Little things that are important

white rose

It’s priceless to see my two kids informing proudly to their grandparents that there’s a new white flower. Somehow, the fact that they are witnessing it, makes the whole event theirs, not my mom’s (even though she’s the one who planted it and took care of it). Looking at the happiness in my mom’s face because finally someone could appreciate at length the importance of her plants and flowers, is priceless, too.

Same thing looking at the thrill in my brother-in-law’s eyes when S,  my five-year-old kid, was demanding gnocchi. A second later he was calling his mom to tell her about the emergency, and S got his craving handled, but first, he got a lesson on how to make gnocchi in his grandparents’ kitchen (priceless, too). Needless to say, they were also relieved that someone finally could understand the importance of gnocchi, and pasta in general.

Now, let’s talk about something I’m happy about, maybe not so poetic as flowers or pasta, but something important to me anyway. Today, July 3rd, is International Bag Free Day and the county where I live in Caracas (Alcaldía de Chacao) decided to join efforts with Tierra Viva (an ecological NGO) to promote it. So I’m thrilled to know that some else realizes the importance of some thing that I really care about!

Til’ the next post.

@chicadelpanda

bolsas

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Mosquito shock

You’d think that moving from Panama City  to Caracas is not such a big change. Well, in part that’s true. But then, every tiny thing that is actually different, startles you.

For example, there’s the bug situation. In Panama there are millions of them, but they were usually outside of our 23rd- floor apartment. In Venezuela, well, let  me quote S, my five-year-old son: “This is like a jungle: there are ants, mosquitoes, flies and bees!” The issue here is that they aren’t just an annoyance, they actually interfere with my sleep, not because they wake me up, but because they sting my kids, who are allergic, and then, they wake me up for every itch (all this wouldn’t be a big deal, except for the fact that it could happen randomly at any time, like at 3 am). But we’re solving the situation, we repaired the mosquito protection for the windows, turned on the fan and the air conditioning, and the kids are using mosquito repellent. Did I tell you that the mosquitoes stung him on an eyelid, so he spent the next morning with a half- open eye? Not funny.

Other comments from S about Caracas have been: “I don’t like this city. The buildings are dirty, I like the clean buildings of Panama”. That’s not completely true, since there’s a lot of dirty buildings in Panama too. The difference is that over there, there’s another lot of pretty, brand new buildings, that we don’t find over here. But the next day, when we were driving in the Cota Mil (the highway that is the limit between the Avila mountain and Caracas), he yelled, “Wow, this country is so big!” So I presume the city might be a little bit more interesting for him now.

Until the next post!

Aunque muchas cosas cambian, otras no

 

Punky Brewster :)

“¡Espera!”, le dije a mi “persona normal”. Mi persona normal soy yo, de entre ocho y doce años (hacía unos días S , mi hijo de cinco años, me había dicho que “las personas normales” eran chiquitas e iban al colegio; eran niños, pues). “Quería decirte que te quiero mucho; y que aunque muchas cosas no van a salir como esperabas, lo bueno es que algunas de esas cosas terminan siendo mucho mejor de lo que te imaginabas. También quería decirte que he decidido que voy a cambiar mi color preferido. A partir de hoy, en vez de verde, será blanco (así es, ya hace mucho rato que el color morado no es tu color preferido). Es que, ¿Sabes? Aunque muchas cosas cambian, otras no”.

 

@chicadelpanda

¡Quiero millones!

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Hace poco decidimos comprar un Wii Mini, a insistencia de los niñitos. El acuerdo fue que ellos nos daban el dinero que tenían ahorrado en sus alcancías, y nosotros poníamos lo que faltaba. Yo feliz, ellos felices, magnífico. Hasta ayer…

Como me faltaba comprar algunos útiles escolares, le digo a S, mi hijo de cinco años, que vamos a ir un momentito a la librería, y que después íbamos a la casa. Así que llegamos al sitio, y mientras estoy haciendo una pequeña cola para pagar, S se consigue una moneda de un centavo. Por unos segundos se contentó, pero de la nada se puso a gritarme, mientras empleadas y compradores hacían de público cautivo:

– ¡Yo tenía muchas monedas! ¡Tú me las quitaste!

– Pero, S, vamos a empezar a coleccionarlas de nuevo…

– ¡Yo no quiero una sola moneda! ¡¡Yo quiero millones!! -, e inmediatamente tira al piso el centavito con todas sus fuerzas-, ¡ Yo no quiero una sola moneda ! ¡¡ Yo quiero millones!!

– S, pero ¿Te acuerdas qué hicimos con esas monedas? El Wii…

-¡Yo quiero muuuuchas monedas! ¡¡Quiero millones!! -, y así mini Dr. Jekill desapareció y apareció mini Mr. Hyde, y no iba a desaparecer, hasta que todo lo que tuviera que botar, hubiera sido botado. Being there, done that. Paciencia.

Nos fuimos caminando de regreso, y un par de veces se sentó en el piso de la acera, con brazos y piernas cruzadas, mientras seguía con el grito de guerra “¡Yo no quiero una moneda! ¡¡Quiero millones!!” Como ya sé que no hay  nada que yo pueda hacer para que Mr. Hyde desaparezca, sencillamente no hablé más y me limité a esperarlo mientras él decidía levantarse de nuevo. Por fin, llegamos a la casa, y gracias a Dios, encontró el Ipad, y se transformó de nuevo en menos de cinco minutos en el dulce niño que usualmente es. Lo más irónico es que hacía un par de días yo le había asegurado a una amiga que S ya no tenía berrinches, que ya había superado esa etapa.

Cuando me pasan estas cosas, me entra la duda de si les estoy enseñando algo a mis hijos. A veces siento que, no importa lo que haga, ellos terminan haciendo y pensando lo que les dé la gana, o para ponerlo más bonito, que ellos terminan “agarrando su camino”. Yo con tanto empeño en cultivar que si valores humanos, que si el valor del dinero, qué se yo, y él pegando gritos en la calle diciendo “que quiere millones”.  A veces siento que soy Debra en Everybody Loves Raymond y que Frank y Marie (sus suegros) se  ríen de mí mientras me ven empeñándome en hacer las cosas by the book.

@chicadelpanda

Las personas normales

 

– Cuando tu tía M tenía dos años, yo tenía diez – le digo a S, mi hijo de cinco años.

– ¡Jajaja! – se ríe, divertidísimo. Luego me pregunta, – ¿Y cuándo nacieron Ito y Ita?

– Hace mucho tiempo… hace sesenta y cuatro años.

– ¿Y por qué son tan old?

-¿Por qué son tan… vie… mayores? -, cuando uno no sabe qué contestar, repite la pregunta para ganar tiempo. ¿Por qué son tan… ? ¿Por qué?

-Bueno, ellos son mi mamá y mi papá… así que cuando yo nací, cuando yo era niña, ellos ya eran adultos. Tenían que ser adultos para cuidarme a mí y a tus tías -. Me sonríe y comienza a decir, más para él mismo que como parte de la conversación, mientras mira el techo, acostado en su cama:

-Las personas normales, las personas chiquitas, que van al colegio, tienen abuelos y nonnas.

¿”Las personas normales”? No dijo “niños”, sino las “personas normales chiquitas que van al colegio”. Aparentemente, para él, todos los demás no somos normales. Por cierto, el otro día le pregunté “¿Cuál es tu color favorito?” y me respondió (como persona normal que es): “azul, pero cuando tenía cuatro años era rojo. Y cuando tenga seis, será naranja”. Y como yo quiero ser un poco más  normal, decidí que cuando tenga un año más, mi color favorito no será verde, como es ahora, sino blanco. He dicho.

@chicadelpanda

Reajustando metas

Cerros Cedro,  Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

Cerro Cedro, Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

“Cuando era adolescente, me imaginaba a mí misma, en el futuro, subiendo montañas”, le dije una vez a una amiga que acababa de regresar de una expedición en el norte de México. “Pero aun puedes”, me respondió y yo le sonreí. “Quién sabe, a lo mejor sí, a lo mejor no”.

Desde los ocho hasta los dieciocho años fui Guía Scout, y luego formé parte de un club excursionista por un tiempo cuando estaba en la universidad. Entre muchas excursiones, las más demandantes fueron a La Silla, al Hotel Humboldt y al Pico Naiguatá en el entonces Parque Nacional el Ávila (Caracas), así como haber subido el Pico Humboldt (Mérida, Venezuela) dos veces (solo hasta Laguna Verde). La primera vez que subí el Humboldt, nuestros guías eran dos aventureros profesionales, para quienes hacer dicha excursión era como subir a Sabas Nieves (un sitio popular en el Ávila, que se sube después de unos exigentes treinta minutos, si estás en buena forma). Uno de ellos era oficialmente fotógrafo, mientras que el otro era aventurero/ guía/ escritor. Este último una vez nos contó que se había ido a trabajar en un buque  salmonero en Alaska.

Me acordé de él, pues hace poco terminé de leer el libro Into the Wild basado en una historia de la vida real (se podría traducir como Hacia la Naturaleza Salvaje), en la que un joven de 23 años,  Chris Mc Candles, muere en pleno corazón de la naturaleza en Alaska, a mediados de los noventa, después de haber vivido allí, completamente solo, por varios meses. El muchacho venía de una familia muy acomodada, y luego de haberse graduado de una de las universidades más prestigiosas de su país, decidió donar el dinero que tenía y desaparecer por dos años mientras viajaba como vagabundo por Estados Unidos y México. Su historia es muy interesante, y mientras yo leía el libro, pude revisitar imágenes de la película del mismo nombre, así como disfrutar de nuevo, en mis pensamientos, el soundtrack del vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre la película y el libro. En la película se hace énfasis en la rebeldía del muchacho en contra de sus padres, quienes se preocupan por mantener una imagen de perfección que no coincidía con la realidad. En el libro, sin embargo, el autor (el periodista y escritor John Krakauer) hace énfasis en el carácter aventurero del muchacho, quien seguía una pasión interna, una necesidad de hacer lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias. El autor explica que para él fue también un imperativo contar la historia de Mc Candles en un libro (ya había realizado un exitoso reportaje) pues él se sentía identificado con el joven. En su libro cuenta, no solo la historia de Mc Candles, sino también la historia de otros aventureros que tuvieron con destinos trágicos similares. También relata su propia gran aventura en Alaska (siendo él mucho más joven) cuando se fue solo a escalar, por semanas, a una montaña solitaria, llena de cascadas congeladas y glaciares con precipicios. Toda la expedición fue espeluznante, pero jamás olvidaré las astas de cortina que anudó en cruz,  para luego amarrarlas a él mismo, arrastrándolas por la nieve, como precaución si pisaba un glaciar débil que pudiera tener un precipicio abajo (el quedaría colgado de ellas). El hecho de que Mc Candles hubiera muerto y él no, dice Krakauer, era pura suerte (él también, como mi guía aventurero, había viajado en un buque salmonero en Alaska, en donde trabajó para pagar el viaje).

¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud?

No sé si algún día suba montañas como lo hice hace años (por cierto, hablo de “subir” caminando, o hiking, nunca llegué a escalar, no soy tan valiente) pero no me siento frustrada (aunque cuando hice el comentario con el que empecé, hace ya unos siete años, sí lo estaba), pues ya he aceptado que no se puede hacer todo en la vida. He cambiado el sueño de grandes montañas por  excursiones cortas a las que he podido ir con mi familia, como la Quebrada Quintero en el Ávila en Caracas, el Cerro San Cristóbal en Chile, o el Cerro Cedro (Parque Metropolitano) en Ciudad de Panamá. En ellos he compartido con mi familia, no solo la alegría de caminar por un sendero natural, sino la vista que se aprecia desde lo alto y la satisfacción de haber llegado a una meta.

Sin embargo, me emociona mucho cuando veo en Facebook que alguien de mis conocidos o amigos ha coronado una montaña, o ha logrado hacer una gran excursión con la que soñaba. Me gustaría que supieran que me transportan dentro de sus fotos hasta los maravillosos paisajes en donde estuvieron y que desde detrás de esta pantalla les estoy aplaudiendo ¡Bravo!

@chicadelpanda

La escena del crimen futuro

Lo que voy a relatar puede hacerte entender por qué  esa señora con niñitos a la que le hablaste una vez, no te escuchó (razón: es posible que se parezca a mí).

Cuando estoy fuera de mi casa y mis hijos están presentes (mientras más pequeños, peor), aunque parezca que estoy teniendo una entretenida conversación con alguien,  en realidad, estoy trabajando. A menos que me encuentre en mi casa, o de visita en casa de alguien con hijos de la misma edad que los míos, en donde la casa sea segura para ellos (o child proof, como dicen en Estados Unidos), no me puedo relajar completamente.  ¿Qué sucede en mi mente cuando acabo de llegar a un sitio  (ya sea la casa de alguien, un restaurant, o donde sea) y estoy con niños? Como si alguien me acabara de dar una orden que debo atacar, me transformo en una especie de Sherlock Holmes o agente de CSI , pero a la inversa: en vez de revisar y escanear la escena “después” del crimen, reviso y escaneo la escena “antes” del crimen.  ¿Qué crimen? El que pueda cometer alguno de mis hijos en daños a bienes materiales. También me convierto en inspectora de seguridad, para verificar el nivel de probabilidad de que pueda ocurrir algún accidente en que ellos estén involucrados.

La inspección comienza por el piso: busco  alfombras caras o antiguas a las que les pueda caer un jugo encima (si los niñitos están aprendiendo a caminar, también veo si el piso es demasiado duro), si hay escaleras de las que se puedan caer (el nivel de peligrosidad va acorde a la edad del niño, evidentemente) y si éstas tienen baranda o una puertita que las bloquee. Luego voy subiendo la vista para verificar si hay enchufes sin tapar, y si estos tienen cables conectados a alguna lámpara bellísima de piso que pueda caerse estrepitosamente si alguien las tropieza, o si esos cables están conectados a equipos electrónicos caros, como computadoras o televisiones de pantalla plana que puedan caerse fácilmente. Continúo detallando las mesitas de sala, si son de vidrio y si tienen puntas; idem con la del comedor. Chequeo si hay alguna otra mesa llena de portarretratos enmarcados en vidrio, y si hay adornos de porcelana o similares a la altura del niño (si mi hijo tuviera aun de uno a tres años, lo más probable es que, si tuviera confianza, le pidiera a la dueña de la casa que los quitara, y si no la tuviera, que ya estuviera decidiendo que la visita iba a ser muy breve, pues preferiría pasar la vergüenza de irme antes, a la vergüenza de que mi hijo rompiera algún adorno irremplazable). También me fijo si hay algún perro y qué tan inofensivo puede ser. En caso de que haya jardín, veo dónde podría esconderse algún animal (como una culebra, por ejemplo); si hay líquidos tóxicos para mantenimiento de jardín, o de limpieza, o si hay herramientas peligrosas al alcance de los niños. Me fijo  si hay una piscina sin cerca, y si hay balcones o ventanas sin rejas ni redes de seguridad, así como si hay alguna posibilidad de que los niños abran la puerta y salgan a la calle sin ser vistos. También si hay algún bebé solo en alguna habitación (aún recuerdo el cuento de una amiga, cuyo hijo de cuatro años estuvo a milímetros de darle un caramelo en la boca a un bebé que estaba en una cuna).  También me fijo si hay puertas de vidrio demasiado limpias  y sin calcomanías de advertencia,  que pasen desapercibidas por algún niño que pueda estrellarse contra ellas corriendo, rompiendo el vidrio. Cuando mis hijos eran menores de tres años, también estaba atenta a cosas pequeñas que se pudieran llevar a la boca y atragantarse (como piedritas de decoración o piezas pequeñas de juguetes de algún niño mayor). Atención, todo esto pasa en mi mente mientras estoy sentada “conversando” con alguien, no es que estoy como Sherlock literalmente buscando con una lupa.

De todo lo que veo, nada dispara tanto las señales de alarma respecto al incremento de probabilidades de que ocurra un crimen hacia la propiedad, como un sofá blanco, inmaculado. Cuando esto sucede, me provoca fingir que me siento mal y decir que me tengo que ir, mientras me convenzo que esa medida es mejor que poner una cinta amarilla que diga “escena de crimen  futuro, no traspase “. El nivel de paranoia crece cuando me dicen “es que es de diseñador, lo trajimos desde Italia mandado a hacer exclusivamente” o aun peor, “este sofá era de mi bisabuelo, toda una antigüedad”. En ese momento veo una película mental con la serie de sofás que hemos tenido en los diferentes sitios en que hemos vivido, con todo lo que les ha caído encima, desde compotas, pasando por Cheerios, leche y otras sustancias que no refiero aquí, por no causar demasiada repugnancia,  pero que quienes son padres saben perfectamente cuáles son. Pero la resignación vence, y entonces decido que yo misma me voy a convertir en cinta amarilla de advertencia, y así termino pasando el resto de la estadía haciendo de vigilante ad honorem del sofá (y de los niñitos, claro).

El trabajo de niñera /guardaespaldas llegó a su punto máximo cuando mis hijos tenían entre uno y tres años, y desde allí ha bajado de intensidad de manera continua, gracias a Dios. En aquellas épocas, era probable que, si estaba acompañada de mi esposo,  no hubiera hecho ninguna inspección ocular del sitio, sino que simplemente nos hubiéramos turnado a perseguir a la criatura (mientras el otro socializaba). Pero si estaba sola, las probabilidades de tener una conversación coherente conmigo, eran bastantes pocas, sobre todo en la  era pre Ipad o pre Iphone. Es por eso que bendigo a los fulanos aparaticos, porque mientras mi hijo menor S se concentraba jugando con alguno de ellos, por ese ratito, así fuera por diez minutos, yo podía dejar de trabajar, y así darme el lujo de intercambiar varias  frases con otro ser un humano.

@chicadelpanda