Safi la gatita

Antes de mudarnos de apartamento, les dije a mis hijos que íbamos a adoptar una gatita. Quería que vieran el cambio como algo bueno, y hasta yo misma quería tener algo con qué ilusionarme. He leído muchos blogs de personas que se han divorciado, y en uno de ellos la autora hablaba de cómo le había ayudado su perro. Nosotros ya habíamos tenido a una gata por nueve años, así que optamos por buscar una gatita.

Me metí en un grupo de adopción de perros y gatos en Facebook, y poco después conseguí la gatita que buscábamos. El muchacho que la estaba poniendo en adopción tenía en su imagen de fondo a un personaje de unas caricaturas que R, mi hija de trece años, adora, así que pensé, ‘es una señal!’.

Los tres nos hemos encariñado con ella. Le pusimos de nombre Sapphire (Zafiro), que es el personaje de Steven Universe que tenía el muchacho que la dio en adopción, en su muro de Facebook. Le escribí para contarle cómo la habíamos llamado, y resulta que la mamá se llamaba igual (ellos habían rescatado a la mamá, embarazada, de la calle).

Sapphire se convirtió en Safi rapidito, porque era muy largo de pronunciar, y ya ha contribuido mucho en nuestras vidas en las pocas semanas que ha estado aquí. Sobretodo, ha cambiado mucho la rutina de S, mi hijo de ocho años, pues a cada rato juega con ella, la carga y la acaricia.

Para mí ha sido fuente de distracción y hasta de calma. Qué lindo es tener una mascota otra vez.

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Un pequeño ciudadano global

De nuevo mi hijo tiene un acto de fin de curso en su colegio.

De nuevo, una situación incómoda.

Sé que a la mayoría de la gente le gustan estos actos, pero no son mis favoritos, ni para mí, ni para S, mi hijo de ocho años.

Esto tiene que ver con dos cosas: primero, S, odia disfrazarse. Solo logré hacer que lo hiciera sin problemas hasta los tres años, pero después, cada vez que hay un evento en que hay que ponerse así sea un sombrero, es un drama. No lo disfruta nada, sino todo lo contrario. Pasa un mal momento y hace que los que estén alrededor tampoco la pasen bien. Si disfrazarse ayuda al niño a socializar y a divertirse le veo el sentido, pero si no, no.

Por otro lado está el asunto de la identidad. Como él mismo dijo (dado que el acto es folclórico), “yo ni siquiera soy mexicano”.

No es que no le guste México, a él le encanta estar aquí, sobretodo después de haber pasado un año en Caracas, en que casi no salíamos a ninguna parte por la inseguridad. Pero él está bien claro de que este tipo de actos no fueron planeados con él en mente.

Él también recuerda sus actos patrióticos en Panamá, disfrazado de panameño, y de paso, sabe que oficialmente es chileno (pues nació en Chile), que es venezolano por sus padres, y que además es italiano por su familia paterna. El niño tiene oficialmente tres nacionalidades, ninguna de las cuales es mexicana. Y, por si fuera poco, sus primeras memorias no son de ninguna de ellas sino de Panamá, donde vivió desde los dos hasta los cinco años.

Yo no le veo ningún sentido a obligarlo a presentarse al acto de fin de curso. Si le sirviera de algo lo haría, pero no veo cómo puede ayudarle el acto de fin de curso a convivir en comunidad. Obligarlo a sentirse parte de algo de lo cual no se siente parte, no logra nada.

Es posible que él en el futuro se entusiasme por participar en actos culturales por su propia iniciativa. Pero uno no se identifica con un país porque se lo imponen. Es un proceso que a veces lleva años y que quizás nunca se complete.

Es posible que S siempre se sienta ciudadano global, o puede ser que se identifique con algún sitio o varios. Pero no es algo que sucede rápidamente. Ser paciente con él y darle el tiempo que necesita es lo mejor que puedo hacer ahora.

Foto: mural en frente del restaurant venezolano Guayoyo en Querétaro.

Como en la mesa del Sombrerero Loco

El de 8: “Aaah! Se me borraron todas las construcciones de Minecraft! Por qué hacen juegos tan estúpidos! Por qué la gente es tan estúpida! Me quiero ir a vivir solo a otro planeta y que me dejen hacer mis cosas!”

Yo: “Ya hay gente que va a viajar a Marte, a lo mejor podrías ir cuando seas grande”.

La de 13: “Sí, pero no vas a poder regresar a la Tierra …”

El de 8: “Mejor! Perfecto!”

La de 13: Pero tú sabes que en Marte no hay internet … ”

Y yo pensando: “Feliz, feliz no-cumpleaños …”

Por estar inventando

A México se le puede acusar de todo, excepto de ser un país aburrido.

Ya de eso me había dado cuenta la primera vez que viví aquí, hace ya nueve años, en Guadalajara. Si mis amigas me decían para ir a desayunar, por ejemplo, unas simples panquecas terminaban con todo un mariachi que tocaba en el restaurant, y yo de repente me sentía de vacaciones. O como el caso de mi vecina, que se quejaba porque el marido “otra vez le había mandado mariachis”. Y yo: “sí, los oí anoche, geniales”, sin entender la razón de la queja, pues yo salía a asomarme por la ventana del cuarto de mi hija cuando llegaban a medianoche a todo dar, y me sentía cual Julieta en el balcón, imaginándome que los mariachis eran para mí.

O aquella vez, en las afueras de Guadalajara, cuando fuimos a un restaurante en donde había un tipo que pasaba con unas baterías de carro y un par de cables, para que le pagaran para que los clientes que quisieran dejarse electrocutar, vieran cuánto tiempo podían permanecer aguantando (!).

Aquí en Querétaro no hay muchos mariachis, pero sí hay cosas bien raras. Como las calaveras y los esqueletos (Catrinas, quiero decir) en muchos sitios del centro, o todas las historias de fantasmas y asesinatos de la época de la colonia.

Sin embargo, el otro día fui con mis hijos y una amiga y su hija, a un plan normalito, civilizado, tan civilizado que parecía que estábamos en Chile, pues. Fuimos a los Viñedos Azteca, en donde todo fue normal, incluso mi hijo con la cara permanente de “qué hago yo aquí?”.

Pero cuando salimos, mi amiga me propone que vayamos a un pueblo cerca, que se llama Bernal, pues ahí venden unos nopales (cactus) en penca que se veían buenísimos. Ella es mexicana, pero de otro estado, así que no los conocía, y yo, que ya los había visto y me habían parecido interesantísimos, dije que sí.

Así que vamos al restaurant, y pedimos un nopal en penca para las dos.

Muertas de la risa, le tomamos foto al plato y le pedimos unos cuchillos a la mesera, porque no nos habían traído. Así que empezamos a comer y luego de un rato, yo siento algo raro en mi boca.

“Creo que tengo espinas en la boca. De esas chiquiticas.” Le digo a mi amiga con cara de susto. “Ahhh! Sí son!” Las dos dejamos de comer, y llamamos a la mesera para preguntarle.

Ella responde como si acabáramos de comernos un cambur (banana) sin quitarle la concha: “Ah, es que la parte de afuera no se come”.

“Aaaahh! Pero cómo no nos dijeron? Si hasta hablamos con el gerente cuando llegamos para preguntarle sobre el plato, cómo era, etc?”

“Es que todo el mundo sabe”.

“Pero no vieron que mi acento es extranjero?”

Silencio sepulcral. Mis hijos, quienes por supuesto ni bajo amenaza de muerte se hubieran comido algo así, me miraban con una mezcla de “viste? Por estar inventando” y “pobrecita mi mamá”.

Total que estuve como una hora sacando espinita por espinita de la lengua y paladar, incluso masticando chicle, para que las más chiquitas que no se veían, se quedaran pegadas y salieran. Todavía quedé con algunas durante la noche y al día siguiente ya estaba libre de espinas.

Y aunque no lo creas, no dejé que la experiencia me traumatizara (mucho). Ya hasta volví a comer ensalada de nopal (de la normal, claro).

Que tengas un buen día!

Día de las Madres

Mi hijo de ocho años me dio una carta de Feliz Día de las Madres ayer (en México es el 10 de Mayo) que dice:

Te quiero porque:

Eres la mejor.

Me ayudas con cosas.

Me cuidas.

Eres la mejor mamá.

Me enseñas cosas.

También me regaló una taza en la que imprimieron un dibujo suyo, y mi hija mayor, quien ya está en secundaria, me regaló un llavero hecho por ella. En el colegio no hubo celebración, pues hacen una sola en junio, familiar.

Así que ayer no hice nada más que estar en pijama todo el día, viendo Netflix (y preparando comida, etc, el “no hacer nada de las mamás” nunca es literal). Me relajé y compartí con mis hijos.

Hoy, todavía estoy con la sonrisa que apareció en mi cara ayer, después de leer que soy la mejor mamá. Sí soy la mejor mamá! (En que parte del curriculum se pone eso?)

Que tengas un lindo día!

Depende de la hora del día

Mentiría si digo que hoy es un día triste, pero también mentiría si digo que no lo es.

Hoy ha sido un día extremo, de entre los días tipo “Michelle, separada”. Baja y baja el carrito de las emociones por su montaña rusa y de la nada, una vuelta violenta de 90 grados en horizontal para alinearse y comenzar otra vez, sube, sube… y luego otra vuelta, un pequeño círculo horizontal, para luego, repentinamente bajar a cientos de kilómetros por hora…

Mi día empezó llorando y al mediodía estaba riendo.

Me han preguntado, cuando la gente se entera que estoy separada, “y cómo estás?” y yo respondo “depende de la hora del día”.

Son las 6:24 pm y tengo agua en los ojos, pero las lágrimas no se deciden a caer.

Ya hace un año que …

la nave en que viajaba dejó de funcionar.

Empezó a echar humo, todas las alarmas se dispararon, mayday, mayday…

Crash.

Desorientada, salí de ella. Todavía no entiendo bien donde estoy.

Como Buzz Light Year, cuando se dio cuenta que no era un Space Ranger… “all those years of academy training wasted!” (todos esos años de entrenamiento de academia, desperdiciados!) así estoy yo.

Y así, como él, recuerdo que hay dos niños que me quieren más que nadie.

Y trato de repararme, busco el brazo que se me cayó, me lo vuelvo a poner, y comienzo la odisea de llegar a ellos.

Cuando lo hago, me ven, y dicen: “Oh, look, I found her. She was here all along” (Oh, mira, la encontré. Ella estuvo aquí todo el tiempo), sin saber que su mamá, en realidad, estuvo muy lejos.

A pesar de todo, de alguna manera siempre logro regresar a ellos.

Siempre. No se cómo, no hay explicación. A mí me gusta pensar que es un milagro, el milagro de ser mamá.

Nosotros los introvertidos

Mis hijos me enseñan todo el tiempo. No solo siendo ellos, sino explicándome los temas que les gustan. Ellos mismos investigan  y luego me comentan.

Por ejemplo, S de ocho años, me mostró un video que consiguió sobre la profundidad del océano. También, por supuesto, me cuenta sobre todos los pormenores de Splatoon 2, el juego de Nintendo Switch que le encanta.

R, de trece, me ha mostrado videos sobre animación, por ejemplo, y también me cuenta sobre los libros que lee, como recientemente, que estaba leyendo Percy Jackson.

Uno de los descubrimientos de R en internet que más me ha llamado la atención, ha sido en el ámbito emocional. Ella se autoproclamó introvertida y me pasa los artículos que consigue. Qué maravilla. Yo creo que ni sabía que existía esa palabra hasta que llegué a mis veinte.

Yo también soy introvertida, y así mismo lo es mi hijo. Ser introvertido en una cultura latinoamericana puede ser visto como algo malo y sospechoso. Es más, diciéndolo ahora me siento como saliendo del clóset.

Una persona introvertida no es antisocial necesariamente. Lo que sucede es que tenemos mundos internos muy grandes, por un lado, y por otro, nos agotamos fácilmente cuando socializamos con mucha gente a la vez (al contrario de los extrovertidos, que mas bien se recargan de energía). Los introvertidos nos recargamos cuando estamos solos.

Por eso yo les dejo a mis hijos que estén solos haciendo lo que les provoque gran parte de la tarde, e incluso gran parte de los fines de semana. Lo hago porque yo sé lo que se siente después de estar  con demasiada gente por demasiado tiempo (en el caso de ellos, están siete horas en el colegio). Se siente un agotamiento total y hace falta recargarse de energía. Ellos necesitan su soledad, igual que yo.

Charge Up Your Introvert Voice

Mucha gente piensa que a los introvertidos hay que convertirlos en extrovertidos. Eso es así tan loco como tratar de convertir a un homosexual en heterosexual. No se puede. Lo que sí podemos es actuar “fuera de carácter” (como dice Brian Little, en su charla Who are you really? The puzzle of personality) porque tenemos un proyecto un mente. Por ejemplo, él dice que aunque es introvertido, actúa extrovertidamente cuando da clases, por necesidad. Pero eso es de a ratos. No podemos actuar como extrovertidos todo el tiempo.

Los introvertidos sí somos seres sociales, si nos gusta una fiesta (ok, no siempre). Lo que sucede es que necesitamos mucho más tiempo solos que la gente extrovertida. Después de una fiesta, un extrovertido va a otra, o al día siguiente continúa con todos sus compromisos sociales. Si yo hago eso, sin descanso de por medio, me agoto y hasta me pongo de mal humor.

A mí me gusta como soy, y me gusta como son mis hijos. El mundo necesita extrovertidos e introvertidos, y toda la variedad de gente que somos los millones de personas que vivimos en este planeta. Seamos comprensivos con los demás, que en la diferencia nos nutrimos unos con otros. La clave es  aceptarmos como somos.

Y como dice Brian Little al final de su charla: si ves que voy al baño y me tardo un poco más, no me persigas! Que lo único que necesito es estar sola un ratico.