Norte en la brújula

En este momento, marzo de 2019, Venezuela y los venezolanos, tanto dentro como fuera de ella, tenemos la esperanza puesta en el Presidente Juan Guaidó, su equipo, en los venezolanos mismos, y en la comunidad internacional.

Es curioso cómo, cuando se sabe hacia a dónde se va, y qué se quiere, se empiezan a ver resultados diferentes.

El discurso del Presidente no es nada del otro mundo. Lo que tiene de diferente es la claridad de sus objetivos: 1- Cese de usurpación 2-Gobierno de transición 3- Elecciones libres. Las ganas de sacar a Maduro son las mismas que antes, la crisis humanitaria es la misma, hasta se podría decir que son los mismos protagonistas, porque aunque a Juan Guaidó no lo conocíamos, sí conocíamos a Leopoldo López, y la oposición venezolana ha tenido vida prácticamente desde que Chávez entró al poder. La diferencia es la claridad de los objetivos, lo cual ha motivado a su vez, el gran apoyo internacional con el que se cuenta ahora.

Algo así me ha pasado a mí últimamente. Estuve sin norte en mi brújula por mucho tiempo, pero hace poco vi con claridad lo que quería. Ya me puedo imaginar un futuro en el que mis hijos y yo estemos felices, así como los venezolanos ya nos estamos imaginando el futuro de una Venezuela feliz.

Hoy me siento como Venezuela, con un norte y objetivos claros. Vamos bien.

Pan aquí y allá

Me he divertido mucho viendo la cara de asombro de varias personas aquí en Querétaro, cuando saco pan artesanal del congelador y lo meto en el hornito. “Metes el pan en el congelador?!”

“Sí, lo pones en una bolsa plástica (no he conseguido alternativa aun; reúso dichas bolsas, por cierto) y cuando te lo quieres comer, lo pones en el hornito, bien bajito, por unos cinco minutos, y ya lo tienes como si lo acabaras de comprar”.

A mí me encanta el pan baguette (canilla, en Venezuela) y el bolillo (en México es un pancito como para un sandwich o “torta”), por lo que casi siempre tengo en casa. “Hay de estos panes en Venezuela?” me han preguntado, y como siempre, depende del cuándo. Antes sí había, parecido, en todas las panaderías, ahora es difícil conseguirlo.

Cuando viví en Caracas de mediados de 2015 a mediados de 2016, había que estar pendientes en dónde había, para salir a comprar antes de que se acabara. Yo nunca hice cola para comprar pan (no me parecía que valía la pena, y podía comprar alternativas más caras) pero sí lo compré racionado: “no, señora, solo puede llevarse dos”, me dijeron varias veces.

Una de las personas que se asombró porque yo congelaba el pan me dijo, “qué curioso, aquí nadie sabe eso, se nos echa a perder”. El otro día, cuando fui a un mini supermercado, el cual es la versión baratona, más feíta y más chiquita de Walmart (Bodegas Aurrera Express), vi con tristeza que un empleado sacaba una bolsa enorme y transparente, arrastrándola de tanto que pesaba, llena de bolillos, fruta y vegetales. Se imaginan para dónde iba. Casi me parece una grosería decirlo aquí.

Ayer, de nuevo, me dijo un mexicano, “qué mal por lo que está pasando tu país, igual que México”.

Es como si uno tratara de convencer a un ciego de que existe el color rojo (pun intended, como diría mi hija).

“No, México está un millón de veces mejor que Venezuela, aunque la situación está cambiando con AMLO”, respondí.

Es muy difícil imaginar algo si no se ha vivido. En México, donde hay tortillas en cada esquina, en donde hay tanto pan que se bota, es inimaginable un país en donde no se ve pan, ni arepas (el equivalente de las tortillas) por días, incluso meses. En México, que cada año se pelea con Estados Unidos por el puesto uno y dos de los países con más obesidad en el mundo, es inimaginable que alguien muera por inanición.

Sin embargo aquí estoy, tratando de hacer que la gente lo imagine. Nadie puede sentir empatía hacia lo que no ve.

Dejar a un país solo

La paz puede ser fea cuando supone el silencio, la opresión y el sufrimiento. Es la paz que le encanta a los dictadores: te callas, te someto.

Si la paz puede ser fea, puede la guerra ser bonita?

Recientemente vi la película histórica “The Darkest Hour”, sobre la participación de Winston Churchill en la Segunda Mundial.

Cuando Hitler aun no había invadido el Gran Bretaña, el gobierno británico tuvo que decidir si negociar con Hitler o no.

Hoy día esa decisión parece fácil, pero en el momento no lo fue. Negociar con Hitler traía la ilusión de la paz. No hacerlo era guerra segura.

En la película, Churchill, siempre tan decidido en todo, dudó ante esta diatriba. El rey le dice que piense en qué haría el pueblo, y Churchill decide tomar el metro de Londres por primera vez en su vida, sin séquito, solo (esta parte del metro es ficción).

Cuando los pasajeros lo reconocen, lo saludan con respeto y él se pone a hablar con ellos. Les pregunta qué harían ellos. Negociarían con Hitler?

Lo que escuchó fue a un pueblo que no tenía ninguna duda: NO. Lucharían en las calles ellos mismos, así fuera necesario. Después de ese encuentro, Churchill no dudó más, y luego dijo una frase en la película (no sé si es históricamente cierta) que me heló los huesos: “Uno no negocia con un tigre cuando tiene tu cabeza en su boca”.

Más adelante, Estados Unidos, quien había permanecido neutral, entró en la Segunda Guerra. Sin la participación de este país, el Reino Unido también hubiera sucumbido ante Hitler, no importa cuán heroicos hubieran sido sus ciudadanos.

Algo que no sale en la película es que para vencer a Hitler, Estados Unidos, Gran Bretaña y Francia, tuvieron que aliarse con Stalin. En otras palabras, dadas las circunstancias extremas, tuvieron que unirse con Rusia, un país con el cual jamás se hubieran aliado, de no haber estado en guerra.

A mí todo esto me recuerda tanto a la situación venezolana de 2019. Tanto se critica la intervención de Estados Unidos en Venezuela, y no se dan cuenta que el país está en circunstancias extremas, y que aunque Estados Unidos quiera “hacer negocio” con su petróleo (seguir haciendo, en realidad, ya que es una relación de necesidad y ganancia mutua), la alternativa a no recibir ayuda extranjera (la que sea necesaria, ya sea humanitaria o militar) es la muerte de miles de venezolanos.

Puede la guerra ser bonita? No lo creo; pero a veces las opción es entre morir peleando, o morir de hambre y mengua. La situación de Venezuela es desesperada, y causa gran indignación ver cómo tanta gente cae en el simplismo de pensar que “hay que dejar que los venezolanos solucionen sus problemas ellos mismos”. Sé que es difícil enfrentarse con la realidad de que las ideas de uno sobre cómo debe ser el mundo (en este caso, el socialismo) no son sino una fantasía creada por ciertas personas con sed de poder. Es más difícil aun renunciar a esas utopías cuando vives en un país que escogió a un presidente socialista, como lo es México. Nadie quiere que le quiten la ilusión de un futuro mejor, y aceptar que el socialismo es una desgracia en Venezuela, quiere decir que el socialismo también será una desgracia en México. Entiendo que es más cómodo creer la fantasía, que enfrentar la realidad; pero la realidad va a tocar la puerta tarde o temprano, y taparse los ojos ante ésta, no va a hacer que se vaya para otro lado.

https://www.cinemablend.com/news/1731500/did-that-pivotal-darkest-hour-scene-really-happen-joe-wright-fills-us-in

El significado de la palabra lujo en Venezuela

 

El tigre Tony de Zucaritas es símbolo de ganas, positivismo, optimismo y energía. Por lo menos, así parece a primera vista. En una segunda vista, cualquier venezolano puede testificar que es también símbolo de que aún algo que es muy fuerte, puede caer. En una tercera vista, es símbolo de lo que se da por sentado en muchos países, pero que en Venezuela puede hacer la diferencia entre la vida y la muerte.

Yo, en este mismo blog, hace años, llamé la atención sobre la inutilidad de las cajas de cartón en que vienen estos cereales, las cuales no tienen ninguna otra función que hacer el producto más mercadeable. Asimismo, señalé su exceso de azúcar y maíz transgénico. En otra palabras, criticaba el exceso de consumo capitalista, el cual lleva a contaminación ambiental, obesidad, diabetes, etc. El capitalismo enferma, sí, sobre todo si no eres consciente de lo que consumes.

Pero el socialismo, en contraste, no enferma, sino que mata impunemente, y no hay conciencia ecológica, o educación en materia de salud, que valga.

El gigante Kellogg’s cayó bajo el machete del socialismo bolivariano, al igual que lo hizo la gran mayoría de la industria alimenticia venezolana. Ya Venezuela no puede producir lo que come, y tampoco puede comprarlo a otros países, porque la narco-revolución también atacó a la industria petrolera (la cual es prácticamente la única industria que trae dólares al país, mediante la venta de petróleo y derivados).

Cuántos niños venezolanos no estarían vivos hoy, si hubieran podido desayunar con Zucaritas y leche todos los días. Cuántos niños no estarían vivos con apenas una arepa con huevo al día, o con apenas un plato de arroz con caraotas (frijoles negros).

En la Venezuela de 2019 es un lujo capitalista un plato de cereal con leche. Es eso un lujo en México? No. Es por eso que no se puede comparar, ni de cerca, la situación actual de Venezuela con la de México.

Los venezolanos son fuertes, pero aun el más fuerte necesita ayuda en situaciones extremas. Sin comida y sin  medicinas, así seas el tigre Tony, te caes, y si pasas mucho tiempo así, te mueres.

La maldad de los criminales que están aun en el poder en Venezuela es tan grande, que están poniendo a los cuerpos armados que les son fieles, como obstáculos a la ayuda humanitaria que está llegando desde el exterior. Bloquear ayuda humanitaria es un acto de guerra, y al pueblo venezolano no le va a quedar otra, sino defenderse. Pero, cómo te defiendes si no tienes armas? Tienes que pedir ayuda a quien sí las tenga, o implorar al enemigo a que no dispare.

Ojalá Venezuela pueda levantarse, fuerte, algún día, pero hoy lo que necesita es una mano amiga para que no termine de sucumbir.

 

Para más información :

https://www.google.com.pa/amp/amp.noticias.caracoltv.com/mundo/en-venezuela-hay-productos-que-suben-de-precio-hasta-dos-veces-en-el-dia-segun-ciudadanos

Kelloggs se va de Venezuela después de medio siglo: https://elpais.com/internacional/2018/05/15/actualidad/1526419600_916808.html

https://www.forbes.com.mx/maduro-bloquea-ayuda-humanitaria-a-venezuela-guaido-pide-a-militares-que-la-liberen/

Sin guerra y sin paz

Via Stendhal, Milan, junio de 2006, en una plaza como cualquier otra de Italia, yo vigilaba a mi hija de año y medio jugar en el parque, entre una pandilla de niños y niñas rubios de pelo largo (me costaba distinguir quien era varón y quien hembra, se veían todos muy parecidos). Había mamás y niñeras, papás y abuelos también. Algunos perros corrían, llegaban más niñitos en bicicleta. Recuerdo un chipilín de unos dos años que daba vueltas en su bici como si fuera un mini pro.

Era una escena de tarde de verano hermosa, que solo existe en el recuerdo de mi mente, y quizás, en el de otra persona que, como yo, estaba absorbiendo con extrañeza ese caleidoscopio de colores que en los países que viven en paz se llama normalidad.

En un banco de la plaza estaba sentada una persona, viendo todo, con una media sonrisa y los ojos muy abiertos. Era joven, veinticuatro años, quizás, y tenía una piel negra como el betún.

Nunca hablé con él, pero inmediatamente mi imaginación me llevó a algún país de África, en guerra, quizás, sin paz, seguramente. Me lo imaginé tomando unas pocas posesiones en su casa, huyendo, tomando un barco y llegando a cualquier país que lo recibiera.

O quizás fui presa de mis prejuicios y el individuo había llegado, como yo, en avión, y a lo mejor tenía un buen trabajo, o estudiaba. De hecho, semanas después, en el mismo parque, entablé conversación con una señora de Etiopía que me contaba cómo mucha gente en su país iba a Dubai a comprar oro, pues era muy conveniente, en comparación con su país.

La cuestión es que, no importa si vienes de un estrato social alto, medio, o bajo, muchos de los que salimos de países problemáticos, en los que no hay guerra, pero tampoco hay paz, sentimos un shock cultural cuando llegamos a un país normal. Qué es normal? Precisamente, un sitio en que la gente puede estar tranquila al aire libre, con niños, sin una paranoia constante de que va a pasar algo malo.

Hoy, como a las 5 pm, salí a dar un paseo en bicicleta por el suburbio de Querétaro, México, en donde vivo, y me acordé de aquel día en Italia. Niñitas vestidas de rosado corrían sobre jardines pulcros, niños jugaban futbol, gente paseaba perros hermosos, bebés pedaleaban triciclos, señoras caminaban conversando… y me sentí de nuevo como aquel joven, sentado en aquella plaza de Milán, hace ya más de doce años. Aun me maravillo con lo que veo, aun siento que estoy metida en una fantasía, y que la realidad está allá, pegada al mar Caribe, entre montañas, llanos, tepuyes y ciudades caóticas. Aun sin cerrar los ojos, como si alucinara, veo a la gente protestando y gritando en las calles. Veo banderas alzadas, alegría, pero también rabia y tristeza. Veo muchachos que en vez de estar en la universidad, están hurgando en un bote de basura en la calle, para ver si así burlan el hambre por un día. Veo esperanza mezclada con angustia, heroísmo mezclado con desesperación. Es el caos de donde no hay paz pero tampoco hay guerra.

En estos días en que en Venezuela por fin se empieza a ver la luz al final del túnel, me “disocio” (así se llama en psicología cuando te distancias de la realidad que te rodea) más a menudo. Me pregunto si alguna vez dejaré de hacerlo, e inmediatamente sé la respuesta: no. Lo haré menos, o más, dependiendo de la situación en que me encuentre. Pero siempre habrá una parte de mí que se siente maravillada de poder sentir en carne propia lo que es la paz, pero que no podrá olvidar jamás lo que significa no tenerla.

El Supremo Autor

“Por qué lloras?” Me pregunta mi hija. “No sé… bueno, sí sé, pero no lo sé explicar”.

Durante los últimos meses he estado estudiando mucho para presentar el examen de la nacionalización mexicana. Fue una tarea difícil, por dos razones.

Primero, porque mi mente estuvo por mucho tiempo abrumada por mi separación y divorcio en ciernes. Tenía el material a estudiar allí, en mi mesa de noche, pero cada vez que lo tomaba en mis manos me bloqueaba, y no entendía nada de lo que leía. Afortunadamente, hace varios meses pude volver a concentrarme, y pude empezar a leer varias páginas a la vez. La maquinaria intelectual estaba empezando a funcionar de nuevo.

Segundo, fue una tarea difícil a nivel emocional. Quiero a México con todo mi corazón y todos los días agradezco el hecho de vivir aquí, gritando para mis adentros “viva México!” varias veces al día. Por ejemplo, todavía me maravillo por toda la variedad y abundancia de productos que hay. Llego a un Oxxo, y en mis adentros pienso, “viva México!”; cuando piso un mall estilo americano, o cuando paseo por un pueblo mágico, pienso “viva México!”; o cuando veo el frío en los países nórdicos mientras aquí hay un solazo, o cuando veo el caos en que se ha convertido mi país… siempre pienso “viva México!” Cuando la gente siente empatía hacia mí, o me entiende, lo mismo. México es mi país adoptivo y lo amo.

Sin embargo, es el país donde uno creció, en donde uno aprendió a vivir, a ser, a sentir, el que le da a uno forma. El sitio donde uno crece es el que esculpe esa estatua, esa obra de arte, que somos cada uno. Es el país en que creciste, el que te esculpió, el que te creó, el que te hizo. Todo lo que absorbemos en el lugar donde nacimos, pasa a formar parte de nuestra esencia, de nuestra alma. Es una huella indeleble que está allí, para siempre.

Emocionalmente hablando, también fue una tarea difícil estudiar para el examen, porque no podía hacerlo sin interrupciones. Por ejemplo, el escudo de México. Está simbolizado por un águila sobre un nopal, la cual sostiene una víbora, en actitud de devorarla… interrupción… “el escudo de Venezuela tenía un caballo blanco que miraba hacia atrás, pero ahora no, porque los “revolucionarios” cambiaron todo, hasta nuestros símbolos, hasta nuestra bandera, hasta nuestra identidad… y si cambian el escudo de México, que es tan bonito? Y cataplum plum, no hay manera de detener el tren de pensamiento, hasta que de alguna parte de mi ser, otra parte de mí me grita en silencio: “Ya! Que tienes que estudiar!”

Cuando me puse a aprender el himno de México, después de un rato, me pregunté, espantada, “será que se me olvidó el himno de Venezuela?” (Emigré hace 15 años y medio) “Mejor lo busco en YouTube, a ver si me acuerdo”.

Me di cuenta de que es irrelevante que me acuerde o no de la letra del himno. Estoy segura de que aunque me de Alzheimer, y no recuerde la letra, mi corazón se va a conmover siempre que lo oiga, aunque no entienda por qué, como en la película de 50 First Dates (Como si fuera la primera vez, en español).

Total que ni pude cantarlo, porque apenas empecé a escucharlo, me puse a llorar. En ese momento fue cuando mi hija me preguntó que por qué lloraba. Era una pregunta legítima. En sus catorce años, nunca se ha aprendido ningún himno, porque ha vivido en seis países; ella no tiene ese sentido de pertenencia, pues su ciudadanía es global.

Oyendo el himno de Venezuela, me di cuenta de que no soy nada original al imaginarme a Dios como “La Gran Escritora”, pues todos los venezolanos, desde chiquitos, aprendemos que Dios es el Supremo Autor. Es el que escribe nuestras vidas, el que dice que Venezuela es un bravo pueblo y que debe romper cadenas.

El Supremo Autor está cambiando la trama últimamente. Parece que por fin vamos a pasar la página, y dejaremos atrás un capítulo demasiado largo de oscuridad.

Aquí en México, durante este último mes de enero de 2019, en que hemos vivido escasez de gasolina (entre otros acontecimientos), aparte de gritar en silencio “viva México”, también le pido a Dios “que no le pase a México”. Que no le pase que un mal gobierno se apodere de todo el país, que no le pase que se dañe hasta su identidad.

Ojalá este país que siento mío me adopte (ya pasé el examen!) y ojalá que el país que me crió comience a sanar. Confío en que el Supremo Autor, junto con todos sus personajes, encontraremos la manera de que así sea.

La receta tropical del socialismo

(O por qué a esta venezolana le preocupa la escasez de gasolina en México).

Atención: antes de comenzar el proceso, debe tenerse a mano una razón que justifique la toma de acciones drásticas. Dicha razón debe ser un enemigo al que hay que declararle guerra. Lo ideal es tomar un problema real y exagerarlo, de manera que dicha acción drástica sea considerada imprescindible para la sobrevivencia de la nación. Si no funciona, buscar otro enemigo hasta encontrarlo.

Así mismo, paralelamente a esta receta, debe tenerse un plan para modificar la constitución y las leyes, para así legitimar el proceso de concentración de poder en el ejecutivo.

Ingredientes:

-Escasez

-Militarización

-Inflación

-Control de precios

-Expropiación

-Sometimiento de medios de comunicación

-Quiebra de empresas

-Igualdad social

Preparación:

1- Causar escasez de algún rubro importante (gasolina o dólares, por ejemplo). La escasez causa inflación (cuando hay menos oferta de algo, pero la demanda sigue igual, suben los precios).

2- La inflación aumenta la criminalidad. Personas que antes eran honestas, recurren al robo para sobrevivir. Así mismo, las protestas en la calle aumentan. Para controlar ambas situaciones, se crean cuerpos armados fieles al régimen.

3- El gobierno impone precios para controlar la inflación. Los precios son bajos, por lo que muchas compañías disminuyen su producción o cierran, pues ya no son rentables.

4-Expropiar dichas compañías, por no producir lo suficiente para suplir la demanda.

5-Así mismo, expropiar o doblegar a los medios de comunicación que critican al régimen, para disminuir la oposición al mismo. Crear nuevos medios que presenten la narrativa deseada.

6- Repetir, hasta apoderarse de todo el sistema económico del país. Quebrar las compañías expropiadas para crear más escasez y repetir el círculo infinitamente.

7- Se alcanza el ideal de la igualdad de clases, ya que todo el país es pobre. Sin embargo, alguien tiene que poner orden, así que el gobierno y sus adeptos se convierten en una excepción necesaria a dicha regla.

Esta receta tropical funcionó en Venezuela. Es posible que funcione en otros países también.