¿Gritar? Los adultos no, los niños sí

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“You are not obligated to respect adults

if they do not respect you”

(Encontrado en Pinterest; guardado en 1.1 K boards.

“No estás obligado a respetar a los adultos si ellos no te respetan”)

Imagina a una niña que está a punto de ser víctima de abuso sexual. Tomemos en cuenta que el abuso sexual en niños, o incluso en adolescentes, usualmente no incluye violencia, ya  que en la mayoría de los casos, el crimen es perpetrado por un adulto de confianza (familiar, maestro, cuidador, sacerdote, etc) que sabe que tiene control sobre el menor, y que lo puede manipular, ya sea con amenazas, o peor, convenciéndolo de que lo que van a hacer está bien.

Dicha niña sabe que tiene que respetar a los adultos, a como de lugar. Ha sido enseñada a ser una niña buena. Cuando en su casa algo le disgusta, y se le ocurre reclamar a sus padres, es inmediatamente callada. Lo mismo en la escuela. ¿Gritar a sus padres porque piensa que le están haciendo una injusticia? Si ella hiciera eso, la castigarían. Ella sabe que jamás una niña decente le grita a un adulto, ya sea un familiar, maestro, cuidador, sacerdote, etc.

Sus padres le han educado en prevención de abuso sexual. Le han puesto videos muy apropiados al tema, en donde le explican que si alguien le hace algo que no le gusta, o le pide hacer algo que no le gusta, debe “GRITAR, decir no, y pedir ayuda”.

Pero esa niña una vez, hace tiempo, le gritó a un adulto. Como respuesta, tuvo más gritos, regaños, reprimendas y castigos. El adulto le gritó de vuelta, culpándola por exactamente lo mismo que ella reclamaba con sus gritos. Ella aprendió que los adultos siempre saben más que los niños, pues ya están crecidos; que los niños no saben, pues apenas están aprendiendo.

Si mis hijos piensan que estoy siendo injusta con ellos, o que les estoy faltando el respeto de alguna forma, tienen todo el derecho de gritarme. Yo no soy infalible por el hecho de ser adulto. También es posible que si me gritan, no tengan la razón. O que se deba simplemente a que tuvieron un mal día, y que estén gritando inapropiadamente. Igual los dejo, porque tienen el derecho de cometer errores. Lo que sí estoy segura es que quiero que ellos sepan que tienen que exigir respeto siempre, no importa que sea de su mismísima mamá.

Pero, si mis hijos me gritan, me estarían faltando el respeto, ¿no?

Así es. Pero ¿es que sí me van a respetar, si yo no les permito gritar, gritándoles castigos y amenazas como respuesta?

No. Lo que van a hacer es tenerme miedo, no me van a respetar.

Sin embargo, si me controlo, y les hablo de manera firme, puede que si lo hagan.

(Me viene a la mente una imagen de Trump y otra de Obama ¿Quién quiero ser?)

Para mí es importante que mis hijos sepan, que si para protegerse, ellos deben faltarme el respeto a mí, o a cualquier otro adulto, que tienen todo el derecho de hacerlo. En otras palabras, que pueden gritarme. El adulto siempre estará en una posición de ventaja, simplemente por ser adulto, y los niños tienen derecho a defenderse con las únicas armas que tienen: gritar, decir no, y pedir ayuda.

Si hay personas que no debemos gritar, ni en el hogar, ni en ninguna otra parte (a menos que estemos en una marcha, un concierto, o a punto de ser víctimas de agresión sexual o física) somos los adultos. Nosotros somos los crecidos, los que debemos saber controlar nuestras emociones.

Por otro lado, pienso que muchos problemas de depresión, ansiedad, transtornos alimenticios y adicciones, se hubieran podido evitar si a esas personas les hubieran permitido expresarse en su casa libremente, cuando eran niños o adolescentes. Si hubieran podido hablar, sin temor a ser juzgados, burlados, callados, o castigados. Los niños y adolescentes sienten una gran impotencia cuando no se toman en cuenta sus opiniones o sus sentimientos, y a veces el grito es lo primero que se les ocurre para llamar nuestra atención. A lo mejor, si hubieran podido gritarles a sus padres, no habrían tenido que callar sus gritos con adicciones, reorientar su agresividad hacia ellos mismos (o hacia los demás), o llamar la atención por medio de mal comportamiento.

Los adultos de la casa, son los padres. Los que tenemos infinidad de recursos y libertades para lidiar con nuestras rabias, somos los adultos. Nosotros somos los que debemos controlarnos, los que no debemos gritar. Nuestros hijos no tienen nuestros recursos: no tienen la madurez para evaluar una situación que causa stress, no pueden ir a un psicólogo por cuenta propia, no pueden ponerse a hacer un curso de yoga o meditación si así lo desean, no pueden o no saben cómo expresarse apropiadamente, no tienen dinero a su disposición, sus vidas dependen casi completamente de las decisiones de sus padres, en fin, el control que tienen sobre su vida es muy limitado, y a veces lo único que pueden hacer, o que se les ocurre hacer, es gritar. Nosotros, los adultos, tenemos muchas otras opciones.

Así que en mi casa, mis hijos pueden gritarme. La que no puede, o no debe gritar, soy yo. Esta afirmación no es un reflejo de mi vida, pues lamentablemente, he gritado mucho. Sin embargo, sí es mi propósito: cero gritos de mi parte, y cuando ellos griten, infinita paciencia, zen mode, y averiguar qué es lo que está pasando, sin gritar de vuelta. Si hay alguien que debe comportarse de manera madura, soy yo.

Video de prevención de abuso sexual: El libro de Tere  https://www.youtube.com/watch?v=d6jlo2OFKXQ

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Buscando huevos en Caracas

Anteayer el gobierno decidió que el precio justo de los huevos era 65% menos de lo que estaba, así que el cartón de 30 huevos quedó en 420 bolívares. El día en que salió la noticia yo estaba muy ocupada, pero al día siguiente fui a comprarlos, ya que sabía que iban a empezar a escasear (cada vez que el gobierno le pone “precio justo” a  algo, ese algo empieza a escasear porque nadie quiere vender ni producir perdiendo dinero). Así que voy a un supermercado y veo que la puerta del mismo está cerrada, junto con un cartel que dice “no hay sistema”. Hay un muchacho cuidando a la entrada y le pregunto si  es que no están abiertos, y me dice que sí, pero que no puedo comprar nada pesado. “¿Cómo que pesado?” , le pregunto, “como las frutas, que se tengan que pesar”. “Ok, no hay problema”. Paso, e inmediatamente el muchacho cierra la reja de la entrada. Adentro hay dos Guardias Nacionales. Mmm, como que ni este supermercado que es más pequeño  se salva  (todos los supermercados grandes tienen la presencia intimidante de uno o dos Guardias Nacionales, por lo menos). Le pregunto a uno de los muchachos que trabajan adentro si tienen huevos: “no señora, ayer vinieron y se lo llevaron todo”. I’m still a rookie, me tardé mucho.  Compro algunas cosas y me voy a otro supermercado.

Llegando veo que hay una cola como de cincuenta personas afuera (ya se están especializando, muchos trajeron paraguas para protegerse del sol)  y que el estacionamiento está full. No puedo evitar pensar que, aunque este socialismo nos ha jalado a todos hacia abajo, todavía hay una gran diferencia: los que hacen la cola afuera y los que entran directo a comprar dentro del supermercado, como yo, que tenemos plata “de más” como para comprar frutas y vegetales, (o para comprar a bachaqueros  -revendedores- o  para almacenar algunos productos y no tener la urgencia de tener que comprar cualquier cosa que saque el gobierno). Le pregunto al vigilante del estacionamiento: “y esa cola ¿Para qué es?” “Para huevos”. ¡Huevos! Yo quiero huevos, quién sabe cuándo se consigan otra vez. Nunca he hecho una cola de ésas, pero a lo mejor hoy es el día. No es tanta gente, ya tengo puesto el bloqueador solar 50, ando en ropa de hacer ejercicio (desde hace días me despierto con el firme propósito de hacer ejercicio y nada), tengo tiempo antes de buscar a los niñitos al colegio… listo, pero mejor me aseguro si vale la pena. Así que le pregunto a una señora que está en la cola: “¿Y sabe si es por número de cédula?” “Sí”, me responde, pero prefiero verificar porque no era el día de mi número. Entro al supermercado y vuelvo a preguntar lo mismo, esta vez a un empleado. “No es por cédula, pero solo quedan huevos como para 25 personas”; “qué lástima… mire, y por qué no le dicen eso a la gente que está afuera en la cola para que no la hagan sin necesidad? ” “Ah no, señora, es que ellos igual se quedan para ver si sacan algo más” (es decir, si el supermercado comienza a vender algo más a precio regulado),  “Ah… ok”, le digo, mientras agarro un carrito. I´m still a rookie.

Así que consigo las frutas y vegetales que no había podido comprar en el otro sitio, y me pongo a hacer la cola para pagar (la cual llega hasta el extremo de atrás del supermercado, donde venden las carnes). Un señor se pone detrás de mí con su carrito y me dice “mire, aquí estoy yo, voy a buscar unas cositas y vuelvo” “sí, no hay problema”, le respondo y me dice, “pero mire, estos son mis huevos”, mientras señala un cartón de huevos que tiene en el carrito. “Ok”, le digo. ¿Será que cree que se los voy a robar? No creo ¿O será que quiere que esté pendiente de que no le roben sus huevos?  

Me vine a casa sin huevos, pero con la tranquilidad de que tenemos otras fuentes de proteína en la nevera. Recordé el libro de Héctor Abad Faciolince, “El olvido que seremos” basado en la historia de su padre. Allí cuenta que a su papá, quien era médico, le preocupaba y le molestaba mucho la desnutrición infantil que encontraba en los hospitales colombianos, pues era algo muy sencillo de evitar: ¡Con solo comer un huevo al día!

Menos mal que no pude comprar los huevos, porque hay gente que los necesita más que nosotros. Pero ¿Y cuándo se le acabe ese cartón de huevos a ese señor, quien tenía toda la pinta de ser papá? Porque las legumbres (caraotas, porotos o frijoles, que son fuentes de proteína también)  prácticamente no existen,  tofu (¿qué es eso?) soya y frutos secos (nueces, almendras, etc.), carísimos o inexistentes, y las proteínas animales (lácteos, carne, cerdo, pollo, pavo y pescado) también escasean y son muy caras, sobre todo para una persona que gana sueldo mínimo (12 US$ al mes, es decir 9649 Bs).

Cuando se le acabe ese cartón de huevos a ese señor… ¿Entonces qué?

@chicadelpanda

 

¡Quiero millones!

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Hace poco decidimos comprar un Wii Mini, a insistencia de los niñitos. El acuerdo fue que ellos nos daban el dinero que tenían ahorrado en sus alcancías, y nosotros poníamos lo que faltaba. Yo feliz, ellos felices, magnífico. Hasta ayer…

Como me faltaba comprar algunos útiles escolares, le digo a S, mi hijo de cinco años, que vamos a ir un momentito a la librería, y que después íbamos a la casa. Así que llegamos al sitio, y mientras estoy haciendo una pequeña cola para pagar, S se consigue una moneda de un centavo. Por unos segundos se contentó, pero de la nada se puso a gritarme, mientras empleadas y compradores hacían de público cautivo:

– ¡Yo tenía muchas monedas! ¡Tú me las quitaste!

– Pero, S, vamos a empezar a coleccionarlas de nuevo…

– ¡Yo no quiero una sola moneda! ¡¡Yo quiero millones!! -, e inmediatamente tira al piso el centavito con todas sus fuerzas-, ¡ Yo no quiero una sola moneda ! ¡¡ Yo quiero millones!!

– S, pero ¿Te acuerdas qué hicimos con esas monedas? El Wii…

-¡Yo quiero muuuuchas monedas! ¡¡Quiero millones!! -, y así mini Dr. Jekill desapareció y apareció mini Mr. Hyde, y no iba a desaparecer, hasta que todo lo que tuviera que botar, hubiera sido botado. Being there, done that. Paciencia.

Nos fuimos caminando de regreso, y un par de veces se sentó en el piso de la acera, con brazos y piernas cruzadas, mientras seguía con el grito de guerra “¡Yo no quiero una moneda! ¡¡Quiero millones!!” Como ya sé que no hay  nada que yo pueda hacer para que Mr. Hyde desaparezca, sencillamente no hablé más y me limité a esperarlo mientras él decidía levantarse de nuevo. Por fin, llegamos a la casa, y gracias a Dios, encontró el Ipad, y se transformó de nuevo en menos de cinco minutos en el dulce niño que usualmente es. Lo más irónico es que hacía un par de días yo le había asegurado a una amiga que S ya no tenía berrinches, que ya había superado esa etapa.

Cuando me pasan estas cosas, me entra la duda de si les estoy enseñando algo a mis hijos. A veces siento que, no importa lo que haga, ellos terminan haciendo y pensando lo que les dé la gana, o para ponerlo más bonito, que ellos terminan “agarrando su camino”. Yo con tanto empeño en cultivar que si valores humanos, que si el valor del dinero, qué se yo, y él pegando gritos en la calle diciendo “que quiere millones”.  A veces siento que soy Debra en Everybody Loves Raymond y que Frank y Marie (sus suegros) se  ríen de mí mientras me ven empeñándome en hacer las cosas by the book.

@chicadelpanda

Las personas normales

 

– Cuando tu tía M tenía dos años, yo tenía diez – le digo a S, mi hijo de cinco años.

– ¡Jajaja! – se ríe, divertidísimo. Luego me pregunta, – ¿Y cuándo nacieron Ito y Ita?

– Hace mucho tiempo… hace sesenta y cuatro años.

– ¿Y por qué son tan old?

-¿Por qué son tan… vie… mayores? -, cuando uno no sabe qué contestar, repite la pregunta para ganar tiempo. ¿Por qué son tan… ? ¿Por qué?

-Bueno, ellos son mi mamá y mi papá… así que cuando yo nací, cuando yo era niña, ellos ya eran adultos. Tenían que ser adultos para cuidarme a mí y a tus tías -. Me sonríe y comienza a decir, más para él mismo que como parte de la conversación, mientras mira el techo, acostado en su cama:

-Las personas normales, las personas chiquitas, que van al colegio, tienen abuelos y nonnas.

¿”Las personas normales”? No dijo “niños”, sino las “personas normales chiquitas que van al colegio”. Aparentemente, para él, todos los demás no somos normales. Por cierto, el otro día le pregunté “¿Cuál es tu color favorito?” y me respondió (como persona normal que es): “azul, pero cuando tenía cuatro años era rojo. Y cuando tenga seis, será naranja”. Y como yo quiero ser un poco más  normal, decidí que cuando tenga un año más, mi color favorito no será verde, como es ahora, sino blanco. He dicho.

@chicadelpanda

Medio dormida

I'm working. Don't come any closer unless you have #coffee. I need this poster-sized for my cubicle!

Una amiga muy sinceramente me dijo “por lo que más te felicito respecto a tu libro es que hayas tenido la voluntad de escribirlo todas las noches”. “Gracias” , le dije , mientras pensaba, ésta es una de las mejores felicitaciones que me han dado (¿O se lo dije? No me acuerdo). Esta amiga es una colega mamá, reconoce el esfuerzo. Da las felicitaciones con conocimiento, con experiencia.

Lo que no le admití ese día fue que yo casi nunca escribo en las noches. Es más, no sé cómo hay personas, mamás sobre todo, que logran hacer algo en la noche. No sé si sea una cuestión de ciclos circadianos, de si uno es morning person  o no, o qué; pero yo en la noche usualmente estoy tan agotada que me duermo a la misma hora que los niñitos. En mi caso, el hecho de que casi siempre escriba en las mañanas se debe a que sigo medio dormida cuando empiezo a escribir.

Cuando pasé de 4to a 5to grado de bachillerato, pasé un mes de “verano” internada en una escuela militar. No, no era un castigo, sino una recompensa, ya que había sido escogida, junto con otros 120 muchachos en todo el país, para hacer un curso de preselección para unas becas en las que podríamos  cursar toda la carrera en el extranjero. La cuestión es que parte de la rutina diaria era que venía la banda marcial  a la ventana de nuestro “dormitorio”, la cual hacía que me temblara toda la cama y del susto, temblando todavía, caminaba hasta las duchas, abría una,  y me metía debajo del agua helada, mentando la madre, pero demasiado dormida como para hacer otra cosa. Todos los días hacía lo mismo, y todos los días yo era la primera en ducharme (de la “habitación” de como veinte mujeres en la que dormía yo). ¿Por qué la obsesión de salir disparada de la cama a la ducha apenas escuchaba la diana? Porque estaba convencida de que era la única manera de que me duchara todos los días. A esa hora, medio dormida todavía, iba como zombi al baño; pero más tarde, despierta, con mi cerebro funcionando, a sabiendas de que me esperaba el horror de esa agua fría, estaba segura de que iba a pasar un mes sin bañarme.

Así me pasa ahora: usualmente, si no escribo a primera hora, cuando estoy todavía medio dormida, no lo hago, ya que más tarde empieza la vocecita de la racionalidad: “no, no escribas de eso porque, X, Y o Z”, y termino no escribiendo nada. Ya se me acabó el café… así que hasta aquí llegué (por hoy, solo por hoy).

@chicadelpanda

Siete chamos

Tomado de @juanpelando

Tomado de @juanpelando

En 2002, cuando había marchas multitudinarias por toda Caracas, fui a muchas de ellas. Íbamos con banderas (la de antes, la de siete estrellas), pancartas, pitos,  gritábamos consignas. Una vez, cuando estaba apoyando a los militares que se habían sublevado y estaban acampando en Plaza Altamira, cayó un chaparrón y me empapé toda (como nadie se movió, yo, mucho menos). De repente vi el reloj y me di que tenía que ir a dar clases. Como quedaba cerca, me fui corriendo hasta el instituto. Entré al salón, y los adolescentes a los que les daba inglés, se quedaron con la boca abierta. Recuerdo en particular un muchacho, súper rebelde, que siempre me saboteaba la clase: no dijo ni pío. A partir de allí, se comportó como un estudiante excelente. Siempre me ha dado curiosidad saber qué fue lo que pasó allí, si es que habrá pensado, si esta profesora es tan loca que se va a una marcha, se empapa, y viene a dar clases así, con ropa y pelo chorreando, como que me mejor no me meto más con ella.

En aquella época salíamos todos a marchar. Mi mamá era la que más marchaba, y recuerdo que mucha gente decía “ahora todas esas señoras tienen algo que hacer” y a mí me indignaba porque “esas señoras” habían decidido estar allí, en vez de hacer cualquier otra cosa. También iban padres, madres, niños, bebés, ancianos. Recuerdo las pancartas divertidas en los coches y los niñitos todos disfrazados de bandera de Venezuela de arriba a abajo.

Pero ya han pasado 13 años y la mayoría de los que marchaban en aquella época, o se han ido (como yo), o se han cansado, como mi mamá. La mayoría de los que tienen la valentía y las energías de salir a protestar son los jóvenes, quienes no se acuerdan de otra Venezuela que no sea la de la “República Bolivariana”. No vivieron en la “República de Venezuela”, ni aprendieron que la bandera tenía siete estrellas. Pero ellos saben que hay algo que está muy mal, aún cuando no tengan punto de comparación.

En estos momentos,  un país que está acostumbrado a la violencia, en que un herido de bala es una raya más para un tigre, la indignación crece ante la muerte de 7 jóvenes que han sido asesinados por el gobierno, quienes se han dado licencia para matar a quien sea.

Vuelvo con las mismas pregunta de hace dos artículos: ¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud? Como  ves, en ese momento no me refería a ir manifestaciones de protesta, sino a subir montañas peligrosas. Casualmente (el más joven de los muchachos asesinados era scout)  comenté un poco sobre mi experiencia como Guía Scout en Venezuela, y sobre el ajuste de metas que había hecho en mi vida: había cambiado las excursiones a altas montañas por cortos paseos con mi familia en cerros más pequeños.

Ser joven es insistir en las altas montañas. Yo sé, que por más peligro que haya al salir a protestar, muchos jóvenes van a seguir haciéndolo. También sé que habrá muchos padres y madres angustiados. Me conmovió este párrafo que leí ayer, en el artículo Con el morral lleno de miedo de Fedosy Santaela:

Yo soy yo y mis hijos. Yo soy y el abrazo que le quiero dar a mi chamo de nueve años sin que él se entere de que tengo miedo, de que no lo quiero soltar, de que no quiero que crezca y que salga a protestar. Te quiero siempre a mi lado, vivo a mi lado, no salgas, no te me vayas.

Miedo, no puedo tener otra cosa que miedo. Lo que se quiere es que tengamos miedo. Pero no un miedo que nace porque alguien levanta polvo a la distancia, haciendo ruidos amenazantes de fondo. No, acá hemos llegado al miedo de verdad. Miedo con asesinato al lado. Miedo con impunidad al lado. Miedo de protestar, porque la protesta ahora es criminal.

NTN24 Siete jóvenes venezolanos asesinados en tan solo ocho días: las coincidencias de los “hechos aislados”

@chicadelpanda

Reajustando metas

Cerros Cedro,  Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

Cerro Cedro, Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

“Cuando era adolescente, me imaginaba a mí misma, en el futuro, subiendo montañas”, le dije una vez a una amiga que acababa de regresar de una expedición en el norte de México. “Pero aun puedes”, me respondió y yo le sonreí. “Quién sabe, a lo mejor sí, a lo mejor no”.

Desde los ocho hasta los dieciocho años fui Guía Scout, y luego formé parte de un club excursionista por un tiempo cuando estaba en la universidad. Entre muchas excursiones, las más demandantes fueron a La Silla, al Hotel Humboldt y al Pico Naiguatá en el entonces Parque Nacional el Ávila (Caracas), así como haber subido el Pico Humboldt (Mérida, Venezuela) dos veces (solo hasta Laguna Verde). La primera vez que subí el Humboldt, nuestros guías eran dos aventureros profesionales, para quienes hacer dicha excursión era como subir a Sabas Nieves (un sitio popular en el Ávila, que se sube después de unos exigentes treinta minutos, si estás en buena forma). Uno de ellos era oficialmente fotógrafo, mientras que el otro era aventurero/ guía/ escritor. Este último una vez nos contó que se había ido a trabajar en un buque  salmonero en Alaska.

Me acordé de él, pues hace poco terminé de leer el libro Into the Wild basado en una historia de la vida real (se podría traducir como Hacia la Naturaleza Salvaje), en la que un joven de 23 años,  Chris Mc Candles, muere en pleno corazón de la naturaleza en Alaska, a mediados de los noventa, después de haber vivido allí, completamente solo, por varios meses. El muchacho venía de una familia muy acomodada, y luego de haberse graduado de una de las universidades más prestigiosas de su país, decidió donar el dinero que tenía y desaparecer por dos años mientras viajaba como vagabundo por Estados Unidos y México. Su historia es muy interesante, y mientras yo leía el libro, pude revisitar imágenes de la película del mismo nombre, así como disfrutar de nuevo, en mis pensamientos, el soundtrack del vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre la película y el libro. En la película se hace énfasis en la rebeldía del muchacho en contra de sus padres, quienes se preocupan por mantener una imagen de perfección que no coincidía con la realidad. En el libro, sin embargo, el autor (el periodista y escritor John Krakauer) hace énfasis en el carácter aventurero del muchacho, quien seguía una pasión interna, una necesidad de hacer lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias. El autor explica que para él fue también un imperativo contar la historia de Mc Candles en un libro (ya había realizado un exitoso reportaje) pues él se sentía identificado con el joven. En su libro cuenta, no solo la historia de Mc Candles, sino también la historia de otros aventureros que tuvieron con destinos trágicos similares. También relata su propia gran aventura en Alaska (siendo él mucho más joven) cuando se fue solo a escalar, por semanas, a una montaña solitaria, llena de cascadas congeladas y glaciares con precipicios. Toda la expedición fue espeluznante, pero jamás olvidaré las astas de cortina que anudó en cruz,  para luego amarrarlas a él mismo, arrastrándolas por la nieve, como precaución si pisaba un glaciar débil que pudiera tener un precipicio abajo (el quedaría colgado de ellas). El hecho de que Mc Candles hubiera muerto y él no, dice Krakauer, era pura suerte (él también, como mi guía aventurero, había viajado en un buque salmonero en Alaska, en donde trabajó para pagar el viaje).

¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud?

No sé si algún día suba montañas como lo hice hace años (por cierto, hablo de “subir” caminando, o hiking, nunca llegué a escalar, no soy tan valiente) pero no me siento frustrada (aunque cuando hice el comentario con el que empecé, hace ya unos siete años, sí lo estaba), pues ya he aceptado que no se puede hacer todo en la vida. He cambiado el sueño de grandes montañas por  excursiones cortas a las que he podido ir con mi familia, como la Quebrada Quintero en el Ávila en Caracas, el Cerro San Cristóbal en Chile, o el Cerro Cedro (Parque Metropolitano) en Ciudad de Panamá. En ellos he compartido con mi familia, no solo la alegría de caminar por un sendero natural, sino la vista que se aprecia desde lo alto y la satisfacción de haber llegado a una meta.

Sin embargo, me emociona mucho cuando veo en Facebook que alguien de mis conocidos o amigos ha coronado una montaña, o ha logrado hacer una gran excursión con la que soñaba. Me gustaría que supieran que me transportan dentro de sus fotos hasta los maravillosos paisajes en donde estuvieron y que desde detrás de esta pantalla les estoy aplaudiendo ¡Bravo!

@chicadelpanda