La Noria

 

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Noria en Puebla, México, Enero 2017.

¡Más de un año sin escribir este blog! Es una resurrección desde la cenizas, como el ave de Fénix de Harry Pot… quiero decir, de la mitología griega. No tenía ni la menor si iba a volver a activarlo, así de convulsionado estaba mi mundo mental después de mi (nuestra) experiencia en Venezuela. Pero, he decidido, después de mucho cavilar, que tengo derecho a ser todo lo feliz que quiera, y que tengo derecho a compartirlo. El que muchas otras personas la estén pasando mal, no quiere decir que tenga que estar mal  yo también, pues el sacrificio de mi felicidad no se traduce en ganancia para la felicidad de otros. Así que hoy he decidido salir otra vez a la luz pública: sí, estoy feliz, muy feliz, mi esposo y mis hijos están felices (la mayor parte del tiempo), a pesar de que muchas personas y seres queridos que viven en Venezuela no lo están. Es atrevido decir esto:  parece que estar triste, o simular estar triste, es un deber venezolano.

Hablando de infelicidad, pues sí que hemos pasado, mi familia y yo, muchos momentos infelices en el pasado reciente. Muchas desilusiones y malestares, de los cuales no quiero hablar ahora. Como dicen por ahí (en Pinterest, fuente de sabiduría), cada persona que consigues en tu día a día, está librando una lucha por dentro de la que no tienes ni idea. Así que, aunque por fin me he dado permiso de ser feliz de nuevo, sin disimulos, sin disfraz, también sé que hay una parte de mí que sí se disfraza para salir a la calle, que sufre, no siempre, pero sí de a ratos, por diversos temas que son partes de mi vida personal. Esa parte la llevo en secreto, pero mi felicidad, la quiero llevar en público. No es para hacer un show de algo que no es, sino lo contrario: quiero que todo el mundo vea mi parte feliz, y no quiero ocultarla más. Mi lado triste y oscuro se queda conmigo, y con mis seres queridos más cercanos. Lo que yo muestro aquí, no es mi 100%, sino el 50% de mí. Es solo esa parte  soleada y bella. El otro 50% no lo conocen, y así quiero que se quede. Lo que no quiero es seguir escondiendo ese 50% de felicidad auténtica, por miedo a ser juzgada de insensible.  No ayudo a nadie escondiendo la mitad que brilla.

Ayer encontré en Pinterest una frase que me inspiró a volver a escribir este blog: “Let your weird light shine bright, so the other weirdos know where to find you” (deja que tu luz rara brille, para que los otros raros sepan dónde encontrarte). Perfecto, eso es lo que quiero: encontrar por aquí otra gente rara con ganas de compartir  su visión de las cosas.  Cada quien está montado en su propia noria, y aunque compartamos muchas realidades, siempre vemos paisajes que los demás no ven, o que ven desde otro ángulo. Es emocionante cuando alguien te dice “¡Yo también ví la cometa en el cielo!” o cuando alguien que estaba ocupado viendo algo diferente, te dice “¿Qué cometa?”

Por cierto, desde julio del año pasado, ya no vivimos en Caracas, Venezuela, sino en Querétaro, México, nuestra octava ciudad (oficialmente hablando) pero nuestra novena ciudad en términos de shock cultural y adaptación, ya que la Caracas capitalista que dejamos en el 2003, es muy diferente a la Caracas socialista que dejamos en el 2016. De más está decir (para los venezolanos) que la prueba de fuego, la ciudad más C de M, y la más brutal como experiencia de vida, de todas esas nueve ciudades, fue Caracas 2015-2016. Pero no me voy a extender (hoy) en eso. Probablemente luego.

Querétaro es tan amigable que a veces me siento en Disney. Una venezolana que vive aquí me dijo: “Querétaro es un secreto, no hay que decirlo mucho para que no se eche a perder”. Pero ya mucha gente sabe que nuestra ciudad es una joya (ya la siento mía, como son mías las otras ocho, para bien o para mal)  y está aumentando mucho su población. Se nota, según me dicen, sobre todo en el aumento del tráfico “infernal” (no lo es para mí). Es un excelente lugar para vivir, porque se vive en paz. Vivir en paz es un privilegio, el cual aprecio cada día.

 Sin embargo, ya he sido víctima de la viveza o del jugar vivo, lo cual es lo mismo que decir que me robaron, o me intentaron robar. Una vez pedí que me revisaran el aire de las llantas en una estación de servicio, pero los tipos aprovecharon para desinflar una totalmente. El objetivo era “recomendarme” un sitio cercano en donde me la podían reparar. No caí en el engaño, pero igual me habían echado a perder el caucho y tuve que gastar en uno nuevo (al menos no lo hice con los “recomendados”).

En otra ocasión, saliendo en reversa del estacionamiento de una farmacia, se me atravesó repentinamente una camioneta pick-up llena de niñitos con máscarillas de enfermos, y los “choqué” levemente. Salieron todos “asustados”, y el papá me enseñó una abolladura que obviamente no había hecho yo, pero que, por la angustia de ver a todos los hijos del señor (eran como cuatro, desde un bebé, hasta uno como de ocho años, más la mamá), terminé dándole dinero para que la “arreglara”. Cuando llegué a la casa, hice la venezolanada de decirle a mi esposo que por lo menos había ayudado a la pobre familia, y  que, al fin y al cabo, yo había hecho una buena acción al darle la plata, y que por lo menos no eran malandros con armas que me iban a secuestrar para comprar droga y armas. Por lo menos el individuo (ese es el cuento que me estaba echando a mí misma) iba a gastar la plata en los hijos “enfermos”.

Así nuestra vida sigue en este “oasis de civilización en el medio de México” (así he oído decir…y para alguien expuesto a los cuentos post-apocalípticos de Caracas, es verdad; ser robado de manera cordial es algo muy civilizado).  El mundo de S, mi hijo de siete años,  es aun mágico, por lo que aun puedo hacer demostraciones de mi gran preparación como madre. El otro día me dijo, por ejemplo:  “mi amigo B , dice que él es mitad perro y mitad humano. Yo no le creo, pero O, sí”. Entonces salgo yo a asegurarle, que en verdad no creía que O, su amigo, le creyera … pero entonces, veo en sus ojitos que lo que estaba buscando era que le asegurara que su amiguito B no era mitad perro y mitad humano. Así que aclaré, con la cara más seria que me era posible poner: “S, es imposible que alguien sea mitad humano y mitad perro”. Él afirma con la cabeza, con una cara de “uuf, menos mal”, y mientras tanto, yo siento una pequeña victoria como mamá.  De R no hablo en este blog, porque desde que cumplió nueve años (más o menos)  decidí que ella era la responsable de comunicar lo que ella decidiera sobre su vida. Peeeero, aprovecho para decir aquí que estoy muy orgullosa de ella (y ya).

Como siempre (como todos), aunque vivo en el presente todo lo que puedo, el pasado viene de repente y me salpica sin querer. A veces lo hace de manera chévere, como agua fría en un día de mucho calor, mientras que otras veces me salpica como algo desagrable, que me ensucia la ropa. Hoy el pasado me salpicó de una manera muy agradable: recordé que hoy, hace 27 años, cuando tenía 16, comencé una relación muy bonita, que duró por dos años y nueve meses. Ese día fui yo quien “pidió el empate”, como se decía en aquella época. Ya anteriormente C me lo había pedido, pero yo había dicho que no, porque no quería adelantar las cosas. Luego vi en el cine la película La Sociedad de los Poetas Muertos, y después de haber reflexionado sobre su famoso Carpe Diem, me atreví a dar el gran paso. Había decidido que quería ser  feliz en ese momento y que no quería seguir aplazando mi felicidad para después.

Igual que ahora pues… igual que ahora.

Michelle L. Hardy

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