Little things that are important

white rose

It’s priceless to see my two kids informing proudly to their grandparents that there’s a new white flower. Somehow, the fact that they are witnessing it, makes the whole event theirs, not my mom’s (even though she’s the one who planted it and took care of it). Looking at the happiness in my mom’s face because finally someone could appreciate at length the importance of her plants and flowers, is priceless, too.

Same thing looking at the thrill in my brother-in-law’s eyes when S,  my five-year-old kid, was demanding gnocchi. A second later he was calling his mom to tell her about the emergency, and S got his craving handled, but first, he got a lesson on how to make gnocchi in his grandparents’ kitchen (priceless, too). Needless to say, they were also relieved that someone finally could understand the importance of gnocchi, and pasta in general.

Now, let’s talk about something I’m happy about, maybe not so poetic as flowers or pasta, but something important to me anyway. Today, July 3rd, is International Bag Free Day and the county where I live in Caracas (Alcaldía de Chacao) decided to join efforts with Tierra Viva (an ecological NGO) to promote it. So I’m thrilled to know that some else realizes the importance of some thing that I really care about!

Til’ the next post.

@chicadelpanda

bolsas

Anuncios

¡Quiero millones!

calvin-angry-calvin--26-hobbes-318681_366_362

Hace poco decidimos comprar un Wii Mini, a insistencia de los niñitos. El acuerdo fue que ellos nos daban el dinero que tenían ahorrado en sus alcancías, y nosotros poníamos lo que faltaba. Yo feliz, ellos felices, magnífico. Hasta ayer…

Como me faltaba comprar algunos útiles escolares, le digo a S, mi hijo de cinco años, que vamos a ir un momentito a la librería, y que después íbamos a la casa. Así que llegamos al sitio, y mientras estoy haciendo una pequeña cola para pagar, S se consigue una moneda de un centavo. Por unos segundos se contentó, pero de la nada se puso a gritarme, mientras empleadas y compradores hacían de público cautivo:

– ¡Yo tenía muchas monedas! ¡Tú me las quitaste!

– Pero, S, vamos a empezar a coleccionarlas de nuevo…

– ¡Yo no quiero una sola moneda! ¡¡Yo quiero millones!! -, e inmediatamente tira al piso el centavito con todas sus fuerzas-, ¡ Yo no quiero una sola moneda ! ¡¡ Yo quiero millones!!

– S, pero ¿Te acuerdas qué hicimos con esas monedas? El Wii…

-¡Yo quiero muuuuchas monedas! ¡¡Quiero millones!! -, y así mini Dr. Jekill desapareció y apareció mini Mr. Hyde, y no iba a desaparecer, hasta que todo lo que tuviera que botar, hubiera sido botado. Being there, done that. Paciencia.

Nos fuimos caminando de regreso, y un par de veces se sentó en el piso de la acera, con brazos y piernas cruzadas, mientras seguía con el grito de guerra “¡Yo no quiero una moneda! ¡¡Quiero millones!!” Como ya sé que no hay  nada que yo pueda hacer para que Mr. Hyde desaparezca, sencillamente no hablé más y me limité a esperarlo mientras él decidía levantarse de nuevo. Por fin, llegamos a la casa, y gracias a Dios, encontró el Ipad, y se transformó de nuevo en menos de cinco minutos en el dulce niño que usualmente es. Lo más irónico es que hacía un par de días yo le había asegurado a una amiga que S ya no tenía berrinches, que ya había superado esa etapa.

Cuando me pasan estas cosas, me entra la duda de si les estoy enseñando algo a mis hijos. A veces siento que, no importa lo que haga, ellos terminan haciendo y pensando lo que les dé la gana, o para ponerlo más bonito, que ellos terminan “agarrando su camino”. Yo con tanto empeño en cultivar que si valores humanos, que si el valor del dinero, qué se yo, y él pegando gritos en la calle diciendo “que quiere millones”.  A veces siento que soy Debra en Everybody Loves Raymond y que Frank y Marie (sus suegros) se  ríen de mí mientras me ven empeñándome en hacer las cosas by the book.

@chicadelpanda

Las personas normales

 

– Cuando tu tía M tenía dos años, yo tenía diez – le digo a S, mi hijo de cinco años.

– ¡Jajaja! – se ríe, divertidísimo. Luego me pregunta, – ¿Y cuándo nacieron Ito y Ita?

– Hace mucho tiempo… hace sesenta y cuatro años.

– ¿Y por qué son tan old?

-¿Por qué son tan… vie… mayores? -, cuando uno no sabe qué contestar, repite la pregunta para ganar tiempo. ¿Por qué son tan… ? ¿Por qué?

-Bueno, ellos son mi mamá y mi papá… así que cuando yo nací, cuando yo era niña, ellos ya eran adultos. Tenían que ser adultos para cuidarme a mí y a tus tías -. Me sonríe y comienza a decir, más para él mismo que como parte de la conversación, mientras mira el techo, acostado en su cama:

-Las personas normales, las personas chiquitas, que van al colegio, tienen abuelos y nonnas.

¿”Las personas normales”? No dijo “niños”, sino las “personas normales chiquitas que van al colegio”. Aparentemente, para él, todos los demás no somos normales. Por cierto, el otro día le pregunté “¿Cuál es tu color favorito?” y me respondió (como persona normal que es): “azul, pero cuando tenía cuatro años era rojo. Y cuando tenga seis, será naranja”. Y como yo quiero ser un poco más  normal, decidí que cuando tenga un año más, mi color favorito no será verde, como es ahora, sino blanco. He dicho.

@chicadelpanda

Medio dormida

I'm working. Don't come any closer unless you have #coffee. I need this poster-sized for my cubicle!

Una amiga muy sinceramente me dijo “por lo que más te felicito respecto a tu libro es que hayas tenido la voluntad de escribirlo todas las noches”. “Gracias” , le dije , mientras pensaba, ésta es una de las mejores felicitaciones que me han dado (¿O se lo dije? No me acuerdo). Esta amiga es una colega mamá, reconoce el esfuerzo. Da las felicitaciones con conocimiento, con experiencia.

Lo que no le admití ese día fue que yo casi nunca escribo en las noches. Es más, no sé cómo hay personas, mamás sobre todo, que logran hacer algo en la noche. No sé si sea una cuestión de ciclos circadianos, de si uno es morning person  o no, o qué; pero yo en la noche usualmente estoy tan agotada que me duermo a la misma hora que los niñitos. En mi caso, el hecho de que casi siempre escriba en las mañanas se debe a que sigo medio dormida cuando empiezo a escribir.

Cuando pasé de 4to a 5to grado de bachillerato, pasé un mes de “verano” internada en una escuela militar. No, no era un castigo, sino una recompensa, ya que había sido escogida, junto con otros 120 muchachos en todo el país, para hacer un curso de preselección para unas becas en las que podríamos  cursar toda la carrera en el extranjero. La cuestión es que parte de la rutina diaria era que venía la banda marcial  a la ventana de nuestro “dormitorio”, la cual hacía que me temblara toda la cama y del susto, temblando todavía, caminaba hasta las duchas, abría una,  y me metía debajo del agua helada, mentando la madre, pero demasiado dormida como para hacer otra cosa. Todos los días hacía lo mismo, y todos los días yo era la primera en ducharme (de la “habitación” de como veinte mujeres en la que dormía yo). ¿Por qué la obsesión de salir disparada de la cama a la ducha apenas escuchaba la diana? Porque estaba convencida de que era la única manera de que me duchara todos los días. A esa hora, medio dormida todavía, iba como zombi al baño; pero más tarde, despierta, con mi cerebro funcionando, a sabiendas de que me esperaba el horror de esa agua fría, estaba segura de que iba a pasar un mes sin bañarme.

Así me pasa ahora: usualmente, si no escribo a primera hora, cuando estoy todavía medio dormida, no lo hago, ya que más tarde empieza la vocecita de la racionalidad: “no, no escribas de eso porque, X, Y o Z”, y termino no escribiendo nada. Ya se me acabó el café… así que hasta aquí llegué (por hoy, solo por hoy).

@chicadelpanda

La escena del crimen futuro

Lo que voy a relatar puede hacerte entender por qué  esa señora con niñitos a la que le hablaste una vez, no te escuchó (razón: es posible que se parezca a mí).

Cuando estoy fuera de mi casa y mis hijos están presentes (mientras más pequeños, peor), aunque parezca que estoy teniendo una entretenida conversación con alguien,  en realidad, estoy trabajando. A menos que me encuentre en mi casa, o de visita en casa de alguien con hijos de la misma edad que los míos, en donde la casa sea segura para ellos (o child proof, como dicen en Estados Unidos), no me puedo relajar completamente.  ¿Qué sucede en mi mente cuando acabo de llegar a un sitio  (ya sea la casa de alguien, un restaurant, o donde sea) y estoy con niños? Como si alguien me acabara de dar una orden que debo atacar, me transformo en una especie de Sherlock Holmes o agente de CSI , pero a la inversa: en vez de revisar y escanear la escena “después” del crimen, reviso y escaneo la escena “antes” del crimen.  ¿Qué crimen? El que pueda cometer alguno de mis hijos en daños a bienes materiales. También me convierto en inspectora de seguridad, para verificar el nivel de probabilidad de que pueda ocurrir algún accidente en que ellos estén involucrados.

La inspección comienza por el piso: busco  alfombras caras o antiguas a las que les pueda caer un jugo encima (si los niñitos están aprendiendo a caminar, también veo si el piso es demasiado duro), si hay escaleras de las que se puedan caer (el nivel de peligrosidad va acorde a la edad del niño, evidentemente) y si éstas tienen baranda o una puertita que las bloquee. Luego voy subiendo la vista para verificar si hay enchufes sin tapar, y si estos tienen cables conectados a alguna lámpara bellísima de piso que pueda caerse estrepitosamente si alguien las tropieza, o si esos cables están conectados a equipos electrónicos caros, como computadoras o televisiones de pantalla plana que puedan caerse fácilmente. Continúo detallando las mesitas de sala, si son de vidrio y si tienen puntas; idem con la del comedor. Chequeo si hay alguna otra mesa llena de portarretratos enmarcados en vidrio, y si hay adornos de porcelana o similares a la altura del niño (si mi hijo tuviera aun de uno a tres años, lo más probable es que, si tuviera confianza, le pidiera a la dueña de la casa que los quitara, y si no la tuviera, que ya estuviera decidiendo que la visita iba a ser muy breve, pues preferiría pasar la vergüenza de irme antes, a la vergüenza de que mi hijo rompiera algún adorno irremplazable). También me fijo si hay algún perro y qué tan inofensivo puede ser. En caso de que haya jardín, veo dónde podría esconderse algún animal (como una culebra, por ejemplo); si hay líquidos tóxicos para mantenimiento de jardín, o de limpieza, o si hay herramientas peligrosas al alcance de los niños. Me fijo  si hay una piscina sin cerca, y si hay balcones o ventanas sin rejas ni redes de seguridad, así como si hay alguna posibilidad de que los niños abran la puerta y salgan a la calle sin ser vistos. También si hay algún bebé solo en alguna habitación (aún recuerdo el cuento de una amiga, cuyo hijo de cuatro años estuvo a milímetros de darle un caramelo en la boca a un bebé que estaba en una cuna).  También me fijo si hay puertas de vidrio demasiado limpias  y sin calcomanías de advertencia,  que pasen desapercibidas por algún niño que pueda estrellarse contra ellas corriendo, rompiendo el vidrio. Cuando mis hijos eran menores de tres años, también estaba atenta a cosas pequeñas que se pudieran llevar a la boca y atragantarse (como piedritas de decoración o piezas pequeñas de juguetes de algún niño mayor). Atención, todo esto pasa en mi mente mientras estoy sentada “conversando” con alguien, no es que estoy como Sherlock literalmente buscando con una lupa.

De todo lo que veo, nada dispara tanto las señales de alarma respecto al incremento de probabilidades de que ocurra un crimen hacia la propiedad, como un sofá blanco, inmaculado. Cuando esto sucede, me provoca fingir que me siento mal y decir que me tengo que ir, mientras me convenzo que esa medida es mejor que poner una cinta amarilla que diga “escena de crimen  futuro, no traspase “. El nivel de paranoia crece cuando me dicen “es que es de diseñador, lo trajimos desde Italia mandado a hacer exclusivamente” o aun peor, “este sofá era de mi bisabuelo, toda una antigüedad”. En ese momento veo una película mental con la serie de sofás que hemos tenido en los diferentes sitios en que hemos vivido, con todo lo que les ha caído encima, desde compotas, pasando por Cheerios, leche y otras sustancias que no refiero aquí, por no causar demasiada repugnancia,  pero que quienes son padres saben perfectamente cuáles son. Pero la resignación vence, y entonces decido que yo misma me voy a convertir en cinta amarilla de advertencia, y así termino pasando el resto de la estadía haciendo de vigilante ad honorem del sofá (y de los niñitos, claro).

El trabajo de niñera /guardaespaldas llegó a su punto máximo cuando mis hijos tenían entre uno y tres años, y desde allí ha bajado de intensidad de manera continua, gracias a Dios. En aquellas épocas, era probable que, si estaba acompañada de mi esposo,  no hubiera hecho ninguna inspección ocular del sitio, sino que simplemente nos hubiéramos turnado a perseguir a la criatura (mientras el otro socializaba). Pero si estaba sola, las probabilidades de tener una conversación coherente conmigo, eran bastantes pocas, sobre todo en la  era pre Ipad o pre Iphone. Es por eso que bendigo a los fulanos aparaticos, porque mientras mi hijo menor S se concentraba jugando con alguno de ellos, por ese ratito, así fuera por diez minutos, yo podía dejar de trabajar, y así darme el lujo de intercambiar varias  frases con otro ser un humano.

@chicadelpanda

Anécdotas de niños de cinco años

El otro día una amiga me comentó que de pequeña había incendiado su casa. ¿¡Cómo?! En realidad, no había sido toda la casa, sino solo su habitación: cortinas, muebles, juguetes, todo se quemó. Ella había encontrado una calcomanía que no le gustaba y decidió quemarla prendiéndola con unos fósforos. Cuando ella pensó que ya se había apagado, la lanzó a la papelera. Eso fue todo; tendría unos cinco años.

Cuando mi mamá tenía cinco años también,  a ella y a su amiguita (quien luego se convirtió más tarde en mi madrina), se les ocurrió no volver al salón después del recreo, sino ir a explorar unas torres que estaban construyendo en su colegio para jugar en los andamios. Mi abuelo tenía en esa época un cargo importante en el gobierno, y cuando se notó la ausencia de las niñas, todo el mundo pensó que las habían secuestrado. Mi mamá me cuenta que recuerda estar viendo los carros de la policía, así como la conmoción de todo el mundo, desde una de las torres, escondida con su amiguita, y que no querían salir de allí por miedo a que las regañaran. Luego las consiguieron, y las regañaron,  delante de todo el colegio.

Cuando yo tenía cinco años aproximadamente, jugando en una playa a tirarnos piedras (como si fueran pelotas) le di  justo en la frente a la niñita con la que estaba jugando. Recuerdo el sangrero y que tuvimos que salir lo más rápido posible de la isla para que le cosieran puntos. La más perpleja de todos era yo, nunca me hubiera imaginado que eso podía pasar.

Cuando mi hija mayor R tenía cinco años y S acababa de nacer, también ocurrió un casi desastre. Estoy entrando en mi habitación y veo que R está alzando con ambas manos un cojín enorme en forma de corazón  para ponérselo en la cara al bebé que estaba en la cuna. A mí se me detuvo el tiempo como en las películas mientras daba los pasos para quitarle el cojín de las manos. R se me quedó mirando y simplemente me dijo “es que estaba llorando”. Suspiré hondamente, y acto seguido  le expliqué la situación.

En una  ocasión, una profesora de yoga me contó que de pequeña ella se ponía a abrir las medicinas de la mamá, y que las probaba con su hermana para ver qué hacían. Los cuentos que he oído de “casi desastre” por niñitos de cuatro o cinco años que se ponen a abrir la puerta del carro mientras éste está andando, son unos cuantos también.

La cuestión es: los niños no son adultos chiquitos, y mientras más pequeños, menos tienen conciencia del peligro. Muchas cosas que para los adultos son locas e impensables, para los niños no lo son. Es solo una pequeña reflexión que quería compartir. ¡Que tengas un gran día!

@chicadelpanda

¿Quién vive en el Cielo?

-Padre Nuestro que estás en el Cielo, santificado…

– ¿Quién vive en el Cielo?- me preguntaste, e inmediatamente me imaginé una bella ciudad… pero tú esperabas una respuesta.

-Los ángeles… y Dios y la Virgen… y la gente que se muere, sigue viviendo en el Cielo. Sus almas, que no se ven (todos la tenemos dentro, pero no se ve) sigue viviendo en el Cielo. Ellos nos cuidan.

-¿Y cómo son?

-Nadie sabe-, pero decidiste no prestarme atención.

-¿Mañana me enseñas por internet?

– Ok.

-¿Van con un cohete?-, y por supuesto me imaginé dentro de un cohete…

-No.

-¿Y cómo van sin aviones, helicópteros ni cohetes?

– No sé.

Al día siguiente me acordé de cómo se solucionaba el problema del transporte hacia el Cielo.

-¿Tú querías que te enseñara la gente que vive en el Cielo por internet, verdad? Así son los ángeles. Cuando la gente se muere, al alma le salen unas alitas y se va al Cielo. ¿Eso era lo que querías ver?

-Sí- y saliste corriendo de la habitación.

Te perseguí para preguntarte algo más, pero no llegué a hacerlo. Me habías revuelto el universo de arriba a abajo, y cuando salí de la conmoción, aún aturdida, tú ya estabas trabajando con tus legos… dándole los toques finales a tu invención.

@chicadelpanda