Mis vecinas imaginarias

Tengo tres vecinas que se han convertido en personajes fantásticos de mi vida queretana:

1 – La muñeca María que venden las indígenas, la cual es también un símbolo de la ciudad y de sus celebraciones. Aunque sean de gran tamaño, estas muñecas son siempre niñas, alegres, amadas y tiernas. Incluso cuando las visten de revolucionarias, fusil al hombro, parece que están disfrazadas para hacer una obra en el colegio. Me hacen sentir igual a que si estuviera viendo un osito de peluche, o un conejito blanco moviendo su nariz.

2- La Catrina, un esqueleto disfrazado de dama antigua, el cual me encuentro en todas las tiendas de souvenirs, en forma de imanes, playeras o adornos. También me da la bienvenida en algunos restaurantes, en tamaño real. ¡Susto!

Así como muchos mexicanos no entienden cómo es que me puede parecer picantísimo un plato de comida, mientras que para ellos no pica nada, tampoco entienden, (o les parece divertido) que las Catrinas, o las calaveras en general, que para ellos son una decoración normal, a mí me causen horror (mis vecinos tienen una maceta enorme con forma de calavera, por ejemplo, como única decoración en su balcón).

Tengo una mezcla de fascinación con repulsión respecto a  todo lo macabro que hay en Querétaro. Es admirable que tengan símbolos de muerte en su rutina diaria, ya que me recuerda lo intrascendentes que somos, y que al final, todos terminamos de la misma manera. Por ello no debo tomar nada demasiado en serio, ya que ante la muerte, nada lo es. Sin embargo, mi corazón hace una mueca cada vez que veo la calavera del vecino, y se encoge otro poquito cuando veo Catrinas en cualquier negocio del centro.

3- Last but not least: Frida Kahlo. A cada rato me encuentro con una versión de su imagen en la ciudad. Ella hizo que su sufrimiento e imperfección fueran considerados obras de arte, o mejor dicho, ella los convirtió en obras de arte. Conmovió con sus cuadros y  su vida, pasando a ser una mujer trascendental. Aun hoy sigue guiando a muchos artistas, artesanos o cualquier persona con impulso creativo, tanto dentro como fuera de México.

Con Frida me pasa algo similar a lo que me sucede con la Catrina. Ella hace que sienta que mis concepciones de belleza son demasiado simples. Me gustaría que no fuera tan sincera en su expresión artística (ella te incomoda a propósito) pero al mismo tiempo le agradezco haber existido, haberme enseñado que el sufrimiento es real y que hay personas increíbles, que pueden transformarlo en belleza.

Estas son mis tres vecinas: una tierna, otra macabra y la otra, indefinible. ¿Por qué me identifico con ellas? ¿Será porque yo también soy tierna, macabra e indefinible?

 

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Mi Querétaro

 

Qro letras

Querétaro tiene un centro histórico, bien cuidado, al cual me gusta ir … pero ¿qué estoy diciendo? Tengo la suerte de vivir en el borde del mismo. Lo que sucede es que aunque la puerta peatonal da a la calle Cinco de Mayo, el portón del estacionamiento del edificio (el cual uso  la mayor parte de las veces) da hacia una calle que es más moderna, en que las casas fueron construidas a finales del siglo XX (más o menos), por lo que en un día normal de semana, no paso por la parte histórica.

La ciudad se extiende, irradiándose de diversas maneras: mediante vecindarios humildes, que recuerdan a los pueblitos de cualquier país latinoamericano  (solo que unidos a la ciudad, y más grandes), hasta las comunidades tipo americanas, cerradas, y con portones de seguridad en la entrada (con niveles de confort y lujo muy variados).

Una señora me dijo una vez, que había ido a Caracas hacía como veinte años, y que lo que le había llamado la atención era que no había espacios abiertos. Yo le entendí,  porque  lo opuesto es lo que me sucede a mí. En Querétaro casi todo es plano o con colinas bajas, hay muchas casas, pocos edificios y todavía hay cantidades terrenos baldíos. El otro día que fuimos a Ciudad de México, me sentí feliz porque de nuevo vi torres altas, unas al lado de otras. Extraño los edificios, no solo de Caracas, sino los de Ciudad de Panamá y Santiago también. Cosa más rara; yo, que tanto amo la naturaleza, jamás pensé que me iban a hacer falta.

Sin embargo, eso no quiere decir que no disfrute del paisaje y la estética de la ciudad. Cada vez que tengo que tomar la autopista para llevar a los niñitos al colegio, paso por una parte que es semidesierto por un lado y semidesierto por el otro, nopales, tierra, arbustos y la inmensidad del “mexican sky” (Are you with me?), que hace que todos los días sienta que me esté yendo de viaje. Poco después aparecen las casas de nuevo, salgo de la autopista y dejo a los niñitos.

Esa misma autopista (Libramiento Sur-Poniente) va por la periferia de una una zona enorme de casas suburbanas, relativamente nuevas, en donde no se ve mucha vegetación, sino solo aridez, cielo y sol. La primera vez que me metí por allí, me pegué tremendo susto. Pensé que estaba saliendo de la ciudad, y comencé a imaginarme que si me quedaba sin gasolina y sin celular, iba a terminar como los hijos de Brad Pitt en la película de Babel, insolada y con hambre en medio del desierto. Lo que sucede es que para alguien acostumbrado a tener siempre un punto de referencia (edificios, o montañas) esos espacios abiertos dan como miedito. Ya no, ya tomo esa vía a cada rato, aunque aun, cada vez que tomo alguna autopista que se aleja de la ciudad, y empiezo a ver tierra por un lado y tierra por el otro, me vuelvo a sentir ansiosa, y termino respirando aliviada cuando entro en la civilización otra vez.

Plaza de Armas , Querétaro

El centro, incluso en la parte que no es histórica, no es así. Hay árboles por todos los lados, y eso me hace sentir en casa. A pie puedo ir a cafés, restaurantes o tienditas, muchas veces atendidas por sus propios dueños. Es un centro histórico “vivo”, no solo de fachada, pues no solo la gente trabaja aquí, sino que también duerme.

Siempre está pasando algo en el centro: un concierto,  una feria, un maratón, una exposición, o quinceañeras paseando con sus amigos asomados del techo de las limosinas Hummer.  Sin embargo, también se ve pobreza, sobre todo los fines de semana en la tarde:  ancianos, niños  o discapacitados pidiendo limosna, el ocasional loco que grita en el medio de la plaza, o las mamás indígenas en sus vestidos típicos, vendiendo artesanías con sus niños cargados en la espalda.

También hay muchos turistas, que recorren caminando el centro, solos, o en tours, o que lo exploran en autobuses disfrazados de tranvía, o en los típicos rojos que hay en las principales ciudades del mundo. Me dicen que Querétaro es el sitio turístico, sin playa, más visitado del país, lo cual tiene sentido para mí. Aquí puedes ver al México de verdad (no Cancún), mientras que también puedes disfrutar de la arquitectura colonial, del confort de un buen hotel y de la gastronomía mexicana.

Calle Cinco de Mayo, Querétaro , diciembre 2016

Uno de los instantes más bonitos que he tenido fue un día en diciembre, en que abrí la puerta de nuestro condominio para salir por la  avenida Cinco de Mayo. Me dieron los buenos días unas hileras de globitos y papeles de colores que ondulaban desde lo alto de los muros, atravesando la calle a lo ancho. Entonces retrocedí, y cerré la puerta. S, quien entonces tenía seis años, venía unos metros más atrás, siguiéndome. Lo esperé, y abrí la puerta de nuevo para que se llevara la misma sorpresa que me había llevado yo, unos segundos antes. Puso una sonrisa de oreja a oreja, mientras yo le decía “¡Miiiiira!”, él se rió de lo lindo. Pura magia.

Michelle L. Hardy

Dos terceras partes del sueldo mínimo de un día en dos productos

A precio REGULADO (solo los dos días de la semana que te tocan, y la cantidad que te toca, y si tienes suerte, como yo ayer, que el supermercado tenga estos productos, es decir, que por casualidad los tenga porque hayan llegado ese mismo día y hora al super, ya que usualmente después de pocas horas se acaban) un paquete de galletas de soda de 300 gr. cuesta 300 Bs. y un litro de leche descremada 290 Bs. El sueldo mínimo es 9648 (aunque al final cobran 16000 es decir, Bs. 800 al día, sumando los cestatickets, q es un bono de alimentación, el dólar a 859 Bs, es menos de 1 dólar al día). Saquen sus propias cuentas y conclusiones.

La mayoría de los productos q yo compro son no regulados o bachaqueados (a.k.a., mercado negro, léase, incomprables por alguien con sueldo mínimo) y ayer compré esos productos por la vía “normal” porq por pura suerte no había cola para comprarlos y era el día de mi número de cédula. Pero el caso del 73% por ciento del país (q es considerado estadísticamente pobre y puede ganar más del sueldo mínimo) es q dependen de estos productos regulados por el gobierno para comer. A una mamá con cinco hijos le toca lo mismo a que si no tuviera hijos (a los menores de edad no les toca nada) y a los enfermos, discapacitados o viejitos q no se pueden mover de su casa u hospital tampoco, porq tienes q poner tu huella digital cuando compras. Qué desgracia.

Twitter: @otramaleta (anteriormente @chicadelpanda)

Michelle L. Hardy es venezolana y vive con su esposo, sus dos hijos y una gata, en Caracas desde junio 2015. Desde junio 2003, hasta junio 2015 vivió en New Jersey, Miami, Milán, Guadalajara (México), Santiago de Chile y Ciudad de Panamá. Cuando se fue de su país hace doce años, éste era aun capitalista (aunque ya estaba activa la “revolución bolivariana” o chavista). Cuando llegó, después de doce años, se encontró con un país socialista. Caracas es ahora otra ciudad: como si se hubiera ido en otoño y hubiera llegado en pleno invierno. Volver es como regresar al punto de partida, pero al mismo tiempo es como haber llegado a una octava ciudad.

Buscando huevos en Caracas

Anteayer el gobierno decidió que el precio justo de los huevos era 65% menos de lo que estaba, así que el cartón de 30 huevos quedó en 420 bolívares. El día en que salió la noticia yo estaba muy ocupada, pero al día siguiente fui a comprarlos, ya que sabía que iban a empezar a escasear (cada vez que el gobierno le pone “precio justo” a  algo, ese algo empieza a escasear porque nadie quiere vender ni producir perdiendo dinero). Así que voy a un supermercado y veo que la puerta del mismo está cerrada, junto con un cartel que dice “no hay sistema”. Hay un muchacho cuidando a la entrada y le pregunto si  es que no están abiertos, y me dice que sí, pero que no puedo comprar nada pesado. “¿Cómo que pesado?” , le pregunto, “como las frutas, que se tengan que pesar”. “Ok, no hay problema”. Paso, e inmediatamente el muchacho cierra la reja de la entrada. Adentro hay dos Guardias Nacionales. Mmm, como que ni este supermercado que es más pequeño  se salva  (todos los supermercados grandes tienen la presencia intimidante de uno o dos Guardias Nacionales, por lo menos). Le pregunto a uno de los muchachos que trabajan adentro si tienen huevos: “no señora, ayer vinieron y se lo llevaron todo”. I’m still a rookie, me tardé mucho.  Compro algunas cosas y me voy a otro supermercado.

Llegando veo que hay una cola como de cincuenta personas afuera (ya se están especializando, muchos trajeron paraguas para protegerse del sol)  y que el estacionamiento está full. No puedo evitar pensar que, aunque este socialismo nos ha jalado a todos hacia abajo, todavía hay una gran diferencia: los que hacen la cola afuera y los que entran directo a comprar dentro del supermercado, como yo, que tenemos plata “de más” como para comprar frutas y vegetales, (o para comprar a bachaqueros  -revendedores- o  para almacenar algunos productos y no tener la urgencia de tener que comprar cualquier cosa que saque el gobierno). Le pregunto al vigilante del estacionamiento: “y esa cola ¿Para qué es?” “Para huevos”. ¡Huevos! Yo quiero huevos, quién sabe cuándo se consigan otra vez. Nunca he hecho una cola de ésas, pero a lo mejor hoy es el día. No es tanta gente, ya tengo puesto el bloqueador solar 50, ando en ropa de hacer ejercicio (desde hace días me despierto con el firme propósito de hacer ejercicio y nada), tengo tiempo antes de buscar a los niñitos al colegio… listo, pero mejor me aseguro si vale la pena. Así que le pregunto a una señora que está en la cola: “¿Y sabe si es por número de cédula?” “Sí”, me responde, pero prefiero verificar porque no era el día de mi número. Entro al supermercado y vuelvo a preguntar lo mismo, esta vez a un empleado. “No es por cédula, pero solo quedan huevos como para 25 personas”; “qué lástima… mire, y por qué no le dicen eso a la gente que está afuera en la cola para que no la hagan sin necesidad? ” “Ah no, señora, es que ellos igual se quedan para ver si sacan algo más” (es decir, si el supermercado comienza a vender algo más a precio regulado),  “Ah… ok”, le digo, mientras agarro un carrito. I´m still a rookie.

Así que consigo las frutas y vegetales que no había podido comprar en el otro sitio, y me pongo a hacer la cola para pagar (la cual llega hasta el extremo de atrás del supermercado, donde venden las carnes). Un señor se pone detrás de mí con su carrito y me dice “mire, aquí estoy yo, voy a buscar unas cositas y vuelvo” “sí, no hay problema”, le respondo y me dice, “pero mire, estos son mis huevos”, mientras señala un cartón de huevos que tiene en el carrito. “Ok”, le digo. ¿Será que cree que se los voy a robar? No creo ¿O será que quiere que esté pendiente de que no le roben sus huevos?  

Me vine a casa sin huevos, pero con la tranquilidad de que tenemos otras fuentes de proteína en la nevera. Recordé el libro de Héctor Abad Faciolince, “El olvido que seremos” basado en la historia de su padre. Allí cuenta que a su papá, quien era médico, le preocupaba y le molestaba mucho la desnutrición infantil que encontraba en los hospitales colombianos, pues era algo muy sencillo de evitar: ¡Con solo comer un huevo al día!

Menos mal que no pude comprar los huevos, porque hay gente que los necesita más que nosotros. Pero ¿Y cuándo se le acabe ese cartón de huevos a ese señor, quien tenía toda la pinta de ser papá? Porque las legumbres (caraotas, porotos o frijoles, que son fuentes de proteína también)  prácticamente no existen,  tofu (¿qué es eso?) soya y frutos secos (nueces, almendras, etc.), carísimos o inexistentes, y las proteínas animales (lácteos, carne, cerdo, pollo, pavo y pescado) también escasean y son muy caras, sobre todo para una persona que gana sueldo mínimo (12 US$ al mes, es decir 9649 Bs).

Cuando se le acabe ese cartón de huevos a ese señor… ¿Entonces qué?

@chicadelpanda

 

¿Nunca se ha metido un extraño en tu conversación?

Entonces nunca has vivido en Caracas.

Hace un poco más de tres meses regresé a mi ciudad natal, Caracas, después de haber vivido doce años en otros cinco países. He tenido muchos shocks culturales, pues Venezuela ha cambiado mucho en todo este tiempo. Muchos venezolanos me han dicho “tranquila, que este es tu país”, pero la verdad es que no lo siento así. Siento que el proceso de adaptación ha sido más duro que en cualquiera de los otros países en donde he vivido en el pasado.

Entre los grandes cambios que he tenido que hacer, ha sido el estar en alerta máxima cada vez que salgo de mi casa, pues aquí no se puede bajar la guardia. Vivir en Caracas, es como vivir en Pandora, el planeta de la película Avatar: su naturaleza te abruma por lo abundante y por lo hermosa; pero no puedes olvidar que es un sitio muy peligroso. Es por eso que ahora oigo y veo más que cuando vivía afuera.

Por ejemplo, en el Centro Médico Docente  de la Trinidad (un hospital de alto nivel) oí a una persona mayor, diciéndole a otra: “es que vamos a terminar comiéndonos los unos a los otros”. Otro día, oí a una muchacha en la farmacia Locatel, mientras hablaba por el celular: “es que esos Guardias Nacionales son unos hijos de putas, coños de su madre. Cada vez que llego sola al aeropuerto, me caen a gritos”. Pero yo no soy la única que está hiper alerta a sus alrededores, es prácticamente todo el mundo. Toda la gente está pendiente de lo que habla el de al lado. Muchas veces he estado comentando algo a mi esposo o a alguien más, y la persona que está más cerca se mete en la conversación. Por ejemplo, estoy comentando que qué caro el atún, y el muchacho que está colocando mercancía en el supermercado, se voltea para decirme dónde lo puedo encontrar más barato. Si le digo a la cajera que “qué horror que hasta para comprar galletas de soda hay que comprar el día que te toca por número de cédula”, la persona que está en la caja de al lado se voltea para decirme en qué supermercado aún no están pidiendo cédula, y que entiende mi frustración porque él y su hijo comen muchas galletas de soda. Si estoy comentando que no sé dónde se pesan las frutas, alguna señora se voltea para decirme que no hace falta, que en la caja lo hacen. Incluso sin que uno hable, la gente te busca conversación: “aquí está mejor el precio los tomates enlatados; en el Mercado de Chacao cuestan el doble, se ha puesto carísimo”, o “¡Claro! Pura pasta importada carísima ¿Quién va a comprar eso?”

Cuando posteé estas anécdotas en Facebook, varias personas me comentaron “es que así es la naturaleza del venezolano”, refiriéndose a la disposición de ayudar sin pedir nada a cambio. Sin embargo, este hábito puede ser sorprendente para el que venga de afuera, incluso puede parecer mala educación. Pero una vez que pasas el shock, y te das cuenta que meterse en la conversación de un extraño no es una falta de cortesía, sino todo lo contrario, hasta empiezas tú mismo a meterte en la conversación de otros. Eso sí, sin bajar la guardia: nunca des información sobre tu vida personal a un extraño; recuerda que ahora estás en Pandora.

@chicadelpanda

Anestesia, agua y cobija

Do you want to go to Green Hospital or St. Marigold’s Hospital for ...

Estoy consciente de que en Venezuela tener champú es un privilegio. Sin embargo, eso no me parece normal. Me parece una humillación, al igual que sucede con todos los demás productos que escasean. Según estándares venezolanos, yo debo dar gracias por tener champú en mi casa. Pero bajo estándares del resto del mundo, eso lo que da es lástima.

Sin embargo, tener la perspectiva de tener que andar por ahí con el pelo grasiento es el menor de los males. Hace unos días un cirujano muy reconocido declaró que en su hospital PRIVADO ¡Habían tenido que suspender las cirugías cardíacas! ( Suspendidas operaciones cardiovasculares )  y poco antes, niños con cáncer y sus mamás tuvieron que protestar por la falta de medicamentos para tratar a sus hijos ( Dolorosa protesta de los niños con cáncer en Venezuela ).

Así que, como ven, yo, que pude tener el privilegio de ser atendida y operada en el Centro Médico Docente de la Trinidad, no debería quejarme sino dar gracias (así como debería dar gracias por el hecho de que tengo champú en mi casa). El CMD de la Trinidad, según me han informado, atiende a muchos personajes del gobierno y por eso está muy bien surtido y no le falta nada. Sin embargo, aunque la atención médica fue relamente excelente, ustedes llegaran a sus conclusiones respecto a todo lo demás que les voy a contar. No es aquí mi intención “echarle la culpa al CMD de la Trinidad”; mi intención es solo informar de mi experiencia allí, para que ustedes se imaginen, si ésa fue mi experiencia en la mejor de las clínicas del país, cómo será en las demás.

Fui varias veces al Centro Médico Docente de la Trinidad. En tres de esas ocasiones se fue la luz, y se encendió la planta eléctrica, la cual solo proporcionaba electricidad a las áreas esenciales, como computadoras y algunas luces (nos dicen que los quirófanos, y otras áreas esenciales también se surten de la planta). Sin embargo, el sistema de números por el cual atienden no es considerado esencial, así que los papelitos con numeritos se hacen inútiles y cada persona que llega tiene que preguntar en voz alta “¿Quién es el último?”,  y a los demás no nos queda sino rezar para que la cuestión no termine en despelote. Las luces de los consultorios tampoco son esenciales, así que una vez me atendió una doctora a oscuras en su consultorio (iluminados solo con la luz del pasillo; afortunadamente solo tenía que darme unas instrucciones preoperatorias), y unos días después me atendió otra doctora,  evidentemente molesta por el apagón, quien se disculpó conmigo por algo que no había podido hacer bien en la computadora , porque, según sus palabras “había tenido que escribir con una linterna, como si estuvieran en la edad media”.

Otro día llovió muchísimo y cuando salí del ascensor, regresando de Locatel, me encontré con un  charco de más o menos un metro de diámetro, a unos pasos más adelante (por suerte pude pasarle por al lado sin problemas). Pero una hora más tarde (había seguido lloviendo) al salir del área de consultorios, me encuentro con el siguiente espectáculo en el área de espera: un charco que parecía una pequeña piscina, de unos cinco metros de diámetro, con todas las sillas de la sala alrededor (habían tenido que moverlas para que no se mojaran) junto con unas doce personas con tobos, mopas y escobas, tratando de solventar la situación. Me quedé atrapada del otro lado del charco, junto con el resto de la gente que esperaba, como por veinte minutos, pues era imposible pasar sin empaparse los zapatos. Por cierto, unos días antes, se había abierto también otra gotera repentinamente en esa misma área de espera, que más que gotera era un chorro de agua.

En mi preparación preoperatoria, sufrí de un frío horrible pues según me dijeron “no había cobijas” (cuando luego me enteré que en mi habitación sí había) y después de la operación sufrí muchísimo pues la enfermera de anestesiología se tardó 4 horas en llegar para ponerme el catéter de morfina que se pone a nivel peridural. Según me dijeron eso se debía a “que solo había una enfermera en todo el hospital que pudiera hacerlo y había que esperar”.

Luego, cuando por fin me pasaron a la habitación,  no había agua de beber. Se la pedimos a las enfermeras y me informaron “que no había agua”, como si fuera lo más normal del mundo. Afortunadamente un familiar mío había traído una botellita de agua consigo y me dio un poco. Cuando se acabó tuve que tomar refresco para aplacar la sed, pues tampoco había agua en los restaurantes de planta baja. La doctora, cuando me vio tomando refresco, me dio el dato de que aunque no había agua, sí había hielo en ese piso. Así que mi esposo me buscó hielo y tuve que esperar a que se derritiera. Luego, como a las 9:00 pm (la intervención quirúrgica había terminado aproximadamente a la 1 pm)  llegó el agua.

De nuevo quiero hacer énfasis en que la atención médica fue excelente. Sé que debo dar gracias de que lo que me faltó fue agua, cobijas y unas horas de anestesia, y no antibióticos, insumos quirúrgicos, ni medicamentos. Pero para mí es un shock. Yo me esperaba una cobija si tenía que esperar sin ropa antes de la operación (a una temperatura como de 15 grados en que los mismos cirujanos y enfermeras usaban chaquetas); me esperaba anestesia después de la operación, no 4 horas de sufrimiento; y me esperaba agua potable en la habitación para calmar la sed. No creo que esperar abrigo, agua, y anestesia para calmar un dolor intenso, sea snobismo ni sifrinismo,  sino expectativas normales de cualquier ser humano.

@chicadelpanda

#MientrasTantoEnVenezuela – Parte 2

… vi a un motorizado junto con su pasajero, a unos 70 km/h , en la autopista, disfrutando, al igual q su pasajero, de unos helados de palito en vasito (vasito en una mano, helado en la otra).

… mi mamá me llama al celular barato que uso cuando salgo de la casa y me dice: “todavía no regresen a la casa. La policía estaba persiguiendo a unos malandros y los tiroteó a media cuadra de aquí. Los heridos están aun en el piso y están esperando a la ambulancia”.

… mi esposo me cuenta: “en la autopista vi cómo como un malandro asaltaba a un carro un poco más adelante a punta de pistola”.

… mi amiga y su esposo me cuentan: “ayer nos quedamos sin nada de agua, cero, ni una gota en la llave. Pero como a veces queda agua en el fondo del tanque, le atamos una cuerda de piñata a un tobo, y él se subió al techo a recoger el agua que quedaba”.

… el dictador hace un gran despliegue militar en la frontera con Colombia y con Guyana. Procede a hacer deportaciones forzadas de colombianos ilegales, declara estado de excepción en las zonas fronterizas e insiste en que las dos terceras partes de Guyana son propiedad de Venezuela. Ayer en Caracas unos malandros lanzaron granadas a unos policías. Hace unos días le dieron sentencia de casi 14 años a un líder opositor cuyo único crímen ha sido levantar la voz en contra del gobierno. Venezuela ya está dejando de parecerse a Animal Farm (Rebelión en La Granja) y se está pareciendo más y más a 1984. Atacados con granadas polibarutas y civiles en Las Mercedes

… los productos básicos o regulados, deben comprarse (si hay) el día en que termine tu número de cédula (a mí me toca los martes), y cada vez hay que poner los dos pulgares en el captahuellas. De esa manera el gobierno controla que no compres demasiados desodorantes (aunque no he visto ni uno en ningún estante desde que llegué aquí hace tres meses),  cepillos de dientes, toallas sanitarias, jabón, pañales (no he visto ni un paquete) champú, leche, atún, arroz (no he visto de ningún tipo, ni blanco, ni de sabor, ni nada, sino solo los importados que son carísimos), pollo, harina de trigo, harina de maíz, jabón de lavar lavaplatos (lo vi una vez, pero la cola le daba la vuelta a la cuadra), etc. La solución es comprarle al bachaquero (persona que hace colas como una hormiga; “bachaco” se le dice a una hormiga grande en Venezuela), quien compra, y revende (los mercados libres, de calle o buhoneros, si tienen productos regulados, son “bachaqueros” también). Por supuesto los más grandes “bachaqueros” – pero que no hacen colas – son los mismos enchufados (personas del gobierno o con conexiones en el gobierno). De repente me acuerdo cuando veía aquellas colas en televisión en la Unión Soviética cuando era chiquita: la única diferencia es que mientras allá hacía frío, aquí hace calor. Yo aun no he hecho colas de cuadras (solo colas dentro del supermercado).

.. el salario mínimo mensual es 9,46 US $ …¿Te acuerdas cuando eso eran cosas que pasaban en África o en Cuba solamente?  Salario Mínimo en Venezuela 2015 ,  Dólar paralelo 28 de septiembre de 2015 

… vivimos en hiperinflación (ejemplo, la lata de atún pasó en tres meses de 235 Bs. a 435 Bs.) El fantasma de la hiperinflación

… mi esposo lleva a mi hijo menor al colegio a las 7:45  am y regresa a las 8:00 am. Me dice: “a unos metros de la entrada de la casa llegaron dos policías motorizados, quienes detuvieron a dos tipos que estaban en una moto. Les quitaron una pistola a cada uno como si fuera lo más normal del mundo y yo viendo todo mientras la reja de la casa se abría. Me pareció que pasaba un siglo.”

… me encuentro con una venezolana que vive en San Pedro Sula, Honduras (la cual tiene el título de la ciudad más peligrosa del mundo; la segunda es Caracas). Le pregunto que qué piensa de la inseguridad en esa ciudad, en comparación con lo que se vive aquí, y me dice: “la inseguridad es sobretodo en los barrios pobres que rodean la ciudad, donde yo vivo es tranquilo. Allá sabes que hay una probabilidad de que te secuestren, pero aquí ya la gente da por sentado que algún día le va a tocar”. The 50 Most Violent cities in the World

… mi hijo de cinco años me pregunta: “¿Los árboles son como las personas?”, “¿Cómo que como las personas?” , “¿Los árboles grandes cuidan a los más chiquitos?”  y le dije que no, aunque por un momento me imaginé a unos árboles papás cuidando a unos árboles niños. Luego pensé: pero hay un pequeño error en tu suposición; no todos los grandes cuidan a los más chiquitos. No todos los que tienen poder (los grandes) cuidan de los que no lo tienen (los más chiquitos);  Venezuela, Curso 101. 

 

@chicadelpanda