Minimalismo versus escasez

Cuando vivía en Chile, hace siete años, comencé a bloguear. También empecé a  tener una vida más sencilla. Años más tarde, cuando nos mudamos de Panamá a Venezuela en el 2015, corroboré que la simplicidad voluntaria es solo válida, cuando es, pues… voluntaria. Si la sencillez es obligada, se llama socialismo, y si los que te la imponen son corruptos (ejm, el gobierno de Venezuela) terminas siendo pobre, o actuando como pobre.

Cuando viví en Caracas, (emigré en el 2003, pero volví a mi ciudad natal en junio de 2015, quedándome por un año) un día me di cuenta que se me iba a acabar el champú. Afortunadamente, alguien que vive en otro país, me lo consiguió. Una sola vez, en un año, encontré jabón en una farmacia. Hilo dental, jaja. Toallas sanitarias, una vez, con contactos (el famoso mercado negro, el cual no es una red de criminales, sino  un puñado de conocidos que te ayudan con datos, es decir, la amiga de una amiga, por ejemplo, que te dice dónde y quien te puede vender algo, o individuos que venden en la calle o en mercados no regulados). ¿Antimosquitos? (Zika o dengue, anyone?) ¿Antiparasitarios? Jaja. ¿Papel higiénico? Un par de veces conseguí pacas por debajo de cuerda. Y así un largo etcétera de productos alimenticios, de limpieza, medicinas y hasta ropa. Escasez de todo, incluso agua y electricidad. ¡Hasta gasolina! Los venezolanos nos habíamos convertido en  pingüinos con escasez de hielo.

Venezuela, debido al estilo de vida de su gente, es un país ecológico ¿No? (Ya que ha reducido el consumo de absolutamente todo).

No. Porque el objetivo final de ser ecológico es el bienestar de toda la naturaleza, de la cual  los humanos somos parte fundamental . Lo que está sucediendo es diametralmente opuesto. Se supone que en el socialismo la riqueza de una nación está mejor distribuida. ¿Qué riqueza, perdón? Para eso debe existir riqueza primero. La única que queda es la que tienen los enchufados que están en el poder.

Una cosa es que yo decida disminuir el consumo de agua y electricidad en mi casa. Otra bien distinta es que corten el agua sin aviso, o que solo la tenga disponible tres horas al día.

Una cosa es donar plata a quien lo necesita. Otra cosa es que te roben.

Una cosa es ser sencillo. Otra cosa es ser pobre.

Una cosa es ser minimalista. Otra cosa es sufrir escasez.

En los primeros casos uno decide. En los segundos casos, no. Una cosa es que decida comprar solo la ropa que necesita mi familia. Otra cosa es necesitar comprarle ropa a mis hijos y que no pueda porque, o está ridículamente cara, o no hay talla, o no ha llegado ropa aun (prácticamente todo es importado en Venezuela), o cerraron el negocio porque quebró o lo expropiaron… o, mi favorita, tengo la ropa en frente de mí, pero la vendedora no quiere que se la compre, porque está esperando a que suba el dólar, y así venderla más cara.

Ese ejemplo de la ropa es superficial. Pero imagínate que en vez de ropa, es insulina porque tu hijo tiene diábetes. O leche, o pañales, y tienes un bebé. O sencillamente, que pasaste horas de cola y que cuando llegaste no había comida, así que no tienes nada que darle a tus hijos. O que no llega la famosa bolsa CLAP a tu casa (la cual usa el gobierno para dominar a la gente por medio del hambre). Esos no fueron mis casos, ya que yo era parte del pequeño porcentaje de la población “privilegiada” que no estaba pasando hambre. Pero sí son los casos de la mayoría de las personas que viven en Venezuela.

A los pocos meses de regresar, ya me había dado cuenta que la sencillez voluntaria/ ecología no tenía sentido en Caracas 2015. No me quedó otra que cambiar el chip anterior y reemplazarlo por el de sálvese quien pueda. ¿Conseguía harina? No compraba un kilo, sino veinte. ¿Leche? Dame todo lo que puedas venderme. El socialismo obligado, en vez de hacerme tener una vida sencilla, me la complicó. En vez de despreocuparme por las necesidades básicas, lo único que hizo fue tenerme angustiada permanentemente.

Cuando el año pasado nos mudamos a Querétaro, me recordé a mí misma que ya no hacía falta estar almacenando grandes cantidades de productos. Que ya podía volver a mi antiguo estilo de vida.

Mentiras totales.  Era como si, luego de haber pasado un año de hambre, pretendiera hacer dieta en un banquete. Yeah, right. Me cayó el veinte, como dicen en México, cuando un día me puse a contar la cantidad de champús que había en la casa: que si el de niños, el de hombres, el enorme de Costco, el de la oferta buenísima, el del práctico envase, el anticaspa, el caro pero maravilloso, el natural, el de todos los días, el clásico, el de restauración, el que olía a frutas del bosque… en fin. La escasez que viví en Venezuela había cambiado mi inconsciente.

El minimalismo es un estilo de vida que trae bienestar y mantiene mis necesidades básicas satisfechas. La escasez, por el contrario, no trae bienestar y nunca satisface totalmente las necesidades básicas de nadie.

Estoy feliz de tener la libertad de ser minimalista de nuevo.  Yo puedo escoger ser minimalista. Nadie escoge sufrir por escasez.

 

Michelle L. Hardy

 

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Too many little bills

En menos de dos meses el precio de la moneda estadounidense subió 104% frente al bolívar en el mercado negro, pues el pasado 13 de mayo el dólar cruzó la barrera de los 300 bolívares.

I was outraged when I saw how easy it is to register to vote here, vis-à-vis how it is abroad. If you live in another country, the list of papers that you have to hand in is so long, the time frames are so short, and the places where you can register are frequently so far away, that in a lot of cases you just can’t vote. But here, I just had to go to the closest subway station, make a  two hour  line, show my ID , and voilà ! I was done! I just couldn’t believe it!  So, if you are a Venezuelan expat, don’t feel guilty because you can’t vote!  (I’m saying it because I did feel guilty, but not anymore!).

Maybe what I’m going to say won’t be nice for everybody to hear, but I’ll say it anyway. I recently read a banner that said “Venezuela is the best country”. I immediately thought, no wonder so many Venezuelans are seen in Panama as smug people who look down on Panamanians. Because Venezuela, of course, is not the best country. The best country is a fantasy, it doesn’t exist, just as it doesn’t exist the “best person”.

I must say too, that Venezuela is not the only nation that thinks that it’s “the best”, a lot of others do, but what happens with that? Every expat knows it:  if you are in such a country, some people look down on you. So, now that we come from a country that is not “the best” , are people looking down on us? Unfortunately, although not everybody, I’ve noticed that some people do, as if Panama was a lesser country.

The dollar in the black market was – more or less – 600 bolivars yesterday (to know more, click on the image), so,  1000 Bs.  (The maximum amount of money that you can withdraw from an ATM machine at once),  is a little less than 2 US$  (I’m talking about my bank, but it’s similar with the other banks). Nevertheless,  you can repeat the procedure several times (only if you are in an ATM machine from your bank, otherwise the limit, is 1200 Bs.) until you get to the maximum allowed per day, which is 16000 Bs. This might seem non sense, but this is the reason: the pack of bills for 1000 Bs. is the thickest pack the machine can handle, so even if the dear ATM wanted to give you more than that at once, it just can’t because it wasn’t built for that.  But the people who programmed the machines don’t think you need any explanation, so what you read in the screen (if you want to withdraw 5000 Bs. or any amount bigger than 1000 Bs.) is “Sorry, we can’t deliver cash at this time”. So you’re all, “crap, this one doesn’t have cash either” (there is, along with everything else, a shortage of cash, so it’s not such a dumb assumption) until someone clarifies the misunderstanding telling you, “oh no, that doesn’t mean it doesn’t have cash, it’s just that you requested for too much (too much?!) money; just ask for the maximum that the screen tells you”.

So that’s how I learned everything that I just explained, and that’s how I ended up only with 1000 Bs. in my pocket, because my patience had been worn out, and I just couldn’t  repeat the process four times more.

Til’ the next post…

Michelle

@chicadelpanda

¿Qué es eso de voz que “solo se usa afuera”?

Hace poco vi un video que me hizo reír tanto, que le di replay varias veces. En el mismo se muestra primero a una mamá americana, calmada, pidiéndole a su hijo que por favor ordenara la habitación. Inmediatamente sale la mamá “latina” pegando gritos, haciendo más desorden. Me reí mucho porque me sentí identificada (los miles de comentarios del video demuestran que no soy la única, por cierto). Sin embargo, no son todas las latinas así; las venezolanas y colombianas sí (con excepciones) pero definitivamente no las chilenas. Hoy por fin encontré una imagen/ infográfico que me puede ayudar a explicar este situación. Digamos que hay niveles de voz, como a continuación:

aVoice

Hace un par de años, cuando mi hija regresó de su primer día de clases en Panamá (nos habíamos mudado de Chile) su primer comentario fue “¡Esos niños son muy ruidosos!”. Mi teoría es que había pasado del nivel 0 (silencio total, nadie estás hablando, el silencio es oro) y 1 (conversación de espía, solo una persona puede oírte) de sus compañeros de clases en Santiago,  al nivel 4 (alto, como para presentarse ante un gentío, todos pueden oírte) de sus compañeros en Panamá. Yo jamás oí los niveles 4  ni 5 (fuera de control, voz de recreo, “nunca” usada adentro) en Chile… mentira, cómo no, cada vez que dos venezolanos se unían, subían a 5, y cualquier chileno a 1 km a la redonda se volteaba a mirar qué estaba pasando. Estoy hablando que minutos después del terremoto del 2010 de 8.8 grados, mis vecinos continuaban hablando en el nivel 2 (fluidez lenta, pequeño grupo de trabajo, solo el grupo puede escucharte), como que “aquí no ha pasado nada” (eso de voz  “fuera de control,” no existe para los chilenos en circunstancias normales, aunque puede que haya excepciones en alguna que otra marcha). Es parecido a como es la gente en París en ese respecto. Recuerdo una vez que se me ocurrió hablar en un nivel 4 a la señora que me hospedaba (porque ella estaba en la parte de abajo de una escalera y yo en la parte de arriba), y  se ofendió terriblemente porque yo no había bajado a hablarle de cerca (mientras que yo, por supuesto, no entendía por qué se había molestado). Después de una semana en la ciudad, más o menos, entendí que nadie hablaba en un tono de voz 4 o 5.

Por otro lado, los venezolanos y panameños saben que existe el nivel 0 por algunas misas y ocasiones esporádicas similares. Pero no hay nada que le estrese más a un venezolano que el nivel 0 en una conversación(el silencio no es oro, definitivamente): inmediatamente lo remedian, no lo soportan, así sea para decir “parece que pasó un ángel” para hacer que la gente sonría. Hablé en tercera persona porque ya, después de años viviendo afuera, se me ha quitado un poco esa costumbre (aunque está volviendo ahora que vivo en Panamá); pero todavía tengo que resistir el impulso primario de rellenar los vacíos de silencio.

¿Quiénes hablan con un tono de voz más alto? Solo puedo decir, de mi propia experiencia, que venezolanos, panameños e italianos del sur (aparentemente los colombianos también) están empatados. Eso de que exista un tono de voz “que no se use adentro” nos deja perplejos… ¿Pero cómo? Si hasta nuestras mamás lo usan, jeje. Aquí les dejo el link a la página  de Facebook del humorista Matthew Windey   para que se rían bastante.

 

@chicadelpanda

 

Medio dormida

I'm working. Don't come any closer unless you have #coffee. I need this poster-sized for my cubicle!

Una amiga muy sinceramente me dijo “por lo que más te felicito respecto a tu libro es que hayas tenido la voluntad de escribirlo todas las noches”. “Gracias” , le dije , mientras pensaba, ésta es una de las mejores felicitaciones que me han dado (¿O se lo dije? No me acuerdo). Esta amiga es una colega mamá, reconoce el esfuerzo. Da las felicitaciones con conocimiento, con experiencia.

Lo que no le admití ese día fue que yo casi nunca escribo en las noches. Es más, no sé cómo hay personas, mamás sobre todo, que logran hacer algo en la noche. No sé si sea una cuestión de ciclos circadianos, de si uno es morning person  o no, o qué; pero yo en la noche usualmente estoy tan agotada que me duermo a la misma hora que los niñitos. En mi caso, el hecho de que casi siempre escriba en las mañanas se debe a que sigo medio dormida cuando empiezo a escribir.

Cuando pasé de 4to a 5to grado de bachillerato, pasé un mes de “verano” internada en una escuela militar. No, no era un castigo, sino una recompensa, ya que había sido escogida, junto con otros 120 muchachos en todo el país, para hacer un curso de preselección para unas becas en las que podríamos  cursar toda la carrera en el extranjero. La cuestión es que parte de la rutina diaria era que venía la banda marcial  a la ventana de nuestro “dormitorio”, la cual hacía que me temblara toda la cama y del susto, temblando todavía, caminaba hasta las duchas, abría una,  y me metía debajo del agua helada, mentando la madre, pero demasiado dormida como para hacer otra cosa. Todos los días hacía lo mismo, y todos los días yo era la primera en ducharme (de la “habitación” de como veinte mujeres en la que dormía yo). ¿Por qué la obsesión de salir disparada de la cama a la ducha apenas escuchaba la diana? Porque estaba convencida de que era la única manera de que me duchara todos los días. A esa hora, medio dormida todavía, iba como zombi al baño; pero más tarde, despierta, con mi cerebro funcionando, a sabiendas de que me esperaba el horror de esa agua fría, estaba segura de que iba a pasar un mes sin bañarme.

Así me pasa ahora: usualmente, si no escribo a primera hora, cuando estoy todavía medio dormida, no lo hago, ya que más tarde empieza la vocecita de la racionalidad: “no, no escribas de eso porque, X, Y o Z”, y termino no escribiendo nada. Ya se me acabó el café… así que hasta aquí llegué (por hoy, solo por hoy).

@chicadelpanda

Reajustando metas

Cerros Cedro,  Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

Cerro Cedro, Camino del Mono Tití, Parque Metropolitano, Ciudad de Panamá

“Cuando era adolescente, me imaginaba a mí misma, en el futuro, subiendo montañas”, le dije una vez a una amiga que acababa de regresar de una expedición en el norte de México. “Pero aun puedes”, me respondió y yo le sonreí. “Quién sabe, a lo mejor sí, a lo mejor no”.

Desde los ocho hasta los dieciocho años fui Guía Scout, y luego formé parte de un club excursionista por un tiempo cuando estaba en la universidad. Entre muchas excursiones, las más demandantes fueron a La Silla, al Hotel Humboldt y al Pico Naiguatá en el entonces Parque Nacional el Ávila (Caracas), así como haber subido el Pico Humboldt (Mérida, Venezuela) dos veces (solo hasta Laguna Verde). La primera vez que subí el Humboldt, nuestros guías eran dos aventureros profesionales, para quienes hacer dicha excursión era como subir a Sabas Nieves (un sitio popular en el Ávila, que se sube después de unos exigentes treinta minutos, si estás en buena forma). Uno de ellos era oficialmente fotógrafo, mientras que el otro era aventurero/ guía/ escritor. Este último una vez nos contó que se había ido a trabajar en un buque  salmonero en Alaska.

Me acordé de él, pues hace poco terminé de leer el libro Into the Wild basado en una historia de la vida real (se podría traducir como Hacia la Naturaleza Salvaje), en la que un joven de 23 años,  Chris Mc Candles, muere en pleno corazón de la naturaleza en Alaska, a mediados de los noventa, después de haber vivido allí, completamente solo, por varios meses. El muchacho venía de una familia muy acomodada, y luego de haberse graduado de una de las universidades más prestigiosas de su país, decidió donar el dinero que tenía y desaparecer por dos años mientras viajaba como vagabundo por Estados Unidos y México. Su historia es muy interesante, y mientras yo leía el libro, pude revisitar imágenes de la película del mismo nombre, así como disfrutar de nuevo, en mis pensamientos, el soundtrack del vocalista de Pearl Jam, Eddie Vedder.

Sin embargo, hay una gran diferencia entre la película y el libro. En la película se hace énfasis en la rebeldía del muchacho en contra de sus padres, quienes se preocupan por mantener una imagen de perfección que no coincidía con la realidad. En el libro, sin embargo, el autor (el periodista y escritor John Krakauer) hace énfasis en el carácter aventurero del muchacho, quien seguía una pasión interna, una necesidad de hacer lo que tenía que hacer, sin importar las consecuencias. El autor explica que para él fue también un imperativo contar la historia de Mc Candles en un libro (ya había realizado un exitoso reportaje) pues él se sentía identificado con el joven. En su libro cuenta, no solo la historia de Mc Candles, sino también la historia de otros aventureros que tuvieron con destinos trágicos similares. También relata su propia gran aventura en Alaska (siendo él mucho más joven) cuando se fue solo a escalar, por semanas, a una montaña solitaria, llena de cascadas congeladas y glaciares con precipicios. Toda la expedición fue espeluznante, pero jamás olvidaré las astas de cortina que anudó en cruz,  para luego amarrarlas a él mismo, arrastrándolas por la nieve, como precaución si pisaba un glaciar débil que pudiera tener un precipicio abajo (el quedaría colgado de ellas). El hecho de que Mc Candles hubiera muerto y él no, dice Krakauer, era pura suerte (él también, como mi guía aventurero, había viajado en un buque salmonero en Alaska, en donde trabajó para pagar el viaje).

¿Por qué hay que gente arriesga su vida? ¿Por qué sienten que tienen que llegar a la cima de una montaña? ¿Es irresponsabilidad, es pasión, o las dos cosas? ¿Es una cuestión de la juventud?

No sé si algún día suba montañas como lo hice hace años (por cierto, hablo de “subir” caminando, o hiking, nunca llegué a escalar, no soy tan valiente) pero no me siento frustrada (aunque cuando hice el comentario con el que empecé, hace ya unos siete años, sí lo estaba), pues ya he aceptado que no se puede hacer todo en la vida. He cambiado el sueño de grandes montañas por  excursiones cortas a las que he podido ir con mi familia, como la Quebrada Quintero en el Ávila en Caracas, el Cerro San Cristóbal en Chile, o el Cerro Cedro (Parque Metropolitano) en Ciudad de Panamá. En ellos he compartido con mi familia, no solo la alegría de caminar por un sendero natural, sino la vista que se aprecia desde lo alto y la satisfacción de haber llegado a una meta.

Sin embargo, me emociona mucho cuando veo en Facebook que alguien de mis conocidos o amigos ha coronado una montaña, o ha logrado hacer una gran excursión con la que soñaba. Me gustaría que supieran que me transportan dentro de sus fotos hasta los maravillosos paisajes en donde estuvieron y que desde detrás de esta pantalla les estoy aplaudiendo ¡Bravo!

@chicadelpanda

La escena del crimen futuro

Lo que voy a relatar puede hacerte entender por qué  esa señora con niñitos a la que le hablaste una vez, no te escuchó (razón: es posible que se parezca a mí).

Cuando estoy fuera de mi casa y mis hijos están presentes (mientras más pequeños, peor), aunque parezca que estoy teniendo una entretenida conversación con alguien,  en realidad, estoy trabajando. A menos que me encuentre en mi casa, o de visita en casa de alguien con hijos de la misma edad que los míos, en donde la casa sea segura para ellos (o child proof, como dicen en Estados Unidos), no me puedo relajar completamente.  ¿Qué sucede en mi mente cuando acabo de llegar a un sitio  (ya sea la casa de alguien, un restaurant, o donde sea) y estoy con niños? Como si alguien me acabara de dar una orden que debo atacar, me transformo en una especie de Sherlock Holmes o agente de CSI , pero a la inversa: en vez de revisar y escanear la escena “después” del crimen, reviso y escaneo la escena “antes” del crimen.  ¿Qué crimen? El que pueda cometer alguno de mis hijos en daños a bienes materiales. También me convierto en inspectora de seguridad, para verificar el nivel de probabilidad de que pueda ocurrir algún accidente en que ellos estén involucrados.

La inspección comienza por el piso: busco  alfombras caras o antiguas a las que les pueda caer un jugo encima (si los niñitos están aprendiendo a caminar, también veo si el piso es demasiado duro), si hay escaleras de las que se puedan caer (el nivel de peligrosidad va acorde a la edad del niño, evidentemente) y si éstas tienen baranda o una puertita que las bloquee. Luego voy subiendo la vista para verificar si hay enchufes sin tapar, y si estos tienen cables conectados a alguna lámpara bellísima de piso que pueda caerse estrepitosamente si alguien las tropieza, o si esos cables están conectados a equipos electrónicos caros, como computadoras o televisiones de pantalla plana que puedan caerse fácilmente. Continúo detallando las mesitas de sala, si son de vidrio y si tienen puntas; idem con la del comedor. Chequeo si hay alguna otra mesa llena de portarretratos enmarcados en vidrio, y si hay adornos de porcelana o similares a la altura del niño (si mi hijo tuviera aun de uno a tres años, lo más probable es que, si tuviera confianza, le pidiera a la dueña de la casa que los quitara, y si no la tuviera, que ya estuviera decidiendo que la visita iba a ser muy breve, pues preferiría pasar la vergüenza de irme antes, a la vergüenza de que mi hijo rompiera algún adorno irremplazable). También me fijo si hay algún perro y qué tan inofensivo puede ser. En caso de que haya jardín, veo dónde podría esconderse algún animal (como una culebra, por ejemplo); si hay líquidos tóxicos para mantenimiento de jardín, o de limpieza, o si hay herramientas peligrosas al alcance de los niños. Me fijo  si hay una piscina sin cerca, y si hay balcones o ventanas sin rejas ni redes de seguridad, así como si hay alguna posibilidad de que los niños abran la puerta y salgan a la calle sin ser vistos. También si hay algún bebé solo en alguna habitación (aún recuerdo el cuento de una amiga, cuyo hijo de cuatro años estuvo a milímetros de darle un caramelo en la boca a un bebé que estaba en una cuna).  También me fijo si hay puertas de vidrio demasiado limpias  y sin calcomanías de advertencia,  que pasen desapercibidas por algún niño que pueda estrellarse contra ellas corriendo, rompiendo el vidrio. Cuando mis hijos eran menores de tres años, también estaba atenta a cosas pequeñas que se pudieran llevar a la boca y atragantarse (como piedritas de decoración o piezas pequeñas de juguetes de algún niño mayor). Atención, todo esto pasa en mi mente mientras estoy sentada “conversando” con alguien, no es que estoy como Sherlock literalmente buscando con una lupa.

De todo lo que veo, nada dispara tanto las señales de alarma respecto al incremento de probabilidades de que ocurra un crimen hacia la propiedad, como un sofá blanco, inmaculado. Cuando esto sucede, me provoca fingir que me siento mal y decir que me tengo que ir, mientras me convenzo que esa medida es mejor que poner una cinta amarilla que diga “escena de crimen  futuro, no traspase “. El nivel de paranoia crece cuando me dicen “es que es de diseñador, lo trajimos desde Italia mandado a hacer exclusivamente” o aun peor, “este sofá era de mi bisabuelo, toda una antigüedad”. En ese momento veo una película mental con la serie de sofás que hemos tenido en los diferentes sitios en que hemos vivido, con todo lo que les ha caído encima, desde compotas, pasando por Cheerios, leche y otras sustancias que no refiero aquí, por no causar demasiada repugnancia,  pero que quienes son padres saben perfectamente cuáles son. Pero la resignación vence, y entonces decido que yo misma me voy a convertir en cinta amarilla de advertencia, y así termino pasando el resto de la estadía haciendo de vigilante ad honorem del sofá (y de los niñitos, claro).

El trabajo de niñera /guardaespaldas llegó a su punto máximo cuando mis hijos tenían entre uno y tres años, y desde allí ha bajado de intensidad de manera continua, gracias a Dios. En aquellas épocas, era probable que, si estaba acompañada de mi esposo,  no hubiera hecho ninguna inspección ocular del sitio, sino que simplemente nos hubiéramos turnado a perseguir a la criatura (mientras el otro socializaba). Pero si estaba sola, las probabilidades de tener una conversación coherente conmigo, eran bastantes pocas, sobre todo en la  era pre Ipad o pre Iphone. Es por eso que bendigo a los fulanos aparaticos, porque mientras mi hijo menor S se concentraba jugando con alguno de ellos, por ese ratito, así fuera por diez minutos, yo podía dejar de trabajar, y así darme el lujo de intercambiar varias  frases con otro ser un humano.

@chicadelpanda

Más de un millón de maletas

¿Quién cumple años hoy en Facebook? ¡Fulanita! Años que no sé de ella, la última vez estaba viviendo en Angola, África. Buscar en el perfil, “about” , “Lives in Guandong” ¿Eso no es China? Le escribo “¡Feliz cumpleaños desde Panamá!” A lo que ella me responde: “¡Gracias y besitos desde la China!”

Hace poco alguien me escribió un comentario en Facebook sobre el lanzamiento del libro Siete Maletas, Nuestras Anécdotas en el Exterior (escrito por esta servidora) lo siguiente: “¿Y qué venezolano no las tiene?” Tiene razón. Hoy, viendo un video sobre el éxodo venezolano de los últimos años, leo que más de un millón de venezolanos han emigrado, así que mínimo debe haber un millón de historias repletas de anécdotas interesantes. La cuestión es sentarse a escribirlas.

Hay una en particular, que habla sobre emigración, pero que es ficción histórica: Liubliana, de Eduardo Sánchez Rugeles. Yo no sé si sea el mejor libro que me haya leído en mi vida (en este momento así me parece), pero es el que más me ha sacudido todas las emociones posibles. Es un libro de “cortarse las venas” como dicen en Venezuela, en que lloras, ríes, recuerdas, te alteras.  Esta novela además, ha sido premiada no sé cuántas veces. Es la novela perfecta, si hubiera una “gran novela venezolana”, o incluso latinoamericana, para mí sería ésta. De la página de Goodreads de la bloguera de Tras las Páginas cito lo siguiente:

“En jerga venezolana: esta vaina si es buena. Una historia venezolanísima, de esas que marcan y no se olvidan, que sin tapujos nos muestra lo que significó crecer en la Venezuela de los 80s y 90s. Que particularmente me tocó de manera personal, porque lo recuerdo todo, porque lo viví todo y lo sigo viviendo: la ilusión de la tierra prometida, el inicio de la Revolución, el paro petrolero, la tragedia de Vargas, el estancamiento y, sobretodo, la involución.

Es imposible leer esto sin conmoverse, sin sentirse identificado, sin que te duela tu país. Este libro es un retrato de la Venezuela contemporánea, que incluye, además, elementos de thriller, misterio, amor, comedia negra y mucha locura; haciendo de Liubliana, un excelente instrumento de reflexión, uno de los mejores libros que he leído y una lectura obligada para todos los venezolanos.”

Me encantaría leer más historias de emigrados venezolanos, reales o de ficción. Si tienes alguna recomendación, me encantaría leerla en los comentarios.

@chicadelpanda