Como en la mesa del Sombrerero Loco

El de 8: “Aaah! Se me borraron todas las construcciones de Minecraft! Por qué hacen juegos tan estúpidos! Por qué la gente es tan estúpida! Me quiero ir a vivir solo a otro planeta y que me dejen hacer mis cosas!”

Yo: “Ya hay gente que va a viajar a Marte, a lo mejor podrías ir cuando seas grande”.

La de 13: “Sí, pero no vas a poder regresar a la Tierra …”

El de 8: “Mejor! Perfecto!”

La de 13: Pero tú sabes que en Marte no hay internet … ”

Y yo pensando: “Feliz, feliz no-cumpleaños …”

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Por estar inventando

A México se le puede acusar de todo, excepto de ser un país aburrido.

Ya de eso me había dado cuenta la primera vez que viví aquí, hace ya nueve años, en Guadalajara. Si mis amigas me decían para ir a desayunar, por ejemplo, unas simples panquecas terminaban con todo un mariachi que tocaba en el restaurant, y yo de repente me sentía de vacaciones. O como el caso de mi vecina, que se quejaba porque el marido “otra vez le había mandado mariachis”. Y yo: “sí, los oí anoche, geniales”, sin entender la razón de la queja, pues yo salía a asomarme por la ventana del cuarto de mi hija cuando llegaban a medianoche a todo dar, y me sentía cual Julieta en el balcón, imaginándome que los mariachis eran para mí.

O aquella vez, en las afueras de Guadalajara, cuando fuimos a un restaurante en donde había un tipo que pasaba con unas baterías de carro y un par de cables, para que le pagaran para que los clientes que quisieran dejarse electrocutar, vieran cuánto tiempo podían permanecer aguantando (!).

Aquí en Querétaro no hay muchos mariachis, pero sí hay cosas bien raras. Como las calaveras y los esqueletos (Catrinas, quiero decir) en muchos sitios del centro, o todas las historias de fantasmas y asesinatos de la época de la colonia.

Sin embargo, el otro día fui con mis hijos y una amiga y su hija, a un plan normalito, civilizado, tan civilizado que parecía que estábamos en Chile, pues. Fuimos a los Viñedos Azteca, en donde todo fue normal, incluso mi hijo con la cara permanente de “qué hago yo aquí?”.

Pero cuando salimos, mi amiga me propone que vayamos a un pueblo cerca, que se llama Bernal, pues ahí venden unos nopales (cactus) en penca que se veían buenísimos. Ella es mexicana, pero de otro estado, así que no los conocía, y yo, que ya los había visto y me habían parecido interesantísimos, dije que sí.

Así que vamos al restaurant, y pedimos un nopal en penca para las dos.

Muertas de la risa, le tomamos foto al plato y le pedimos unos cuchillos a la mesera, porque no nos habían traído. Así que empezamos a comer y luego de un rato, yo siento algo raro en mi boca.

“Creo que tengo espinas en la boca. De esas chiquiticas.” Le digo a mi amiga con cara de susto. “Ahhh! Sí son!” Las dos dejamos de comer, y llamamos a la mesera para preguntarle.

Ella responde como si acabáramos de comernos un cambur (banana) sin quitarle la concha: “Ah, es que la parte de afuera no se come”.

“Aaaahh! Pero cómo no nos dijeron? Si hasta hablamos con el gerente cuando llegamos para preguntarle sobre el plato, cómo era, etc?”

“Es que todo el mundo sabe”.

“Pero no vieron que mi acento es extranjero?”

Silencio sepulcral. Mis hijos, quienes por supuesto ni bajo amenaza de muerte se hubieran comido algo así, me miraban con una mezcla de “viste? Por estar inventando” y “pobrecita mi mamá”.

Total que estuve como una hora sacando espinita por espinita de la lengua y paladar, incluso masticando chicle, para que las más chiquitas que no se veían, se quedaran pegadas y salieran. Todavía quedé con algunas durante la noche y al día siguiente ya estaba libre de espinas.

Y aunque no lo creas, no dejé que la experiencia me traumatizara (mucho). Ya hasta volví a comer ensalada de nopal (de la normal, claro).

Que tengas un buen día!

Día de las Madres

Mi hijo de ocho años me dio una carta de Feliz Día de las Madres ayer (en México es el 10 de Mayo) que dice:

Te quiero porque:

Eres la mejor.

Me ayudas con cosas.

Me cuidas.

Eres la mejor mamá.

Me enseñas cosas.

También me regaló una taza en la que imprimieron un dibujo suyo, y mi hija mayor, quien ya está en secundaria, me regaló un llavero hecho por ella. En el colegio no hubo celebración, pues hacen una sola en junio, familiar.

Así que ayer no hice nada más que estar en pijama todo el día, viendo Netflix (y preparando comida, etc, el “no hacer nada de las mamás” nunca es literal). Me relajé y compartí con mis hijos.

Hoy, todavía estoy con la sonrisa que apareció en mi cara ayer, después de leer que soy la mejor mamá. Sí soy la mejor mamá! (En que parte del curriculum se pone eso?)

Que tengas un lindo día!

Depende de la hora del día

Mentiría si digo que hoy es un día triste, pero también mentiría si digo que no lo es.

Hoy ha sido un día extremo, de entre los días tipo “Michelle, separada”. Baja y baja el carrito de las emociones por su montaña rusa y de la nada, una vuelta violenta de 90 grados en horizontal para alinearse y comenzar otra vez, sube, sube… y luego otra vuelta, un pequeño círculo horizontal, para luego, repentinamente bajar a cientos de kilómetros por hora…

Mi día empezó llorando y al mediodía estaba riendo.

Me han preguntado, cuando la gente se entera que estoy separada, “y cómo estás?” y yo respondo “depende de la hora del día”.

Son las 6:24 pm y tengo agua en los ojos, pero las lágrimas no se deciden a caer.

Ya hace un año que …

la nave en que viajaba dejó de funcionar.

Empezó a echar humo, todas las alarmas se dispararon, mayday, mayday…

Crash.

Desorientada, salí de ella. Todavía no entiendo bien donde estoy.

Como Buzz Light Year, cuando se dio cuenta que no era un Space Ranger… “all those years of academy training wasted!” (todos esos años de entrenamiento de academia, desperdiciados!) así estoy yo.

Y así, como él, recuerdo que hay dos niños que me quieren más que nadie.

Y trato de repararme, busco el brazo que se me cayó, me lo vuelvo a poner, y comienzo la odisea de llegar a ellos.

Cuando lo hago, me ven, y dicen: “Oh, look, I found her. She was here all along” (Oh, mira, la encontré. Ella estuvo aquí todo el tiempo), sin saber que su mamá, en realidad, estuvo muy lejos.

A pesar de todo, de alguna manera siempre logro regresar a ellos.

Siempre. No se cómo, no hay explicación. A mí me gusta pensar que es un milagro, el milagro de ser mamá.

Nosotros los introvertidos

Mis hijos me enseñan todo el tiempo. No solo siendo ellos, sino explicándome los temas que les gustan. Ellos mismos investigan  y luego me comentan.

Por ejemplo, S de ocho años, me mostró un video que consiguió sobre la profundidad del océano. También, por supuesto, me cuenta sobre todos los pormenores de Splatoon 2, el juego de Nintendo Switch que le encanta.

R, de trece, me ha mostrado videos sobre animación, por ejemplo, y también me cuenta sobre los libros que lee, como recientemente, que estaba leyendo Percy Jackson.

Uno de los descubrimientos de R en internet que más me ha llamado la atención, ha sido en el ámbito emocional. Ella se autoproclamó introvertida y me pasa los artículos que consigue. Qué maravilla. Yo creo que ni sabía que existía esa palabra hasta que llegué a mis veinte.

Yo también soy introvertida, y así mismo lo es mi hijo. Ser introvertido en una cultura latinoamericana puede ser visto como algo malo y sospechoso. Es más, diciéndolo ahora me siento como saliendo del clóset.

Una persona introvertida no es antisocial necesariamente. Lo que sucede es que tenemos mundos internos muy grandes, por un lado, y por otro, nos agotamos fácilmente cuando socializamos con mucha gente a la vez (al contrario de los extrovertidos, que mas bien se recargan de energía). Los introvertidos nos recargamos cuando estamos solos.

Por eso yo les dejo a mis hijos que estén solos haciendo lo que les provoque gran parte de la tarde, e incluso gran parte de los fines de semana. Lo hago porque yo sé lo que se siente después de estar  con demasiada gente por demasiado tiempo (en el caso de ellos, están siete horas en el colegio). Se siente un agotamiento total y hace falta recargarse de energía. Ellos necesitan su soledad, igual que yo.

Charge Up Your Introvert Voice

Mucha gente piensa que a los introvertidos hay que convertirlos en extrovertidos. Eso es así tan loco como tratar de convertir a un homosexual en heterosexual. No se puede. Lo que sí podemos es actuar “fuera de carácter” (como dice Brian Little, en su charla Who are you really? The puzzle of personality) porque tenemos un proyecto un mente. Por ejemplo, él dice que aunque es introvertido, actúa extrovertidamente cuando da clases, por necesidad. Pero eso es de a ratos. No podemos actuar como extrovertidos todo el tiempo.

Los introvertidos sí somos seres sociales, si nos gusta una fiesta (ok, no siempre). Lo que sucede es que necesitamos mucho más tiempo solos que la gente extrovertida. Después de una fiesta, un extrovertido va a otra, o al día siguiente continúa con todos sus compromisos sociales. Si yo hago eso, sin descanso de por medio, me agoto y hasta me pongo de mal humor.

A mí me gusta como soy, y me gusta como son mis hijos. El mundo necesita extrovertidos e introvertidos, y toda la variedad de gente que somos los millones de personas que vivimos en este planeta. Seamos comprensivos con los demás, que en la diferencia nos nutrimos unos con otros. La clave es  aceptarmos como somos.

Y como dice Brian Little al final de su charla: si ves que voy al baño y me tardo un poco más, no me persigas! Que lo único que necesito es estar sola un ratico.

Libertad es riesgo

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Esa atractiva mujer con un tatuaje en el tobillo izquierdo, con tres pulseras de cordón en el derecho y otras tantas en las muñecas, de traje de baño negro, lentes de natación  y una gorra blanca, soy yo. Ya dejé de ser La Chica del Panda Tattoo (así se llamaba este blog en sus inicios) para ser La Nadadora del Tatuaje del Infinito (no, mentira no le voy a cambiar el nombre al blog). Ya es hora de enfrentar la realidad de que ya no soy más una chica, a pesar de que literalmente hablando siempre lo seré (mido 1.53 m, casi del tamaño de Lady Gaga). También es hora de enfrentar la realidad de que no tengo a nadie que me diga que soy bonita, o que me diga cualquier otro piropo, así que me toca a mí.

Una vez leí que podíamos entender la necesidad de poner límites a nuestros hijos, si considerábamos el siguiente experimento. En la primera parte, unos niños jugaban en un parque infantil, dentro de una cerca que rodeaba los juegos. En ese caso, muchos de los niños llegaban hasta la cerca y jugaban allí, o corrían desprecupadamente por todas partes, siempre dentro de la cerca. En la segunda parte del experimento, quitaron la cerca. Lo que hacían los niños entonces eran quedarse en los juegos, sin aventurarse a ir a más lejos.

Ahora que estoy separada, me siento como esos niños que siempre habían jugado dentro de la cerca, pero que de repente se la quitaron. Excelente, ahora tengo toda libertad, y hay un infinito de posibilidades. Pero al mismo tiempo no sé qué hay allá afuera, y mi instinto es quedarme cerca de los juegos. Poco a poco estoy haciendo expediciones para ver qué es lo que hay más allá. Me acerco a un árbol, lo analizo, le tomo fotos, ¿Será seguro encaramarse en él? Me regreso a los juegos. Salgo otra vez, me meto en unos arbustos ¿Tendrán espinas? Y  me devuelvo otra vez. Salgo a correr y de repente pienso, “mejor voy más lento, no vaya a ser que aparezca un precipicio que no haya visto y me caiga”.

Justo hoy leí, en un comentario que me dejaron, esta frase: “riesgo es libertad” a lo que yo le contesté, “y viceversa,  libertad es riesgo”. Sé que para muchos que ya han estado jugando allá afuera por mucho tiempo,  no entienden por qué no aprovecho mi recién adquirida libertad para salir a volar o correr. Se les olvida que hubo una época, hace mucho tiempo, cuando tampoco sabían qué había allá afuera, y que les tomó tiempo explorar y saber por dónde era conveniente meterse y por dónde no.

En esas estoy yo ahora, aprendiendo por dónde y hasta dónde puedo llegar. Así como me tengo que inventar nuevos sueños para suplantar los que se me cayeron, también tengo que hacer el papel de ser mis propios padres y averiguar dónde están mis nuevos límites, para así poder aprovechar mi nueva libertad, sin ansiedad.

Buscando huevos en Caracas

Anteayer el gobierno decidió que el precio justo de los huevos era 65% menos de lo que estaba, así que el cartón de 30 huevos quedó en 420 bolívares. El día en que salió la noticia yo estaba muy ocupada, pero al día siguiente fui a comprarlos, ya que sabía que iban a empezar a escasear (cada vez que el gobierno le pone “precio justo” a  algo, ese algo empieza a escasear porque nadie quiere vender ni producir perdiendo dinero). Así que voy a un supermercado y veo que la puerta del mismo está cerrada, junto con un cartel que dice “no hay sistema”. Hay un muchacho cuidando a la entrada y le pregunto si  es que no están abiertos, y me dice que sí, pero que no puedo comprar nada pesado. “¿Cómo que pesado?” , le pregunto, “como las frutas, que se tengan que pesar”. “Ok, no hay problema”. Paso, e inmediatamente el muchacho cierra la reja de la entrada. Adentro hay dos Guardias Nacionales. Mmm, como que ni este supermercado que es más pequeño  se salva  (todos los supermercados grandes tienen la presencia intimidante de uno o dos Guardias Nacionales, por lo menos). Le pregunto a uno de los muchachos que trabajan adentro si tienen huevos: “no señora, ayer vinieron y se lo llevaron todo”. I’m still a rookie, me tardé mucho.  Compro algunas cosas y me voy a otro supermercado.

Llegando veo que hay una cola como de cincuenta personas afuera (ya se están especializando, muchos trajeron paraguas para protegerse del sol)  y que el estacionamiento está full. No puedo evitar pensar que, aunque este socialismo nos ha jalado a todos hacia abajo, todavía hay una gran diferencia: los que hacen la cola afuera y los que entran directo a comprar dentro del supermercado, como yo, que tenemos plata “de más” como para comprar frutas y vegetales, (o para comprar a bachaqueros  -revendedores- o  para almacenar algunos productos y no tener la urgencia de tener que comprar cualquier cosa que saque el gobierno). Le pregunto al vigilante del estacionamiento: “y esa cola ¿Para qué es?” “Para huevos”. ¡Huevos! Yo quiero huevos, quién sabe cuándo se consigan otra vez. Nunca he hecho una cola de ésas, pero a lo mejor hoy es el día. No es tanta gente, ya tengo puesto el bloqueador solar 50, ando en ropa de hacer ejercicio (desde hace días me despierto con el firme propósito de hacer ejercicio y nada), tengo tiempo antes de buscar a los niñitos al colegio… listo, pero mejor me aseguro si vale la pena. Así que le pregunto a una señora que está en la cola: “¿Y sabe si es por número de cédula?” “Sí”, me responde, pero prefiero verificar porque no era el día de mi número. Entro al supermercado y vuelvo a preguntar lo mismo, esta vez a un empleado. “No es por cédula, pero solo quedan huevos como para 25 personas”; “qué lástima… mire, y por qué no le dicen eso a la gente que está afuera en la cola para que no la hagan sin necesidad? ” “Ah no, señora, es que ellos igual se quedan para ver si sacan algo más” (es decir, si el supermercado comienza a vender algo más a precio regulado),  “Ah… ok”, le digo, mientras agarro un carrito. I´m still a rookie.

Así que consigo las frutas y vegetales que no había podido comprar en el otro sitio, y me pongo a hacer la cola para pagar (la cual llega hasta el extremo de atrás del supermercado, donde venden las carnes). Un señor se pone detrás de mí con su carrito y me dice “mire, aquí estoy yo, voy a buscar unas cositas y vuelvo” “sí, no hay problema”, le respondo y me dice, “pero mire, estos son mis huevos”, mientras señala un cartón de huevos que tiene en el carrito. “Ok”, le digo. ¿Será que cree que se los voy a robar? No creo ¿O será que quiere que esté pendiente de que no le roben sus huevos?  

Me vine a casa sin huevos, pero con la tranquilidad de que tenemos otras fuentes de proteína en la nevera. Recordé el libro de Héctor Abad Faciolince, “El olvido que seremos” basado en la historia de su padre. Allí cuenta que a su papá, quien era médico, le preocupaba y le molestaba mucho la desnutrición infantil que encontraba en los hospitales colombianos, pues era algo muy sencillo de evitar: ¡Con solo comer un huevo al día!

Menos mal que no pude comprar los huevos, porque hay gente que los necesita más que nosotros. Pero ¿Y cuándo se le acabe ese cartón de huevos a ese señor, quien tenía toda la pinta de ser papá? Porque las legumbres (caraotas, porotos o frijoles, que son fuentes de proteína también)  prácticamente no existen,  tofu (¿qué es eso?) soya y frutos secos (nueces, almendras, etc.), carísimos o inexistentes, y las proteínas animales (lácteos, carne, cerdo, pollo, pavo y pescado) también escasean y son muy caras, sobre todo para una persona que gana sueldo mínimo (12 US$ al mes, es decir 9649 Bs).

Cuando se le acabe ese cartón de huevos a ese señor… ¿Entonces qué?

@chicadelpanda