¿Qué es eso de voz que “solo se usa afuera”?

Hace poco vi un video que me hizo reír tanto, que le di replay varias veces. En el mismo se muestra primero a una mamá americana, calmada, pidiéndole a su hijo que por favor ordenara la habitación. Inmediatamente sale la mamá “latina” pegando gritos, haciendo más desorden. Me reí mucho porque me sentí identificada (los miles de comentarios del video demuestran que no soy la única, por cierto). Sin embargo, no son todas las latinas así; las venezolanas y colombianas sí (con excepciones) pero definitivamente no las chilenas. Hoy por fin encontré una imagen/ infográfico que me puede ayudar a explicar este situación. Digamos que hay niveles de voz, como a continuación:

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Hace un par de años, cuando mi hija regresó de su primer día de clases en Panamá (nos habíamos mudado de Chile) su primer comentario fue “¡Esos niños son muy ruidosos!”. Mi teoría es que había pasado del nivel 0 (silencio total, nadie estás hablando, el silencio es oro) y 1 (conversación de espía, solo una persona puede oírte) de sus compañeros de clases en Santiago,  al nivel 4 (alto, como para presentarse ante un gentío, todos pueden oírte) de sus compañeros en Panamá. Yo jamás oí los niveles 4  ni 5 (fuera de control, voz de recreo, “nunca” usada adentro) en Chile… mentira, cómo no, cada vez que dos venezolanos se unían, subían a 5, y cualquier chileno a 1 km a la redonda se volteaba a mirar qué estaba pasando. Estoy hablando que minutos después del terremoto del 2010 de 8.8 grados, mis vecinos continuaban hablando en el nivel 2 (fluidez lenta, pequeño grupo de trabajo, solo el grupo puede escucharte), como que “aquí no ha pasado nada” (eso de voz  “fuera de control,” no existe para los chilenos en circunstancias normales, aunque puede que haya excepciones en alguna que otra marcha). Es parecido a como es la gente en París en ese respecto. Recuerdo una vez que se me ocurrió hablar en un nivel 4 a la señora que me hospedaba (porque ella estaba en la parte de abajo de una escalera y yo en la parte de arriba), y  se ofendió terriblemente porque yo no había bajado a hablarle de cerca (mientras que yo, por supuesto, no entendía por qué se había molestado). Después de una semana en la ciudad, más o menos, entendí que nadie hablaba en un tono de voz 4 o 5.

Por otro lado, los venezolanos y panameños saben que existe el nivel 0 por algunas misas y ocasiones esporádicas similares. Pero no hay nada que le estrese más a un venezolano que el nivel 0 en una conversación(el silencio no es oro, definitivamente): inmediatamente lo remedian, no lo soportan, así sea para decir “parece que pasó un ángel” para hacer que la gente sonría. Hablé en tercera persona porque ya, después de años viviendo afuera, se me ha quitado un poco esa costumbre (aunque está volviendo ahora que vivo en Panamá); pero todavía tengo que resistir el impulso primario de rellenar los vacíos de silencio.

¿Quiénes hablan con un tono de voz más alto? Solo puedo decir, de mi propia experiencia, que venezolanos, panameños e italianos del sur (aparentemente los colombianos también) están empatados. Eso de que exista un tono de voz “que no se use adentro” nos deja perplejos… ¿Pero cómo? Si hasta nuestras mamás lo usan, jeje. Aquí les dejo el link a la página  de Facebook del humorista Matthew Windey   para que se rían bastante.

 

@chicadelpanda

 

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Reajustando metas

Cerros Cedro,  Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

Cerro Cedro, Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

“Cuando era adolescente, me imaginaba a mí misma, en el futuro, subiendo montañas”, le dije una vez a una amiga que acababa de regresar de una expedición en el norte de México. “Pero aun puedes”, me respondió y yo le sonreí. “Quién sabe, a lo mejor sí, a lo mejor no”.

Desde los ocho hasta los dieciocho años fui Guía Scout, y luego formé parte de un club excursionista por un tiempo cuando estaba en la universidad. Entre muchas excursiones, las más demandantes fueron a La Silla, al Hotel Humboldt y al Pico Naiguatá en el entonces Parque Nacional el Ávila (Caracas), así como haber subido el Pico Humboldt (Mérida, Venezuela) dos veces (solo hasta Laguna Verde). La primera vez que subí el Humboldt, nuestros guías eran dos aventureros profesionales, para quienes hacer dicha excursión era como subir a Sabas Nieves (un sitio popular en el Ávila, que se sube después de unos exigentes treinta minutos, si estás en buena forma). Uno de ellos era oficialmente fotógrafo, mientras que el otro era aventurero/ guía/ escritor. Este último una vez nos contó que se había ido a trabajar en un buque  salmonero en Alaska.

Me acordé de él, pues hace poco terminé de leer el libro Into the Wild basado en una historia de la vida real (se podría traducir como Hacia la Naturaleza Salvaje), en la que un joven de 23 años,  Chris Mc Candles, muere en pleno corazón de la naturaleza en Alaska, a mediados de los noventa, después de haber vivido allí, completamente solo, por varios meses. El muchacho venía de una familia muy acomodada, y luego de haberse graduado de una de las universidades más prestigiosas de su país, decidió donar el dinero que tenía y desaparecer por dos años mientras viajaba como vagabundo por Estados Unidos y México. Su historia es muy interesante, y mientras yo leía el libro, pude revisitar imágenes de la película del mismo nombre, así como disfrutar de nuevo, en mis pensamientos, el soundtrack del vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre la película y el libro. En la película se hace énfasis en la rebeldía del muchacho en contra de sus padres, quienes se preocupan por mantener una imagen de perfección que no coincidía con la realidad. En el libro, sin embargo, el autor (el periodista y escritor John Krakauer) hace énfasis en el carácter aventurero del muchacho, quien seguía una pasión interna, una necesidad de hacer lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias. El autor explica que para él fue también un imperativo contar la historia de Mc Candles en un libro (ya había realizado un exitoso reportaje) pues él se sentía identificado con el joven. En su libro cuenta, no solo la historia de Mc Candles, sino también la historia de otros aventureros que tuvieron con destinos trágicos similares. También relata su propia gran aventura en Alaska (siendo él mucho más joven) cuando se fue solo a escalar, por semanas, a una montaña solitaria, llena de cascadas congeladas y glaciares con precipicios. Toda la expedición fue espeluznante, pero jamás olvidaré las astas de cortina que anudó en cruz,  para luego amarrarlas a él mismo, arrastrándolas por la nieve, como precaución si pisaba un glaciar débil que pudiera tener un precipicio abajo (el quedaría colgado de ellas). El hecho de que Mc Candles hubiera muerto y él no, dice Krakauer, era pura suerte (él también, como mi guía aventurero, había viajado en un buque salmonero en Alaska, en donde trabajó para pagar el viaje).

¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud?

No sé si algún día suba montañas como lo hice hace años (por cierto, hablo de “subir” caminando, o hiking, nunca llegué a escalar, no soy tan valiente) pero no me siento frustrada (aunque cuando hice el comentario con el que empecé, hace ya unos siete años, sí lo estaba), pues ya he aceptado que no se puede hacer todo en la vida. He cambiado el sueño de grandes montañas por  excursiones cortas a las que he podido ir con mi familia, como la Quebrada Quintero en el Ávila en Caracas, el Cerro San Cristóbal en Chile, o el Cerro Cedro (Parque Metropolitano) en Ciudad de Panamá. En ellos he compartido con mi familia, no solo la alegría de caminar por un sendero natural, sino la vista que se aprecia desde lo alto y la satisfacción de haber llegado a una meta.

Sin embargo, me emociona mucho cuando veo en Facebook que alguien de mis conocidos o amigos ha coronado una montaña, o ha logrado hacer una gran excursión con la que soñaba. Me gustaría que supieran que me transportan dentro de sus fotos hasta los maravillosos paisajes en donde estuvieron y que desde detrás de esta pantalla les estoy aplaudiendo ¡Bravo!

@chicadelpanda

El color de las nubes

FullSizeRenderEstá S, mi hijo de cuatro años, pintando y yo lo interrumpo, “¡No! Las nubes no son negras!”, a lo que él no me responde, sino que sencillamente se me queda mirando con cara, de ¿Qué le pasa a mi mamá? De repente entiendo. “Ok, está bien, tienes razón, sí son negras… pero a veces son blancas”.

Lo que sucede es que vivimos en Ciudad Panamá, uno de los sitios con mayor precipitación en el mundo. Aquí llueve frecuentemente (varias veces a  la semana, con tormentas, rayos y demás) durante unos 8 o 9 meses al año. Sin embargo, la época seca es bastante predecible, comienza a finales de diciembre y termina a finales de marzo. A esta época la llaman “verano”, y coincide con las vacaciones escolares. En el grupo de extranjeras viviendo en Panamá al que pertenezco en Facebook, ya he leído varias veces comentarios angustiados preguntando, durante uno de esos aguaceros en que hasta las luces automáticas se encienden a las tres de la tarde, si es que eso es normal. “Así es”, se apresuran a responder las demás, “es normal”.

FullSizeRender(2)Sin embargo, la lluvia no hace que la temperatura baje (ok, baja un grado o dos, ¿pero cuál es la diferencia entre 32C y 30C?). En la época en que nos encontramos ahora, verano, baja también un poco la temperatura (yo creo que llegó a 25C en la noche el otro día) y en general el clima se hace más agradable, no por el descenso del calor, sino porque se hace más seco. Hace unos meses (cuando todavía llovía mucho), la humedad era tan intensa, que me vino un pensamiento mientras caminaba en el estacionamiento de mi edificio: esto es lo que se siente estar dentro de una sopa. Ahora ya no es así, e incluso durante el día sopla bastante viento. Por cierto, si vas a caminar por la calle en esta época de verano, no te pongas vestido ni faldas que puedan dejarte cual Marilyn Monroe en la foto famosa, porque eso mismo es lo que te va a pasar… a “una amiga” ya le pasó una vez.

@chicadelpanda

 

Mañanitas con una noche tan preciosa

Con un poco de vergüenza admití el otro día que no me sabía bien la letra del cumpleaños panameño. Luego una venezolana recién llegada a Panamá me miró con cara de extrañada: pero si cantar cumpleaños es como cantar “Los Pollitos Dicen”, todo el mundo lo sabe, me imagino que habrá pensado, porque yo pensé algo parecido hace unos años, cuando me di cuenta que en México no cantaban Cumpleaños Feliz.

En Venezuela se canta el Cumpleaños Feliz después de haber cantado Hay Qué Noche Tan Preciosa. Sin embargo, en cada  cumpleaños mío durante mi infancia y adolescencia, mi familia me despertaba en mi habitación, me ponían los regalos en mi cama, y me cantaban  Las Mañanitas. Luego, en la tarde o noche, me cantaban también el cumpleaños venezolano completo (excepto en mi fiesta de dieciséis años, en que además me cantaron Las Mañanitas en la noche, pues me habían llevado mariachis). Cuando muchos años después asistí por primera vez a un cumpleaños de un amiguito de mi hija en Guadalajara, fue una sorpresa para mí que cantaran Las Mañanitas, en la tardecita y frente al pastel de cumpleaños (y no en las mañanas, en mi cama, como me las cantaban a mí). Aquella vez me quedé esperando a que cantaran el Cumpleaños Feliz (suponía que, como nosotros lo cantábamos después de Una Noche Tan Preciosa ellos lo iban a cantar después de Las Mañanitas también), hasta que me di cuenta que era eso y ya. Nada de Hay Qué Noche Tan Preciosa + Hay Qué Noche Tan Preciosa Versión Humor + Cumpleaños Feliz + Cumpleaños Feliz en idioma extranjero de preferencia la familia  ¡Ni siquiera hubo que volver a prender las velas de lo rápido qué fue! ¡Ni siquiera salió nadie de la familia a decir “¡No apagues las velitas, que todavía falta!” ¡Nadie al final amenazando con cantar “Que cumplas uno, que cumplas dos…!” Jeje.

Aquí les dejo en video las versiones del Cumpleaños Feliz  en Venezuela, México, Panamá y Chile, así como  una de las versiones humorísticas de la canción Hay Que Noche Tan Preciosa (tomado de http://bit.ly/1wS8A6D) . ¡Qué tengas un gran día!

Hay Qué Noche Tan Preciosa versión humor

¡Ay! que noche tan preciosa, y horrorrosa
es la noche de tu día
todo lleno de alegría
en esta fecha natal fatal, fatal, fatal…
Tus más íntimos amigos y enemigos
esta noche te acompañan, tomando caña
te saludan y desean tremenda pea
un mundo de felicidad. felicidad, felicidad
Yo por mi parte deseo tirarme un peo
lleno de luz este día,
todo lleno de alegría
en esta fecha natal fatal, fatal, fatal…
Y que esta luna plateada y oxidada
brille su luz para ti, y para mi
y ruego a Dios porque pases
un cumpleaños feliz. la noche haciendo pipi, con lo pañales que te di, que me costaron 30 mil, que los compre en el Sambil con mi tarjeta Mercantil.

 

Cumpleaños feliz venezolano:

Cumpleaños feliz mexicano (aunque Alejandro Fernández cambia la música al final)

Cumpleaños feliz panameño:

Cumpleaños feliz chileno:

 

@chicadelpanda

 

¡Ya está disponible “Siete Maletas” en Kindle! Gratis por 5 días

Con mucha felicidad les anuncio que

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¡Pronto llega a Kindle el libro Siete Maletas!

Aquí les dejo una muestra de las 220 anécdotas del libro “SIETE MALETAS,” que entre risas y lágrimas describe nuestras experiencias en el exterior.

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NIÑAS GLOBALIZADAS

Estoy con R en un parque, cuando una niñita de más o menos la misma edad se le acerca y le dice:
-Me llamo Matilda ¿Quieres jugar conmigo?
-Sí claro.
-¿Quieres jugar a los países?
– Mmmm… Qué tal si mejor jugamos a…
Entonces yo intervengo y le digo, “pregúntale cómo se juega, a lo mejor te gusta”. Así que mi hija le dice:
– Bueno, ok.
Se van un poco más lejos, pero yo todavía las oigo. Matilda dice:
– Tú vas a ser un país y yo otro, escoge un país.
– ¡Caracas!
– ¿Qué es eso? ¿Estás segura que es un país?
– Mmm… No, como que es una ciudad.
-Tiene que ser un país.
– ¡África!
-¿Estás segura que es un país?
-Nooo…
-Tiene que ser un país.
-¡México!
-¿Estás segura que es un país?
-Sí, yo viví ahí.
-Le voy a preguntar a mi nana.
La niñita le pregunta a la nana, “¿México es un país?” quien verifica, “Sí, México es un país”, así que Matilda le dice a mi hija:
-Muy bien, México sí es un país. Tú eres México. Yo soy París.

 

Oídos prestados

 

 

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De repente ayer, un día como cualquier otro, me traen el café más bello de mi vida, y además, con la imagen de un oso (si esto no es una señal del destino, no sé qué es, jeje). Así que  me tocó escribir. No he estado posteando con regularidad porque estoy  editando un libro con lo mejor de este blog, y como he estado blogueando desde el 2010, me está tomando una buena tajada de tiempo; pero estoy feliz pues ya por fin se le está viendo forma.

He estado trabajando en cafés, en mi casa, en la biblioteca, e incluso en gran parte de las dos semanas de vacaciones de mamá que estuve en Caracas (fui  a visitar a mis papás, sin mis hijos). Sin embargo,  en los cafés aquí en Ciudad de Panamá, aunque he hecho todo lo posible en concentrarme en lo mío, no  he podido dejar de prestar atención a las entrevistas de trabajo, o de agentes de bienes raíces, a venezolanos que, según he podido oír sin querer-queriendo, acaban de llegar. Algunas parecen legítimas, pero en otras me provoca voltearme y decirles “¡Huye por la derecha!” Ya se verá  en qué terminará este experimento social en que tanta gente preparada llega a un país tan pequeño, en tan poco tiempo (no son solo venezolanos, por cierto, también están llegando, pero en menor cantidad, argentinos, españoles e italianos).

Volviendo a lo del libro, espero tenerlo listo pronto y que lo disfruten, para que vean, oigan y sientan con los ojos, oídos y piel, no solo míos, sino de mis hijos también, ya que los mundos de otros enriquecen los propios. Por ejemplo  anteayer S (mi hijo menor de cuatro años) me dijo, mientras ordenaba su cuarto: “mami escuché una ballena” y yo sorprendida y maravillada a la vez, pues hacía unos pocos minutos había terminado la práctica de una banda marcial colegial que tenemos cerca, la cual me estaba volviendo loca. Es decir, yo malhumorada por  el estruendo, y él escuchando  ballenas, desde el mismo apartamento y casi al mismo tiempo (él las “oyó” después de que terminara el ruido) “¿De verdad?” le pregunto, y me dice “sí, estaba ahí en el mar”, y señala hacia el Océano Pacífico, el cual se ve desde su habitación. “¿Y yo la puedo oír?” le pregunté y me dijo sin mirarme, mientras seguía ordenando sus juguetes, “sí”. Sonreí, mientras pensaba, gracias S por prestarme tus oídos para oír ballenas. Te quiero.