió, decidí que iba a cambiar de vida y poco a poco fui cambiando hábitos y dejando de comer cosas que no me gustaban tanto. Muy poco a poco fui bajando el peso extra (me tardé dos años), abandoné el perfeccionismo y hasta cambié de carrera.

Comentaba alguien ahora que a una niña que conocía, se le desencadenó la bulimia por un comentario que un adulto le hizo, diciéndole que estaba gorda. Estoy de acuerdo, los adolescentes son muy frágiles en ese respecto. Nadie debe hacer comentarios así a los adolescentes, pero sobretodo es importante que los adultos no lo hagan, pues son figuras de autoridad. Puede ser peligroso, no se sabe quién pueda tener tendencia a desarrollar un trastorno alimenticio”.

La señora que daba la charla dijo que ella, y su familia en general, eran muy exigentes con las notas del colegio. En mi caso fue igual, y eso, junto con el hecho de que yo era perfeccionista de nacimiento, influyó en que comiera compulsivamente durante esos años.

Hoy día a veces bromeo diciendo que me veo mejor a los cuarenta y cuatro años que cuando tenía dieciocho, pero en realidad ese comentario lleva mucho sufrimiento y esfuerzo detrás.

A lo largo de mi vida he tenido algunas subidas de peso importantes, por embarazo o por cambio de circunstancias, como mudanza de ciudades, por ejemplo. Sin embargo, nunca he vuelto a tener esa falta de paz de mental, esa cárcel de impotencia en la que uno vive cuando se es comedor compulsivo.

Hoy estoy en forma, mental y físicamente, y estoy muy orgullosa de eso (lo cual no quiere decir que no tenga sentimientos negativos, sino que sé lidiar con ellos). La comedera sin control, o cualquier otra adicción o trastorno alimenticio, es como caer en un hoyo del cual es muy difícil salir.

Es por eso que es importante crear conciencia respecto a la importancia de la salud mental en general. Para ello hay que empezar por tener conciencia sobre nuestros propios sentimientos negativos, aceptarlos, y tener compasión hacia nosotros mismos. De esa manera podremos aceptar, entender y tener compasión hacia los sentimientos de los adolescentes con quienes convivimos, y poner así nuestro granito de arena para su buena salud mental.

Sin guerra y sin paz

Via Stendhal, Milan, junio de 2006, en una plaza como cualquier otra de Italia, yo vigilaba a mi hija de año y medio jugar en el parque, entre una pandilla de niños y niñas rubios de pelo largo (me costaba distinguir quien era varón y quien hembra, se veían todos muy parecidos). Había mamás y niñeras, papás y abuelos también. Algunos perros corrían, llegaban más niñitos en bicicleta. Recuerdo un chipilín de unos dos años que daba vueltas en su bici como si fuera un mini pro.

Era una escena de tarde de verano hermosa, que solo existe en el recuerdo de mi mente, y quizás, en el de otra persona que, como yo, estaba absorbiendo con extrañeza ese caleidoscopio de colores que en los países que viven en paz se llama normalidad.

En un banco de la plaza estaba sentada una persona, viendo todo, con una media sonrisa y los ojos muy abiertos. Era joven, veinticuatro años, quizás, y tenía una piel negra como el betún.

Nunca hablé con él, pero inmediatamente mi imaginación me llevó a algún país de África, en guerra, quizás, sin paz, seguramente. Me lo imaginé tomando unas pocas posesiones en su casa, huyendo, tomando un barco y llegando a cualquier país que lo recibiera.

O quizás fui presa de mis prejuicios y el individuo había llegado, como yo, en avión, y a lo mejor tenía un buen trabajo, o estudiaba. De hecho, semanas después, en el mismo parque, entablé conversación con una señora de Etiopía que me contaba cómo mucha gente en su país iba a Dubai a comprar oro, pues era muy conveniente, en comparación con su país.

La cuestión es que, no importa si vienes de un estrato social alto, medio, o bajo, muchos de los que salimos de países problemáticos, en los que no hay guerra, pero tampoco hay paz, sentimos un shock cultural cuando llegamos a un país normal. Qué es normal? Precisamente, un sitio en que la gente puede estar tranquila al aire libre, con niños, sin una paranoia constante de que va a pasar algo malo.

Hoy, como a las 5 pm, salí a dar un paseo en bicicleta por el suburbio de Querétaro, México, en donde vivo, y me acordé de aquel día en Italia. Niñitas vestidas de rosado corrían sobre jardines pulcros, niños jugaban futbol, gente paseaba perros hermosos, bebés pedaleaban triciclos, señoras caminaban conversando… y me sentí de nuevo como aquel joven, sentado en aquella plaza de Milán, hace ya más de doce años. Aun me maravillo con lo que veo, aun siento que estoy metida en una fantasía, y que la realidad está allá, pegada al mar Caribe, entre montañas, llanos, tepuyes y ciudades caóticas. Aun sin cerrar los ojos, como si alucinara, veo a la gente protestando y gritando en las calles. Veo banderas alzadas, alegría, pero también rabia y tristeza. Veo muchachos que en vez de estar en la universidad, están hurgando en un bote de basura en la calle, para ver si así burlan el hambre por un día. Veo esperanza mezclada con angustia, heroísmo mezclado con desesperación. Es el caos de donde no hay paz pero tampoco hay guerra.

En estos días en que en Venezuela por fin se empieza a ver la luz al final del túnel, me “disocio” (así se llama en psicología cuando te distancias de la realidad que te rodea) más a menudo. Me pregunto si alguna vez dejaré de hacerlo, e inmediatamente sé la respuesta: no. Lo haré menos, o más, dependiendo de la situación en que me encuentre. Pero siempre habrá una parte de mí que se siente maravillada de poder sentir en carne propia lo que es la paz, pero que no podrá olvidar jamás lo que significa no tenerla.

En esta navidad desarreglada

En una transición no se da nada por sentado. Algunas realidades de ayer aun existen, pero muchas no, y no queda otra sino arreglárselas con lo que regala el presente.

Veo a mi alrededor y no me ubico bien. Puedo extender la mano y allí están mis hijos; todo lo demás parece un tornado dando vueltas, como si mi casa y mi mundo se elevara como en el Mago de Oz.

Allí en el tornado, dando vueltas, están el arbolito de navidad, el nacimiento, los aguinaldos y las gaitas; pero se nos perdieron de vista las hallacas, el pan de jamón y algunas personas queridas.

El tornado es divertido porque nos concentramos en la rapidez y en lo absurdo de la situación. Cuando no se logra tocar piso bien, es mejor no insistir en hacer todo “normalmente”, ya que no se puede.

Es así como en esta noche de navidad loca y desarreglada, Santa Claus va a encontrarse con unas galletas de Subway, con un Rey Mago descabezado, con los restos de una lata de Pirulin, (en vez de torta de navidad) y con un arbolito sin estrella (porque nuestra gatita siempre la tumba).

Con mucha alegría, quiero brindar por nuestra navidad, y muy especialmente, por la de todos aquellos que también están teniendo una navidad diferente, absurda y de transición! Felicidades!

Kid’s fears

Resultado de imagen para meteorite falling

I had an astronomy class last night. I learned that the hit of a 10 km asteroid on this planet can wipe out all humanity, that a 5 km one can destroy a continent, and that a 600 mts meteorite can destroy three countries. I also learned a bunch of stuff about black holes, supernovas, when the universe will collapse, and an Earth-like planet called Kepler-186F. Also, that a meteorite of 1 mt smashed a car in Russia, and that there have been more than 1000 meteorites falling on this planet. Oh! The most important part: There is a chance of a 600 mts meteorite falling on this planet in the year 2036.

My eight-year old teacher takes a deep breath and says: “I really hope that meteorite doesn’t fall here”.

 I did not take that comment lightly. I used to have similar fears when I was a kid, but instead of being afraid meteorites falling in the future, I got a bit obsessed about earthquakes. That fear was very real; I even remember making scape plans in the building where I used to live. More than thirty years later, immediately  after living through the 8.8 Richter scale Earthquake in Santiago, Chile, I got a strange feeling of relief. Finally, the Earthquake had happened. 

When my kid made that comment, I was tempted to tell him, “that’s not going to happen, don’t worry”. Instead, I asked him: “What’s the probability of that meteorite hitting the planet in 2036?” Without thinking twice, he answered: “2.7%.”

I thought about it for a moment, and asked him, “Do you know what a percentage is?” His answer was, “no”. Alright then, we had some space to maneuver. I roughly explained to him the concept of percentages, and he got it. Just then, I allowed my self to tell him, “there’s nothing to worry about. There’s 97 scenarios without meteorites colliding planet Earth, against 3, that include that meteorite hitting the planet”. He smiled, and then I knew he’d gotten it.