Mi primer viaje sola en diecinueve años (cuarta y última parte)

Es un hecho sabido que muchos tenemos parte de nuestras vidas sociales en Facebook (así como en otras redes virtuales). Lo que a veces no sabemos es que para muchos de nosotros (especialmente para los venezolanos, que estamos regados por el mundo), las redes sociales nos conectan a un universo que ya no existe, pero que queremos imaginar que sí es real. Me refiero a la relación con nuestros amigos que viven lejos, muy lejos de nosotros, y que no sabemos si algún día vamos a volver a ver.

A veces me pregunto si ellos piensan igual que yo, es decir,  que nuestros amigos virtuales que viven lejos se asemejan más a personajes de ficción que a personas reales. A veces me pongo muy oscura y pienso que es como si hubiéramos muerto para los demás (yo, incluida). No nos vamos a ver de nuevo en la vida  real, o por lo menos, es muy poco probable. Qué tan real soy yo para ellos?  Qué tan real son ellos para mí?

En mi viaje a California en julio de este año 2018, traje a dos de esos amigos virtuales- no-sé-qué -tan-reales-sean-en-mi-vida- real (IRL “In Real Life” como les gusta decir a la generación internáutica). Fue así como sacarlos de mi computadora, WOW, carne y hueso, sí señor, se materializaron y yo me maravillé en constatar que aun eran reales, así fuera, para “mi” vida, solo por un rato. Fue una experiencia inolvidable.

En Los Angeles vi a mi amiga L, caraqueña, quien me pasó a buscar a mi Airbnb y nos fuimos a cenar sushi. Hablamos un poco de todo, nos actualizamos en aquellas cosas que Facebook calla, es decir, en lo que editamos para que no salga a la luz pública. Fue hermoso ver a mi amiga, charlar, hablar caraqueño, así como encontrar tantos puntos en común. Ella se veía muy linda con su vestido muy fashion, y yo muy loca, como quien acaba de venir de las montañas de Yosemite, jaja.

Al día siguiente mi amigo E me dio un tour maravilloso por Los Angeles. Es su ciudad, en todo el sentido de las palabras: allí creció, e hizo su vida. Lo conozco porque él, su esposa, y uno de sus hijos, se fueron a vivir a Querétaro por un  año, y el destino hizo que fuéramos vecinos. Su esposa e hijos no estaban en la ciudad, y me hizo falta verlos, pero siempre estaban en las palabras de E, quien le dio un toque muy personal al tour: “aquí fue la primera cita con mi esposa D, aquí mi hijo hizo casting”, etc. Una ciudad es siempre más bonita cuando la ves como la casa grande de alguien.

Yo quiero ver a mis amigos y familia virtual otra vez. Me resisto a pensar que somos fantasmas flotando en nuestras pantallas. Cómo? Ni idea, porque tengo amigos, familiares y conocidos en todos los continentes. Aun así, como yo creo que el planeta entero es mi casa, tengo la esperanza de volverlos a ver.

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Mi primer viaje sola en diecinueve años (tercera parte)

Los días siguientes que pasé en Oakhurst, California, fueron de aventura y retiro espiritual. Hice un tour en cuatrimoto (Off Road Vehicle) por Sierra Nevada, a través de unos paisajes de ensueño, caminé bastante, y me dediqué a leer y escribir en el trailer estilo vintage, el cual se convirtió en una especie de cocoon para mí.

Sin embargo, lo más peculiar del viaje fue la historia que me contaron los dueños del trailer donde me hospedaba.

Era una pareja en sus setentas, retirada, que había instalado un trailer en su jardín para convertirlo en Airbnb. Yo pensé que llevaban toda la vida juntos, pero no era así. Ella había quedado viuda hacía unos diez años y él se había divorciado en la misma época. Se conocieron por amigos en común que hacían velerismo, y así comenzó su historia de amor, con paseos románticos en velero, que incluyeron un avistamiento del rayo verde y todo.

Sin embargo, luego pasaron por problemas económicos y tuvieron que ir a vivir a una residencia para personas de tercera edad. No la pasaron bien allí, pues “no los dejaban hacer nada”, ni siquiera tocar música, y él toca guitarra.

Así que se dedicaron a buscar una casa a la que pudieran mudarse, que estuviera en su presupuesto. Por fin encontraron una que había sido una casa modelo hacía muchos años (que es en la que viven ahora). Al mismo tiempo comenzaron a buscar trailers en venta por internet a lo largo de todo Estados Unidos, para convertirlo en Airbnb. Varios de sus amigos estaban alquilando sus recámaras bajo ese esquema, y les había ido muy bien.

Después de mucho buscar, por fin encontraron uno a buen precio en una subasta en Ohio, y él se fue manejando hasta allá para devolverse con el trailer hasta su casa en California. El trailer era nuevo, muy bonito, pero le faltaba un toque personal.

Así que ella, que había sido decoradora de interiores, lo arregló coordinando detalles de colores rojos, negros y beige. El resultado de todo este esfuerzo fue el acogedor trailer en donde me quedé.

Ellos brillaban cuando me contaron su historia, y yo me sentí inspirada, imaginándome un futuro que brille también.

Por cierto, este no era mi primer viaje a esa área de California. Cuando era bebé, me enteré hace poco, también fui a Yosemite con mis papás! Así que que en realidad, fue un viaje de regreso. Sería The Call of the Wild?

Mi primer viaje sola en diecinueve años (Segunda parte)

Llegamos al Airbnb y me despedí de la conductora de Lyft. Los dueños me habían estado esperando y me invitaron a pasar.

Era una pareja de unos setenta años, con un espíritu muy jovial. Su casa, muy acogedora, no se veía abarrotada, ni tampoco vacía. Tenían un perro y un gato, que también me dieron la bienvenida (el perro, en realidad). Les conté lo que me había pasado con el carro y se mostraron muy empáticos, prometiendo ayudarme con el asunto.

Me ofrecieron algo de tomar, decliné (porque estaba agotada) y me llevaron a mis aposentos por los próximos cinco días: un trailer vintage, que tenían estacionado en el jardín de su casa. Como estábamos en las afueras de Oakhurst, lo que rodeaba el trailer eran árboles y arbustos. Perfecto.

Aunque el trailer era estilo retro, no era viejo. Todo era nuevecito, y decorado con muy buen gusto. Me sentí niña, como si estuviera a punto de entrar a jugar en una casa de juguete, y en cierta manera, así lo fue. Todos los detallitos prácticos, como por ejemplo, una puerta que servía a la vez como puerta del cuarto y del baño (los marcos estaban uno al lado del otro, de forma perpendicular), o la bañera miniatura, me encantaron. Un cartel estilo años setenta que decía: “Roots retro retreat welcomes Michelle”, me hizo sonreír y sentirme en casa.

A la mañana siguiente los dueños me invitaron a pasar a su sala para saludarme. Cuando entré, la señora me presentó a un amigo de ellos que los estaba visitando y quien estaba tocando guitarra con su esposo. Estuvimos hablando de mi situación sin carro, y el amigo de ellos se ofreció para ser mi guía turístico ese día. Acepté, y así fue cómo mi viaje se salvó, ya que mi objetivo principal era ir a ver los milenarios secuoyas, y sin auto no iba a poder llegar.

Primero fuimos a desayunar a Bass Lake, el cual tenía un restaurante a la orilla del lago. Luego comenzamos nuestra aventura a Yosemite.

Las carreteras bordeadas de pinos Redwoods, eran sencillamente, mágicas. Fuimos a ver los puntos turísticos más importantes, como el gran monolito de El Capitán y Glacier Point, y por supuesto, fuimos a ver los secuoyas milenarios, para lo que tuvimos que hacer una corta caminata de aproximadamente una hora. Nos detuvimos en muchos sitios a tomar fotos, y dado el buen humor de mi guía, tuve también muy buena conversación. Me encantó tener la oportunidad de hablar tanto en inglés con un adulto, lo extrañaba.

Sin embargo, no todo fue paisajes de postal. Cerca de Yosemite había un incendio enorme que incluso había hecho que cerraran la carretera a Mariposa, que es el principal sitio turístico para visitar los secuoyas (nosotros fuimos a Tuolumne). También había un espeso humo que cubría casi todo Yosemite, y que impidió que viéramos el paisaje de Glacier Point en su máximo esplendor, por ejemplo. De vez en cuando la capa de humo se levantaba y allí aprovechaba a tomar fotos.

Por otro lado, muchas zonas del parque se habían visto afectadas por incendios en años recientes. Áreas de esplendor verde, que me transmitían una alegría infinita, eran sucedidas por áreas desoladas, totalmente devastadas.

‘Es curioso’, pensé. ‘Si pudiera pintar mi alma en este período de separación y divorcio, plasmaría estos paisajes, uno detrás de otro’. Yosemite se parecía a mí.

La naturaleza tiene peculiaridades muy interesantes. Los árboles milenarios, los gigantescos al secuoyas, necesitan de los incendios para reproducirse, pues solo el fuego es capaz de romper la dura cáscara de sus semillas. Como desafiando la destrucción, no solo le ganan, sino que sacan ventaja de ella.

Yo solo visité Yosemite ese día, pues al día siguiente el humo estaba igual o peor. Poco después cerraron la entrada al parque nacional por veinte días, pues el incendio de Ferguson estaba llegando demasiado cerca.

Continuará…

En el Acuario de Ciudad de México

La semana pasada fuimos a Ciudad de México por un par de días para hacer unas diligencias consulares, así que aprovechamos a ir a conocer el Acuario Inbursa y el Laboratorio Acuático Blau (los dos, incluidos en un solo precio). Tomamos un autobús de lujo en la terminal de Querétaro y llegamos a la de México Norte en CDMX.

La terminal de Querétaro casi parece un aeropuerto y los autobuses de ETN Turistar casi parecen aviones (hasta con pantallas interactivas con películas, música y videojuegos; aunque yo solo oí música porque me mareo muy fácilmente).

S, mi hijo de ocho años ha sido fanático de los tiburones desde los tres años y ésta iba a ser la primera vez que iba a verlos en la vida real. No sé quien estaba más emocionada, si él o yo.

Él asumió su papel de guía inmediatamente, y me señaló los tiburones de punta negra. Luego seguimos encontrándonos con gran variedad de animales marinos, desde tortugas, pasando por serpientes, langostas y demás. Hasta R, mi hija de trece años estaba de lo más entretenida.

Sin embargo, lo que más nos gustó a los tres fue la exhibición de los pingüinos (a S también le gustan mucho, aunque no tanto como los tiburones). Parecían sacados de la película Happy Feet, todos caminando en grupo como si fueran personitas.

Cuando íbamos a salir, cayó un diluvio y tuvimos que esperar como una hora en la tiendita de souvenirs. Cuando por fin amainó, fuimos al Laboratorio Acuático Blau, el cual tenía más especies marinas vivas, pero sobretodo, tenía una función más educativa.

En un infográfico hacían mención de la contaminación por plástico en el mar, aunque se les olvidó decir que todo lo que botamos a la basura, que creemos que va 100% al vertedero, en realidad puede llegar muy fácilmente al océano. En otras palabras, se les olvidó aclarar que esa basura no solo viene de gente que lanza basura al mar, ni de gente inconsciente que deja basura en la playa, sino que también viene de nuestras casas (y que por eso hay reducir el consumo de plástico, en general, en todos los ámbitos de nuestra vida, especialmente los desechables).

La pasamos muy bien y los recomiendo. Cinco estrellas Trip Advisor!

El paquete del presente

Febrero 2018

Mayo 2018

El concepto del tiempo en ficción siempre me ha fascinado porque es símbolo de lo que es el tiempo en la realidad.

Como en la historia de Momo, de Michael Ende, en que los hombres grises quieren que la gente ahorre tiempo en sus bancos, o como en la película In Time, en donde los millonarios viven casi para siempre, mientras los obreros siempre tienen que trabajar para ganar tiempo.

O como en la película The Time Traveler’s Wife, en la que el hombre de la pareja desaparece repentinamente y sin control, para reaparecer en el pasado o futuro, por lo que la esposa siempre tiene que relacionarse con un mismo esposo, pero de diferente edad, dependiendo de la época en la vida en la que él reaparezca. O como en la fenomenal película The Curious Case of Benjamin Button, en que el protagonista, en vez de envejecer, se hace más joven (mientras que el resto de la gente sigue envejeciendo).

Tendemos inconscientemente a pensar que nuestra actual situación es permanente, a pesar de tener toda la experiencia que dice lo contrario. A veces desaprovechamos oportunidades, pensando que estarán allí siempre, y a veces nos dejamos llevar por sentimientos negativos, en la creencia de que una mala situación por la que pasamos, durará para siempre.

Pero todo cambia, para bien o para mal.

Y además, toda situación presente, viene empaquetada con otras situaciones, como un paquete de frutas que compras, en donde casi todas las manzanas están en su punto, pero hay un par podridas…. y viceversa (un paquete en que muchas manzanas están podridas, pero hay un par buenas).

Todo viene en paquete. Cuando uno acepta un cambio, digamos, mudarse de país, uno acepta la emoción de empezar en un nuevo lugar, pero también la nostalgia del sitio anterior.

Cuando uno le da la bienvenida a un cambio, hay que aceptar que aunque el paquete se vea hermoso, va a haber algunas manzanas que no nos gusten.

Perderle el miedo a la parte negativa del paquete es la única manera que tenemos de comenzar algo nuevo.

Al fin y al cabo, todo cambia, sencillamente porque el tiempo existe. No es mejor que uno sea el que escoge el paquete que uno quiere, en vez de dejar que la vida, por inercia, decida por uno?

Danzas Guadalupanas

Recientemente fui a un pueblo cerca de Querétaro llamado Mineral del Pozo, y me topé con un desfile vibrante y lleno de energía.

Eran las Danzas Guadalupanas de muchos pueblos de los estados de Querétaro y Guanajuato. Bajo el retumbar de los tambores, personas de todas las edades realizaban danzas de origen indígena, honrando a la Virgen.

Me conmovió en especial una mamá que iba bailando con su bebé en brazos, así como varios niñitos de tres o cuatro años, que iban imitando a los grandes.

Los tobillos de muchos danzantes estaban rodeados de una especie de cascabeles que hacían un sonido de percusión, haciendo que sus cuerpos fueran también instrumentos musicales.

La intensidad y la fuerza, tanto del baile, como de los tambores, me dio la sensación de fuerza y orgullo. Fue un espectáculo inolvidable.

Por estar inventando

A México se le puede acusar de todo, excepto de ser un país aburrido.

Ya de eso me había dado cuenta la primera vez que viví aquí, hace ya nueve años, en Guadalajara. Si mis amigas me decían para ir a desayunar, por ejemplo, unas simples panquecas terminaban con todo un mariachi que tocaba en el restaurant, y yo de repente me sentía de vacaciones. O como el caso de mi vecina, que se quejaba porque el marido “otra vez le había mandado mariachis”. Y yo: “sí, los oí anoche, geniales”, sin entender la razón de la queja, pues yo salía a asomarme por la ventana del cuarto de mi hija cuando llegaban a medianoche a todo dar, y me sentía cual Julieta en el balcón, imaginándome que los mariachis eran para mí.

O aquella vez, en las afueras de Guadalajara, cuando fuimos a un restaurante en donde había un tipo que pasaba con unas baterías de carro y un par de cables, para que le pagaran para que los clientes que quisieran dejarse electrocutar, vieran cuánto tiempo podían permanecer aguantando (!).

Aquí en Querétaro no hay muchos mariachis, pero sí hay cosas bien raras. Como las calaveras y los esqueletos (Catrinas, quiero decir) en muchos sitios del centro, o todas las historias de fantasmas y asesinatos de la época de la colonia.

Sin embargo, el otro día fui con mis hijos y una amiga y su hija, a un plan normalito, civilizado, tan civilizado que parecía que estábamos en Chile, pues. Fuimos a los Viñedos Azteca, en donde todo fue normal, incluso mi hijo con la cara permanente de “qué hago yo aquí?”.

Pero cuando salimos, mi amiga me propone que vayamos a un pueblo cerca, que se llama Bernal, pues ahí venden unos nopales (cactus) en penca que se veían buenísimos. Ella es mexicana, pero de otro estado, así que no los conocía, y yo, que ya los había visto y me habían parecido interesantísimos, dije que sí.

Así que vamos al restaurant, y pedimos un nopal en penca para las dos.

Muertas de la risa, le tomamos foto al plato y le pedimos unos cuchillos a la mesera, porque no nos habían traído. Así que empezamos a comer y luego de un rato, yo siento algo raro en mi boca.

“Creo que tengo espinas en la boca. De esas chiquiticas.” Le digo a mi amiga con cara de susto. “Ahhh! Sí son!” Las dos dejamos de comer, y llamamos a la mesera para preguntarle.

Ella responde como si acabáramos de comernos un cambur (banana) sin quitarle la concha: “Ah, es que la parte de afuera no se come”.

“Aaaahh! Pero cómo no nos dijeron? Si hasta hablamos con el gerente cuando llegamos para preguntarle sobre el plato, cómo era, etc?”

“Es que todo el mundo sabe”.

“Pero no vieron que mi acento es extranjero?”

Silencio sepulcral. Mis hijos, quienes por supuesto ni bajo amenaza de muerte se hubieran comido algo así, me miraban con una mezcla de “viste? Por estar inventando” y “pobrecita mi mamá”.

Total que estuve como una hora sacando espinita por espinita de la lengua y paladar, incluso masticando chicle, para que las más chiquitas que no se veían, se quedaran pegadas y salieran. Todavía quedé con algunas durante la noche y al día siguiente ya estaba libre de espinas.

Y aunque no lo creas, no dejé que la experiencia me traumatizara (mucho). Ya hasta volví a comer ensalada de nopal (de la normal, claro).

Que tengas un buen día!