Norte en la brújula

En este momento, marzo de 2019, Venezuela y los venezolanos, tanto dentro como fuera de ella, tenemos la esperanza puesta en el Presidente Juan Guaidó, su equipo, en los venezolanos mismos, y en la comunidad internacional.

Es curioso cómo, cuando se sabe hacia a dónde se va, y qué se quiere, se empiezan a ver resultados diferentes.

El discurso del Presidente no es nada del otro mundo. Lo que tiene de diferente es la claridad de sus objetivos: 1- Cese de usurpación 2-Gobierno de transición 3- Elecciones libres. Las ganas de sacar a Maduro son las mismas que antes, la crisis humanitaria es la misma, hasta se podría decir que son los mismos protagonistas, porque aunque a Juan Guaidó no lo conocíamos, sí conocíamos a Leopoldo López, y la oposición venezolana ha tenido vida prácticamente desde que Chávez entró al poder. La diferencia es la claridad de los objetivos, lo cual ha motivado a su vez, el gran apoyo internacional con el que se cuenta ahora.

Algo así me ha pasado a mí últimamente. Estuve sin norte en mi brújula por mucho tiempo, pero hace poco vi con claridad lo que quería. Ya me puedo imaginar un futuro en el que mis hijos y yo estemos felices, así como los venezolanos ya nos estamos imaginando el futuro de una Venezuela feliz.

Hoy me siento como Venezuela, con un norte y objetivos claros. Vamos bien.

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Casi cuarenta y cinco años

Hace más o menos un año, cuando ya llevaba unos seis meses separada, se me metió en la cabeza que cuando cumpliera cuarenta y cinco años, iba a estar en la mejor forma que haya estado en mi vida.

Mi cumpleaños va a ser en una semana más o menos, y ya cumplí mi meta. En teoría me iba a tomar una foto en bikini, pero todavía no estoy tan valiente, jaja.

Ayer una amiga me pidió la receta y le mandé un mensajito con la carita que tiene los dientes tensos, que decía: “Divorciarse”.

También podría añadir: montar bicicleta, yoga, caminar, nadar, hacer senderismo, correr, escalar, bailar… Qué me falta? El clima de México para estar al aire libre sin problemas, así como unas ganas desesperadas de salir de la casa y ser libre.

Este fin de semana por fin subí hasta las antenas del Parque Nacional Cimatario de Querétaro (llevaba tiempo queriendo hacerlo) y uno de los guías del parque me ofreció bajarme en su cuatrimoto. Le dije que sí (porque me encantan las cuatrimotos, y porque así protegía mis rodillas) y me monté detrás de él, mientras leía un poco escéptica, una calcomanía que decía que no debía subirse nadie como pasajero. Pero decidí hacerle caso omiso, porque cuando había empezado a subir, había visto a un señor de la tercera edad bajando del cerro montado como pasajero en una cuatrimoto también, así que me dije “si él se atreve, yo también” (aunque para ser honesta, no tener casco me tenía un poquitín preocupada).

Apenas me subí, recordé lo divertido que lo pasé en California el año pasado, haciendo lo mismo, pero manejando yo. El señor, como si me hubiera leído el pensamiento, me preguntó que si quería manejar, y le dije “es que no me atrevo”, mientras me reía para mis adentros, oyendo una vocecita imaginaria que decía, “mentirosa!” Lo que pasa es que no me encantaba la idea de que el guía me estuviera abrazando por detrás para sujetarse mientras yo manejaba.

Al día siguiente fui a Comonfort, un pueblito mágico que queda a una hora de aquí, con la intención de tomarme la foto histórica de mis cuarenta y cinco años. Caminé un rato por el centro, y le pedí a un par de personas que me tomaran unas fotos. Misión cumplida! Y regresé a mi casa, manejando feliz, por las autopistas Guanajuato.

Pan aquí y allá

Me he divertido mucho viendo la cara de asombro de varias personas aquí en Querétaro, cuando saco pan artesanal del congelador y lo meto en el hornito. “Metes el pan en el congelador?!”

“Sí, lo pones en una bolsa plástica (no he conseguido alternativa aun; reúso dichas bolsas, por cierto) y cuando te lo quieres comer, lo pones en el hornito, bien bajito, por unos cinco minutos, y ya lo tienes como si lo acabaras de comprar”.

A mí me encanta el pan baguette (canilla, en Venezuela) y el bolillo (en México es un pancito como para un sandwich o “torta”), por lo que casi siempre tengo en casa. “Hay de estos panes en Venezuela?” me han preguntado, y como siempre, depende del cuándo. Antes sí había, parecido, en todas las panaderías, ahora es difícil conseguirlo.

Cuando viví en Caracas de mediados de 2015 a mediados de 2016, había que estar pendientes en dónde había, para salir a comprar antes de que se acabara. Yo nunca hice cola para comprar pan (no me parecía que valía la pena, y podía comprar alternativas más caras) pero sí lo compré racionado: “no, señora, solo puede llevarse dos”, me dijeron varias veces.

Una de las personas que se asombró porque yo congelaba el pan me dijo, “qué curioso, aquí nadie sabe eso, se nos echa a perder”. El otro día, cuando fui a un mini supermercado, el cual es la versión baratona, más feíta y más chiquita de Walmart (Bodegas Aurrera Express), vi con tristeza que un empleado sacaba una bolsa enorme y transparente, arrastrándola de tanto que pesaba, llena de bolillos, fruta y vegetales. Se imaginan para dónde iba. Casi me parece una grosería decirlo aquí.

Ayer, de nuevo, me dijo un mexicano, “qué mal por lo que está pasando tu país, igual que México”.

Es como si uno tratara de convencer a un ciego de que existe el color rojo (pun intended, como diría mi hija).

“No, México está un millón de veces mejor que Venezuela, aunque la situación está cambiando con AMLO”, respondí.

Es muy difícil imaginar algo si no se ha vivido. En México, donde hay tortillas en cada esquina, en donde hay tanto pan que se bota, es inimaginable un país en donde no se ve pan, ni arepas (el equivalente de las tortillas) por días, incluso meses. En México, que cada año se pelea con Estados Unidos por el puesto uno y dos de los países con más obesidad en el mundo, es inimaginable que alguien muera por inanición.

Sin embargo aquí estoy, tratando de hacer que la gente lo imagine. Nadie puede sentir empatía hacia lo que no ve.

Certeza

Quiero ser

una palabra

serena y clara.

(Canción de Amaia Montero).

Qué bonito es ser auténtico,

qué relajante es ser transparente,

qué valiente es decir la verdad,

aunque no nos guste,

aunque nos haga quedar mal.

Una persona con integridad es hermosa,

una persona que sabe por qué actúa, espectacular,

una persona que sabe dónde está su centro, ilumina.

Qué sabroso es escuchar una palabra que contiene una verdad

qué satisfactorio es leer una palabra que no dé lugar a dudas

Certeza es la palabra que quiero ser hoy.

Tengo la certeza de quién soy, aun cuando a veces no pueda distinguir el horizonte.

Tengo la certeza de ser amada por Alguien que es mi testigo eterno.

Tengo la certeza de ser especial, aunque pocos lo vean.

Tengo la certeza de que mis hijos son un privilegio de la vida.

Tengo la certeza de que seguiré bajando y subiendo en esta montaña rusa de la vida.

Cuando la bajada me de miedo, me agarraré más duro y gritaré groserías al viento…

pero no me voy a caer.

Cuando esté subiendo, disfrutaré el paisaje todo lo que pueda,

y cuando vaya en horizontal

aceptaré la rutina.

Hoy siento que voy subiendo,

mañana, quién sabe.

The invisible job

My job as a mom of a nine-year-old boy and a fourteen-year-old teenager in a small city if Mexico, involves the following, daily:

– 1 1/2 hrs after waking up, preparing breakfast and a snack for school.

– 20 minutes in each meal washing dishes, pots, etc, equal to 1 hr.

– 1/2 hr doing laundry (washing, hanging to dry, folding and putting away clothes and other items).

– 1 1/2 hrs driving my kids to and from school.

– 1 hr of miscellaneous activities, such as taking the kids to the doctor, dentist, orthodontist, barber, parties, invitations, school activities, buying groceries, supplies for school, etc.

– 1/2 hr preparing lunch, and another half hour preparing dinner, equal to 1 hr.

– 1/2 hr “taking them to bed” (making them take a shower, brush their teeth, turn off electronics, etc).

Total of hours of daily invisible work: 7 hrs

As you can see, I still haven’t added anything related to cleaning up the house, or the car, but it usually takes me 3 hrs cleaning up our apartment, and an hour to wash my car, weekly.

Weekly hours of invisible job: 39 hrs.

Well, I just wanted to put this in the open. Being a stay-at-home mom is a job, an unpaid and invisible one, but a job, nonetheless (most of all when you don’t have absolutely any help, paid or unpaid).

Oh! I almost forget. I also work on weekends, taking care of the kids and making meals, except, sometimes, when I have two whole free weekend-days every two weeks. Which makes another 4 1/2 hours on each Saturday and Sunday, but since I have a weekend off every two weeks, the total amount of weekly invisible job as a mom is actually 43 1/2 hrs.

Why the need to clarify this issue all of a sudden? Because yesterday, the insurance agent told me that since I did not have any income, they might turn down my request to get insured (even if I intend to pay a whole year at once; she says I might need somebody else, who has an income, to explain where that money came from, and I explained my situation, that the alimony is still not oficial because the court is taking longer than expected, that I can’t “work” because of my immigrant status doesn’t allow me to, etc) and she said that it didn’t matter, and that insurance companies could be that strict. That it was not her fault.

“How do all stay-at-home moms who are divorced get insured, then?” I asked. “Oh”, she said, like if I was asking an obvious question. “They don’t get insured. It’s too expensive” (she is divorced, and is not insured, for example; she’s a working – grandmother, that has been working in the field for forty years).

Interesting.

Las Personas Altamente Sensibles

Hace poco compartí un post en Facebook que dio mucha risa. Así decía:

Hay gente q no soporta cierta ropa, zapatos, etc. Debo admitir q sabía q me estaba mintiendo, pero es que… yo soy igualita 🙈😬😅

Yo, esta mañana: “S. hoy tienes q ir de gala, ponte el chaleco”

Él: « No mami, yo le pregunté a la profesora y me aseguró q no hacía falta ».

Sucesivamente puse una foto en donde se veían todos los alumnos de tercer y segundo grado, con sus chalecos azules, y en el medio, como un lunar, se veía un niño de blanco, sin chaleco (se imaginan quién era).

A todo el mundo le dio risa, menos a una persona, quien me dijo que ella también tenía un hijo así y me pidió que le diera tips.

Ese día me reí con la foto en cuestión, pero la realidad es que la mayoría de las veces no ha sido así. Mi hijo S y yo somos Personas Altamente Sensibles, lo cual no es un nombre que me acabo de inventar para justificar una malcriadez. Ser una Persona Altamente Sensible es real.

Conseguí un artículo muy bueno que explica qué es ser una PAS (link al final). Quisiera citar de allí lo siguiente:

Quizás lo más importante es saber que, como se trata de un rasgo, no se puede hablar de una cura. La alta sensibildad por lo tanto, no es algo que se puede curar. 

Se puede encauzar, pero no se puede curar, repito, no es que a fuerzas, obligando al niño, lo vas a curar.

Les cuento mi experiencia. Hasta el sol de hoy, mis padres cuentan de aquella vez cuando yo tenía cuatro años, en la que me quedé sin ir a un paseo a los bomberos porque no soportaba unas medias. La opción era “o te pones la medias o no vas”.

Lo que recuerdan mis papás es que me dieron una lección, mientras lo que yo recuerdo fue haber evitado toda una mañana de tortura, así como un alivio inmenso, cuando me dejaron en la casa.

Volviendo al caso de mi hijo. Yo sabía que me estaba mintiendo, pero si lo obligaba a ponerse el chaleco se iba a sentir mal de repente, lo cual usualmente es que le duele la barriga o le empieza a picar la garganta, se angustia, y empieza a decir que no puede respirar bien.

Yo sé que él ya estaba haciendo un esfuerzo enorme en ir al evento en cuestión, pues tampoco los soporta, imagino que por lo alto que suenan los micrófonos cuando la gente habla, o cuando tocan el himno. En otras ocasiones, en que en el colegio hay celebraciones especiales, a las que él no ha querido ir, pero a las que yo lo he obligado asistir, terminan llamándome del colegio porque S se siente mal. Es posible que haya habido algo de actuación en el asunto, pero sé, porque lo he visto en otros sitios en que hay demasiado desorden de gente, que su angustia y sufrimiento es real.

Cuando lo busqué al colegio el día del acto cívico, le dije que tenía una foto que demostraba que sí necesitaba el chaleco. Él empezó a mentir de nuevo (esta vez cambió el cuento, y en vez de decir que era la profesora, dijo que había hablado con la directora) y lo corté en seco. “S, yo no te voy a obligar a que te pongas nada. Tú escoge lo que te vayas a poner, si te regañan o te castigan, tú enfrentas las consecuencias; pero no me vuelvas a mentir”. Se quedó tranquilo.

Ser una PAS quiere decir que oyes cosas que más nadie oye, hueles cosas que más nadie huele, etc. Por ejemplo, si yo entro a un Starbucks sin música, tengo que hacer un esfuerzo para calmarme hasta que compro el café y huyo a la parte de afuera, o hasta que le pido gentilmente al personal que por favor (por piedad, en realidad) enciendan la música. Por qué? Porque oigo TODO: las licuadoras encendidas, las bebidas que sirven, el vapor de la máquina de café, las conversaciones de cada una de las personas, las puertas que abren y cierran, la gente abriendo los sobrecitos de azúcar y Splenda …

En realidad eso sucede cuando estoy acompañada. Cuando estoy sola, y no hay música, me pongo mis audífonos, y solo me los quito para pedir mi bebida. Así me evito la ansiedad que me causa tener que oír todo.

Otra cosa que oigo es a la gente comer, así sea que estén con la boca cerrada. Por mucho tiempo me decía a mí misma: “Es una tontería, no le hagas caso y ya”. Resultado? El “no le hagas caso y ya” se transformaba en un mal humor terrible que no sabía de dónde venía. Ahora que ya sé que no soy la única y que hay gente como yo, lo que hago es que SIEMPRE pongo música de fondo en cada comida que se hace en mi casa y ya. Yo feliz, y todos felices.

Una de las desventajas de tener un sentido de la audición tan agudo es que me despierto por cualquier cosa. Sin embargo, en raras ocasiones esto puede ser una ventaja. En el terremoto de Chile de 2010, el cual fue en la madrugada, yo me desperté al comienzo del mismo porque oí un juguete en la habitación de mi hija que se había encendido repentinamente al caerse. Fue por eso que nos dio tiempo de buscar a nuestros hijos antes de la peor parte del terremoto, la cual pasamos mi ex y yo, con nuestros hijos en brazos (si nos hubiéramos levantado unos segundos más tarde, no hubiéramos podido llegar a ellos, pues no se podía caminar, dada la intensidad del terremoto que iba en incremento).

Mis sentidos del gusto y del olfato son más agudos de lo normal, pero los de mi hijo son increíbles. Si le preparas algo ligeramente diferente, él se da cuenta (es por eso que tratar de engañarlo para que coma, diciéndole que X cosa es otra, jamás ha servido). Él come una variedad muy pequeña de alimentos y eso no me hace la vida fácil. Pero el lado bueno es que se da cuenta cuando algo está en mal estado, evitándonos posteriores dolores gástricos por comer algo dañado, por ejemplo (más de una vez me ha señalado que tal cosa no está buena, y cuando leo la fecha de expiración, me doy cuenta que el producto ya se había vencido).

El hecho de que uno no pueda sentir (tanto en tacto como en gusto) oír, oler o ver algo, no quiere decir que no exista. Yo lo que le puedo decir a los padres de niños altamente sensibles es que les crean. No están inventando.

Uno siente el mundo de manera intensa, para bien, o para mal, y si ellos les dicen que tal estímulo hace que se sientan mal, ansiosos, o incómodos, créanles. Mi hijo se puso a inventar “que la profesora dijo” porque sabía que era más probable que yo creyera eso, a la verdad, que era que él iba a sufrir si tenía que ponerse ese chaleco por la hora entera que duraba el acto.

Como con cualquier otro aspecto de la vida, la aceptación de las diferencias de los otros, nos hace mejores seres humanos. En realidad nosotros, las Personas Altamente Sensibles, aceptamos las diferencias de los demás todos los días. Solo esperamos que hagan lo mismo con nosotros.

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Link de la cita:

https://www.personasaltamentesensibles.com/alta-sensibilidad/

1983

A esta niñita que ven en la foto (que soy yo como a los nueve años), le encantaba estar narrando todo lo que pasaba a su alrededor (solo en su mente, escuchándose a ella misma). Lo hacía de manera simultánea a cómo sucedían las cosas, mientras la demás gente iba por la vida actuando de manera normal. A veces también lo hacía en tiempo pasado o en tiempo futuro, o incluso con personajes ficticios. Era como si estuviera leyendo o escribiendo un libro de manera paralela a su vida real.

Quizás por eso, si le hacían una pregunta inesperada, la sacaban de onda, y tenían que repetírsela (porque obviamente, si estás escribiendo, y un personaje de tu historia de repente te habla, te sorprendes).

Unos treinta y cinco años después, ella sigue con la misma costumbre, con la diferencia de que ahora sí se pone escribir en su smartphone todo su relato, para que otras personas puedan “escuchar” lo que pasa por su cabeza.

Con la edad también ha aprendido a no estarse echando cuentos mientras está socializando con otra gente, sino a hacerlo solo cuando se sienta a escribir el blog (ok, así es en la teoría, en la práctica a veces se me va el rollo y me pongo a narrar mientras estoy con otras personas, lo cual a veces se manifiesta como “falta de atención” pero que en verdad es demasiada atención en otra cosa en la que no se supone que uno debería estar pensando).

Aun recuerdo la alegría, a esa edad, de ver una hoja escrita en una máquina manual (no era eléctrica, aunque ya existían en esa época; en mi casa había una, pero no nos la dejaban usar). Haber pasado de allí, a redactar un blog en el ciberespacio, es como haber pasado de moverme en carro, a teletransportarme a otra galaxia. Pero aunque sea así de maravilloso, cuando veo una máquina de escribir manual, aun se me revuelve el corazoncito…

Mmm, me acabo de dar cuenta quién escogió, desde mi inconsciente, el cuadro de una máquina de escribir que tengo en mi cuarto. De hecho, la máquina de escribir que teníamos era muy parecida a la del cuadro.

Qué curioso cómo mi niña interna sigue aun tomando decisiones sin que me de cuenta.

Gracias por leerme! Hasta el próximo post.