Danzas Guadalupanas

Recientemente fui a un pueblo cerca de Querétaro llamado Mineral del Pozo, y me topé con un desfile vibrante y lleno de energía.

Eran las Danzas Guadalupanas de muchos pueblos de los estados de Querétaro y Guanajuato. Bajo el retumbar de los tambores, personas de todas las edades realizaban danzas de origen indígena, honrando a la Virgen.

Me conmovió en especial una mamá que iba bailando con su bebé en brazos, así como varios niñitos de tres o cuatro años, que iban imitando a los grandes.

Los tobillos de muchos danzantes estaban rodeados de una especie de cascabeles que hacían un sonido de percusión, haciendo que sus cuerpos fueran también instrumentos musicales.

La intensidad y la fuerza, tanto del baile, como de los tambores, me dio la sensación de fuerza y orgullo. Fue un espectáculo inolvidable.

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Por estar inventando

A México se le puede acusar de todo, excepto de ser un país aburrido.

Ya de eso me había dado cuenta la primera vez que viví aquí, hace ya nueve años, en Guadalajara. Si mis amigas me decían para ir a desayunar, por ejemplo, unas simples panquecas terminaban con todo un mariachi que tocaba en el restaurant, y yo de repente me sentía de vacaciones. O como el caso de mi vecina, que se quejaba porque el marido “otra vez le había mandado mariachis”. Y yo: “sí, los oí anoche, geniales”, sin entender la razón de la queja, pues yo salía a asomarme por la ventana del cuarto de mi hija cuando llegaban a medianoche a todo dar, y me sentía cual Julieta en el balcón, imaginándome que los mariachis eran para mí.

O aquella vez, en las afueras de Guadalajara, cuando fuimos a un restaurante en donde había un tipo que pasaba con unas baterías de carro y un par de cables, para que le pagaran para que los clientes que quisieran dejarse electrocutar, vieran cuánto tiempo podían permanecer aguantando (!).

Aquí en Querétaro no hay muchos mariachis, pero sí hay cosas bien raras. Como las calaveras y los esqueletos (Catrinas, quiero decir) en muchos sitios del centro, o todas las historias de fantasmas y asesinatos de la época de la colonia.

Sin embargo, el otro día fui con mis hijos y una amiga y su hija, a un plan normalito, civilizado, tan civilizado que parecía que estábamos en Chile, pues. Fuimos a los Viñedos Azteca, en donde todo fue normal, incluso mi hijo con la cara permanente de “qué hago yo aquí?”.

Pero cuando salimos, mi amiga me propone que vayamos a un pueblo cerca, que se llama Bernal, pues ahí venden unos nopales (cactus) en penca que se veían buenísimos. Ella es mexicana, pero de otro estado, así que no los conocía, y yo, que ya los había visto y me habían parecido interesantísimos, dije que sí.

Así que vamos al restaurant, y pedimos un nopal en penca para las dos.

Muertas de la risa, le tomamos foto al plato y le pedimos unos cuchillos a la mesera, porque no nos habían traído. Así que empezamos a comer y luego de un rato, yo siento algo raro en mi boca.

“Creo que tengo espinas en la boca. De esas chiquiticas.” Le digo a mi amiga con cara de susto. “Ahhh! Sí son!” Las dos dejamos de comer, y llamamos a la mesera para preguntarle.

Ella responde como si acabáramos de comernos un cambur (banana) sin quitarle la concha: “Ah, es que la parte de afuera no se come”.

“Aaaahh! Pero cómo no nos dijeron? Si hasta hablamos con el gerente cuando llegamos para preguntarle sobre el plato, cómo era, etc?”

“Es que todo el mundo sabe”.

“Pero no vieron que mi acento es extranjero?”

Silencio sepulcral. Mis hijos, quienes por supuesto ni bajo amenaza de muerte se hubieran comido algo así, me miraban con una mezcla de “viste? Por estar inventando” y “pobrecita mi mamá”.

Total que estuve como una hora sacando espinita por espinita de la lengua y paladar, incluso masticando chicle, para que las más chiquitas que no se veían, se quedaran pegadas y salieran. Todavía quedé con algunas durante la noche y al día siguiente ya estaba libre de espinas.

Y aunque no lo creas, no dejé que la experiencia me traumatizara (mucho). Ya hasta volví a comer ensalada de nopal (de la normal, claro).

Que tengas un buen día!

Un poquito más de leña al fuego de la solidaridad

‘Qué lindo el color verde manzana de este jabón líquido…’ pienso, mientras relleno el frasco que tengo en el baño… ‘qué maravilla es agarrarlo del gabinete y ya, sin preocuparme en dónde voy a conseguir jabón la próxima vez, si estuviera en Venezuela…’ y comienza sin permiso una cascada de recuerdos y pensamientos, uno tras otro, uno recordando el otro, como una película con imágenes de milisegundos.

Stop. Por eso es que hay que compartamentalizar los pensamientos. No se puede absorber toda la tragedia de un país y seguir viviendo funcionalmente. Así que solo voy tocar el tema de las medicinas. No se vayan, no me voy a poner trágica sino práctica.

Hace unos días llevé a mis hijos al médico aquí en Querétaro, México, y la doctora me regaló unas medicinas de muestra que estaban en la lista que me había dado para comprar. Eso me hizo recordar que tenía varias medicinas en la casa que habían quedado a medio consumir, que alguien podía usar (dado que hay una escasez de más de 90% de medicinas en Venezuela, uno se hace más consciente de lo que tiene). Esas medicinas a medio consumir podían ser el tesoro de alguien. Así que posteé en el grupo de Venezolanos en Querétaro que tenía unas medicinas para donar, con foto, y detalles generales. No sabía si iban a llegar a Venezuela, pero si le llegaban a algún venezolano viviendo aquí, también servía el propósito.

A las pocas horas una señora le avisa a otra, y la segunda señora me dice que las va a recoger (como venía a buscarlas todas, me imaginé que eran para enviar a Venezuela). Así que vino a recogerlas y me dijo que ella y otras personas siempre están recolectando medicinas para enviar a Venezuela, que hacen eventos para reunir dinero para enviarlas y que me iba  avisar.

Estoy consciente de que eso que hice es solo una gota en el mar, pero confío en que va a tener alguna consecuencia positiva. En contraste con mi minúsculo aporte, hay gente como estas señoras, que están activamente haciendo esfuerzos mucho mayores, no solo aquí, sino en todos los países en donde hay venezolanos. Recuerdo especialmente el caso de los venezolanos en Chile que recolectaron un container entero de medicinas, las enviaron a Venezuela, y en el puerto las decomisaron. Igual la gente sigue intentando.

Es muy difícil ser solidario en un mundo de todos contra todos, que es en lo que se ha convertido mi país de origen, pero aun así hay muchas personas persisten, tanto dentro como afuera. Hay que seguir manteniendo viva esa llama de solidaridad, que no se apague, así sea que le estemos poniendo solo unas pequeñas ramitas.

A lo mejor tienes unas medicinas en tu casa sin usar y a lo mejor estás en un grupo de venezolanos en el extranjero. A lo mejor tú también puedes ayudar a que no se apague la llama.

O a lo mejor eres de esas personas que ya traen troncos de leña enormes, en cuyo caso me gustaría decirte que eres increíble y que te doy las gracias infinitas.

Que tengas un excelente día.

Últimamente

Últimamente, el escandaloso sol me da los buenos días todas las mañanas.

La Virgen me cuida, desde no muy lejos.

He conseguido palabras raras,

y comidas más raras aún.

He probado la paciencia de mi hijo,

He volado en un globo multicolor.

He encontrado criaturas asombrosas.

He paseado de noche,

Y de día

He viajado a la época de la colonia

He disfrutado de un espectáculo celestial

Me he conmovido con obras de arte

He llegado a las alturas Y hasta conocí gente famosa

Lo que quiero decir es que …

últimamente,

he tenido el privilegio de vivir

en este rincón de la Tierra

llamado México.

El otro lado de todos y cada uno de nosotros

 

 

 

 

La vida y la muerte nunca están en dos bordes de una cuerda mágica,

sino que hacen un palimpsesto infinito.

Life and death are never at two ends of a magical rope.

 They make an endless palimpsest.

Lidia Yuknavitch

The Misfit Manifesto

Palimpsesto: Manuscrito en el que se ha borrado, mediante raspado u otro procedimiento, el texto primitivo para volver a escribir un texto nuevo.

¿La autora quería decir que puede ser que esté escrito que voy a morir tal día, pero que la que escribe mi vida decidió que mejor no? ¿O que lo bueno, lo que hace disfrutemos la vida, puede ser borrado de repente, quedando un sentimiento de sufrimiento y muerte? ¿O que la vida y la muerte no están divididas, no son blanco y negro, sino que son como un manuscrito borroso, en donde a veces no se lee claramente, ni lo que hubo antes, ni lo que quedó después? O…

Lidia Yuknavitch ha tenido una vida muy dura. Pero cuando su bebé recién nacida murió, el dolor fue tan grande que no se pudo recuperar por mucho tiempo, y se convertió en homeless, una persona que duerme en las calles. Ella escribe en su libro:

Sospecho que hay escritores que no acudieron a la escritura como un método de sobrevivencia, para tallar un espacio en el mundo en donde pudieran encajar bien, pero yo no conozco ningún escritor así.

Yo pienso que la práctica artística es sobrevivencia.

Si pudiéramos aprender cómo escuchar a las personas de la calle, y si solo pudiéramos admitir que ellos son el otro lado de todos y cada uno de nosotros…

 

En su experiencia como persona de la calle, ella encontró muchos drogadictos, alcohólicos  y enfermos mentales, lo cual no sorprende a nadie. Lo interesante es que también consiguió que muchos de ellos habían tenido un pasado muy normal, con profesiones respetables, como médicos, abogados y profesores. Gente con familia y amigos, pero con un historial de sufrimiento inmesurable.

En otras ocasiones las personas que viven en la calle no han caido en un desasosiego espiritual, sino más bien económico. Las situación es tan fuerte que no les has quedado más remedio que vivir en la calle, pero siguen luchando. Personas que ayer se ganaban el pan de cada día trabajando, pero que en el presente no les ha quedado  más remedio que vivir en la calle. Las veo aquí en México en todas partes, siendo un caso especial para mí, el de los hondureños que pasan por esta ciudad en su camino a Estados Unidos. Los veo cuando piden ayuda en los semáforos: algunos llevan mantas enrolladas sobre sus mochilas, otros llevan una gran bandera de su país, la abren y sonríen. Yo les sonrío y a veces los ayudo. Me veo yo agarrando mi propia bandera y les deseo suerte. Les digo que son valientes y que sí pueden conseguir lo que sea por lo que estén luchando.

Cuando llevaba poco tiempo de haber llegado aquí, uno de ellos me dijo, mientras yo iba en el carro con la ventana abierta, estacionada, esperando el cambio de la luz roja:

-Yo tenía una gorra como ésa. – A lo que le contesté,

-¿Y qué pasó?

-Iba en el tren y se me cayó. Por eso me hice esto.- Señala el brazo izquierdo que tiene un yeso.

-¿Y dónde ibas en el tren? – Yo había visto un documental sobre La Bestia, la línea de tren de carga que lleva indocumentados a Estados Unidos en el techo.

-Arriba, claro.

El semáforo cambió y yo seguí mi trayecto. Probablemente él no iba a dormir en la calle esa noche, ya que aquí en Querétaro hay un albergue para personas sin casa (eso me lo contó otro de ellos con los que me había puesto a hablar antes).

Hace unos días unos muchachos que trabajan con la Agencia de la ONU para los Refugiados, ACNUR, se acercaron a mí  para hablarme sobre su trabajo ayudando a los refugiados de Siria. Yo les respondí que les deseaba mucho éxito y que recogieran muchos donativos, pero que yo quería preguntarles si sabían si México estaba dándole a los venezolanos el estatus de refugiados. El muchacho, muy empático, de repente se puso serio y me dijo: “tienes que ir a la COMAR (Comisión Mexicana de Ayuda a Refugiados) antes de que se cumplan los tres meses de haber llegado aquí. Ya nos han preguntado lo mismo varias veces”. A lo que yo les respondí: “muchas gracias, yo estoy bien, es por saber, porque hay muchos venezolanos llegando aquí”.

En alguna realidad de un universo paralelo o futuro, yo sí podría estar pidiendo esa información para mí. Todo lo que sube baja, y no sabemos hasta dónde puede llegar esa bajada, o cuán fuerte sería, o será. Como dice Lidia Yuknavich, esas personas de la calle, (o incluso, esos refugiados, añado yo) que nos parece que están en un mundo muy lejano, en realidad, son simplemente el otro lado de todos y cada uno de nosotros.

 

Buscando familiaridad en los lugares cercanos

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Querétaro, donde vivo, está instalada en el medio del semi-desierto, pero como a dos horas, más o menos, está la Sierra Gorda, en donde la vegetación cambia abruptamente y lo que se ve es una abundante vegetación semi-tropical, incluyendo cantidades de coníferas. Allí, en un caserío en el medio de la montaña, están las Grutas de la Esperanza, las cuales fueron descubiertas hace pocos años por un niño pastor.

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Como era yo la única que iba a explorar la cueva, no se molestaron en encender la planta eléctrica que la ilumina, y me enviaron con un guía de doce años con su linterna. Hicimos una caminata como de veinte minutos, y llegamos a una diminuta puerta que me recordó a Alicia en el País de las Maravillas. Así como ella, entramos, y luego descendimos, pero por escaleras.

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Estar sin iluminación era más aventurero que estar con ella, pero debo admitir que cuando mi guía me contó que había habido una explosión hacía tiempo, y que unos mineros se habían quedado atrapados adentro, y que nunca los habían sacado, empecé a ponerme intranquila. Me recordó a la película The Goonies. No tenía ganas de ver a una versión mexicana de One-Eye-Willy. No thanks.

Así que fui, y como dicen los americanos, I got the t-shirt, (compré la camiseta; en verdad compré una taza) y la pasé chévere. Me gustó mucho la cuevita, pero creo que me gustó aun más el trayecto de montaña para llegar allí.

Le he comentado este viaje a varios mexicanos y nadie ha ido a visitar esta cueva. Cada vez que me dicen eso,  recuerdo que no todos tenemos las mismas inclinaciones, ni nos hacen felices las mismas cosas. Mucho de eso tiene que ver con la personalidad de cada quien, pero también con la historia que llevamos a cuestas. Para mí, tanto la frondosidad de la Sierra Gorda, como la pequeña cueva, me hicieron sentir en casa.  Será que yo relaciono a Venezuela con naturaleza y aventura. Quizás.

 

https://www.zonaturistica.com/que-hacer-en-el-lugar-turistico/1538-420/grutas-la-esperanza-sierra-gorda.html

Abriendo un nuevo capítulo de vida

Me separé de mi esposo y por eso no me habían visto por aquí desde hace bastante tiempo. Se me destrozaron 18 años de esperanzas y sueños, y no tenía ganas de escribir.

Ya hoy, 17 de abril de 2018, he decidido regresar al blog. Voy a continuar hablando sobre creatividad, optimismo, ser padres, minimalismo, sencillez, estilo de vida responsable hacia nuestro planeta y sobre la aventura de ser una nómada terrícola.
 Hasta ahora no he hablado de mi esposo, y voy a continuar sin hacerlo. Lo que sí quisiera dejar claro es que esta separación es para siempre, no hay vuelta atrás. De hecho, recomenzar este blog es la apertura oficial de un nuevo capítulo de mi vida.

Quisiera dar las gracias a mi amiga y artista Luli Trujillo por enviarme este maravilloso video sobre creatividad que quiero compartir con ustedes (al final del post). Según este, solo el 2 – 3 % de los adultos somos creativos. Somos unas privilegiadas Luli!

Mis hijos están bien. Una separación nunca es fácil, pero cuento con los niños más resilientes de la Tierra. Yo me he tenido que inyectar coraje a fuerzas para reemplazar todas las energías que se me han ido de tanto llorar. Pero aquí sigo, vivita y escribiendo!

La vida en esta Tierra es un privilegio y quiero seguir compartiendo en este blog los apuntes que voy tomando de ella. Sin embargo,
 todos necesitamos un empujoncito. Motívenme un poquito dejándome “me gustas” , compartiendo este post y tipeando sus comentarios. Les estaré eternamente agradecida.

Les deseo que tengan un maravilloso día, y si, como yo, ven que sus sueños se desbaratan, tómense un tiempo para recomponerse y comiencen a inventarse otros. La esperanza de un futuro mejor es lo que nos mueve a seguir caminando. Si no la tenemos, hay que inventarla!